• 15 Aug

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El dogma de la Asunción de la Virgen fue definido por el Venerable Pío XII en 1950, al afirmar que María Santísima fue elevada en cuerpo y alma a los Cielos por los ángeles (Munificentissimus Deus, nn. 3, 8 y 15-16). La Tradición de la Iglesia ha contemplado siempre a María como la “figura portentosa en el cielo”, la “mujer vestida del sol, con la luna por pedestal, coronada con doce estrellas”, según se nos ha dicho en la lectura del Apocalipsis (Ap 12,1). En Occidente pero especialmente entre los cristianos orientales, se venera también este misterio como la “Dormición” o el “Tránsito” de María.

    Por haber compartido la vida y la misión redentora de su Hijo, era conveniente que Ella fuera asociada a la gloria de Jesucristo resucitado y reinante en el Cielo. Eso fue lo que reconoció Pío XII cuando proclamó el dogma de la Asunción y a los cuatro años instituyó la fiesta de la Realeza de María, que celebraremos dentro de una semana. En la segunda lectura, (1Cor 15,20-26), San Pablo nos ha dicho que Cristo ha resucitado el primero de todos, como primicia de la resurrección de los cuerpos y garantía de la inmortalidad del alma. María, ciertamente, ha sido la primera en compartir esta misma realidad. Y así, María, viene siendo felicitada por todas las generaciones, pues el Poderoso ha hecho obras grandes en Ella, su humilde esclava, como hemos escuchado en el Evangelio (Lc 1,39-56).

    La Asunción de María a los Cielos y su Coronación como Reina y Señora de todo lo creado es su exaltación gloriosa y el culmen de todos los privilegios que ha recibido por su Maternidad divina, es decir, por haber sido escogida por Dios desde la eternidad para ser la Madre de su Hijo.

    Pero, al igual que su Hijo Jesucristo, a cuyo misterio está asociado plenamente el de María, el camino hacia esa exaltación ha sido un camino de abajamiento y de humildad, de pequeñez y de sencillez. De hecho, Ella se ha definido a sí misma como “la esclava del Señor” (Lc 1,38).

    Como explica San Pablo en el capítulo segundo de la carta a los Filipenses, Jesucristo asumió un camino de anonadamiento, de abajamiento, de despojamiento, de humillación, de lo que en griego la teología conoce como la kénosis (Flp 2,5-11): sin perder su condición divina, sin embargo se anonadó y se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo y asumiendo la naturaleza humana por la Encarnación, obrada por el Espíritu Santo en el seno de María Virgen. Y en esta condición de hombre, y reconocido por nosotros como tal, también se humilló a sí mismo y quiso obedecer al Padre celestial hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso el Padre lo exaltó después sobre todo y se le debe la máxima adoración universal, de tal modo que “Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”.

    María, al igual que su Hijo, ha abrazado el mismo camino de anonadamiento y de humildad, por el cual ha sido al final exaltada por el Dios uno y trino. Habiendo sido elegida por Dios desde la eternidad para la vocación más elevada a la que podía ser llamado un ser humano, se declaró a sí misma como “la esclava del Señor” y vivió en lo escondido de una casa de Nazaret, un lugar menospreciado entre los antiguos judíos. Allí, en lo oculto de su oración en una habitacioncilla de la casa, fue visitada por el arcángel San Gabriel para anunciarle que en su seno iba a encarnarse el Hijo de Dios: allí, en el silencio y en lo más desapercibido, Dios quiso obrar en María, con María y por María el inicio de nuestra Redención.

    María vivió un auténtico anonadamiento, un querer reducirse a la nada ante el todo inmenso e infinito de Dios, como “la esclava del Señor”, sometiéndose a la prueba de poder ser difamada por quedar embarazada antes de vivir en la plenitud del matrimonio con San José. Vivió su anonadamiento, su abajamiento y humillación, su despojamiento de sí misma, por su entrega absoluta a la voluntad de Dios, en obediencia fiel al Padre celestial y dándose de lleno a su Hijo bajo la guía del Espíritu Santo, teniendo que sufrir la falta de acogida en Belén y habiendo de dar a luz en las condiciones de la mayor pobreza. Vivió este anonadamiento afrontando el exilio a Egipto hasta la muerte de Herodes el Grande para salvar la vida de Jesús. Vivió su anonadamiento en una vida escondida y sencilla en Nazaret. Sufrió la viudedad a la muerte de José y vivió su despojamiento cuando quedó sola al dejar Jesús la casa paterna para iniciar la predicación del Reino de Dios. Pero, sobre todo, María, en obediencia a la voluntad divina, vivió su anonadamiento en la Pasión y la Muerte de Cristo, donde, permaneciendo fielmente a los pies de la Cruz, tuvo que soportar los insultos y menosprecios que a Él se dirigían y compartió en lo más profundo de su Inmaculado Corazón los golpes, los clavos y la lanzada que hicieron derramar sobre nosotros la Sangre que nos trajo la salvación.

