• 23 Apr

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: en este domingo de la octava de Pascua, el mismo día en que el Autor de la vida sale victorioso del sepulcro, se aparece a sus discípulos y les comunica el poder de perdonar los pecados. Pero en una nueva aparición a los ochos días, como Tomás permanecía recalcitrante ante la resurrección, le confirma en la certeza de que está vivo y de que no es un fantasma, le muestra sus llagas y le permite ver y palpar. Si la fe de los apóstoles es el cimiento de la fe de la Iglesia, la duda del apóstol incrédulo es una gracia para los que seguimos con muchas dudas dos mil años después y a los que nos debe llenar de gozo saber que vale mucho más la fe que ver y palpar a Jesucristo con los sentidos corporales. Además hoy celebramos la fiesta de la Divina Misericordia, instituida por S. Juan Pablo II y en la que el santo papa en 2005 murió en el Señor y comenzó a vivir para siempre.

    La Misericordia divina es infinita, como nos enseña la oración colecta del comienzo de la Eucaristía. No la puede abarcar ni el santo en su contemplación, ni el pecador arrepentido que ha dado la espalda a su perdición, de la que era consciente cuando se encaminaba a su extravío, sin poner remedio hasta su conversión. Es necesario que cuando celebramos los misterios centrales de la fe, alabemos la Misericordia de Dios y acudamos al sacramento de la penitencia o reconciliación, que restaura la amistad con Dios, perdida cuando cometemos un pecado mortal. Esta pérdida no quiere decir que Dios nos abandone: Dios nos ama más cuanto más le hacemos sufrir por nuestro alejamiento por el pecado. Aunque Dios nos busca con tesón, las oraciones de los que rezan por nosotros, no siempre por nuestro nombre, le permiten obrar con holgura, pues es sumamente respetuoso de nuestra libertad.

    De ahí el cambio del “por muchos” recientemente introducido en la fórmula eucarística en la consagración del vino: Cristo murió por todos los hombres, pero el derramamiento de su sangre no beneficia a todos, pues Dios respeta a quienes, en el uso soberano de su libertad, por desgracia rechazan conscientemente la oferta de la salvación. El mundo se jacta de esa libertad mal usada, de esa prerrogativa divina de optar contra el mismo que nos ha creado y amado tanto. El hombre de hoy se ha vuelto desagradecido y no distingue la luz de las tinieblas, ve la luz material, pero es un cegato espiritual; ha perdido el sentido de la trascendencia y se está distanciando como nunca de Dios. Esto debe estimularnos a orar y sacrificarnos continuamente por esta noble causa de intentar atraer a todos los alejados del Señor que caminan a su perdición.

    Si nos duele que no crean tantos hermanos nuestros, los pocos afortunados que por la misericordia de Dios conservamos la fe, tendremos que vivirla con mayor intensidad y convicción. A todos nos llama la atención ver a un católico rezar concentrado discretamente ante el sagrario. Si todos los católicos tomásemos el santo propósito de entregarnos a la oración cada vez que entramos en una iglesia, por la conversión de los alejados, nos daríamos cuenta de los progresos espirituales alcanzados. Podríamos rezar la invocación inicial de la Coronilla de la Divina Misericordia, aprobada por la Iglesia y que el Señor inspiró a Sta. Faustina Kowalska: “Padre eterno, yo te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y del mundo entero”. Aunque uno solo de todos los presentes tomase esta determinación, no pasaría desapercibida su influencia en el Cuerpo místico y habría conversiones silenciosas.

    No se trata de que en una iglesia y menos aún en esta basílica subterránea, no se pueda hablar nada ni preparar las celebraciones más complejas ni explicar el motivo de su construcción ni el contenido de su arte ni escuchar conciertos ni mucho menos aún enseñar las verdades de nuestra fe. Pero sí podemos acortar mucho nuestras conversaciones vanas y especialmente y en esto todos faltamos mucho, siempre deberíamos empezar o concluir nuestra entrada en una iglesia con una oración que honre al único Dios verdadero. Esta es nuestra casa, pero en la casa de Dios rigen sus propias normas y no las que a cada cual se le antojan, como en nuestro hogar. Cuando visitamos los templos de otras religiones, respetamos las estrictas exigencias que nos imponen en todos los detalles, mientras que en nuestra propia casa, en el templo católico, cada vez todos nos descuidamos más y más, en una espiral que no parece tener límite, en conversaciones, compostura, decoro y ahora que llega el buen tiempo en la vestimenta.

