• 6 Aug

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: La fiesta de la Transfiguración es una manifestación del Señor a tres de sus discípulos para que más tarde diesen testimonio de lo que ellos vieron y gozaron, y sirviera de fundamento a la fe de los vendríamos tras ellos a creer en Jesús. Jesús no sólo se había manifestado como hombre, también les había enseñado a sus discípulos que era Hijo de Dios, Dios verdadero. Poco a poco Jesús les va revelando, aunque no del todo, el misterio de su persona divina. Les va clarificando lo esencial, pero todavía le quedará al Espíritu Santo revelar muchas cosas, que sin ser nuevas y hallando en la Sagrada Escritura su base, han ido iluminando el misterio de las tres divinas personas. La transfiguración tiene un objetivo más inmediato, asumir la muerte de Cristo no como el hundimiento de la obra de Cristo y su encarnación, sino como una etapa, aunque totalmente imprevisible en la revelación natural más pura, y menos aún en la lógica y ni siquiera en la imaginación humana, en los planes de Dios era muy importante la muerte redentora de Cristo como satisfacción por la gran injusticia del pecado.

    En los planes divinos se contemplaba el desconcierto humano por la muerte tan humillante de Cristo, que a pesar de estar profetizada, sobre todo por el mismo carisma profético de Jesús en su predicación, sus discípulos no daban crédito a esas palabras. Esa oposición a admitir que su Maestro tuviera que pasar por tal ignominia atestigua la veracidad histórica de los relatos evangélicos y su inspiración divina, que rompe todos los moldes del pensar y actuar humano más racionales.

    La Transfiguración ocurrió para fortalecer la fe de los tres discípulos, y además la de la multitud de discípulos que iban a sumarse durante siglos, para asumir en fe que era necesario que Cristo muriese vicariamente por los hombres, para que el Padre recibiese la gloria de la justicia satisfecha, y el Hijo fuese glorificado por el Padre por su gran amor al Padre y a los hombres, a los que tomó por hermanos. La Transfiguración es una manifestación del amor del Corazón de Jesús para nosotros. Hoy, pues, nos encontramos sacramentalmente envueltos en la nube que cubrió a los discípulos en lo alto del monte, identificado por la tradición en el monte Tabor. Esto significa que el Señor nos hace partícipes aquí y ahora de este don por el que nos quiere comunicar un conocimiento interno del misterio de su persona. Abramos nuestro corazón a esta participación en el misterio de Cristo.

    Esta comunicación es misteriosa en sí misma y no la podemos sentir en el cuerpo ni cuantificar mentalmente. Pero a través de los textos de la Sagrada Escritura que se han proclamado, y de los textos litúrgicos, que el Espíritu Santo también ha inspirado, en esa revelación que no ha cesado jamás en la Iglesia, aunque no tenga el peso de la revelación pública, nos ofrecen rasgos bien definidos del tenor del don divino que el Señor nos quiere comunicar hoy: la aceptación del misterio de Dios, no condicionado por la estrechez de la mente humana, sino el misterio del que hace partícipes a los hombres que aman a Dios y se fían de su amor infinito al hombre.

    En el Antiguo Testamento el profeta Daniel descubre un rasgo del Hijo del hombre muy novedoso: el Hijo del hombre comparte trono, por así decir, con Dios mismo. Antes de Cristo era impensable identificar al Hijo del hombre con el Mesías. Identificar al Mesías con Dios para un judío suponía una blasfemia. De hecho esa fue la acusación que presentaron contra Jesús sus enemigos los fariseos, escribas y sacerdotes unidos en un mismo objetivo aunque tuviesen contenciosos siempre abiertos de unos contra otros: “Éste se hace llamar Dios.”

    Nosotros aparentemente no tenemos ningún problema al confesar no sólo dos, sino tres personas divinas. A nivel cerebral nosotros parece como si estuviésemos muy por encima de esas polémicas verbales. El problema aparece por así decir en la práctica. En nosotros hay una resistencia, nada fácil de vencer, en dejar a Dios que sea “el Pastor supremo” (1 Pe 5,4) en nuestra vida. Nosotros nos hemos apropiado el decir la última palabra en todo. Podemos incluso protestar y decir que eso no es así. Al final se cumplirá lo que nos dice el profeta Daniel: que todas las naciones le servirán. Pero ahora estamos en ese tiempo de prueba, que es nuestra vida terrena, en que podemos permitirnos discrepar de la Voluntad de Dios y tomar el rumbo que nos parezca, pero tendremos que dar cuenta si nos encaminamos en dirección opuesta a los mandamientos de Dios.

    En el Evangelio la voz del Padre, además de dejar claro que Jesús es su Hijo, nos da un único mandamiento. Esto también es novedoso, pues mientras el mismo Jesús había enseñado que todos los mandamientos se reducen a dos: “el amor a Dios y al prójimo,” el Padre desde la nube lo compendia aún más en uno solo: “Escuchadle”. Una sola palabra. Pero ¡qué mensaje tan profundo y cuánto abarca esa sola palabra! En vez de cosas que cumplir se centra en una persona, la persona de Jesús. Escucharle equivale a obedecerle. Para obedecer es evidente que hay que estar pendiente de sus labios, o, si se quiere, de sus manos, “como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores” – dice el Salmo 123, pues estas también transmiten mensajes que todos entendemos.

