• 2 Jul

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en Cristo Jesús: El Señor os ha invitado a este banquete, a su mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Es un banquete del que podemos salir inmensamente saciados, pues hay dos mesas repletas de dones. ¡Qué pena que nosotros no sepamos aprovecharnos mejor de estas dos mesas de que disponemos cada vez que celebramos el memorial de la muerte y resurrección de Cristo! La Eucaristía es el sacramento que celebra el hecho central de la vida de Jesús, su misterio salvador, el fin por el cual se hizo hombre. Vino a salvarnos y para ello entregó su vida, derramó su sangre como sacrificio de expiación o reparación de nuestros pecados. Este gran acontecimiento de la historia es ni más ni menos que el centro de la misma y la razón de ser de nuestra existencia. Pues Dios nos creó por amor a nosotros, para que participemos de su vida divina. Pero como el hombre iba a frustrar el primer proyecto por el pecado de Adán, desde la eternidad preparó el Señor el remedio en la muerte redentora de Cristo. Por eso al celebrar o hacer actual y vivo este misterio de su muerte y resurrección podemos nosotros recibir una parte sobreabundante de las gracias que en tal acontecimiento obtuvo nuestro Redentor.

    Por otra parte, la mesa de la Palabra: es decir, las lecturas que la Iglesia ha dispuesto para nuestra consideración en este domingo, al ser una palabra viva, también nos hace caer en la cuenta de los dones que hemos recibido o que podemos recibir si tenemos fe, si le suplicamos humildemente al Espíritu Santo que nos haga permeables y dóciles a la Palabra que se ha proclamado. El Señor hará que la Palabra fecunde nuestro espíritu y brote en él el deseo y la fuerza de aceptarla y ponerla en práctica. Es una fuerza tan poderosa que actúa como una medicina que mata los gérmenes nocivos que hay en nuestro interior, y que impiden que la hagamos parte de nuestra vida cotidiana. La Palabra de Dios purifica nuestro interior, lo hace lúcido para descubrir los engaños en que nos habíamos dejado envolver, y nos descubre que hay una salida. Fijaos qué grande es la misericordia de Dios, que a veces esta palabra nos sorprende a nosotros mismos, porque se nos cuela en el corazón con una fuerza sorprendente. Es como un encuentro con el Señor mismo, que nosotros no habíamos preparado ni hecho méritos especiales para que así sucediera. Pero de pronto se ilumina nuestro ser, nuestra inteligencia, y empieza uno a recolocar todo nuestro interior. Ve que se desvanecen sus antiguos prejuicios, y se abre un nuevo horizonte. Es lo que san Ignacio de Loyola llama en sus Ejercicios “la consolación sin causa precedente”. El Señor sale a mi encuentro aunque no le había dado motivo para ello, y es que había alguien rezando, aun sin conocerme, para que así sucediera. Pues el Señor respeta nuestra libertad y, en cierto modo, tiene las manos atadas hasta que se las desatamos con la oración y el sacrificio. Pero cada uno debe hacer todo lo posible para que esas manos divinas puedan actuar en mí mismo poniendo interés en escuchar y comprender bien la Palabra escuchada o leída. Yo mismo he de vencer mi pereza y ponerme a la escucha, sí, y todos los días con constancia he de suplicar esa ayuda del Espíritu y he de ser humilde, porque la luz viene de Él, no sale naturalmente del espíritu humano. Tenemos que pedirle a Dios, al Espíritu Santo, que obre en nuestras facultades naturales y con su poder creador nos dé una capacidad nueva. En el Salmo 51, el célebre Miserére, decimos: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme.” Y cuando he hecho esto me diré a mí mismo: El Espíritu Santo ya se había adelantado, sin yo darme cuenta, para que le pidiera esto, que me parecía había sido iniciativa completamente mía.