    Aunque no veamos visiblemente a Dios, quien reza y respeta el lugar sagrado cree que habita Dios en él y es su casa, se cree invitado a entrar en el cielo unos instantes, a pesar de ser pecador y no estar purificado del todo y especialmente es escuchado cuando es consciente y agradece este privilegio. Eso significan las palabras de Jesús a Tomás y a todos nosotros: Bienaventurado quien cree sin haber visto mi rostro con sus ojos corporales.

    Por último, queridos hermanos, hoy en esta basílica, por concesión expresa de la Santa Sede, puede lucrarse indulgencia plenaria con las acostumbradas condiciones de confesión sacramental con absolución individual, comunión eucarística, exclusión de todo afecto al pecado y oración por las intenciones del Papa. Además hoy, en toda la Iglesia universal, fiesta litúrgica de la Divina Misericordia, podemos ganar una indulgencia especial todos los que agradezcamos y recibamos su misericordia, confesemos hoy y comulguemos: recibiremos de su misericordia infinita el perdón de todos nuestros pecados y la gracia desmedida de la remisión de todas nuestras culpas, es decir, un estado de alma semejante al de un recién bautizado. Pidamos a Ntra. Sra. del Valle que nos dé la gracia para no desaprovechar este privilegio tan especial del día de hoy. Que así sea.

  • 16 Apr

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es la culminación de su Pasión redentora, pues con ella ha vencido a la muerte, al pecado y al demonio. Los misterios de dolor conducen ciertamente a los misterios de gloria. Su Ascensión a los Cielos hará posible también que sea enviado sobre la Iglesia el Paráclito, el Espíritu Santo. Por eso la realidad de la Resurrección define y determina por completo la vida de la Iglesia y del cristiano.

    San Pablo lo dijo claramente a los Corintios: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe. […] Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados. […] Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad” (1Cor 15,14.17.19).

    En efecto, si nos quedáramos simplemente con el mensaje de Jesús como una enseñanza moral y a Él no lo viéramos más que como un hombre bueno, al estilo de Buda o de otro fundador de alguna religión o escuela filosófica, pero que finalmente hubiera muerto sin nada más después, nos podríamos considerar unos auténticos fracasados. Seríamos los hombres más desdichados del mundo. Así se sintieron en un primer momento muchos de sus discípulos al verlo colgado en la cruz o cuando les llegó la noticia de su crucifixión. En tal desazón se encontraban los discípulos de Emaús (Lc 24,13.19-21) y por eso también los apóstoles se encerraron en una casa llenos de miedo (Jn 20,19).

    Si todo hubiera terminado con la muerte en la cruz, habría sido realmente un fracaso. Jesús podría haber pasado a la Historia, en todo caso, como un héroe asesinado injustamente, incluso como un ejemplo a imitar en su conducta y como un maestro por sus enseñanzas. Pero no habría pasado más que como un hombre.

    Sin embargo, Jesucristo es verdadero Dios y una de las pruebas más grandes de su divinidad es precisamente su Resurrección gloriosa. Gracias a ella, nosotros podemos tener la esperanza de nuestra inmortalidad, la certeza de que nuestra alma es inmortal y de que nuestro cuerpo resucitará como el suyo al final de los tiempos para reunirse definitivamente con el alma. Gracias a su Resurrección, podemos estar seguros de la existencia de la vida eterna y de que estamos llamados a gozar de Dios en ella. Así puede afirmar San Pablo en la misma Carta a los Corintios: “Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto” (1Cor 15,20). Él ha sido el primero en resucitar para siempre, abriéndonos la esperanza de la vida eterna que habíamos perdido por el pecado de Adán. Él es así el nuevo Adán, como el propio San Pablo lo refleja: “Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados” (1Cor 15,21-22).

    Sólo Jesucristo podía abrirnos el camino auténtico para la vida eterna, por ser verdadero Dios y verdadero hombre. Con su Pasión, Muerte y Resurrección, ha obrado lo que nadie podía hacer: redimirnos del pecado y reconciliarnos con el Padre, haciéndonos hijos adoptivos de Dios y que también nosotros podamos llamarle “Padre” (cf. Rom 8,15; Mt 6,9; Lc 11,2). Nadie, salvo Jesucristo, puede salvar de verdad al hombre.

    La Resurrección de Cristo es una verdad fundamental de nuestra fe que hay que afirmar sin temor, como decíamos en la Vigilia Pascual. Se trata de un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia, como enseña el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656).

