• 30 Nov

    P.Santiago Cantera

  • Querido Fray Carlos:

    Te dispones a realizar la profesión de tus votos temporales como monje en esta fiesta de San Andrés, lo cual adquiere un significado singular, por ser la vida y la comunidad de los Apóstoles uno de los fundamentos de la vida monástica. En efecto, como San Bernardo de Claraval expuso con gran belleza, la vida monástica es a la vez una vida celestial y angélica por la guarda del celibato; es una vida profética porque busca y anuncia lo que no se ve, vive de la fe y aspira a la eternidad; y es una vida apostólica, que se gloría en el Señor, porque se ha dejado todo para seguirle y escucharle (Sermón 3 de las faenas de la cosecha).

    En efecto, el relato que hemos escuchado del Evangelio de San Mateo nos ha narrado cómo Jesús llamó a los hermanos Simón Pedro y Andrés y luego a los hermanos Santiago y Juan, y ellos lo dejaron todo para seguirle (Mt 4,18-22).

    Ese dejarlo todo por Cristo, según el modelo de los Apóstoles al oír su voz y verse irresistiblemente atraídos por su mirada, es lo que llevó a San Antonio Abad, el Padre de todos los monjes, a inaugurar la vida monástica en Egipto en el siglo IV, como nos lo describe San Atanasio: meditando la vocación de los Apóstoles y al escuchar en una iglesia el texto evangélico del joven rico, Antonio vendió todas sus posesiones para dar el dinero a los pobres, procuró que su hermana quedase bien atendida y él marchó a comenzar una vida solitaria de oración y penitencia (Vita Antonii, 2). Este ejemplo de los Apóstoles en la renuncia del monje a las cosas del mundo para seguir a Cristo estará presente siempre en la Tradición monástica, y así lo recoge San Basilio Magno (Grandes Reglas, 8), a quien todo el monacato oriental tiene como un referente y San Benito denomina “Nuestro Padre San Basilio” (RB LXXIII, 5).

    Un verdadero “Padre del Desierto” de nuestro tiempo, el monje copto egipcio Matta el-Maskin (1919-2006), destacó que la vocación de San Antonio fue por completo una vocación según el Evangelio y sostenida poderosamente por el Espíritu Santo, de tal modo que fue un verdadero heredero del fuego santificador de Pentecostés. El Abuna o P. Matta el-Maskin, ofreciendo una visión pneumatológica de la Historia de la Iglesia, explica cómo se produjo primero la efusión del Espíritu Santo sobre la comunidad apostólica y la Iglesia primitiva, después el mismo Espíritu Santo suscitó la respuesta del despojamiento total por medio del martirio, y luego hizo surgir el monacato como renuncia diaria en la que el monje lleva su cruz cada día poniendo en práctica su fe, su esperanza y su amor a Dios (San Antonio, asceta según el Evangelio).

    Pero, si el ejemplo de renunciamiento de San Andrés y de todos los Apóstoles para seguir a Cristo es uno de los fundamentos de la vida monástica, también lo es el modelo de vida de la comunidad de los Apóstoles en torno a Jesús y bajo el aliento del Espíritu Santo. Quienes hemos abrazado un estilo monacal cenobítico, de vida en comunidad, debemos mirar aquella comunidad apostólica como referente, tal como lo recordó San Juan Pablo II: “Exhorto a los consagrados y consagradas a cultivarla [la vida fraterna] con tesón, siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos de Jerusalén, que eran asiduos en la escucha de las enseñanzas de los Apóstoles, en la oración común, en la participación en la Eucaristía, y en el compartir los bienes de la naturaleza y de la gracia (cf. Hch 2,42-47) […] para que cada comunidad se muestre como signo luminoso de la nueva Jerusalén, morada de Dios con los hombres” (Vita consecrata, n. 45).

    Este clima de auténtica fraternidad en el seno de la comunidad es posible vivirlo cuando Cristo, el Maestro y el Amigo divino, ocupa el centro de nuestras relaciones, según enseña San Elredo de Rieval al dar las pautas de la verdadera amistad espiritual frente a la amistad pueril e inmadura (La amistad espiritual, II, 20-21; III, 133-134).

    Querido Fray Carlos: vas a profesar los tres votos clásicos de la Tradición monástica de cuño benedictino: estabilidad, conversión de costumbres y obediencia (RB 58, 17), el segundo de los cuales conlleva la pobreza y la castidad. Quieres abrazar el seguimiento y la imitación de Cristo según el modelo de los Apóstoles y viviendo los consejos evangélicos: pobreza, obediencia y castidad. Y al hacerlo, quieres llevar a sus últimas consecuencias lo que recibiste a la hora del Bautismo, configurando tu vida con la de Cristo para alcanzar la unión con Dios.

    El ejemplo de los Apóstoles es muy alentador para que puedas desarrollar este proyecto de vida: ellos no nacieron como hombres santos ni fueron perfectos seguidores de Jesucristo desde el principio. Es más, todos le abandonaron en Getsemaní. Sin embargo, el trato íntimo y cotidiano con Él fue limando sus defectos y la acción del Espíritu Santo a partir de Pentecostés los transformó en los doce recios cimientos del nuevo Israel que es la Iglesia y los condujo por el camino de la santidad. San Benito nos animará diciendo que la vida monástica, camino de salvación, se puede recorrer con dulzura de caridad a medida que se avanza (RB Pról., 45-50).