    Sin embargo, precisamente porque María vivió este anonadamiento a imitación de su Hijo y por estar su vida estrechamente unida a la de Él, fue finalmente ensalzada, gozándose de su Resurrección y de su gloria, siendo elevada a los Cielos en cuerpo y alma para ser allí coronada como Reina por la Santísima Trinidad por los siglos de los siglos.

    Hermanos: en nuestra vida, y quizá al menos en algún momento de ella, habremos de experimentar el anonadamiento y despojamiento de uno mismo. Será una fase fundamental en nuestro crecimiento espiritual y el punto de inflexión en nuestro camino hacia Dios. Esa purificación interior, ese crucificarnos con Cristo y adentrarnos en el misterio de su kénosis, esa noche que habremos de atravesar en el camino de una fe que no ve pero cree, espera y ama, sólo podremos vivirla y superarla con éxito si descubrimos que Jesús y María nos han dado el ejemplo para no desfallecer y poder proseguir. Será necesario, por lo tanto, hacer lo que han hecho entonces los santos: agarrarnos de la mano de Jesús y de María, abrazarnos a Él en la Cruz y acogernos a los brazos maternales de Ella al pie del Calvario, para al final poder ser también nosotros premiados por Dios y ser exaltados a la gloria celestial, a la dicha eterna sin fin, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y con María asunta a los Cielos y Reina.

  • 24 Jul

    P. D. Anselmo Álvarez

  • Cada vez que celebramos esta fiesta del Apóstol Santiago nuestra imaginación se remonta ante todo al pasado: a la tradición de su presencia en España, a la aparición de la Virgen que le visitó en Zaragoza para animarle ante el escaso fruto de su evangelización en estas tierras. Lo que no dice la tradición es si aquella decepción se refería sólo al desinterés de aquellos celtíberos, o también a la premonición sobre la deserción de los actuales ante aquel mensaje del Evangelio.

    Santiago nos dejó la siembra y las raíces de lo que fue el constitutivo esencial de lo que más tarde sería España. Porque todo lo que hemos sido y hecho de más importante bajo la condición de españoles lo hemos identificado, tanto nosotros mismos, como desde fuera de nuestras fronteras, con la adhesión a Cristo, a su fe y a su Evangelio. Ellos han sido nuestra inspiración permanente, aunque con las inevitables limitaciones humanas.

    Esta festividad y todo lo que evoca nos invita a reflexionar sobre el momento actual de aquella predicación que nos engendró para el Evangelio y que inspiraría con el tiempo lo más significativo de nuestra trayectoria histórica.

    Una Nación no es sólo el conjunto de sus habitantes, de sus hechos históricos o de su cultura. Una nación, lo mismo que una persona, es ante todo su alma, su espíritu, sus valores sustanciales, lo que define la línea más profunda sobre la que se han sustentado el vivir de las sucesivas generaciones, lo que ha alimentado las convicciones más profundas de sus individuos y de sus comunidades. Son aquellas afirmaciones básicas en las que ha creído y a las que servido, y sobre las que ha constituido la base de su estructura fundamental.

    Lo que hoy está en juego para nosotros es que España pueda seguir siendo ella misma cuando la estructura básica de sus instituciones y ciudadanos ha sido sustituida por realidades antagónicas.

    La ruptura, en España, con casi todo lo que nos ha venido dando una identidad común dentro de una diversidad secundaria, se volverá contra nosotros. Dejaremos de reconocernos un pueblo común y todo lo que hemos sido y hecho en su nombre: los sacrificios y las grandezas, la riqueza sencilla de la vida cotidiana y las acciones históricas más significativas. España será entonces el nombre de una realidad pasada. Porque ya no habrá una tierra que nos transmita una savia colectiva.

    Entonces tendremos, tal vez, la amistad de los poderes de este mundo, por los que nos hemos dejado empujar hacia esa catástrofe moral. Y tendremos el aplauso de esa modernidad, demoledora de todos los auténticos valores humanos. Pero no tendremos la de Dios. Y si no es Dios quien inspira y “construye nuestra ciudad”, en palabras de la Biblia, si no damos a Dios lo que es de Dios, en la esfera personal y pública, en vano trabajaremos para edificar un futuro y una nación habitables.

    Sin Dios ni nos respetaremos entre nosotros, porque ya no nos reconocemos ni como hermanos ni como compatriotas, ni nos haremos respetar por nadie, porque sin Él nadie ni nada es respetable para nadie. Y si no es Él “quien custodia la ciudad y sus habitantes”, sigue diciendo la Escritura, nadie tendrá ni capacidad ni voluntad de asumir esta tarea de una forma acorde con la verdadera naturaleza del hombre.

    Hemos llegado a un punto en el que hemos anulado todas las convicciones del pasado respecto a la realidad del hombre y de la historia, y con ello nos hemos quedado fuera del hombre y de la historia. Porque no somos nosotros quienes determinamos las reglas del juego, es decir, las normas y finalidades esenciales que rigen la vida personal y colectiva de acuerdo con la voluntad del Creador.