    Pero además, la Resurrección conlleva para nosotros una inmensa alegría: la alegría pascual. El cristianismo no es una religión de la tristeza, como algunos pretenden decir, sino de la alegría. Si todo acabara en la Pasión y la Cruz, pudiera ser lo primero. Pero la Resurrección de Cristo transforma por completo al cristiano, le infunde alegría y paz, felicidad y esperanza, como les sucedió a las santas mujeres, a los apóstoles y a todos los discípulos. Más aún: al enviarnos Jesús después el Espíritu Santo, Éste nos robustece, alienta y santifica con sus dones y frutos. De este modo, la vida del cristiano ante el mundo es una vida transfigurada por la Resurrección.

    Pidamos a María Santísima, que vivió con singular gozo la alegría de la Resurrección de su Hijo, que seamos capaces de penetrar en la comprensión de estos misterios de gloria para poder llegar al Cielo.

    Debo decir, en nombre de la comunidad benedictina, que, a pesar de que los días de la Semana Santa suponen un redoblado esfuerzo para dicha comunidad y una alteración de su vida ordinaria, nos satisface plenamente comprobar la respuesta que los fieles habéis dado viniendo a las celebraciones de la Basílica y a nuestras hospederías interna y externa, valorando la solemnidad de la liturgia con que queremos dar a Dios el culto debido y reconociendo el Valle de los Caídos como un foco de irradiación espiritual en el centro de España.

    Recuerdo también que, por concesión expresa de la Santa Sede a nuestra Basílica, en estos días del Triduo Sacro y durante toda la Octava de Pascua se puede ganar indulgencia plenaria en ella con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.

    A todos, feliz Pascua de Resurrección.

  • 15 Apr

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Acabamos de escuchar cómo el evangelista San Mateo, uno de los apóstoles del Señor y verdadero testigo de las apariciones de Cristo Resucitado, narra la noticia de la Resurrección del Señor que el ángel anunció a las santas mujeres en el sepulcro vacío y el encuentro que ellas tuvieron a continuación con el mismísimo Jesús, quien les exhortó a la alegría (Mt 28,1-10). Ellas, invitadas por el ángel, pudieron ver con sus propios ojos el sepulcro vacío, quedando impresionadas y llenas de alegría.

    Sabemos que los apóstoles y los otros discípulos fueron inicialmente escépticos ante la noticia de la Resurrección (Mt 28,17; Mc 16,13-14), tomándolo por un delirio de las santas mujeres (Mc 16,11; Lc 24,11), hasta que ellos mismos vieron también el sepulcro vacío (Lc 24,12; Jn 20,6-8) y contemplaron al Señor resucitado, e incluso Santo Tomás tuvo que meter el dedo en las llagas de sus manos y la mano en la herida del costado (Jn 20,24-29). Es decir, nadie del entorno de Jesús era dado a inventar la historia de su Resurrección, pues, aunque habían escuchado muchas veces de sus labios que, después de padecer y de morir en la cruz, habría de resucitar de entre los muertos, no terminaban de comprender ni de creer estas palabras. La Resurrección de Cristo, por lo tanto, no fue una invención de la primitiva comunidad cristiana; creyeron en ella, por decirlo coloquialmente, al toparse de lleno con esta realidad.

    Tampoco se trataba de una sugestión colectiva o de una simple presencia espiritual, como sugirió a algunos la impresión primera que tuvieron de encontrarse ante un fantasma (Lc 24,36-45) y como algunos teólogos arrastrados por un racionalismo falto de fe han pretendido. Al contrario, el cuerpo de Jesucristo verdaderamente resucitó. Jesucristo realmente salió del sepulcro y se apareció en los días siguientes, con un cuerpo glorioso, a las santas mujeres, a los apóstoles y a otros discípulos. De hecho, la frase que acabamos de escuchar en el Evangelio, expresada por el ángel dos veces, define esencialmente nuestra fe: “Ha resucitado”. La Resurrección de Cristo es una verdad fundamental de nuestra fe que hay que afirmar sin temor. Se trata de un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia, como nos recuerda el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656).

    La Resurrección de Cristo supone la certeza de su victoria como auténtico Mesías Salvador, como Hijo de Dios hecho hombre, sobre la muerte, el pecado y el demonio. Es la demostración más clara de que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, que ha asumido nuestra naturaleza humana hasta identificarse con nosotros en el sufrimiento y en la muerte, y que por su naturaleza divina y por ser en la persona divina del Verbo en la que ambas naturalezas se unen, es también capaz de recuperar la vida.