    Pero eso no sólo sucede con la Palabra directa de la Escritura sagrada, sino también por medio de la palabra predicada y anunciada por sus profetas y predicadores. Por eso es tan importante que los predicadores no tengamos miedo de predicar la Palabra de Dios sin tapujos, ni componendas con lo políticamente correcto. El pecado, estamos comprobando, y bien lo hemos comprobado estos días, cada vez es más descarado y amparado por las leyes, mientras que está prohibido manifestar la fe y predicarla tal cual es. Si uno la predica parcialmente y la deforma, o pone como esencia de la misma fe la duda en vez de la luz y certeza que proviene de la fe, entonces hasta los medios de comunicación dan cabida a su predicación, y hasta vienen a los monasterios micrófono en mano. Lo que ocurre es que entonces la oración colecta que hemos rezado no sería la fe de la Iglesia en contra de lo que se nos ha transmitido como fe apostólica, que lo que se ora en los textos de la liturgia eso mismo es profesión de nuestra fe: “Padre de bondad, que por medio de la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad”. Pero hoy día cuando uno predica todos los mandamientos con todas sus consecuencias, se desata la persecución hasta que esa voz es silenciada.

    Las lecturas que se han proclamado tanto la del segundo libro de los Reyes, referente a la acogida que una mujer dio en su casa al profeta Eliseo para favorecer su predicación, como la del Evangelio, en que Jesús dice que “el que acoge a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta”, nos revelan la importancia de alimentarnos de la mesa de la Palabra de Dios, poniendo todos los medios para que llegue íntegra a nosotros. Lógica consecuencia de todo esto es que hemos de favorecer a sacerdotes o laicos que se esfuercen y vivan con integridad el respeto y veneración a la Eucaristía, aquellos que no se permiten la frialdad o el no significarse con gestos, como ponerse de rodillas para recibir la comunión, que no están bien vistos hoy día, porque en la Iglesia nos estamos acostumbrando a vivir de las modas. Los buenos cristianos de todos los tiempos no se han dejado influir por las modas, que tampoco faltaron en sus días. Los sacerdotes íntegros no acomodan su predicación a las modas eclesiales, que son puro sometimiento a lo políticamente correcto. Si no somos capaces de denunciar el error y la corrupción, que imperan por todas partes hasta con exhibicionismo repugnante, no somos verdaderos discípulos de Cristo. Pero Jesús se atrevió a llamar “zorro” a Herodes, que había mandado decapitar a san Juan Bautista, y bien sabían Él y sus oyentes los que se estaba jugando.

    La Eucaristía nos da esa fuerza para vivir los mandamientos, para enfrentarnos a los perseguidores y para poner por encima a Dios de todos nuestros afectos y gustos terrenos. La abnegación que Jesús nos enseña, el llevar la cruz de cada día, el alimentarnos cada día de la Palabra de Dios cuando no nos apetece, o la tentación de la pereza nos mueve a dejarlo para mañana, u otro día en que nos encontremos dispuestos, no se puede vencer sin alimentarnos de la mesa de la Eucaristía. Y la mera asistencia a la Eucaristía sin meditar y orar la Palabra de Dios en silencio acaba en ser una costumbre rutinaria sin vida. El objetivo es que podamos decir con verdad ese Salmo que solemos recitar con frecuencia (63,2): “Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo; mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.” O también lo hemos escuchado en la lectura de San Pablo a los Romanos: “Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.”

  • 25 Jun

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: se nos acaba de proclamar en el evangelio: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Nuestro paso por la tierra es temporal, aquí no tenemos morada permanente. Nuestra muerte no es el fin, sino el comienzo de la verdadera vida, como dice el prefacio de difuntos: “La vida de tus fieles, Señor, no termina, se transforma y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.

    Meditar en esta idea nos puede ayudar a mejorar nuestra vida cristiana. Muchas veces nos acomplejamos ante las cada vez más frecuentes agresiones y amenazas a la fe cristiana, casi siempre a la católica. Basta estar mínimamente atento a lo que sucede a nuestro alrededor para darnos cuenta de que nuestra fe está perseguida en muchas parcelas de nuestra vida. Frases del estilo “la única iglesia que ilumina es la que arde” o “arderéis como en el 36” son cada vez más habituales, ante nuestra pasividad generalizada. Detrás de esta persecución perfectamente organizada, que nos quieren vender como espontánea, se halla un número relativamente pequeño de personas, pero con enorme poder económico y mediático a sus espaldas.