    Si no existiera la ley natural, el Evangelio, la Palabra de Dios, la muerte de Cristo por el pecado del hombre, podríamos tener alguna justificación, aunque entonces habría que preguntarse si merece la pena esta historia en la que cada uno piensa, cree y hace lo que le parece bien, como si en una orquesta cada uno tocara su propia partitura. Pero escuchamos a Jesús que dice: “ si Yo no hubiera venido y no hubiera hablado no tendrían pecado, pero ahora no tienen excusa” (Jn 5, 22 porque Él ha venido y hablado como sólo corresponde a ese Artífice del mundo y del hombre.

    Hay una única historia: la de Dios, en Sí mismo y en Su obra; en Sí mismo y en el hombre. El mismo Jesús, Hijo de Dios, no llevó a cabo otro destino que realizar la obra que el Padre la había encomendado: “he concluido la obra que me encomendaste (Jn, 4, 34); “Todo está consumado” (Jn 19, 30), ni pronunció otras palabras que las que el Padre le confió (Jn 7, 17), ni hizo otra cosa que la voluntad del Padre: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 5,36; 6, 28).

    La misión de Santiago entre nosotros puso las bases del genio religioso y cristiano de la futura España. Ello hizo posible que, durante siglos, nuestra nación conociera una de las aproximaciones colectivas más perseverantes a este bosquejo de Dios sobre el hombre. Nuestro tiempo, en cambio, ha conocido la voluntad de poner fin a este destino de la providencia, de “cambiar la conciencia de España”, como se proclamó en la tribuna del Congreso de los Diputados hace unos pocos años.

    Pidámosle que este designio nunca se consume y que, por el contrario, reafirmemos esa conciencia en cada uno de nosotros.

  • 1 Jul

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Es patente a los ojos de todos el deterioro progresivo en que se halla nuestro mundo, tan pagado de sí mismo por los avances técnicos y tan falto de los valores que habían sustentado la sociedad y eran la salvaguarda del sentido de la vida y una meta nunca lograda, pero acariciada como una utopía digna de la lucha de la vida. Todo esto vemos se va derrumbando y está tomando derroteros nunca más elocuente esta expresión para esta circunstancia actual que nos preocupan, y nos hacen temer desemboquen en una confrontación violenta en la sociedad. Sentimos la necesidad urgente de un Salvador que nos saque de esta situación creada por nuestra culpa al haber dado la espalda a Dios, porque hemos rechazado sus mandamientos como guía y luz de nuestra existencia, y porque pretendemos vivir una existencia de una calidad superior dada por el hombre a sí mismo, y eso que podíamos haber escarmentado después de que se ha incurrido tantas veces en la historia en el mismo error y las consecuencias han sido calamitosas.

    La primera lectura de esta celebración arroja una luz sobre nuestros problemas actuales que no debemos desdeñar. En primer lugar nos asegura que Dios ha creado todo muy bien y que Dios no se recrea en la destrucción de los vivientes, porque Él mismo los ha creado para un fin sublime: que se cumpla su designio de justicia, lleno de sabiduría y amor. En ese plan en que la justicia y el amor habían de ocupar un lugar preeminente, de pronto irrumpió algo que hizo que nuestras relaciones con nuestro Creador y con nuestros semejantes no siguieran este itinerario fundante que Dios nos dio y con el cual seríamos felices. “Por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo”. Este texto, que se ha proclamado en la primera lectura, es fundamental para conocer cuál fue el origen del pecado original. Texto que se completa con las luces que san Pablo recibió cuando escribió su carta a los Romanos: Adán y Eva se dejaron seducir por la propuesta de la serpiente de ser ellos otros dioses al margen del verdadero y único Dios. El hombre quiso ser como Dios, pero al margen de Él, como si fuera Dios avaro de su gloria y no quisiera compartirla con los hombres. Dios respeta siempre nuestra libertad y la opción del hombre de dejarse envolver en la envidia del diablo, que no podía soportar la felicidad del hombre gozando de ser criatura feliz con su condición y en el destino que Dios le había regalado. Y, ocultando su maldad, les sugiere que hay una verdad que Dios no quiere que descubran los hombres: cómo ser dioses sin tener que estar sujetos a Dios. Como si la paternidad divina fuese un impedimento para la libertad humana, una cortapisa insufrible.

    La Palabra de Dios es luz en nuestro caminar. Pero a condición de que seamos sencillos, que seamos verdaderos niños que se fían de su padre. No se trata de un fideísmo ciego. Nosotros hemos de examinar con detenimiento las señales que Dios nos da de su cercanía y de su amor a nosotros. También de los castigos pedagógicos que nos proporciona para que abramos los ojos. Pero si interpretamos los castigos como venganza y envidia de Dios y sus múltiples dones nos los apropiamos y nos persuadimos de que los hemos alcanzado nosotros por nuestro trabajo, esta injusticia contra la bondad de Dios o la rectificamos o se convertirá en nuestra ruina.