    Por eso, te recuerdo la exhortación de San Gregorio Magno, el primer papa-monje: “Ya que celebramos el natalicio del apóstol San Andrés, debemos imitar a quien rendimos culto”, despreciando lo terreno para ganar lo eterno; no envidiando, sino viviendo una caridad ardiente; y todo ello con la ayuda de Nuestro Señor Jesucristo (Homilía V sobre los Evangelios). Y que por intercesión de San Andrés y de la Virgen María, Reina de los Apóstoles, el Buen Dios te conceda la santa perseverancia en el bello propósito que hoy abrazas.

  • 17 Nov

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: «Con vuestra paciencia salvaréis vuestras almas.» Es esta una buena noticia que nos da hoy el Señor como palabra última que ilumina todo lo que ha dicho Él en el Evangelio y lo que dicen las lecturas de este domingo, que son anuncio de un juicio sobre la maldad extendida por doquier. ¿De qué hemos de ser salvados? Del rechazo de los planes de Dios en esa gran purificación que el Señor anuncia a este mundo: una purificación que da paso al Reino de justicia y de paz. Un Reino de amor para cuya implantación en este mundo es requisito imprescindible pasar por el castigo que merece el pecado grave y reiterado hasta la saciedad que campea ufano por las plazas y calles de nuestras ciudades en nuestros días. Y eso a pesar de que las guerras habidas en el siglo veinte hayan supuesto también una catarsis que produjo sus frutos en su día. El efecto del escarmiento ha quedado ya olvidado. La deriva de la maldad ha alcanzado cotas tan altas, que el nuevo castigo ha de costar la vida de muchos y el ejercicio máximo de la paciencia en un grado comparable a la prueba que sufrieron los contemporáneos de Noé, aunque superándola en rigor. Pero aún así el Señor afirma que «ni un cabello de nuestra cabeza perecerá», pero esta sobrentendido, si Él no lo permite. Pues está claro que el Señor no desdeña que haya muchos justos que al sufrir la persecución, e incluso la muerte, obtengan la conversión de muchos tibios e indiferentes y fortalezcan a los apocados por su valiente testimonio.

    San Agustín dice en uno de sus sermones sobre los Salmos que si no ponemos resistencia en su primera venida, la que tuvo lugar por su encarnación y han prolongado sus predicadores por todo el mundo enseñando a vivir como vivió Él, tampoco temeremos esta segunda venida en que de nuevo vendrá, pero a juzgar.

    Mientras tanto hemos de prepararnos: este mundo pasará, no nos podemos apegar a él, porque nada quedará de él, ni el recuerdo. Sigamos el camino de nuestro Salvador, el de la cruz de nuestras limitaciones y el de la persecución que se está volviendo descaradamente agresiva de nuestros derechos y de nuestra libertad. No nos apartemos de la Luz, porque días vendrán, hermanos, que nadie sabrá dónde ir ni a quien seguir: las voces de unos y otros nos confundirán, como ya está pasando, y reinará el error y la confusión, la angustia se apoderará de nosotros, porque la Luz de Dios, el cayado de nuestro Pastor, no estará ante nosotros como ahora, y, herido el pastor de nuestras almas, el que Dios ha puesto al frente de la Iglesia, pero al que se niegan a reconocer muchos católicos de toda la vida, no lo tendremos.

    Por supuesto que esto no es el fin del mundo. Dios va a establecer su Reino que pedimos todos los días en el Padre nuestro y en la Eucaristía.

    Busquemos nuestra salvación y dejemos ya este mundo; no nos apeguemos a él, no pongamos nuestro corazón en él, o seremos presa fácil del diablo que anda buscando resquicios para entrar en nuestras vidas y apoderarse de nuestra alma. Digámosle: ¡NO! , siendo del Señor, fieles a su Amor. Obedezcamos su Palabra que tenemos en el Evangelio y en toda la Sagrada Escritura, con su interpretación en el Catecismo de la Iglesia, que en ello nos va nuestra salvación.

    Un día nos encontraremos con el Señor y seremos felices y gozaremos de su Amor, pero antes debemos sufrir por nuestros propios pecados y para la salvación de todos los que se abran al amor de Dios.

    ¡Qué suerte hermanos es poder participar cada día en la Eucaristía!, pues a pesar de ser tantos nuestros pecados, esa comunión sacramental hecha en gracia de Dios, a la que el Señor nos invita, es una participación en su sacrificio y en la reparación de los pecados de los hombres. La obra que más desagravia al Señor es precisamente la comunión sacramental. Y no depende de lo que nosotros sintamos. Nuestra participación es acudir a la Eucaristía y participar de la mejor manera, sin distracciones consentidas, sin hablar con nadie, desde el principio al fin, sin recortarla por llegar tarde o irnos antes a otras cosas, y ante todo en gracia de Dios. La reparación por los pecados no es obra nuestra, es obra de Dios, pero esa participación cuidada por nuestra parte es imprescindible.