    Nos da miedo escuchar a Dios. Nos puede hacer imposible el vivir a nuestro aire: “ahora sigo esta línea, si me canso voy por este otro camino, ahora me propongo ser caritativo, pero si no me lo agradecen o me lo interpretan mal me vengo secreta o abiertamente de los que no me alaban, etc.” Estar firmemente decididos a seguir la Palabra de Dios no es tarea llevadera, es necesario pedir constantemente al Señor que nos ayude, pues nos desanimamos con facilidad al ver la oposición que suscita, o lo arduo que es negarse a sí mismo. Nos falta la confianza del niño que mira al padre y le escucha pensando que su padre sabe todo y no le engaña. No debemos desconfiar de ese padre infinitamente sabio y bondadoso. ¿Cómo nos atrevemos a corregir a Dios? ¿No hay que ser como niños? Cada vez que desobedecemos nos ponemos por encima de Dios. También maltratamos a Dios en su Eucaristía, por falta de reverencia. Si nosotros creemos en su Palabra y tratamos al Señor con amor, cuidando y protegiendo que en su distribución no se haga nada indigno, entraremos triunfantes en el cielo, de lo contrario tendremos que pasar una larga purificación.

    Escuchar a Jesús es no solo aplicar el oído externo a lo que dice; es seguirle e imitarle en sus actitudes: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29); es también contemplarle para que su mensaje quede grabado en nuestro interior e incluso sea Él mismo quien hable en nuestro interior, porque le hemos dado cabida en nuestro corazón: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23).

    La contemplación de Jesús nos impulsa a una vida de caridad verdadera, a una caridad que no se quede en el pensamiento, sino que tenga gestos efectivos de amor, incluso con aquellos con los que nos cuesta relacionarnos. Pero, para que ese impulso pueda llevar a término esas inspiraciones del Espíritu, necesita de la gracia que recibimos en los sacramentos. Sin la participación asidua y cada vez mejor preparada y acogida de estos dones sagrados, que nos injertan en Cristo, nunca pasaremos de ser cristianos mediocres, incapaces de convencer a nadie a que siga a Jesús y le ame.

    La Eucaristía que celebramos es ocasión, por la intercesión de la Santísima Virgen, que no debemos perder para que nos ayude a quitar esas trabas, esa falta de arrepentimiento de nuestras faltas, que nos impiden avanzar y nos infunda la fuerza de amar a Dios y a nuestros hermanos efectivamente.

  • 30 Jul

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: La predicación de la Palabra de Dios es una tarea llena de satisfacciones, pero también lleva consigo exigencias que comprometen al que predica y al que escucha. Todos encaramos los mismos peligros y avistamos los grandes panoramas que se presentan ante el que se deja llevar por la mano de Dios. El compromiso es llegar a poseer el pensamiento de Cristo, dejarle entrar en nuestra vida para que seamos auténtica imagen de Jesús, al que ha confiado la misión de ser el primogénito de muchos hermanos. Así nos habla el Señor a través de la carta de san Pablo a los Romanos y por eso queremos que esta celebración nos haga avanzar en esta identificación con Jesús en su relación tanto con el Padre, cuya voluntad es su alimento, como con los hermanos, pues en el Corazón de Jesús y en el de sus verdaderos discípulos, nadie enferma, sufre ni se alegra sin que no se haga uno con él para aliviarle y compartir sus alegrías.

    Todos recordamos el relato de las 2 mujeres que disputaban ser madres del mismo hijo y el veredicto de Salomón. El Señor alaba de Salomón, prototipo de hombre sabio, no ser una enciclopedia viviente, sino haberse dirigido a Él para que le concediera discernimiento para escuchar y gobernar. El hombre de hoy tiene grandes dificultades para escuchar y discernir, porque la civilización moderna nos invade con sus ruidos y tampoco en muchos ambientes se educa a niños y adultos para vivir momentos de silencio en los que dirigirse a Dios y conocerse en sus debilidades, en los dones de Dios y en las misiones que se les confían.

    Escuchar a Dios significa silenciar tanto nuestro orgullo, que se complace en sus proyectos e ideas, como nuestro egoísmo, que busca satisfacer sus instintos y procurarse su seguridad, porque se fía más de sí mismo que de Dios. No es fácil escuchar a Dios, pues supone renuncias, pero tiene su recompensa y da paz. Descubrir la amistad de Dios, poder hablarle siempre y en toda circunstancia es un privilegio a nuestro alcance, pero no todos estamos dispuestos a darlo todo para merecer su compañía, para confiarle nuestras alegrías, penas, dudas y esperanza basada en su amor.

    Queridos hermanos: el silencio, que el Señor nos descubre como cauce para encontrarnos con Él, también está presente en el Evangelio de hoy. Quien encuentra el tesoro en el campo no lo cuenta porque se lo robarían. Cuando ha comprado el campo se alegra, pero tampoco entonces se dice que lo cuente: trata de interiorizar ese tesoro. Por su parte, el comerciante que busca solo perlas finas, ha interiorizado el tesoro por medio del silencio. Pero lo que le distingue de otro comerciante es que es capaz de darlo todo, porque sabe que esa perla fina colma plenamente sus deseos.