    Además, la Resurrección de Cristo, como nos ha dicho San Pablo en la carta a los Romanos (Rom 6,3-11), nos invita a andar en una nueva vida, “pues si hemos sido incorporados a Él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya”. Con la Resurrección de su Hijo, Dios ha obrado una nueva creación del hombre, ha elevado aún más la dignidad del hombre, nos ha propuesto el modelo del “hombre nuevo” del que habla San Pablo en varias cartas (así, Ef 4,22-25; Col 3,9-10).

    Esta nueva creación del hombre, esta nueva vida a la que estamos llamados y que culminará con la resurrección del cuerpo al final de los tiempos y la gloria eterna, se nos transmite desde que recibimos el sacramento del Bautismo y se nos aumenta cada vez que recibimos la Sagrada Eucaristía. Es la vida de la gracia, que la segunda carta de San Pedro define como una participación en la naturaleza divina (cf. 2Pe 1,4) y que se nos derrama por el Espíritu Santo. Si Cristo no hubiera resucitado, no habríamos recibido el Espíritu Santo en plenitud. Y San Pablo lo dijo claramente a los Corintios: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe” (1Cor 15).

    Alegrémonos, pues, con la Resurrección de Cristo, como se llenaron de alegría las santas mujeres y luego los apóstoles y otros discípulos al comprobar la verdad del primer anuncio del ángel a ellas. Alegrémonos con María Santísima, quien, según consideran muchos autores de la Tradición de la Iglesia y a pesar de que los Evangelios canónicos no lo refieran porque lo den por sobreentendido, sería seguramente la primera en conocer la noticia y la primera en recibir la visita de su Hijo Resucitado. A todos, pues, Feliz Pascua de Resurrección.

    Por concesión expresa de la Santa Sede a nuestra Basílica, en estos días del Triduo Sacro se puede ganar indulgencia plenaria en ella con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.

  • 14 Apr

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Acabamos de escuchar, en el relato de la Pasión según San Juan, que cuando uno de los soldados romanos fue a quebrar las piernas de Jesús y de los malhechores para que terminaran de morir –pues la muerte por crucifixión se producía sobre todo por asfixia y quebrar las piernas aceleraba el final–, al ver que Él había muerto ya, le traspasó el costado con la lanza y al punto salió sangre y agua. El evangelista, testigo del hecho, remarca la veracidad del relato y trae a colación las profecías de los libros del Éxodo y de los Números (Ex 12,46; Núm 9,12) que muestran así a Jesús como el verdadero Cordero pascual que se inmola por nosotros y al que no se quebrará ni un hueso, y la de Zacarías que afirma: “Mirarán al que traspasaron” (Zac 12,10).

    Jesús ha sido traspasado por nuestros pecados y ha querido ser traspasado por el amor: su amor hacia nosotros ha hecho posible que la lanza se clavase en su costado, abriendo la vía de acceso a su Corazón, del cual ha brotado una fuente inagotable de amor para con nosotros y la fuente misma de la vida divina que se nos comunica a partir de aquí, por el Espíritu Santo, a través de los sacramentos y de los otros medios por los que se nos transmite la gracia. Esa efusión de sangre y agua de la herida del costado refleja que Él nos lo ha dado todo; sobre todo, nos ha dado la vida de amor existente entre las tres divinas personas, entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Asumiendo la naturaleza humana y en unión sin mezcla ni confusión con la naturaleza divina en la persona divina del Verbo, Jesucristo se ha identificado con nosotros para elevarnos hacia Dios; su humanidad nos ha hecho posible el acceso a la divinidad.

    Si ayer contemplábamos el Corazón Sacerdotal y Eucarístico de Jesús que nos daba el mandamiento nuevo del amor, hoy podemos descubrir algunas facetas más de su Corazón, en el cual se simboliza y se sintetiza todo el amor de Dios al hombre. La lanzada ha traspasado el costado de Jesús abriéndonos el camino a su Corazón, al mismo amor de Dios. Ese amor infinito y eterno enciende y abrasa su sed: “Tengo sed”, ha dicho en la cruz (Jn 19,28).

    Es una sed no sólo física, que también la padeció severamente en la cruz como consecuencia de la dureza de la Pasión y de la misma crucifixión, de la pérdida de sangre que comenzó en la agonía en Getsemaní y sobre todo en la flagelación, del tremendo camino del Calvario con la cruz a cuestas, de la dificultad de respirar en la cruz que le obligaba a coger todo el aire posible por la boca resecando la garganta al máximo. Además de esta sed terrible que sufrió por nosotros, Jesucristo expresó aquí su sed de amor: sed de amarnos a todos y cada uno y sed de recibir el amor de todos y cada uno; sed de amar a los amigos y a los enemigos, y a aquellos que hoy mismo le aman y a los que le desprecian y le ofenden. Y sed también de entregar el espíritu, cumpliendo la Escritura y muriendo por nosotros, y de que con su muerte nos fuera derramado el Espíritu Santo (cf. Jn 19,30).