    Esperemos con gozo esta venida del Señor, este momento culminante de la inhabitación de las tres divinas Personas en nuestras almas en la comunión, y aceptemos los planes de Dios, que difieren mucho de los nuestros evidentemente, puesto que Él nos asegura que va a estar con nosotros, junto con su Madre, todos los días de nuestra vida. No nos soltemos de su mano perseverando en recibirle en sus sacramentos

    Hermanos hoy es el día dedicado a los pobres, así lo ha establecido el Papa Francisco. Hemos hablado de estar con el Señor por medio de la oración y los sacramentos, pero se entiende que no sería fructuosa nuestra comunión sacramental si uno se niega a socorrer a los más necesitados. Jesús en la última Cena en la que instituyó la Eucaristía la precedió del lavatorio de pies y él mismo se ciñó para LAVARLOS, dándonos ese ejemplo y advertencia de que no se pueden separar Eucaristía y servicio, la presencia de Cristo en su Cuerpo y Sangre sacramental y presencia de Cristo en los más pobres. El papa Francisco es muy sensible a esta enseñanza de Cristo tan central en el Evangelio. Y tenemos que agradecerle nos lo recuerde tan vivamente.

  • 2 Nov

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El mes de noviembre entero y muy especialmente el día de hoy están dedicados a la intercesión por las almas de los difuntos. Ayer celebrábamos la solemnidad de Todos los Santos, que nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad ante Dios, a la salvación eterna, a gozar de la dicha del Cielo con Él. Por su parte, la conmemoración litúrgica de hoy fue instituida a inicios del siglo XI por San Odilón, abad de Cluny, y nos recuerda la verdad del Purgatorio y el deber que tenemos de ofrecer nuestras oraciones, penitencias, limosnas y el Santo Sacrificio de la Misa para que las almas que se encuentran en ese estado puedan pasar a disfrutar de Dios.

    La existencia del Purgatorio es un dogma de la fe católica, definido solemnemente en el II Concilio de Lyon en 1274. En la Sagrada Escritura, muy especialmente en los libros de los Macabeos, hay numerosos textos en los que se fundamenta la fe en el Purgatorio o unas penas purgantes. Para poder pasar a contemplar la belleza infinita de Dios en la eternidad, las almas deben estar limpias de toda mancha dejada por sus pecados. Lo mismo que cuando una persona asiste a una boda o a un encuentro importante tiene que ir con un vestido limpio, para ver a Dios tenemos que estar perfectamente purificados.

    Entre los Padres de la Iglesia, San Agustín y el papa San Gregorio Magno fueron algunos de los que trataron el tema del Purgatorio con mayor profusión. El segundo incidió en la fuerza inmensa del Santo Sacrificio de la Misa ofrecido por las almas de los difuntos para que queden liberadas de las penas purgantes y puedan pasar a la gloria celestial. Esa fuerza viene del propio valor de la Santa Misa, porque en ella se realiza la renovación y actualización del Sacrificio de Cristo en el Calvario, así como de su Resurrección y Ascensión. Por eso, no hay nada más grande sobre la faz de la tierra que la Santa Misa y la Iglesia permite en el día de todos los Fieles Difuntos que los sacerdotes puedan celebrar tres Misas.

    Nunca debemos olvidar que el bien o el mal que hagamos en esta vida tienen repercusiones de cara a nuestra salvación eterna, a la que Dios nos invita. Nuestra vida no se termina con la muerte: más bien comienza. Todos debiéramos meditar acerca de la muerte, no con un sentido tétrico, sino como una realidad de la vida humana ante la que ésta encuentra su sentido y ante la que debe decantarse por el bien o por el mal, teniendo presente que tras ella vendrá la realidad eterna, ya de gloria, ya de condenación.

    El mes de noviembre nos introduce de lleno en la meditación de una parte de lo que tradicionalmente se ha conocido como “los Novísimos”, mientras que en el Adviento que le sigue podremos penetrar en la otra parte de ellos: aquella que se refiere al final de los tiempos y la Parusía o segunda venida de Jesucristo y el Juicio Final.

    Pero los “Novísimos” se deben meditar siempre con esperanza. Es erróneo hacerlo con espíritu morboso, tétrico, catastrofista o adivinatorio. La actitud cristiana es de esperanza, virtud teologal infundida por Dios en nuestra alma para confiar en la grandeza de la Bondad y de la Misericordia de Dios, que nos invita al arrepentimiento y a la conversión para alcanzar la vida eterna.

    En este mes de noviembre, por tanto, debemos recordar y meditar la realidad de la inmortalidad del alma y la fe en la resurrección final de los cuerpos, según el modelo del Cuerpo resucitado de Jesucristo en estado glorioso. No está de más recordar, en consecuencia, que rezar por vivos y difuntos es una de las obras de misericordia espirituales, y enterrar a los muertos es una de las obras de misericordia corporales. Y de ahí el respeto que la fe cristiana, acorde con la Ley Natural inscrita en el corazón de todos los hombres cuya razón gobierna adecuadamente en sus vidas, impone a la memoria de los difuntos, a sus restos mortales y a sus sepulturas.