    Ahí nos vemos confrontados nosotros. ¿Valoramos tanto nuestra amistad con el Señor que somos capaces de darlo todo por ser amigos de Cristo? ¿Estamos dispuestos a seguirle cargados con nuestra cruz como Él? ¿Queremos contarnos entre sus amigos, pero sin seguirle en su cruz? Salomón prefirió suplicar a Dios el don del discernimiento para ejercer bien su servicio de autoridad y no le pidió riquezas ni éxitos personales. Hay una gran diferencia en encontrarse con un tesoro sin esfuerzo, aunque después no lo habría alcanzado sin el silencio del encuentro con Dios.

    Pero hay un paso más al que el Señor nos invita, queridos hermanos, porque si buscamos perlas finas, si seguimos a Cristo hasta la Cruz e imitamos su pasión, que diría san Ignacio de Antioquía, causamos una conmoción que no pasa desapercibida y arrastra a muchos indecisos. El B. benedictino Alfredo Ildefonso Schuster, cardenal-arzobispo de Milán, dijo a sus seminaristas poco antes de morir: “La gente parece que no se deja convencer por nuestra predicación, pero frente a la santidad todavía cree, se arrodilla y reza; la gente parece que vive de espaldas a las realidades sobrenaturales, indiferentes a los problemas de la salvación, mas si pasa un santo auténtico, vivo o muerto, todos acuden a su encuentro”. Al poco se confirmó la verdad de sus palabras y el carisma profético de su vida, porque a su entierro asistió una multitud, como ocurrió con otros profetas de nuestro tiempo como S. Pío de Pietrelcina o el Papa S. Juan Pablo II.

    La Eucaristía no nos puede dejar indiferentes. Si he conocido a Dios, si creo que Jesús se hace presente aquí y que me invita a seguirle, no puedo darle la espalda y si lo hago, no podré heredar la vida eterna. No basta decir Señor, Señor, para pertenecer a Cristo; es preciso cumplir lo que nos manda: seréis mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Pero tanto en el evangelio de este domingo como en el del anterior, si damos la espalda a Cristo, ante sus hijos necesitados o con nuestra vida opuesta a los mandamientos, un día los ángeles nos separarán de los buenos y nos echarán al horno encendido. Una seria advertencia que no podemos pasar por alto para que no seamos piedra de escándalo, sino buscadores de la perla fina de la amistad con Cristo hasta la Cruz.

    Por último, queridos hermanos, hoy se celebra el aniv. del martirio de los BB. Agustín María, Anselmo Pablo, Braulio José, Oseas, Norberto José, Crisólogo, Esteban Vicente y Virginio Pedro, todos ellos religiosos de la Orden de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, más conocidos como hermanos de la Salle o lasallianos, cuyas reliquias custodiamos en nuestra basílica. Encomendémosles nuestras intenciones por mediación de Ntra. Sra. Valle. Que así sea.

  • 25 Jul

    P.Santiago Cantera

  • “Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro”, nos ha dicho San Pablo en la segunda carta a los Corintios (2Cor 4,7-15). ¿A qué tesoro se refiere? A la fe en Jesucristo que se nos ha transmitido. Un tesoro que hemos recibido en España, según una venerable tradición, gracias a la labor evangelizadora del propio San Pablo –cosa que verifica el papa San Clemente I– y de Santiago, el primero de los apóstoles en beber el cáliz del martirio que el Señor le anunció en el texto del Evangelio que se ha leído (Mt 20,20-28) y que se nos ha narrado en la lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hch 4,33.5.12.27b-33; 12,1b). Por eso Santiago y San Pablo están representados en el mosaico de nuestra cúpula al frente de los grupos de santos y mártires españoles.

    El tesoro de la fe es el mayor que sin duda alguna podemos haber recibido, porque es la fe en el Dios verdadero y en su Hijo Jesucristo, el único Salvador para todos los hombres y para todos los pueblos. Y así, como dice San Pablo a los corintios, aunque hoy nos aprieten por todos lados, nos acosen y nos derriben, no quedamos aplastados, ni desesperados, ni abandonados, ni derrotados, porque participamos de la vida y Pasión de Jesús y también de su presencia resucitada, que nos da una fuerza inquebrantable. Por eso, porque la Iglesia en España entiende que lo más precioso para nosotros es la fe recibida, pide en la oración colecta de la Misa que, por el martirio y la intercesión de Santiago, “España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos”.

    ¿España y la fe en Cristo? Hoy a algunos les produce escalofrío pensar en la relación entre España y la fe en Cristo, por rechazo a ambas o a una de las dos, y lamentablemente esta confusión está presente incluso entre algunos católicos, como confusión también supone el temor a hablar del concepto de “patria” y del patriotismo. Sin embargo, San Juan Pablo II no dudó en proponer una “teología de la patria” sobre fundamentos bíblicos (Memoria e identidad, Madrid, 2005, caps. 11-15) y explicó que la patria es un patrimonio, “el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados”, que “incluye también valores y elementos espirituales que integran la cultura de una nación” (Memoria e identidad, 2005, p. 78). Ya San Isidoro de Sevilla, invocado en la Edad Media como “Doctor de las Españas”, explicaba que “el nombre de patria se debe a que es común a todos los que en ella han nacido” (Etimologías, lib. XIV, 5, 19).

    Asimismo, el santo papa Juan Pablo II enseñaba que el patriotismo es parte del cuarto mandamiento de la Ley de Dios y que “significa amar todo lo que es patrio: su historia, sus tradiciones, la lengua y su misma configuración geográfica. Un amor que abarca también las obras de los compatriotas y los frutos de su genio”. Frente al riesgo del nacionalismo, que quiere sólo el bien de la propia nación sin contar con los derechos de las demás, el santo Papa proponía precisamente el patriotismo, porque es un amor social ordenado, un amor a la patria que reconoce a todas las otras naciones los mismos derechos que reclama para la propia (ibid., pp. 85-88).