    El Corazón de Jesús ha padecido por amor, cumpliendo sobre sí la profecía del Siervo de Yahveh, el Siervo sufriente de Dios, como hemos escuchado en la primera lectura de Isaías (Is 52,13-53,12). Su Corazón sacerdotal es el del verdadero Sumo Sacerdote que se ha compadecido de nuestras flaquezas y ha sido probado en todo, igual que nosotros, excepto en el pecado, de tal modo que ha dado satisfacción por nuestros pecados y se ha convertido así en autor de salvación eterna, como nos ha enseñado la Carta a los Hebreos (Hb 4,14-16; 5,7-9). Por lo tanto, Jesucristo es el verdadero y único Mesías Redentor. No busquemos redentores en otras religiones, filosofías o doctrinas políticas.

    En fin, contemplemos también el amor del Corazón de Jesús en otro hecho notable que narra el evangelista: cuando Jesús dio su Madre al propio Juan, “el discípulo que tanto quería”, nos la entregó también a nosotros como Madre (Jn 19,26-27): María, por su asociación como auténtica Corredentora con Jesucristo, según la llamó Pío XI, ha sido así constituida Madre espiritual de la Iglesia y de todos los hombres, Abogada y Medianera de todas las gracias.

    Os invito además a tener muy presentes a los cristianos de Tierra Santa, para quienes va destinada la colecta de hoy, y también a encomendar a todos los cristianos del Próximo Oriente, que en estos tiempos comparten la Pasión de Cristo como víctimas de una cruel persecución. De un modo especial, tengamos un recuerdo para los coptos de Egipto, verdaderos mártires de Cristo que han sufrido atentados salvajes el Domingo de Ramos pasado.

    Por concesión expresa de la Santa Sede a nuestra Basílica, en estos días del Triduo Sacro se puede ganar indulgencia plenaria en ella con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.

  • 13 Apr

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El Jueves Santo celebramos tres acontecimientos fundamentales en la vida de la Iglesia: la institución de la Eucaristía, la institución del sacerdocio ministerial y el día del amor fraterno. Los tres se encuentran íntimamente unidos entre sí y beben de la misma fuente, que es el Corazón Sacerdotal y Eucarístico de Jesús, el cual se dispone a entregarse al Supremo Sacrificio de la Cruz por nuestra Redención. Por tanto, nos podemos detener un poco a meditar contemplando este Corazón de Jesús que nos da el mandamiento del amor.

    El culto al Sagrado Corazón de Jesús supone en realidad la entraña misma del cristianismo, según han señalado papas como Pío XI, Pío XII o San Juan Pablo II, entre otros, porque en él está simbolizado todo el Amor de Dios, de un Dios que por amor a los hombres ha querido encarnarse para redimirles del pecado y devolverles la dignidad perdida. En el Corazón de Jesús está expresado el supremo amor del Redentor, un amor capaz de entregarse hasta la muerte, como Él mismo dice en la Última Cena al darnos el mandamiento del amor: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como Yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos” (Jn 15,12-13.17).

    Al escuchar mañana el relato de la Pasión según San Juan, veremos cómo el evangelista nos desvela el misterio de este Corazón cuando, estando al pie de la Cruz en el Calvario, observe cómo un soldado, viendo que Jesús ya estaba muerto, le traspasó el costado con una lanza y al punto salió sangre y agua. Cristo entonces lo entregó todo, nos dio todo su amor y nos descubrió que la vía de su humanidad nos permite llegar a lo íntimo de su divinidad: penetrando por la llaga de su costado, podemos alcanzar su Corazón y sumergirnos en la inmensidad del amor divino. El mismo San Juan, en la Última Cena, ya había reclinado su cabeza sobre el pecho de Jesús (Jn 13,23.25), enseñándonos así a dejar reposar nuestras vidas en Él y escuchar los latidos de un Corazón que arde de amor hacia nosotros.

    El Corazón de Jesús se revela también especialmente como Corazón Eucarístico y Sacerdotal en el discurso que San Juan recoge en el capítulo 6 de su Evangelio, en el cual Jesús se descubre como el Pan de vida que se entrega para darnos la vida eterna: sólo Él, verdadero Dios, puede darnos la vida misma, que es la vida divina, la vida que fluye de la Trinidad, y nos la da por el Espíritu Santo en los Sacramentos, de un modo muy singular en la Eucaristía.