    “Dios quiere que todos los hombres sean salvos” (1Tim 2,3-4), dice San Pablo. Y Jesús nos habla de la inmortalidad y de que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos están vivos” (Mc 12, 27; Lc 20,38). Dios desea que todos podamos llegar a gozar del Cielo, de la visión de Él mismo. Y por eso quiere que le roguemos por la liberación de las ánimas benditas del Purgatorio, que esperan nuestras oraciones y sacrificios y que ofrezcamos por ellas el Santo Sacrificio de la Misa.

    En todo el mes de noviembre se puede ganar en esta Basílica indulgencia plenaria aplicable por las almas del Purgatorio, con las debidas condiciones de confesión sacramental, comunión eucarística, oración por el Papa y aversión al pecado.

    Que María Santísima, que esperó con fe la Resurrección de su Hijo, interceda por las ánimas del Purgatorio y nos lleve a meditar en los misterios que ahora la Iglesia nos propone.

  • 1 Nov

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    En esta solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia honra a todos aquellos hermanos nuestros que han alcanzado ya la gloria celestial para toda la eternidad, tanto los que están oficialmente beatificados y canonizados, como aquella ingente multitud de hombres y mujeres que, habiendo pasado en su mayor parte desapercibidos, vivieron la vida cristiana con fidelidad a Dios y ejercitando las virtudes. Entre ellos pueden contarse muchos familiares y amigos nuestros cuya imagen seguramente nunca veremos en una hornacina o en un altar, pero que han sido para todos los que los conocieron un verdadero ejemplo de vida cristiana.

    Una de las cuatro notas de la verdadera Iglesia, según lo vamos a proclamar en el Credo, es la santidad: la Iglesia es santa. Lo dice el Salmo 92: “La santidad es el adorno de tu casa” (Sal 92,5). Y lo es porque su fundador, Nuestro Señor Jesucristo, es santo y envía sobre ella el Espíritu Santo para que la vivifique y la santifique, produciendo en ella frutos de santidad. Por eso, desde sus mismos orígenes, la Iglesia rindió un culto especial a los mártires y los tomó como modelo, y muy pronto asoció a ellos a otros hombres y mujeres que, sin haber derramado su sangre por Cristo, vivieron con una fidelidad y una entrega a veces semejables incluso al martirio.

    San Bernardo de Claraval apreciaba el valor de los santos como mediadores y como ejemplo para nosotros, además de merecer nuestro reconocimiento por haber logrado la corona de la gloria. Nos enseña que ellos no necesitan los cantos y los homenajes de los hombres, pues están saciados por el Señor, pero la celebración de su memoria nos es muy provechosa a los hombres de la tierra y suscita en nosotros el que Cristo se nos manifieste como nuestra vida, lo mismo que a ellos, y el deseo de que seamos glorificados en Él.

    La meta del cristiano es la santidad y el logro de la salvación eterna, porque suponen la fidelidad y entrega absoluta a Dios y el disfrute de su contemplación para siempre. Y nuestro modelo principal para la santidad no es otro que Jesucristo, cuya imitación debe ser nuestro ideal. Por eso, el ideal cristiano debe seguir cifrándose en la santidad según el ejemplo de Cristo: “¡Ser santos!”, han proclamado y exhortado muchos santos. Una santidad que, ante todo, debe serlo a los ojos de Dios.

    La santidad consiste básicamente el ejercicio heroico de las virtudes. La virtud es una disposición permanente del alma para obrar el bien y evitar el mal, y para poder ejercitarla de un modo perfecto necesitamos la ayuda de la gracia divina, que es ya un anticipo de la gloria celestial y se nos comunica por medio de los sacramentos, la oración y las buenas obras.

    La solemnidad de Todos los Santos, por tanto, es un doble estímulo a ser santos en la tierra y a alcanzar la gloria de los santos en el Cielo. Los santos son los que, con su vida y con su ejemplo, han sido capaces de aportar al mundo caridad y justicia. Pero además, nos sirven de modelo para alcanzar la dicha eterna en el Cielo. Son un aliciente para la esperanza cristiana.

    Viviendo santamente en la tierra y transformando la realidad que nos rodea, aspiremos al Cielo, a la vida eterna. Deseemos vivir las Bienaventuranzas que Jesús nos ha proclamado en el Evangelio (Mt 5,1-12) y anhelemos pertenecer al séquito de los santos que eternamente glorifican a Dios, según la descripción del Apocalipsis (Ap 7,2-4.9-14), sabiendo que entonces, como nos ha dicho el Apóstol San Juan en su primera carta, “seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,1-3). ¡Qué gozo, queridos hermanos, alcanzar la gloria eterna, la contemplación eterna de Dios en compañía de los ángeles y los santos, aquello que con nuestras limitaciones terrenas ahora nos es imposible comprender bien! Entonces, como dice San Agustín, “allí descansaremos y contemplaremos; contemplaremos y amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que será la dicha que no tiene fin” (De civ. Dei, XXII, 30).

    Que la Santísima Virgen, la toda santa y asunta al Cielo, nos ayude a llegar a esta meta.