    Nosotros estamos aquí persuadidos de que la Palabra de Dios cura nuestra ceguera, purifica nuestra vista y la hace más penetrante (Jn 13,10; 15,3). La Palabra de Dios nos posibilita ver más allá de nuestros cortos sentidos corporales. Nos introduce en el mundo de Dios dándonos parte en su intimidad y en sus proyectos de salvación. Si lo vemos así conseguiremos auparnos sobre los hombros de Dios para ver con la perspectiva mucha más amplia y con el gozo de compartir su vida divina, como un niño pequeño que goza con la protección de su padre y tiene puesta toda su confianza en él.

    San Pablo nos ha enseñado que nuestros bienes abundantes son mucho mejores cuando los compartimos con aquellos que sufren la escasez y penuria de los mismos, y que ese camino de imitar a Jesús es el camino de la verdadera felicidad.

    Pero en el Evangelio la perspectiva de la conducta de Dios con los hombres se amplía hacia horizontes que el hombre nunca había contemplado. El jefe de la sinagoga y la mujer que padecía flujos de sangre en su apuesta por fiarse plenamente de Dios, nos descubren cómo es el Corazón de Jesús, qué insondables riquezas de misericordia reserva para los que le aman, para los pequeños que se confían con Él, que se abandonan totalmente a su amor. Ésa es la buena noticia que hemos escuchado. No debemos desesperarnos ante esta situación histórica que nos ha tocado vivir. De nuestra parte está quien nos ama con un amor desbordante de ternura. La única traba es nuestra falta de fe. Ni siquiera se dice en el Evangelio que Jairo o esa mujer fueran santos. Se nos dice, tal como sugiere la escena que nos relatan, que tenían una confianza ilimitada en la bondad de Jesús. Una confianza que tiene un poder transformador de la propia persona. Porque quien se fía de Dios no necesita herir o maldecir a los que le hacen daño. Reza por los que andan extraviados y pide al Señor que le proteja. El que se fía de Dios no pretende que su ira sea el mejor exorcismo contra los males que le asedian, porque se deja enseñar por la Palabra de Dios que le dice, que la ira del hombre no produce la justicia que Dios quiere (Sant 1,20-21). Pero, aunque no haya conocido la verdad revelada, ha sido instruido por la voz de su conciencia y ha notado que sus actitudes violentas y negativas no le proporcionan paz y quiere caminar por sendas de perdón, comprensión y amistad para construir la concordia que todos anhelamos.

    Pero demos un paso más con estos personajes bienaventurados del Evangelio. Jairo se postró ante el Señor para hacer su petición. La mujer enferma le tocó con delicadeza, sin querer molestarle ni desviarle de su camino, pero con una fe nada común en el poder y Corazón magnánimo del Señor. Fue como un piropo a su persona: ‘No te quito tu tiempo para otro, pero sé que para ti soy tu hija muy querida, y a pesar de tus muchas tareas me escuchas y me consuelas y me curas si te lo pido secretamente’.

    Hermanos, aprendamos la lección. Si nosotros tenemos gestos de amor, de adoración, de confianza plena en el Señor, ¿a qué acudir a los medios que nos distancian del Señor para librarnos del mal como son la ira, la venganza, la violencia verbal o física, en vez de acudir a la oración y la súplica humilde que produce tantos beneficios, porque nos hace semejantes Al Que quiere no sólo librarnos del maligno, sino vernos como imágenes de su bondad?

  • 3 Jun

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La Eucaristía es “fuente y cumbre de toda la vida cristiana”, según la definió el Concilio Vaticano II (Lumen gentium, 11), porque ella “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo” (Presbyterorum ordinis, 5). Por eso decía San Ireneo de Lyon en el siglo II que es el compendio y la suma de nuestra fe. Es “el misterio de la fe” o “el sacramento de la fe” (mysterium fidei), como proclama el sacerdote en la consagración.

    En consonancia con esto, San Juan Pablo II afirmó que “la Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia” (Ecclesia de Eucharistia, 2003, n. 1). Y Benedicto XVI, recogiendo la denominación ofrecida por Santo Tomás de Aquino, señaló: “Sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre” (Sacramentum caritatis, 2007, n. 1). Por su parte, el Catecismo Romano publicado tras el Concilio de Trento enseña que la Eucaristía es el más excelso de los siete sacramentos, porque contiene a Jesucristo mismo, autor de la gracia y de los sacramentos.

    Las lecturas de hoy, tomadas del Éxodo (Ex 24,3-8) y de la carta a los Hebreos (Hb 9,11-15), así como el salmo que se ha cantado (Sal 115,12-13.15-18), introducen al texto del Evangelio de San Marcos que hemos escuchado (Mc 14,12-16.22-26). Todas ellas nos muestran que la Eucaristía es el Sacrificio de la Nueva Alianza instituida por Jesucristo con su Sangre. Y por eso se dice correctamente que la Santa Misa es la renovación y actualización del mismo Sacrificio de Cristo en la Cruz, así como de su Resurrección y de su Ascensión a los Cielos. Cada vez que se celebra la Santa Misa, sobrepasando el tiempo y el espacio, nosotros nos hallamos presentes en todo este misterio.