    También en el mismo Evangelio de San Juan se revela este Corazón Eucarístico y Sacerdotal de Jesús en otros muchos pasajes, pero muy especialmente en el capítulo 17, el de la gran oración sacerdotal de Cristo al Padre al final de la Última Cena, justo antes de salir al huerto de Getsemaní, que es una lectura recomendada precisamente para meditarla ante el Monumento después de la celebración de hoy y durante la vela nocturna que podemos hacer junto a él. Esta oración presenta tres partes: la oración de Jesús por Sí mismo, la oración de Jesús por sus discípulos y la oración de Jesús por sus discípulos futuros, es decir, por la Iglesia que Él mismo ha fundado ya en sus apóstoles. Esta gran oración es como el Memento del Sumo Sacerdote cuando se encuentra ya dispuesto a consumar el Sacrificio de nuestra Redención. Revela el amor eterno de Cristo al Padre en el seno de la vida trinitaria y también un inmenso amor a su Esposa, la Iglesia, por la cual se entrega a la muerte redentora para transmitirnos la misma vida divina de la Trinidad por el Espíritu Santo: “ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste” (Jn 17,3-4).

    Esta gran oración sacerdotal brota del Corazón de Jesús en el momento previo a su supremo Sacrificio redentor como Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, después de haber instituido la Sagrada Eucaristía. Jesús ruega por la unidad entre sus discípulos, por la unidad de la Iglesia, modelada sobre la vida de unión amorosa que viven entre sí las tres Personas divinas en el seno de la Trinidad. En esta oración, por lo tanto, podemos contemplar íntimamente unidas entre sí esas tres facetas que queremos resaltar en el Corazón de Jesús: la Eucaristía, el Sacerdocio y el mandamiento nuevo del amor. Es una expresión sublime del Corazón Sacerdotal y Eucarístico de Jesús que nos da el mandamiento del amor.

    En este día pidamos especialmente por la santidad de los sacerdotes: que el Corazón de Jesús nos purifique y perfeccione según su modelo, para que el pecado, la mundanidad y la desidia no manchen la pureza del gran don que hemos recibido y que nos obliga a vivir como “otros Cristos”, según dijera el Papa Pío XI (Ad catholici sacerdotii, n. 30).

    Que María Santísima, la gran contemplativa que conservaba y meditaba todas las cosas de su Hijo en lo íntimo de su Corazón Inmaculado (Lc 2,19.51), nos ayude a penetrar en estos misterios.

    En los días del Triduo Sacro se puede ganar indulgencia plenaria en nuestra Basílica con las debidas condiciones de aversión al pecado, confesión con absolución individual, comunión eucarística y oración por el Papa.

  • 9 Apr

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Con el Domingo de Ramos entramos en la semana más grande del año litúrgico, la que contiene de forma más sintetizada el misterio del amor infinito de Dios por el hombre. Los misterios de la Semana Santa son misterios de dolor y de muerte, pero también de la vida que finalmente triunfa de forma gloriosa. Tocan lo más íntimo del hombre, porque reflejan el misterio mismo de la existencia humana y revelan de forma nítida al Dios que por amor se ha hecho hombre en la persona del Hijo para morir en la Cruz y darnos la vida eterna. La Semana Santa nos descubre así un amor que lo ha dado todo: Dios nos ha entregado a su Hijo Unigénito (Jn 3,16-17) y Éste mismo nos ha amado hasta el extremo (Jn 13,1), entregándose voluntariamente a la muerte más cruel para devolvernos la vida.

    En los dos Evangelios de hoy, el previo a la procesión de los ramos y el relato cantado de la Pasión (Mt 21,1-11; 26,14-27.66), podemos observar la variabilidad e inconsistencia del carácter humano, que se refleja con claridad en la hábil manera con la que quienes detentan el poder manipulan a las masas: ¿cómo se puede comprender que las multitudes que proclamaban a Jesús como el Mesías esperado y anunciado por los profetas, saliendo a recibirlo triunfalmente en Jerusalén, unos pocos días después exigieran para Él la crucifixión y prefirieran a Barrabás?

    Esa variabilidad del carácter humano nos lleva con frecuencia a la infidelidad, a la deslealtad, a la traición, como la de Judas y como la de los otros Apóstoles al huir y abandonar a Jesús, traición en este caso hecha por miedo y luego compensada por el arrepentimiento y la conversión. Frente a esa infidelidad, Jesús se nos muestra como modelo máximo de lealtad por amor: al Padre, a quien somete su voluntad para entregarse a su Pasión redentora, y a nosotros, muriendo para salvarnos. Aunque nosotros le seamos infieles, Él permanece fiel (cf. 2Tim 2,13).