    Ciertamente, el verdadero patriotismo es una virtud de Ley Natural, la virtud del recto amor a la patria, según lo ha entendido siempre la moral católica, que lo hace derivar de la piedad filial, del amor a los padres, del cuarto mandamiento de la Ley de Dios. Así se expresa con claridad en el Catecismo de la Iglesia Católica, donde se dice que “el amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad” (nº 2239).

    Como el amor a la patria es de Derecho Natural y, por lo tanto, se descubre universalmente en todos los pueblos, el siervo de Dios cardenal Van Thuan lo enseñaba y exhortaba a él en un poema del que selecciono algunos versos en los que, si queréis, podéis poner el nombre de España donde él dice Vietnam, y que tituló “Tú tienes una patria”: “Tú tienes una patria, el Vietnam; / un país tan amado, a lo largo de los siglos, / es tu arrogancia, tu alegría. […] Ama su historia gloriosa, / ama su pueblo laborioso, / ama sus heroicos defensores. […] Ayuda a tu patria con toda tu alma, / sé fiel a ella. / Defiéndela con tu cuerpo y con tu sangre, / constrúyela con tu corazón y con tu mente, / comparte la alegría de tus hermanos / y la tristeza de tu pueblo. / Un Vietnam. / Un pueblo. / Un alma. / Una cultura. / Una tradición. / Católico vietnamita, / ¡ama mil veces tu patria! / El Señor te lo enseña, la Iglesia te lo pide. / Pueda el amor de tu patria ser todo uno / como la sangre que corre en tus venas”.

    La confusión, por tanto, no está en hablar del sentido de la patria o de España en concreto como patria, ni en entender que aquello que esencialmente ha configurado la tradición hispánica es la fe en Cristo. De algún modo, usando la imagen paulina, los hitos principales de la Historia de España y gran parte de las mejores obras de nuestro arte, de nuestra literatura y de nuestro pensamiento, son las vasijas de barro en las que España ha conservado y transmitido el tesoro de la fe en Cristo.

    No dudemos, pues, en invocar hoy a Santiago como Patrón de España, como lo hiciera, entre otros muchos, Fray Luis de León, que recordaba que por la intercesión del Apóstol “son las Españas / del yugo desatadas / del bárbaro furor, y libertadas”, y “a España, a quien amaste / […] tu cuerpo le enviaste / para dar luz a donde / el sol su resplandor cubre y esconde” (Poesía a Santiago). Pidamos que Santiago, a quien ya San Beato de Liébana denominó “áurea cabeza de España, nuestro protector y patrono” (Himno O Dei Verbum), y la Virgen Santísima, Reina de los Apóstoles, a la que Alfonso X el Sabio invocó como “Santa María de España”, conduzcan de nuevo a nuestra patria y a todas las patrias de Europa a descubrir y recuperar su esencia cristiana.

  • 16 Jul

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: la Palabra de Dios, que acaba de proclamarse, es imprescindible en toda acción sacramental. Aquí cobra un valor peculiar por el cual la gracia de Cristo Salvador se hace presente y eficaz, hasta el punto de que puede recibirse fuera de la celebración sacramental y no perder su eficacia, siempre que existan un impedimento legítimo de asistir a la celebración sacramental comunitaria y una referencia voluntaria con esa celebración. La celebración comunitaria, que exige el sacramento, tiene también una riqueza que no posee la oración personal escondida, aunque esta también sea imprescindible en la vida del cristiano, cuando participa en la celebración sacramental y cuando se dirige a Dios en el silencio y la soledad.

    Las lecturas nos proclaman estas realidades con lenguaje muy claro y accesible a todos los hombres de buena voluntad, pero sin esconder esa condición innegociable que siempre late en toda relación humana: que el grado de compromiso que estemos dispuestos a aceptar en nuestra relación con nuestro Señor, condicionará el grado de eficacia de su Palabra salvadora.

    Las gráficas imágenes de la primera lectura parecen no hablar de este condicionamiento innegociable de la Palabra de Dios. Pero si acudimos al libro de la Biblia donde estas palabras se encuentran en su totalidad, sin esta reducción a unos versículos, aparece por cualquier página que se abra la Escritura. Lo grandioso de la Palabra y del amor de Dios del que nos habla la misma, es que si bien el hombre es frágil y no cesa de pecar, siempre que vuelva a Dios y se arrepienta sinceramente, en la Palabra encontrará la novedad de su acción sanadora, eficaz y portadora de salvación.

    El salmo responsorial, una oración de acción de gracias por la cosecha abundante, cobra todo su sentido aplicado a la semilla de vida eterna que Dios siembra en nuestras almas, como nos sugiere el versículo tomado del Evangelio que sirve de respuesta.

    El Evangelio, a pesar de su antigüedad, refleja las actitudes de los hombres de hoy ante la Palabra de Dios y la persona de Jesús. La semilla caída al borde del camino representa al que no le interesa comprender la Palabra, al que se deja llevar por prejuicios y no la examina con objetividad, sino con prevención o miedo a que le comprometa y tenga que renunciar a su comodidad y antojos.