  • 20 Oct

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Todos pasamos por momentos apurados en la vida. ¿Qué hacer en tales circunstancias? Al cristiano le tiene que brotar naturalmente la oración. Pero nos viene la queja: ¿De qué sirve la oración si el Señor parece que no escucha? En la Palabra de Dios hallamos la respuesta. Precisamente acabamos de escuchar que San Pablo en sus consejos pastorales a Timoteo le dice que la Escritura da la sabiduría que por la fe en Cristo conduce a la salvación. ¿Buscamos verdaderamente en la Escritura esa sabiduría para no errar en el camino de la salvación? ¿La leemos sedientos de luz una y otra vez para dar con la clave que nos haga salir de nuestras inercias en nuestra conversión? ¿No tendríamos que andar con los ojos abiertos para ver por dónde encaminar nuestra vida, para que no pasen los días de nuestra vida corriendo mucho, haciendo muchas tareas, pero fuera del camino?

    El Señor es el único camino, Él es la salvación. Esta verdad primordial puede convertirse en un conocimiento abstracto entumecido sin influencia efectiva en nuestra vida. Tener la sed de la verdadera sabiduría que nos ayude a encauzar nuestra existencia y no dar palos de ciego es lo único que debería preocuparnos. Pasan los días agitados por las muchas actividades que tenemos que hacer, pero sin atender a lo principal. Leemos libros en los que se nos motiva para dedicarnos a la oración y de esa manera estar en lo principal y no en lo accesorio, pero nos decimos qué bonito es eso, pero yo no puedo ni pestañear en mis trabajos que son importantes, sin duda, pero lo que nos mueve a menudo no es que eso que hacemos sea a impulso y deseo de estar en armonía con la voluntad de Dios, sino que mi egoísmo sólo vive pendiente a fin de cuentas en que mis hermanos no me reclamen que no he trabajado lo suficiente: dejarles bien claro que no he parado de hacer gestiones. Es lo que se exige de los hombres y mujeres ejecutivos en todos los campos: que se olviden de su familia, de su fe y de todo y como máquinas imparables no cesen en su actividad que les hagan gestores brillantes en la historia del partido, de la empresa e incluso en esa historia humana de la Iglesia que no debería existir, puesto que el Evangelio nos dice “que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”. Cuántas veces nuestra intención real se reduce a agradar a los hombres, y queda al margen el anhelo de estar en comunión con Jesús que dijo: “Mi alimento es hacer la Voluntad del que me envió y llevar a término su obra” (Jn 4,34). Nuestro objetivo debe ser que la voluntad de Dios no se quede en algo exterior a nosotros, algo pesado y agotador, sino la vida y delicia de todo nuestro ser.

    El papa Francisco comentando este pasaje del evangelio decía con admirable profundidad: “«Clamar día y noche» a Dios. Nos impresiona esta imagen de la oración. ¿No conoce Él ya nuestras necesidades? En la lucha contra el mal fuera y dentro de nosotros, el Señor no está lejos; nosotros luchamos con Él a nuestro lado, y nuestra arma es precisamente la oración. Hay una lucha que mantener cada día; pero Dios es nuestro aliado, la fe en Él es nuestra fuerza, y la oración es la expresión de esta fe.” Qué importante es orar con intensidad y orar bien, poniendo en ello nuestra vida. La oración debe ser la guía y compañera de nuestra vida, el arma de que disponemos para luchar contra nuestras propias pasiones desordenadas y la que encauza nuestra actividad por el verdadero camino, el de la confianza en Dios, que no es un esperar de brazos cruzados que sucedan milagros, sino primero en asegurar que Dios y sus mandamientos y toda su Palabra sea de verdad lo más importante en mi vida. Pero es que eso es lo primero que le debo pedir y desear. O parto desde esa base, desde conformar mi vida según la Palabra de Dios, o no estoy haciendo bien la oración. Tengo que pedir al Espíritu Santo con insistencia que no quiero tener por guía mi astucia, mi inteligencia, mis apoyos en gente con influencia en las altas esferas, mis gustos y ambiciones, sino su voluntad. Quiero buscar su voluntad en su Palabra, y pongo los medios, para que cada día mi alimento no sea tanto el material, sino esa luz, esa agua viva, ese pan sobresubstancial que pedimos en el Padre nuestro.

    En términos más coloquiales diríamos que la oración no se puede supeditar ni confundir con las ganas de orar. Ni tampoco se puede reducir a los pocos espacios que sobran después de una actividad desbordante que nos deja agotados. Ni siquiera debe estar constreñida la oración por el variable espacio de una vida muy metódica y regular en la que la oración tiene su lugar muy equilibrado, pero cuando surgen cosas imprevistas, o impuestas por las circunstancias, la oración es la cenicienta que se queda con las sobras, siempre que sobre algo y ya no esté uno muy cansado. Nada de eso. La oración es por el contrario como el termómetro de nuestra fe, pero de una fe viva, que es la única que vale: la fe unida a las obras. O es una fe que transforma nuestra vida o es una fe muerta. Y la prueba de que esa fe es vivificada por la caridad es que hay un progreso en la caridad y en la oración, es decir que el amor a Dios y al prójimo o crece o se queda paralizado y casi muerto o muerto del todo.