    Cristo se ofrece en la Eucaristía a la vez como Víctima, Sacerdote y Altar; se ofrece a Sí mismo al Padre por nosotros. Él es la Víctima, la Hostia pura, la Oblación perfecta y única que puede mediar entre Dios y los hombres porque es a la vez verdadero Dios y verdadero Hombre; el único Mediador es Víctima y Sacerdote, porque ofrece el Sacrificio y éste no es otro que la ofrenda de Sí mismo. Y Él mismo es también el Altar sobre el que se celebra el Sacrificio: Él ofrece su propio Cuerpo y sobre su Cuerpo se derrama su propia Sangre.

    ¿Cómo debemos, en consecuencia, obrar nosotros ante la Eucaristía, tanto en la Santa Misa como al encontrarnos ante Jesús Sacramentado reservado en el sagrario o expuesto en la custodia?

    Nuestra actitud debe ser de amor, de adoración y de agradecimiento, que debemos expresar incluso físicamente, porque Él se ha quedado con nosotros en el Pan y el Vino consagrados para que podamos verlo y gustarlo alimentándonos de Él. Siempre que nuestras condiciones físicas lo permitan, debemos arrodillarnos ante Él, sobre todo en el momento de la consagración en la Santa Misa y cuando se encuentra expuesto en la custodia, al menos al principio y al recibir su bendición. Debemos hacer la genuflexión ante el sagrario donde queda reservado, o una inclinación si no podemos físicamente hacer la genuflexión. Debemos hacerle compañía cuando está expuesto en la custodia o reservado en el sagrario, orando ante Él con devoción. Debemos recibirlo en la comunión estando en gracia de Dios, sin pecado mortal, recordando a Quién recibimos y con el alma enamorada de Él. Debemos acudir a recibirlo y presentarnos ante Él decentemente vestidos: ¡cuidado con las modas del verano, no perdamos el sentido de lo sagrado y de que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo! (cf. 1Cor 6,19-20). Debemos recordar con cuánta delicadeza y ternura han de tratarlo los sacerdotes, cuyas manos han sido ungidas para conferir este Sacramento y tratar con las especies consagradas, e igualmente los diáconos, a quienes se ha ordenado para el servicio del altar y de la comunidad.

    Para terminar, quiero agradecer a los padres de los escolanos actuales y de los candidatos para el curso próximo que nos hayáis confiado a vuestros hijos para poder formar parte de una Escolanía cuya finalidad no es otra que dar culto a Dios, sirviéndole de un modo especial en la celebración de estos santos misterios, realzando la Santa Misa y reverenciándolo en la Sagrada Eucaristía. Y quiero también exhortaros a que, durante el verano, prosigáis en vuestros hogares la misma obra: llevad con vosotros a Misa a vuestros hijos, cultivad en ellos y en vosotros la vida espiritual, rezad con ellos, animadles a confesarse y confesaros vosotros. Que la vida de la gracia que aquí queremos alentar en ellos no se quede de repente cortada al llegar a vuestras casas en vacaciones. Si el ser humano olvida a Dios en su vida, lo ha perdido todo, aunque crea haber ganado el mundo. Sólo Dios da sentido a nuestras vidas y sólo Dios podrá llenar de verdad vuestros corazones y los de vuestros hijos.

    Al final de la Santa Misa de hoy, acompañemos todos procesionalmente a Jesús Sacramentado y hagámoslo con María, la Mujer Eucarística, como la han definido los Papas recientes.

  • 31 May

    P.Santiago Cantera

  • Querido Fr. Carlos:

    Dirigiéndose San Juan Crisóstomo a los padres paganos que se oponían a que sus hijos abrazasen el estado monástico, señalaba el hábito como signo de pobreza y del cambio de vida que implica el monacato y ensalzaba su valor por encima de las ricas vestimentas de los emperadores, advirtiendo que éstas no les convertían en seres admirables, mientras que “el monje, en cambio, en solo su hábito, lleva muchos motivos para que se le admire. Luego, si nadie admira al rey porque se vista de púrpura y todos se maravillan del hábito del monje, síguese que el sayal hará más conspicuo y glorioso a tu hijo [monje] que la púrpura del emperador” (Contra los impugnadores de la vida monástica, discurso II, 6).