    La semilla que brota en terreno pedregoso refleja la actitud de poca profundidad del que ha acogido la Palabra, pero, ante las opiniones desfavorables de los demás, teme por su prestigio o seguridad y se acomoda al pensamiento único que impone lo políticamente correcto, aun pisoteando los derechos a la vida y a la libertad religiosa supuestamente protegidos por la ley civil.

    Por último, está muy bien caracterizada y es sumamente actual el perfil que refleja la semilla que cae entre zarzas. Ahí nos retratamos todos cuando, dejándonos llevar por los impulsos sensibles y faltándonos el silencio interior, necesario para que la Palabra germine en nuestro espíritu, buscamos nerviosos ser reconocidos como persona erudita, inteligente, eficiente, elegante…; cualquier cosa menos ser dóciles a la voluntad de Dios.

    S. Pablo nos dice que todo este esfuerzo, de vivir según la senda que nos indica la Palabra viva y palpitante de Dios, no pesa nada en comparación de la gloria que un día se nos descubrirá por haber obrado conforme al plan de Dios. Hoy día hasta la creación padece, mucho más que en tiempo del apóstol, el sometimiento al imparable desorden introducido por el pecado del hombre. Si hasta la creación es sensible a nuestro pecado, ¿qué deberíamos hacer el ya reducido rebaño de católicos que queremos ser dóciles a lo que el Señor nos enseña como imprescindible para nuestra salvación?

    Precisamente ayer se conmemoraba a S. Félix, que, en la actual Túnez, ante la orden del procurador romano de arrojar al fuego los libros de la Biblia, respondió que prefería ser abrasado él antes que obedecer y por ello se le atravesó con la espada. ¿Estamos tan convencidos los cristianos de hoy, que creemos haber alcanzado la mayor clarividencia de todas las épocas en cuanto a la interpretación de la Palabra de Dios, del valor de esa Palabra? ¿Cómo puedo habitualmente encontrar un pequeño espacio de tiempo para orar y contemplar despacio algunos versículos de la Palabra de Dios? La Eucaristía es el espacio privilegiado para escuchar esta voz tan dulce que nos invita a este compromiso y a la vez es el manantial de la gracia que hace posible superar nuestras posibilidades humanas para llevarlo a término.

    Hoy se celebra la Virgen del Carmen, que ocupa una de las capillas de la nave central de nuestra basílica. En el s. XIII, la Virgen Mª, con multitud de ángeles, se apareció al general de los carmelitas con el escapulario de la Orden en sus manos y le dijo: "Tú y todos los Carmelitas tendréis el privilegio de que quien muera con él no padecerá el fuego eterno"; es la promesa de la salvación eterna para cuantos mueren revestidos con el escapulario carmelita. Quien lleva el escapulario debe procurar tener siempre presente a la Virgen e intentar obrar como Ella ("He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra") y rezar todos los días una oración mariana, al menos 3 Ave Marías, mejor siempre en el mismo momento del día para que no se nos olvide. El escapulario ha de bendecirlo un sacerdote, aunque solo es necesario que lo imponga la primera vez. Por último, con motivo del 59 aniversario de la fundación de esta abadía, que D.m. se cumplirá mañana, encomiendo a vuestra oración las intenciones de la misma y en especial sus vocaciones. Que así sea

  • 2 Jul

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en Cristo Jesús: El Señor os ha invitado a este banquete, a su mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Es un banquete del que podemos salir inmensamente saciados, pues hay dos mesas repletas de dones. ¡Qué pena que nosotros no sepamos aprovecharnos mejor de estas dos mesas de que disponemos cada vez que celebramos el memorial de la muerte y resurrección de Cristo! La Eucaristía es el sacramento que celebra el hecho central de la vida de Jesús, su misterio salvador, el fin por el cual se hizo hombre. Vino a salvarnos y para ello entregó su vida, derramó su sangre como sacrificio de expiación o reparación de nuestros pecados. Este gran acontecimiento de la historia es ni más ni menos que el centro de la misma y la razón de ser de nuestra existencia. Pues Dios nos creó por amor a nosotros, para que participemos de su vida divina. Pero como el hombre iba a frustrar el primer proyecto por el pecado de Adán, desde la eternidad preparó el Señor el remedio en la muerte redentora de Cristo. Por eso al celebrar o hacer actual y vivo este misterio de su muerte y resurrección podemos nosotros recibir una parte sobreabundante de las gracias que en tal acontecimiento obtuvo nuestro Redentor.