    La Pasión de Cristo podría parecer la historia de una debilidad y de un fracaso. Sin embargo, su aparente fracaso humano es en realidad su éxito verdadero, su aparente derrota es su victoria y su Muerte nos ha dado la vida. Por la Muerte se llega a la Resurrección y la Gloria. La Resurrección de Cristo será su triunfo sobre el pecado y sobre la muerte, la victoria que nos ha devuelto la gracia perdida y nos conduce a la vida eterna y a la contemplación del supremo misterio de amor: el amor existente entre las tres personas de la Santísima Trinidad. La Cruz se ha convertido así en símbolo de vida, señal de honor y anuncio de gloria, porque Cristo ha vencido en la Cruz. La Cruz, por Jesucristo, es señal de esperanza, manifiesto de perdón y redención, expresión máxima del amor de Dios: “nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13). Ante tanto odio como hoy se difunde en la sociedad, nosotros debemos ser portadores del amor redentor de la Cruz.

    Todos los santos han entendido que la meditación de la Pasión de Cristo es fuente de consuelo y que en ella encontramos a Cristo como el modelo de todas las virtudes. La Pasión ha sido la fuente de nuestra salvación y lo sigue siendo, pues se realiza de nuevo, ahora de forma incruenta, cada vez que se celebra la Santa Misa. De ahí que una vivencia auténtica de la Semana Santa deba animar no sólo a la participación en las procesiones –algo muy laudable en sí mismo–, sino también en los Santos Oficios del Jueves y del Viernes Santo, en la Vigilia Pascual y en las Misas del Domingo de Ramos y del Domingo de Resurrección, además de conducir a la asistencia a la Misa dominical a lo largo del año ‒y mejor aún si es más frecuente y diaria‒ y a una vida de oración y de búsqueda de Dios.

    Que la meditación de estos misterios nos lleve a vivir la Semana Santa en una dimensión contemplativa y podamos descubrir el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, el misterio de nuestra Redención, el misterio del amor desbordante e infinito de un Dios hecho hombre para elevarnos hasta Él e introducirnos en su vida íntima de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Y que todo ello lo hagamos junto a María Santísima, que permaneció fiel al pie de la Cruz, sostuvo luego a Jesús muerto en sus brazos –como la imagen de la Piedad que da entrada a nuestra Basílica– y anheló con la virtud de la esperanza la alegría de su Resurrección.

  • 12 Mar

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: las lecturas de hoy nos abren un horizonte sin fronteras: en palabras de S. Pablo a S. Timoteo, Dios “dispuso darnos su gracia por medio de Jesucristo, (…) que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal”. S. Pablo dice a su discípulo que el Señor nos llamó a todos a una vida santa, no por nuestros méritos, sino por su designio amoroso.

    También fue elegido Abraham. En la primera lectura se nos proclama ese llamamiento en el que se ven reflejados todos los elegidos de Dios, aunque no abandonen su patria chica: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré”. Todos recordamos la gran prueba de Abraham para aquilatar su fe: el sacrificio de su hijo Isaac, que no se llevó a cabo. La fe de Abraham le capacitó para ser padre de una muchedumbre en su descendencia natural y por la fe mucho más: “Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo”.

    Igualmente fueron elegidos los apóstoles, que iban a pasar una prueba durísima: la muerte en la cruz de su Maestro, que se adelanta anticipando a tres de ellos la manifestación gloriosa de su parusía. Y así, a pesar de su muerte en la cruz, pudieron contar tras ella lo que vivieron tan intensamente en el monte: “Señor, ¡qué hermoso es estar aquí!”.

    Queridos hermanos: ¿qué conclusiones podemos sacar para nuestra vida de estas vocaciones? Cuando la Iglesia ha propuesto a través de los siglos el itinerario cuaresmal, muy ligado a la catequesis bautismal de los adultos, ha señalado cómo en ese recorrido estaba trazando el camino de todo cristiano a lo largo de su vida. Toda la existencia del cristiano es una prueba para ver si ama a Dios y merece la vida eterna. Solo en la prueba se demuestra la categoría de nuestro amor a Dios y al prójimo y sobre eso se nos va a examinar en el juicio particular, como destacaba S. Juan de la Cruz. Si es una prueba, hemos de vigilarnos para no ofender a Dios y como nadie logra pasarla ileso, hemos de recibir a menudo el sacramento de la reconciliación con absolución individual. Y por supuesto la Eucaristía, que da fortaleza para no caer, que llena de la luz del Espíritu para saborear lo eterno, lo recto y lo justo. La Eucaristía bien recibida tiene que convertirse en hambre y sed de justicia: de esa manera pasaremos bien la prueba.