    El “clamar día y noche” del Evangelio que se ha proclamado es una clara alusión a que la oración no se puede reducir a repetir unas oraciones en determinados momentos. La oración debe ser una vida, o mejor, es la vida de Dios en nosotros: el sujeto de nuestra oración no somos nosotros, sino el Espíritu Santo en nosotros. Este misterio del amor de Dios que vive en nosotros es demasiado grande como para no dedicarle a él toda nuestra vida. Jesús ha rogado al Padre que el amor entre Él y su Padre esté también en nosotros. Eso es la oración. Es el aliento del Espíritu en nosotros. Si lo vivimos así, si lo queremos vivir así aunque nos parezca que estamos muy lejos de ello, nuestra oración resulta que no la sentiremos como obra nuestra, sino que nos veremos como los espectadores de ese misterio que se produce en nosotros, pero del que no somos espectadores pasivos, sino que estamos inmersos en él con un esfuerzo y un trabajo ímprobo de nuestra parte, y a la vez insignificante en comparación de la acción de Dios en nosotros. El ejemplo de Moisés que se ha proclamado en la primera lectura del Éxodo ha sido visto en la tradición cristiana como una figura de Jesús en la cruz con sus manos extendidas mantenidas por los sacerdotes. Pero no sólo es una profecía de la muerte de Cristo, sino que lo que dio valor a la oración de Moisés fue la plegaria de Cristo en la Cruz por todos los hombres. Cristo es el centro de la historia y su sacrificio en la Cruz hizo posible que nuestra oración fuese escuchada favorablemente tanto para los que cronológicamente vivieron antes de su encarnación como para nosotros. Sin sus méritos y su expiación por nosotros nuestra oración sería una obra humana sin valor.

    Nosotros los monjes luchamos por la justicia, la verdad y la paz. No puede ser una paz impuesta por el poder al margen de la justicia y pasando por encima de los derechos de los humanamente débiles. Pero eso que reclamamos de nuestros gobernantes es una exigencia para todos y cada uno de nosotros. San Benito exige del abad que corrija a sus monjes y no deje que el mal obrar arraigue y se imponga en el monasterio. A renglón seguido le exige al abad que a la vez que corrige a sus hermanos se vaya enmendando de sus propios defectos. Este sabio consejo de san Benito nos lo tenemos que aplicar todos en nuestras relaciones fraternas. Todos somos pecadores y lo que no podemos callar con respecto a lo que está mal, tampoco nos lo debemos consentir a nosotros mismos. Nuestros deseos de que el Reino de Dios venga a nuestro mundo y no solamente arraigue en nuestro corazón, requiere que cada uno trabajemos denodadamente por quitar los obstáculos que alberga nuestro corazón por falta de renuncia a nosotros mismos. El único camino es Jesús, y ese camino que Él ha transitado primero es el de la cruz. En la cruz está Él y el que quiera servirle debe estar donde está Él. La oración qué duda cabe es descanso del alma, pero también es una cruz en el sentido de que en la oración se hace patente la lucha contra nuestro egoísmo, pues la oración es ponerse en manos de Dios, es vivir en su voluntad, no en la nuestra; la oración es renuncia a nuestros propios criterios, para vivir en la voluntad de Dios y no en la mera resignación a regañadientes. Y cuando se pasa de resignarse y aguantarse a abrazar la cruz por amor al que se abrazó a la cruz, por amor a nosotros, la vida cambia por completo. Entonces pasamos de la oscuridad a la luz, de la angustia al gozo. Pidamos a nuestra Madre que dijo Hágase en mí según tu palabra que esta eucaristía sea un paso decisivo en esa transformación.

    La colecta de hoy se dedica a la propagación de la fe por todo el mundo. Este tesoro de la fe es nuestro deber difundirlo, que llegue a los pequeños que sin nuestra ayuda no pueden procurarse predicadores del Evangelio y que les administren la gracia de los sacramentos.

  • 22 Sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor Jesucristo: Nos ha congregado el Señor y por eso estamos aquí reunidos. Es el Señor, el Mediador único entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús que se entregó en rescate por todos quien nos ha invitado a cada uno a participar en esta celebración. La oración cristiana no parte de iniciativa humana, no obtiene su eficacia por ser decisión nuestra. Nosotros hemos de colaborar con la gracia de Dios: eso es imprescindible también, pero la iniciativa, aunque nosotros no lo sintamos sensiblemente, es de Dios. Esto es tan importante que la definición de liturgia no puede ser otra que “el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo” (Conc. Vaticano II) . Es el momento por excelencia en que ese sacerdocio de Jesucristo, su mediación entre Dios y los hombres, se pone de relieve de manera especial. En esta basílica el gran crucifijo que preside el altar nos ayuda a tener esto en cuenta. Es su sacrificio en la cruz el que nos disponemos a actualizar de una manera incruenta, pero sumamente eficaz. Agradecemos al Señor el que se haya fijado en nosotros, que somos pecadores, pero a pesar de todo cuenta con nosotros, quiere ejercer su sacerdocio con nuestra colaboración: la de los sacerdotes concelebrantes, como ministros ordenados; y la de los fieles que gracias al bautismo pueden acceder a recibir los sacramentos, siempre que su alma esté dispuesta y en gracia de Dios sin que pese sobre su conciencia ningún pecado mortal desde su última confesión.