    Podríamos decir que el monacato nació con el hábito puesto, a la par que el hábito definía al monacato ante el resto de los hombres como signo externo de un modo de vida que suponía entregarse de lleno a la búsqueda de Dios en el seguimiento y la imitación de Cristo orante, pobre y penitente. Los Padres del Desierto, con su “melota” característica, habían puesto sus ojos en los vestidos de Elías, Eliseo, las comunidades veterotestamentarias de profetas y San Juan Bautista: un manto, unas pieles, la descalcez… Todo ello exteriorizaba la austeridad y el desprendimiento de una vida que anhelaba alcanzar el Cielo. Aquellos antiguos monjes dieron con frecuencia un significado espiritual a cada pieza del hábito, como lo exponen Evagrio Póntico (Tratado Práctico, prólogo) y Juan Casiano (Instituciones cenobíticas, lib. I). Y Nuestro Padre San Benito, a quien el monje Román le impuso el hábito (San Gregorio Magno, Diálogos, II, 1), entiende que el abandono de las vestimentas seglares para recibir las monacales conlleva un cambio total de vida (RB 58, 26-28).

    Esta doctrina antigua conserva a día de hoy toda su perennidad y actualidad, pese a las versiones secularizadoras de la vida religiosa consagrada y a la práctica más común a la que éstas han llevado. De hecho, el valor del hábito ha quedado realzado por el Magisterio reciente de la Iglesia: bastaría con recordar las enseñanzas del Concilio Vaticano II (Perfectae caritatis, n. 17) y de los Papas recientes (Bto. Pablo VI, Evangelica testificatio, n. 22; S. Juan Pablo II, Vita consecrata, n. 25); todos ellos lo han definido como “signo de consagración” y han pedido vivamente su uso a los religiosos y a las religiosas.

    Hoy, querido Fray Carlos, vas a recibir el hábito monástico como signo de la nueva vida que deseas abrazar. La Iglesia establece unos tiempos prudenciales de discernimiento y progreso en la vocación religiosa, pero todos queremos confiar en que la gracia de Dios se irá derramando sobre ti en cada paso y podrás ser un buen monje, viviendo las virtudes que el santo hábito exige. No dudes que, si bien es cierto que “el hábito no hace al monje”, contribuye a hacer al monje y le ayuda. El fundador de nuestra Congregación Solesmense, Dom Guéranger, lo consideraba “signo visible de la separación del mundo” y pedía a los monjes un soberano respeto hacia él (Notions sur la vie religieuse et monastique, I, 1). Dom Delatte, en su Comentario a la Regla, dice que “nos recuerda también y sin cesar nuestra condición sobrenatural: […] nos advierte que no somos ya del siglo y que hay mil cosas mundanas a las que hemos dicho adiós. […] Por razón misma de esta bendición [en la ceremonia de imposición] que le hace llegar a ser un sacramental, nuestro hábito nos protege, es parte de nuestra clausura y la perfecciona: nos retiene en la dulce cautividad de Dios” (cap. 55).

    No dudes que, ciertamente, el hábito se puede constituir en una guarda personal de tu clausura, porque, dentro y fuera del monasterio, él te recordará constantemente que perteneces a Dios y no al mundo, que has entregado tu vida a Cristo, que a tu consagración son ajenas las costumbres que en los seglares pueden ser legítimas, que no puedes ir o frecuentar ciertos lugares que una vestimenta seglar te permitiría. No dudes que el hábito puede evitarte muchas ocasiones de pecado, porque te recordará tu condición de consagrado. Y si bien puede alguna vez suscitar una burla, comprobarás que estás serán muy escasas y que, por el contrario, se multiplicarán por mil los beneficios espirituales que, al llevarlo, Dios concederá a tantos seglares, para los cuales, en medio de una sociedad que ha perdido prácticamente el referente y el sentido de lo sobrenatural, será cuanto menos el testimonio silencioso pero elocuente de la existencia y de la primacía de Dios, que es la esencia misma de la vida monástica.

    Por nuestra parte, no dudes que rogaremos a Santa María, Reina de los monjes, para que en esta fiesta de la Visitación a su prima Santa Isabel, interceda ante Dios para que te conceda la fidelidad en el camino de tu vida monástica.

  • 20 May

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    A los cincuenta días de la Resurrección del Señor, celebramos hoy la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, según les había prometido Jesús y hemos escuchado en el relato de los Hechos (Hch 2,1-11). En el día de Pentecostés, estando reunida la Iglesia naciente con María, recibieron su luz y su fuerza para salir a predicar el Evangelio.

    La plena revelación del Espíritu Santo, como todo el misterio trinitario, tiene lugar en el Nuevo Testamento, pero ya en el Antiguo se anuncia y la Iglesia ha sabido comprenderla en numerosas referencias. La primera de ellas aparece al inicio del Génesis, cuando se dice que “el Espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas” (Gen 1,2). El “Espíritu de Dios” es además el que inspira a los profetas: de hecho, en el Credo decimos que el Espíritu Santo “habló por los profetas”.