    Por otra parte, la mesa de la Palabra: es decir, las lecturas que la Iglesia ha dispuesto para nuestra consideración en este domingo, al ser una palabra viva, también nos hace caer en la cuenta de los dones que hemos recibido o que podemos recibir si tenemos fe, si le suplicamos humildemente al Espíritu Santo que nos haga permeables y dóciles a la Palabra que se ha proclamado. El Señor hará que la Palabra fecunde nuestro espíritu y brote en él el deseo y la fuerza de aceptarla y ponerla en práctica. Es una fuerza tan poderosa que actúa como una medicina que mata los gérmenes nocivos que hay en nuestro interior, y que impiden que la hagamos parte de nuestra vida cotidiana. La Palabra de Dios purifica nuestro interior, lo hace lúcido para descubrir los engaños en que nos habíamos dejado envolver, y nos descubre que hay una salida. Fijaos qué grande es la misericordia de Dios, que a veces esta palabra nos sorprende a nosotros mismos, porque se nos cuela en el corazón con una fuerza sorprendente. Es como un encuentro con el Señor mismo, que nosotros no habíamos preparado ni hecho méritos especiales para que así sucediera. Pero de pronto se ilumina nuestro ser, nuestra inteligencia, y empieza uno a recolocar todo nuestro interior. Ve que se desvanecen sus antiguos prejuicios, y se abre un nuevo horizonte. Es lo que san Ignacio de Loyola llama en sus Ejercicios “la consolación sin causa precedente”. El Señor sale a mi encuentro aunque no le había dado motivo para ello, y es que había alguien rezando, aun sin conocerme, para que así sucediera. Pues el Señor respeta nuestra libertad y, en cierto modo, tiene las manos atadas hasta que se las desatamos con la oración y el sacrificio. Pero cada uno debe hacer todo lo posible para que esas manos divinas puedan actuar en mí mismo poniendo interés en escuchar y comprender bien la Palabra escuchada o leída. Yo mismo he de vencer mi pereza y ponerme a la escucha, sí, y todos los días con constancia he de suplicar esa ayuda del Espíritu y he de ser humilde, porque la luz viene de Él, no sale naturalmente del espíritu humano. Tenemos que pedirle a Dios, al Espíritu Santo, que obre en nuestras facultades naturales y con su poder creador nos dé una capacidad nueva. En el Salmo 51, el célebre Miserére, decimos: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme.” Y cuando he hecho esto me diré a mí mismo: El Espíritu Santo ya se había adelantado, sin yo darme cuenta, para que le pidiera esto, que me parecía había sido iniciativa completamente mía.

    Pero eso no sólo sucede con la Palabra directa de la Escritura sagrada, sino también por medio de la palabra predicada y anunciada por sus profetas y predicadores. Por eso es tan importante que los predicadores no tengamos miedo de predicar la Palabra de Dios sin tapujos, ni componendas con lo políticamente correcto. El pecado, estamos comprobando, y bien lo hemos comprobado estos días, cada vez es más descarado y amparado por las leyes, mientras que está prohibido manifestar la fe y predicarla tal cual es. Si uno la predica parcialmente y la deforma, o pone como esencia de la misma fe la duda en vez de la luz y certeza que proviene de la fe, entonces hasta los medios de comunicación dan cabida a su predicación, y hasta vienen a los monasterios micrófono en mano. Lo que ocurre es que entonces la oración colecta que hemos rezado no sería la fe de la Iglesia en contra de lo que se nos ha transmitido como fe apostólica, que lo que se ora en los textos de la liturgia eso mismo es profesión de nuestra fe: “Padre de bondad, que por medio de la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad”. Pero hoy día cuando uno predica todos los mandamientos con todas sus consecuencias, se desata la persecución hasta que esa voz es silenciada.

    Las lecturas que se han proclamado tanto la del segundo libro de los Reyes, referente a la acogida que una mujer dio en su casa al profeta Eliseo para favorecer su predicación, como la del Evangelio, en que Jesús dice que “el que acoge a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta”, nos revelan la importancia de alimentarnos de la mesa de la Palabra de Dios, poniendo todos los medios para que llegue íntegra a nosotros. Lógica consecuencia de todo esto es que hemos de favorecer a sacerdotes o laicos que se esfuercen y vivan con integridad el respeto y veneración a la Eucaristía, aquellos que no se permiten la frialdad o el no significarse con gestos, como ponerse de rodillas para recibir la comunión, que no están bien vistos hoy día, porque en la Iglesia nos estamos acostumbrando a vivir de las modas. Los buenos cristianos de todos los tiempos no se han dejado influir por las modas, que tampoco faltaron en sus días. Los sacerdotes íntegros no acomodan su predicación a las modas eclesiales, que son puro sometimiento a lo políticamente correcto. Si no somos capaces de denunciar el error y la corrupción, que imperan por todas partes hasta con exhibicionismo repugnante, no somos verdaderos discípulos de Cristo. Pero Jesús se atrevió a llamar “zorro” a Herodes, que había mandado decapitar a san Juan Bautista, y bien sabían Él y sus oyentes los que se estaba jugando.

    La Eucaristía nos da esa fuerza para vivir los mandamientos, para enfrentarnos a los perseguidores y para poner por encima a Dios de todos nuestros afectos y gustos terrenos. La abnegación que Jesús nos enseña, el llevar la cruz de cada día, el alimentarnos cada día de la Palabra de Dios cuando no nos apetece, o la tentación de la pereza nos mueve a dejarlo para mañana, u otro día en que nos encontremos dispuestos, no se puede vencer sin alimentarnos de la mesa de la Eucaristía. Y la mera asistencia a la Eucaristía sin meditar y orar la Palabra de Dios en silencio acaba en ser una costumbre rutinaria sin vida. El objetivo es que podamos decir con verdad ese Salmo que solemos recitar con frecuencia (63,2): “Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo; mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.” O también lo hemos escuchado en la lectura de San Pablo a los Romanos: “Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.”

  • 25 Jun

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: se nos acaba de proclamar en el evangelio: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Nuestro paso por la tierra es temporal, aquí no tenemos morada permanente. Nuestra muerte no es el fin, sino el comienzo de la verdadera vida, como dice el prefacio de difuntos: “La vida de tus fieles, Señor, no termina, se transforma y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.