    Ninguna otra oración es tan grande como la Santa Misa. Pero requiere de nosotros ese esfuerzo continuo por vivir en gracia o recuperarla si la hubiésemos perdido por medio del sacramento de la reconciliación. La Eucaristía es pues una llamada constante a la santidad y a la vez es el sacramento del que proviene la fuerza para vivir en gracia, para conservar intacta esa condición de hijos de Dios recibida en el bautismo. No somos meras criaturas como cualquier ser creado por Dios. Somos sus hijos que se esfuerzan por dar testimonio del amor de Dios en un mundo que se ha vuelto muy hostil a su suave dominio, un mundo que se hace inhabitable de modo progresivo, para el que quiere proclamar de boca y con sus obras que Dios es autor de todo lo visible y es Padre de todos los hombres. Pero su llamamiento a aceptar su paternidad universal es rechazado por muchos de los llamados a ser hijos y viven solo como criaturas rebeldes y desagradecidos con sus cuidados providenciales. San Pablo nos pide que recemos por todos los hombres, los que son creyentes y los que se resisten a creer. Y también para que nosotros no seamos obstáculo a que ellos crean. Al contrario, debemos hacer diáfano el llamamiento de Dios y pedirle que multiplique sus llamadas y que se sirva de nosotros, si le parece bien, para que todos crean y lleguen al conocimiento de la verdad.

    Hoy el evangelio nos ha dirigido una propuesta, muy audaz y muy realista, a servirnos del dinero, injusto y sucio por la codicia humana, para hacer el bien. Pero de modo muy realista nos ha advertido que no se puede servir a Dios y al dinero. Qué fácil es dejarse atrapar por la codicia del dinero de este mundo. Los cristianos debemos estar muy pendientes de nosotros mismos para no caer en sus lazos, porque la esclavitud al dinero nos aparta de Dios y pone obstáculos a los demás en su acceso a la fe o en su perseverancia en la vivencia de la fe.

    Los obstáculos a recibir la fe en el que no la tiene, o la hubiese perdido, o en mantenerse en ella no los nombra el pasaje del Evangelio leído hoy, pero sí que ilustra muy a las claras la primera lectura del profeta Amós la idolatría del dinero: por esa búsqueda de la rentabilidad llegando a traficar con personas humanas, vendiendo al pobre por un par de sandalias. Hoy también se trafica con personas humanas, con los niños aún no nacidos, puesto que se obtiene una rentabilidad increíble con el feto del niño abortado, siendo uno de los negocios más lucrativos. Y ante eso callamos y parece que es de mal gusto denunciarlo. Pero en las iglesias que se salta por alto el deber de denunciar la falta de respeto de la vida de los niños no nacidos o de los enfermos terminales de nuestra sociedad nos deberíamos prohibir entrar, porque es una grave omisión que ofende a Dios. Nos escandalizamos farisaicamente por la esclavitud y la pena de muerte de épocas pasadas y somos cobardes para enfrentarnos a los pecados que legitiman nuestras leyes actuales y democráticas.

    Hermanos, no nos debe bastar el orar para que el mundo vuelva a su Creador y respete la ley natural manifestada en su creación e impresa en la conciencia de todo hombre: la situación actual reclama de nosotros una implicación mucho más consciente en la situación que vivimos y acudir a la penitencia y al ayuno para no dejarnos arrastrar por esta ceguera colectiva, puesto que si nos falta diligencia en hacerlo al fin estamos cayendo en pecado de omisión y estamos consintiendo que se cometan esos pecados tan graves, por no poner los medios a nuestro alcance para si quiera frenar el deterioro moral de nuestros días, que se está cobrando entre los propios creyentes tantas víctimas por su indolencia ante pecados que claman al cielo. Ante las situaciones de urgente necesidad en la Sagrada Escritura es una constante el acudir al ayuno, la penitencia y la oración, además de revisar si nuestras relaciones comerciales o sociales a nivel personal o colectivo son justas. No podemos banquetear y gastar despreocupadamente, mientras el pecado se extiende por doquier y nos mancha a todos. No debemos escandalizar a otros con nuestra falta de sensibilidad social ante tantos desheredados, ni ante tantos crímenes cometidos al amparo de las leyes. No debemos salir de esta celebración sin escuchar la voz angustiosa del Señor que clama justicia en la persona de los pobres y de la sangre de los inocentes con la que se trafica, pero también el Señor nos habla en nuestra conciencia y nos dice y ¿tú estás a la escucha de lo que te digo en Mi Palabra que hagas?

    Hoy celebramos la memoria de muchos mártires en nuestra patria y fuera de ella que dieron testimonio de Cristo hasta derramar su sangre. Nos encomendamos a ellos para que nosotros no faltemos a nuestros graves deberes en esta hora de prueba que debe convertirse en un estímulo para vivir la santidad que nuestra condición de hijos de Dios reclama y el ser hijos de una Madre tan sensible a las necesidades ajenas, como lo mostró en Caná de Galilea: es para nosotros una ayuda que no debemos desestimar. La Bienaventurada Virgen María es nuestro modelo: ella se implicó en las necesidades humanas de los recién casados y en la Cruz la de todos los hombres: por eso es ahora nuestra Abogada en nuestros grandes apuros espirituales y corporales. Para el cristiano de hoy el rezo cotidiano del santo Rosario unido a la penitencia y a su formación en la fe cristiana es una manera de asumir esta responsabilidad del momento actual.