    El Espíritu Santo obró en la Virgen María la Encarnación del Hijo de Dios (Lc 1,35) y es quien guía a Jesucristo en su misión mesiánica, como se ve desde el momento en que le conduce al desierto (Mt 4,1; Mc 1,12; Lc 4,1) y según Él mismo afirma al cumplirse sobre sí la profecía de Isaías de que el Espíritu se posará en el Mesías (Lc 4, 16-21; cf. Is 61,1-3). Jesús revela el misterio trinitario, que se manifiesta ya en el Bautismo, donde se hacen presentes las tres divinas personas. En el diálogo con Nicodemo, enseña que es el principio del nuevo nacimiento, del bautismo que Jesús trae de agua y de Espíritu Santo (Jn 3,3.5-6); el propio Hijo da el Espíritu Santo con abundancia, porque lo posee en plenitud dado por el Padre (Jn 3,34). Es el Don del Padre y del Hijo, que se nos dará a nosotros cuando sea glorificado el Hijo, manando de Él ríos de agua viva (Jn 7,37-39).

    El Espíritu Santo, enviado del Padre y del Hijo (cf. Jn 15,26), alienta, vivifica y santifica a la Iglesia en el tiempo que va de la Ascensión de Jesucristo a los cielos hasta la Parusía, su segunda venida gloriosa al final de los tiempos. Por eso, como ha expuesto San Pablo en la primera carta a los Corintios, suscita la diversidad de dones, servicios, funciones y carismas para el bien común de la Iglesia (1Cor 12,3b.7.12-13).

    Sin embargo, queridos hermanos, es triste constatar que a buen número de cristianos se les podría aplicar lo que dijeron unos discípulos a San Pablo en Éfeso: “Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo” (Hch 19,2). Lamentablemente, la devoción al Espíritu Santo de muchos cristianos en Occidente suele ser muy tenue y en ocasiones incluso nula. Parece que nos resulta la persona más desconocida de la Santísima Trinidad. Pero es Él quien hace posible, no sólo la vida y la santidad de la Iglesia, sino la propia vida espiritual y la santificación de cada creyente. Como nos enseña San Pablo en la carta a los Romanos, por el Espíritu Santo recibimos la adopción filial de Dios, somos hechos hijos adoptivos de Dios en su Hijo unigénito, Jesucristo, de tal forma que podemos llamar Padre a Dios y somos coherederos de Dios con Cristo (Rm 8,14-17).

    El Espíritu Santo mora en nosotros y está en nosotros (cf. Jn 14,17) cuando nos encontramos limpios de pecado mortal, cuando nos hallamos en estado de gracia. Y Él hace posible que habite en nuestra alma la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el mismo Espíritu Santo. Jesús lo anunció a los apóstoles: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23); “Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad” (Jn 14,16-17). San Pablo nos advierte que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en nosotros y lo hemos recibido de Dios, gracias a haber sido rescatados por el precio de la Sangre de Cristo (1Cor 6,19-20). En consecuencia, el Espíritu Santo hace posible en nosotros la vida divina, la vida de la gracia; hace posible que el Padre, el Hijo y el mismo Espíritu habiten en nuestra alma. Ésta es la inhabitación trinitaria en el alma, que es fuente inmensa de vida espiritual para el cristiano consciente de tal maravilla. Por eso, como se ha cantado en la secuencia del Veni Sancte Spiritus, llamamos al Espíritu Santo “dulce huésped del alma”.

    Es preciosa la comparación que San Juan de la Cruz realiza en su Cántico espiritual cuando emplea la imagen del austro o ábrego, del viento apacible que trae lluvias y hace germinar la vegetación y abrir las flores, para referirla a la acción del Espíritu Santo en el alma enamorada de Cristo, pues, “cuando este divino aire embiste en el alma, de tal manera la inflama toda, y la regala y aviva, y recuerda la voluntad y levanta los apetitos, que antes estaban caídos y dormidos en el amor de Dios, que se puede bien decir que recuerda los amores de él y de ella”, aspirando por el huerto del alma para producir su perfeccionamiento en las virtudes (canción XVII).

    Quiero por último recordar que en estos días se está debatiendo una proposición de ley para instaurar la eutanasia en España. No podemos decir otra cosa sino que es una forma de suicidio asistido e incluso en ocasiones de homicidio impuesto, y es lamentable que esto se plantee en nombre del progreso después de casos tan crueles como el de los niños Charlie Gard y Alfie Evans en Inglaterra. Sólo Dios es el Señor de la vida, y la vida es un don dado por Él; y el sufrimiento y la enfermedad, contemplados desde el misterio de la Cruz, encuentran un sentido redentor para el cristiano. Pidamos al Espíritu Santo, Espíritu de fortaleza, que dé valor a los pastores de la Iglesia para no callarse ante esta situación y que Él mismo, Espíritu de verdad y de vida, ilumine a los legisladores para defender la vida humana en vez de optar por una incultura de la muerte y del descarte.

    Que María Santísima, que estaba presente con los Apóstoles el día de Pentecostés, nos ayude a conocer mejor al Espíritu Santo para progresar en nuestra vida espiritual penetrando en el misterio de Dios.