    Meditar en esta idea nos puede ayudar a mejorar nuestra vida cristiana. Muchas veces nos acomplejamos ante las cada vez más frecuentes agresiones y amenazas a la fe cristiana, casi siempre a la católica. Basta estar mínimamente atento a lo que sucede a nuestro alrededor para darnos cuenta de que nuestra fe está perseguida en muchas parcelas de nuestra vida. Frases del estilo “la única iglesia que ilumina es la que arde” o “arderéis como en el 36” son cada vez más habituales, ante nuestra pasividad generalizada. Detrás de esta persecución perfectamente organizada, que nos quieren vender como espontánea, se halla un número relativamente pequeño de personas, pero con enorme poder económico y mediático a sus espaldas.

    Ante esto, no debemos amilanarnos, empezando por los sacerdotes; el Señor nos lo repite varias veces en el evangelio de hoy. Si Jesús fue prudente y lo principal de su mensaje lo transmitió en privado a sus más allegados, hoy en día los sacerdotes, siempre guardando la caridad por encima de todo, debemos proclamar nuestra fe sin medias tintas, porque hasta los cabellos de la cabeza tenemos contados. Dice S. Agustín: “Considerad cuánto valéis. ¿Quién de nosotros puede ser despreciado por nuestro Redentor, si ni siquiera un solo cabello lo será?”. Aunque si seguimos los criterios evangélicos, que chocan con el mundo, inevitablemente nos enemistamos con él, no temamos la persecución, porque Dios estará con nosotros y nada podrá sucedernos sin que Él lo permita o disponga para nuestro bien.

    Queridos hermanos, Jesús nos asegura: “a quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos”. Jesús defenderá a quienes le hayan confesado valientemente ante los hombres. Así lo hizo Sto. Tomás Moro, que celebramos el pasado jueves 22, padre de familia y primer ministro de Enrique VIII, que ordenó martirizarlo por oponerse a la anulación de su matrimonio con la hija de los Reyes Católicos. Este hombre para la eternidad, desde la cárcel escribió una carta en la que tranquilizaba a una de sus hijas afirmando: “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”.

    Es el motivo principal que aparece también en el salmo de este domingo: “Señor, que me escuche tu gran bondad”. La confianza del justo en la misericordia y omnipotencia de Dios le permite afrontar con ánimo sereno todas las dificultades que se le presentan. Jeremías también se veía acosado por sus enemigos, que lo acusaban injustamente. A pesar de que su único recurso era su confianza en Dios, Jeremías cumplía su misión de anunciar lo que el Señor le encomendaba. La sola confesión de nuestra fe con nuestra asistencia regular a la misa y la recepción habitual del sacramento de la reconciliación o penitencia con absolución individual ya supone proclamar que Jesucristo es nuestro único Salvador.

    En su encíclica sobre la Iglesia y la Eucaristía, el Papa S. Juan Pablo II dejó muy clara la vigencia de la norma del Concilio de Trento concretando la severa exhortación del apóstol Pablo en la carta a los Corintios, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, “debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal”, según la enseñanza de la Iglesia, expuesta, entre otros muchos documentos, en el Catecismo y en el Código de Derecho canónico, que recogen además el ayuno eucarístico de 1 hora antes de recibir la comunión.

    El reconocimiento de nuestra condición pecadora no es ningún obstáculo para nuestra confianza en la misericordia de Dios, como se ha proclamado en la carta a los Romanos: “Con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos”. Solo hay un mal que temer, la pérdida del alma propia y ajena, pero el sufrimiento pasajero provocado por este mundo, ofuscado en alejarse de Dios, es nada al lado de la gloria que nos espera, que ni ojo vio ni oído oyó. ¿Qué es el dolor de la cruz, por muy intenso que pueda ser, comparado con una eternidad de amor contemplando el rostro del Hijo del hombre?

    Queridos hermanos: perseveremos en la lectura orante de la Palabra de Dios, de la mano del Señor y de su Madre, a quien la meditación constante de las palabras de su Hijo le impidió vacilar en su fe. La Eucaristía es para nosotros una luz en medio de la oscuridad que nos rodea y un ancla de salvación que nos mantiene unidos con el Señor, con su Vicario el Papa Francisco y con todos los cristianos que, a pesar de la persecución religiosa, perseveran en la confesión de su fe. Precisamente este martes 27, en que se celebra a S. Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia, D.m. el Santo Padre celebrará las bodas de plata de su ordenación episcopal. Es un motivo más para orar especialmente por él y por sus intenciones al frente de la barca de Pedro. Él se enfrenta cada día a numerosas dificultades y problemas en su solicitud por la Iglesia y los católicos en cualquier rincón del mundo.