    Ante esto, no debemos amilanarnos, empezando por los sacerdotes; el Señor nos lo repite varias veces en el evangelio de hoy. Si Jesús fue prudente y lo principal de su mensaje lo transmitió en privado a sus más allegados, hoy en día los sacerdotes, siempre guardando la caridad por encima de todo, debemos proclamar nuestra fe sin medias tintas, porque hasta los cabellos de la cabeza tenemos contados. Dice S. Agustín: “Considerad cuánto valéis. ¿Quién de nosotros puede ser despreciado por nuestro Redentor, si ni siquiera un solo cabello lo será?”. Aunque si seguimos los criterios evangélicos, que chocan con el mundo, inevitablemente nos enemistamos con él, no temamos la persecución, porque Dios estará con nosotros y nada podrá sucedernos sin que Él lo permita o disponga para nuestro bien.

    Queridos hermanos, Jesús nos asegura: “a quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos”. Jesús defenderá a quienes le hayan confesado valientemente ante los hombres. Así lo hizo Sto. Tomás Moro, que celebramos el pasado jueves 22, padre de familia y primer ministro de Enrique VIII, que ordenó martirizarlo por oponerse a la anulación de su matrimonio con la hija de los Reyes Católicos. Este hombre para la eternidad, desde la cárcel escribió una carta en la que tranquilizaba a una de sus hijas afirmando: “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”.

    Es el motivo principal que aparece también en el salmo de este domingo: “Señor, que me escuche tu gran bondad”. La confianza del justo en la misericordia y omnipotencia de Dios le permite afrontar con ánimo sereno todas las dificultades que se le presentan. Jeremías también se veía acosado por sus enemigos, que lo acusaban injustamente. A pesar de que su único recurso era su confianza en Dios, Jeremías cumplía su misión de anunciar lo que el Señor le encomendaba. La sola confesión de nuestra fe con nuestra asistencia regular a la misa y la recepción habitual del sacramento de la reconciliación o penitencia con absolución individual ya supone proclamar que Jesucristo es nuestro único Salvador.

    En su encíclica sobre la Iglesia y la Eucaristía, el Papa S. Juan Pablo II dejó muy clara la vigencia de la norma del Concilio de Trento concretando la severa exhortación del apóstol Pablo en la carta a los Corintios, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, “debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal”, según la enseñanza de la Iglesia, expuesta, entre otros muchos documentos, en el Catecismo y en el Código de Derecho canónico, que recogen además el ayuno eucarístico de 1 hora antes de recibir la comunión.

    El reconocimiento de nuestra condición pecadora no es ningún obstáculo para nuestra confianza en la misericordia de Dios, como se ha proclamado en la carta a los Romanos: “Con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos”. Solo hay un mal que temer, la pérdida del alma propia y ajena, pero el sufrimiento pasajero provocado por este mundo, ofuscado en alejarse de Dios, es nada al lado de la gloria que nos espera, que ni ojo vio ni oído oyó. ¿Qué es el dolor de la cruz, por muy intenso que pueda ser, comparado con una eternidad de amor contemplando el rostro del Hijo del hombre?

    Queridos hermanos: perseveremos en la lectura orante de la Palabra de Dios, de la mano del Señor y de su Madre, a quien la meditación constante de las palabras de su Hijo le impidió vacilar en su fe. La Eucaristía es para nosotros una luz en medio de la oscuridad que nos rodea y un ancla de salvación que nos mantiene unidos con el Señor, con su Vicario el Papa Francisco y con todos los cristianos que, a pesar de la persecución religiosa, perseveran en la confesión de su fe. Precisamente este martes 27, en que se celebra a S. Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia, D.m. el Santo Padre celebrará las bodas de plata de su ordenación episcopal. Es un motivo más para orar especialmente por él y por sus intenciones al frente de la barca de Pedro. Él se enfrenta cada día a numerosas dificultades y problemas en su solicitud por la Iglesia y los católicos en cualquier rincón del mundo.