  • 13 May

    P. D. Anselmo Álvarez

  • En los días precedentes al de la Ascensión durante los cuales hemos vivido el acontecimiento de la resurrección del Señor, hemos venido escuchando el sucesivo anuncio por Jesús de su próxima partida hacia la casa del Padre, después de haber dado cumplimiento a la misión que había recibido de Él. En las palabras con que anunciaba esto a los discípulos les añadía que en esa casa a la que volvía hay muchas moradas, y que iba precisamente a preparárselas, porque ese era también su destino y el de todos los que creyeran en Él. Llegado el día previsto, Jesús reúne a los suyos, les dirige las últimas palabras de despedida y, a la vista de todos, se eleva hasta desaparecer camino de las alturas.

    Cuando hoy nosotros leemos este pasaje lo consideramos generalmente como uno de esos hechos de la vida de Cristo que tal vez leemos con una mezcla de curiosidad o indiferencia o, si todavía somos cristianos, lo tomamos como un acontecimiento de su existencia histórica que apenas tiene que ver personalmente con nosotros. Es lo que nos sucede con el conjunto de la vida de Jesús.

    Pero al margen de nuestras opiniones personales, lo único cierto es que cada una de las palabras y acontecimientos de su vida significan la acción y la dirección culminantes que señalan los caminos a recorrer por el hombre. En Cristo, Dios nos ha salido al paso para mostrarnos lo único decisivo y auténtico de cuantas opciones pueden atraer nuestro interés. Él es la Verdad y el Camino sin alternativa.

    Cuando nosotros celebramos con la Iglesia la ascensión de Cristo estamos ante uno de esos acontecimientos que hablan más categóricamente que todas las palabras humanas, porque nos ponen ante el significado determinante de nuestra historia personal: “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que caminamos en busca de la futura” (Hbr 13, 14). Esa ciudad no es otra que aquella de la que descendió Cristo cuando tuvo lugar la encarnación, y a la que hoy asciende después de llevar a cabo la redención.

    Pero no significa un camino de regreso que sólo Él deba recorrer. Él lo ha abierto para que todos sepamos cuál es la única dirección en la que todos hemos de caminar ya desde ahora. Ese movimiento ascensional nos está describiendo cuál es la trayectoria que ha sido abierta para nosotros ya en la vida presente. Una existencia en la que hay multitud de caminos, de proyectos e iniciativas a través de los cuales cada uno realizamos un designio personal, que será tanto más eficaz cuanto se realice más en conformidad con las leyes divinas que han de regir los actos humanos.

    Pero la orientación común de esos proyectos de vida personal es la que está determinada por quien nos ha puesto en la existencia presente y nos ha llamado a la futura. La palabra de Dios está llena de este pensamiento: que cualquiera que sea el tiempo, el lugar o la actividad que desarrollemos, habitemos desde ahora con Cristo en el cielo, donde se encuentra quien es su Padre y nuestro Padre, y que nuestros actos y nuestra mente estén dirigidos a la que será nuestra ciudad permanente. Y ello porque si nosotros somos hijos de la tierra, lo somos de una manera mucho más real del cielo y del Padre que está en los cielos.

    Nuestra presencia en esta vida es completamente transitoria, lo que para nada quiere decir que no la tomemos con total seriedad, a fin de darle toda su plenitud de sentido y de valor, bien entendido que de acuerdo con lo que la ley de Dios y la recta razón nos sugieren. Algo así como cuando un atleta debe hacer el recorrido de un trayecto poniendo la máxima atención en cada paso, pero con la vista puesta ante todo en la meta.

    Nosotros conocemos, como nadie antes que nosotros, la sensación de un progreso y un bienestar siempre crecientes, que nos dan la sensación de estar alcanzando unas metas ilimitadas. Y nos parece que este es, por fin, nuestro verdadero horizonte. Pero no es el horizonte del hombre que ha salido del pensamiento de Dios. Dios ha pensado también en nuestro desarrollo, pero no principalmente por la sumersión en este mundo, sino por la ascensión a las alturas, por la elevación al mundo y a la realidad de Dios.

    Porque esto es lo que corresponde a su vocación y a su naturaleza, constituida según la semejanza con Dios. Por eso advirtió, también para los hombres de este tiempo: “estáis en el mundo pero no sois del mundo” ((Jn 15, 19), o como dice por medio del apóstol S. Pablo: “buscad las cosas de arriba, no las de la tierra” (Col 3, 1 ). Con esto no se nos arranca de nosotros mismos ni se deforma nuestra realidad humana, sino que se la afirma, haciéndola participar en la misma naturaleza de Dios.

    Tal es la forma de participar en el impulso ascensional de Dios: la muerte a nosotros mismos, a imitación de la muerte de Cristo, como premisa para participar en el misterio pascual de su Resurrección y Ascensión. Así podremos hacer nuestras las palabras que Cristo se aplica a Sí mismo: “Yo soy el viviente. Estaba muerto pero ahora vivo por los siglos de los siglos” (Ap 1, 18).

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