    Colaboremos a la salvación del mundo con nuestra oración, que es un valor permanente, que nunca se pierde, que no está sujeto a los vaivenes de las encuestas ni de los escaños ni de los mercados. Encomendemos todo esto a Ntra. del Valle, a los 52 beatos cuyas reliquias custodiamos en nuestra basílica y a los 5 siervos de Dios cuyos restos también custodiamos aquí: Clementino, Ernesto, Eudosio, Francisco y Valero. No olvidemos también a la nueva beata benedictina, la oblata Itala Mela, beatificada hace 15 días, en la víspera de la Stma. Trinidad, de cuya inhabitación en nuestra alma tanto escribió ella. Que así sea

  • 18 Jun

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Los ángeles del cielo alimentan constantemente su vida espiritual con la contemplación del Hijo de Dios. Su felicidad se nutre de esa contemplación del misterio trinitario en el Verbo divino. Por eso se dice con verdad que Jesucristo es el “pan de los ángeles” y el “pan del cielo”. Casiodoro, casi contemporáneo de San Benito en la Italia de su época, afirma: “Cristo con razón es llamado pan de los ángeles, porque ellos en verdad se alimentan con la alabanza de Él mismo. Pues no se ha de creer que los ángeles comen pan corporal, sino que se nutren con aquella contemplación del Señor con la que una sublime criatura se alimenta. Pero este pan del cielo sacia a los ángeles y a nosotros nos sirve de alimento en la tierra: a ellos deleitándoles con su contemplación; a nosotros restaurándonos con su santa visitación” (Comentarios del Salterio, Ps 77)

    Hemos escuchado en el Deuteronomio (Dt 8,2-3.14b-16a) que Dios alimentó al pueblo de Israel en su Éxodo por el desierto con un pan bajado del cielo: el maná. Por eso el maná ha sido visto siempre en la Tradición de la Iglesia como una figura que profetizaba la Eucaristía.

    Y en el texto del Evangelio de San Juan (Jn 6,51-59), tomado del sermón del “pan de vida”, el mismo Jesús se nos presenta como “el pan que ha bajado del cielo” para darnos la vida eterna. Jesús nos dice que Él es el verdadero Hijo de Dios, enviado a nosotros por el Padre, y que ha venido a darnos la vida eterna, dándonos su Cuerpo y su Sangre. Esto sucede, como sabéis, en el Sacramento de la Eucaristía que hoy celebramos en esta solemnidad del Corpus Christi y que fue instituido por Jesucristo en la Última Cena, como un anticipo de su Sacrificio en la Cruz y de todo el misterio pascual, es decir, de su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión.

    En verdad, pues, este “pan del cielo” y “pan de ángeles” (cf. Sal 77,24-25) es Jesucristo: Él alimenta espiritualmente a los ángeles que lo contemplan en el cielo y alimenta también la vida de nuestras almas cada vez que lo recibimos en la Eucaristía. Nos lo ha dicho San Pablo en la primera carta a los Corintios (1Cor 10,16-17): el pan que es el Cuerpo de Cristo y el cáliz del vino que es su Sangre nos unen a todos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Quien come la carne de Cristo y bebe su Sangre, como el mismo Jesús nos dice en el Evangelio de hoy, habita en Él y Él a su vez en aquel que lo recibe. Pero no olvidemos que en cada una de las especies consagradas, tanto en el pan como en el vino, está realmente Cristo entero, y de ahí que la comunión bajo una sola de las dos especies sea verdaderamente comunión completa.

    Queridos hermanos: seamos muy conscientes de esta realidad maravillosa, de que realmente en la Sagrada Eucaristía está Jesucristo, el verdadero Hijo Unigénito de Dios hecho hombre para nuestra salvación. Al recibir la Sagrada Comunión, recibimos realmente a Dios en nuestras almas; recibimos a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Por eso, quiero recordar algunas disposiciones necesarias para recibir la comunión.

    En primer lugar, hacen falta unas disposiciones internas, fundamentalmente tres: estar en gracia de Dios, saber a quién vamos a recibir y cumplir el ayuno eucarístico de una hora previa a la comunión. Es fundamental hallarse en estado de gracia, es decir, sin tener pecado mortal, como ha recordado la Iglesia siempre. Si uno se encuentra en pecado mortal, debe acercarse antes al Sacramento de la Penitencia o Reconciliación y confesarse debidamente, con el propósito claro de enmendar sus pecados y de no querer vivir más en pecado mortal.

    En segundo lugar, también son necesarias unas disposiciones externas, pero de ellas quiero incidir sobre todo en algo que hoy, por la pérdida inconsciente del sentido natural y también sobrenatural del pudor, que es la custodia de la intimidad, se olvida con frecuencia: me refiero a la modestia en el vestir. Nuestra sociedad ha perdido progresivamente el valor de la decencia y el decoro en el vestir, incluso a la hora de entrar en un lugar sagrado como es una iglesia e incluso al comulgar. Al sacerdote muchas veces se le plantea la duda de dar o no dar la comunión a una persona, tanto hombre como mujer, que se acerca vestida casi como si fuera a la playa, y muchas veces le da la comunión considerando la ignorancia y la buena voluntad de esa persona y que interiormente puede encontrarse en gracia de Dios, y asimismo con el fin de evitar un escándalo mayor rechazando en público a un comulgante. Pero deberíamos ser conscientes de que vamos a recibir a Dios mismo y que, por lo tanto, deberíamos evitar ciertos vestidos que muchas veces son más bien desvestidos.

    En fin, que la Santísima Virgen, la Mujer que llevó en su seno al mismo Hijo de Dios, nos haga tomar conciencia de la grandeza de la Eucaristía y de las disposiciones adecuadas para recibir a Jesucristo en este Sacramento, que es el verdadero pan de los ángeles bajado del cielo para alimentar nuestras almas. Que en este fin de curso Ella bendiga a los niños de nuestra Escolanía, que tienen la misión de los ángeles de dar gloria a Jesús Sacramentado, y bendiga también a los niños que han venido a las pruebas de acceso para el curso próximo. A los padres de unos y de otros os expreso nuestro agradecimiento por el servicio prestado y por la confianza depositada.

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