    Mucha gente se queja de que católicos de misa diaria cometen injusticias muy dolorosas para el que las sufre. Y es que por el hambre y sed de justicia, uno tiene que renunciar a muchas cosas de las que podría sacar partido a costa del prójimo, casi sin que nadie se diera cuenta. Pero el prójimo que lo sufre sí se da cuenta y se escandaliza. Quien comete esas injusticias debe o rectificar o examinar su conciencia a fondo, pues su pecado ofende gravemente a Dios. De por sí, recibir la Eucaristía con frecuencia con la debida preparación y fervor, impediría esas injusticias. Pero el Señor transforma al que comulga con frecuencia y si no lo hace, se le impide y se hace trampa. En vez de pasar por la puerta estrecha de no renunciar a esa ventaja, el que se aprovecha de la debilidad aparente del prójimo se expone a la justicia divina con todo su peso.

    Queridos hermanos: aquí no venís a que os alabe el predicador por ser clientes fijos, aunque vuestra participación en esta eucaristía es encomiable y nos anima vuestro entusiasmo domingo tras domingo. Venís aquí a encontraros con la Verdad con mayúsculas, con la persona divina que nos salva, ante la que todos nos hemos de inclinar y cuyas decisiones no podemos discutir. No puedo decir “no soy mejor” porque Dios no me da fuerzas para vencer mis malas disposiciones. Ante la difícil prueba de comprobarlas a diario, luchemos para no ser vencidos por el desánimo, la pereza, la vanidad, la lujuria, la gula o la avaricia, pidamos perdón a quienes hayamos podido escandalizar y confiemos en la infinita misericordia de Dios, pero con verdadero dolor.

    Los elegidos de Dios, Abraham, los apóstoles y muchos otros pasaron heroicamente pruebas enormes. Las nuestras, queridos hermanos, seguro que son mucho más soportables, pero si somos débiles, en la Eucaristía está nuestra fuerza, nuestro refugio del miedo que nos acosa, el reposo de nuestra ansiedad y la esperanza de nuestro agobio. Nadie puede competir con quien tiene Palabras de vida eterna, portadoras de paz y eficaces que levantan a los decaídos y sostienen a los vencedores. El cristiano, con la gracia de Dios y la protección del ángel de la guarda, lucha con coraje y valentía contra el diablo, “rendirse” está fuera de su vocabulario y es inasequible al desaliento hasta el mismo momento de entregar su alma al Altísimo.

    Ejemplo de fidelidad hasta la muerte fue el de nuestros mártires cuyas reliquias aquí custodiamos. Con la próxima beatificación en Almería de otros 20 más, nuestra basílica, con 52 beatos, desde el 25 de marzo será, después de Paracuellos del Jarama, el segundo relicario español por número de mártires del siglo XX. Si Dios quiere, pronto custodiaremos las reliquias de 57 mártires, porque la causa de canonización a cuya apertura procederá nuestro Cardenal-Arzobispo este sábado 18 a las 11 de la mañana en la Iglesia de la Concepción Real de Calatrava, acto en el que cantará nuestra escolanía y al que todos estáis invitados, incluye 5 sacerdotes diocesanos mártires cuyos restos custodiamos en nuestra basílica: Clementino, Ernesto, Eudosio, Francisco y Valero. La contraportada del folleto de apertura del proceso recoge una foto de la cruz que este último llevaba al pecho cuando fue martirizado con 26 años y los emotivos versos de un amigo suyo evocando su martirio. Dicen así:

    “Y sobre el pecho helado de la víctima
    una amapola abrió…
    y hay una cruz de plata
    sobre sangre…
    ¡Y está partida en dos!
    que la bala atrevida
    que su pecho partió
    antes de herir al mártir
    tuvo que abrir el corazón de Dios”.

    Pidamos a Ntra. Sra. del Valle, reina de los mártires, que, bajo su protección maternal, recurramos cada vez más a la intercesión de estos 52 beatos mártires cuyas reliquias custodiamos en nuestra basílica, auténtico pararrayos de nuestro Valle y pidamos milagros para su pronta canonización. Encomendemos también la pronta beatificación de los 5 mártires que D.m., desde el próximo sábado, serán siervos de Dios. Que así sea.

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