  • 14 Sep

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Durante la procesión de entrada, la Escolanía ha cantado el introito gregoriano tomado de la Carta de San Pablo a los Gálatas (Gal 6,14): Nos autem gloriari oportet in cruce Domini nostri Iesu Christi: “Nosotros debemos gloriarnos en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en la que se encuentra nuestra salvación, vida y resurrección, y por la cual hemos sido salvados y liberados”. Celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, porque la Cruz, signo de muerte ignominiosa en el mundo antiguo, ha sido convertida por Cristo en el Árbol de la Vida donde Él nos ha devuelto la amistad con Dios Padre e incluso nos ha alcanzado el ser hechos hijos adoptivos suyos, recibiendo el Espíritu Santo que nos vivifica y nos santifica (cf. Jn 1,12; Rm 8,14-17; Ef 1,5; 1Jn 3,1-2).

    La Cruz, como bien lo reflejó San Buenaventura y lo ha recogido toda la Tradición de la Iglesia, es “el árbol de la vida” y del amor, pues en ella han sido vencidos la muerte, el pecado y el demonio. En la Cruz de Cristo se nos revelan las entrañas más profundas del amor de Dios, según hemos escuchado al mismo Jesús en el diálogo con Nicodemo del Evangelio de hoy (Jn 3,13-17): “Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Unigénito para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.

    Por eso, no sólo debemos adorar la Cruz y quedarnos admirados de lo que en ella ha obrado el Hijo de Dios, sino que también, como discípulos de Jesucristo, habremos de participar de la Cruz, subiéndonos a ella y abrazándola con fuerza y con amor. No hay otra forma de santificarse y de llegar al Cielo. San Benito nos lo recuerda a los monjes al decir que, si participamos con paciencia en los sufrimientos de Cristo, mereceremos compartir también su reino (RB Pról., 50). Y San Juan de la Cruz lo expresa con claridad: “el que no busca la cruz de Cristo, no busca la gloria de Cristo” (Dichos de luz y amor – Puntos de amor, 23).

    Según un dicho español, “un santo triste es un triste santo”: la alegría espiritual es un elemento fundamental que ha de relucir al exterior en la vida de un santo, porque quien vive en Dios sabe que nada le falta y que tiene quien vele sobre él bondadosa y solícitamente. Pero esto no quita que se dé también otra realidad innegable: no hay santo sin cruz, porque la cruz es el signo del cristiano y Jesús fue el primero que la asumió para enseñarnos cómo llevarla e incluso cómo morir en ella. Por eso, la cruz no es sinónimo de tristeza espiritual; sí lo es de dolor y sufrimiento, pero de un sufrimiento que debe ser abrazado con amor de Dios, y ese amor de Dios es el que hace vivir la cruz con alegría.

    El sufrimiento puede ser físico o moral, o bien ambos juntos. Aquel que se esfuerza por afrontar el sufrimiento mirando a Cristo en la Cruz e incluso subiéndose y abrazándose a la cruz desnuda, cuando hasta el mismo Cristo parece esconderse en ella, como decía San Rafael Arnáiz, llega a descubrir que, más allá del amor humano, el amor de Dios es el único capaz de sustentar al hombre; y lo es especialmente no ya cuando se palpa sensiblemente ese amor de Dios, sino cuando éste se vive con la pura fe, pues hasta el fervor puede faltar y hasta es posible tener la impresión de sufrir también el abandono de Dios, como el mismo Cristo lo experimentó en su naturaleza humana. La experiencia de la “noche oscura” en los santos místicos es muy rica en este punto; entre los santos recientes que han vivido esto, podemos recordar a la M. Teresa de Calcuta.

    Esta experiencia tan íntima termina por penetrar con una mayor profundidad en la inmensidad del amor de Dios y de todo el misterio de Dios, alcanzando una alegría espiritual que confiere auténtica paz, la cual se transmite entonces al exterior. Y por eso los santos viven la misma cruz con alegría, sin temor a la persecución y a ningún mal exterior.

    Ayer la Iglesia celebraba a San Juan Crisóstomo, quien fue desterrado dos veces por denunciar públicamente la corrupción y las inmoralidades de la corte de Constantinopla en el siglo IV. Ante la persecución, afirmaba: “Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? ‘Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir’. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena’. ¿La confiscación de los bienes? ‘Sin nada vinimos al mundo y sin nada nos iremos de él’. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. […] Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’. Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña” (Homilía antes de partir al exilio).

    A este respecto, cabe recordar y aplicarnos a nosotros mismos lo que Santa Maravillas de Jesús, de quien el próximo 12 de octubre se cumplirán cien años de su ingreso en el Carmelo de El Escorial, decía acerca de los momentos difíciles y de persecución que atravesaban sus carmelitas: “Cuando nos preguntan si estamos preocupadas, si tenemos miedo, me suena tan raro, me parece que tiene tan poca importancia cuanto a nosotras nos pueda pasar, y que sólo la tiene la gloria de Dios, y esto me pasa con lo del mundo” (Carta 336).

    Abracémonos, pues, a la Cruz, “el signo de la vida”, como la denominó el papa San Gregorio Magno (Diálogos II, 3), y en la Cruz abracémonos a María, quien permaneció fiel a los pies de su Hijo crucificado y nos recibió como hijos en la persona de San Juan Evangelista.

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