    Colaboremos a la salvación del mundo con nuestra oración, que es un valor permanente, que nunca se pierde, que no está sujeto a los vaivenes de las encuestas ni de los escaños ni de los mercados. Encomendemos todo esto a Ntra. del Valle, a los 52 beatos cuyas reliquias custodiamos en nuestra basílica y a los 5 siervos de Dios cuyos restos también custodiamos aquí: Clementino, Ernesto, Eudosio, Francisco y Valero. No olvidemos también a la nueva beata benedictina, la oblata Itala Mela, beatificada hace 15 días, en la víspera de la Stma. Trinidad, de cuya inhabitación en nuestra alma tanto escribió ella. Que así sea

  • 18 Jun

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Los ángeles del cielo alimentan constantemente su vida espiritual con la contemplación del Hijo de Dios. Su felicidad se nutre de esa contemplación del misterio trinitario en el Verbo divino. Por eso se dice con verdad que Jesucristo es el “pan de los ángeles” y el “pan del cielo”. Casiodoro, casi contemporáneo de San Benito en la Italia de su época, afirma: “Cristo con razón es llamado pan de los ángeles, porque ellos en verdad se alimentan con la alabanza de Él mismo. Pues no se ha de creer que los ángeles comen pan corporal, sino que se nutren con aquella contemplación del Señor con la que una sublime criatura se alimenta. Pero este pan del cielo sacia a los ángeles y a nosotros nos sirve de alimento en la tierra: a ellos deleitándoles con su contemplación; a nosotros restaurándonos con su santa visitación” (Comentarios del Salterio, Ps 77)

    Hemos escuchado en el Deuteronomio (Dt 8,2-3.14b-16a) que Dios alimentó al pueblo de Israel en su Éxodo por el desierto con un pan bajado del cielo: el maná. Por eso el maná ha sido visto siempre en la Tradición de la Iglesia como una figura que profetizaba la Eucaristía.

    Y en el texto del Evangelio de San Juan (Jn 6,51-59), tomado del sermón del “pan de vida”, el mismo Jesús se nos presenta como “el pan que ha bajado del cielo” para darnos la vida eterna. Jesús nos dice que Él es el verdadero Hijo de Dios, enviado a nosotros por el Padre, y que ha venido a darnos la vida eterna, dándonos su Cuerpo y su Sangre. Esto sucede, como sabéis, en el Sacramento de la Eucaristía que hoy celebramos en esta solemnidad del Corpus Christi y que fue instituido por Jesucristo en la Última Cena, como un anticipo de su Sacrificio en la Cruz y de todo el misterio pascual, es decir, de su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión.

    En verdad, pues, este “pan del cielo” y “pan de ángeles” (cf. Sal 77,24-25) es Jesucristo: Él alimenta espiritualmente a los ángeles que lo contemplan en el cielo y alimenta también la vida de nuestras almas cada vez que lo recibimos en la Eucaristía. Nos lo ha dicho San Pablo en la primera carta a los Corintios (1Cor 10,16-17): el pan que es el Cuerpo de Cristo y el cáliz del vino que es su Sangre nos unen a todos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Quien come la carne de Cristo y bebe su Sangre, como el mismo Jesús nos dice en el Evangelio de hoy, habita en Él y Él a su vez en aquel que lo recibe. Pero no olvidemos que en cada una de las especies consagradas, tanto en el pan como en el vino, está realmente Cristo entero, y de ahí que la comunión bajo una sola de las dos especies sea verdaderamente comunión completa.

    Queridos hermanos: seamos muy conscientes de esta realidad maravillosa, de que realmente en la Sagrada Eucaristía está Jesucristo, el verdadero Hijo Unigénito de Dios hecho hombre para nuestra salvación. Al recibir la Sagrada Comunión, recibimos realmente a Dios en nuestras almas; recibimos a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Por eso, quiero recordar algunas disposiciones necesarias para recibir la comunión.

    En primer lugar, hacen falta unas disposiciones internas, fundamentalmente tres: estar en gracia de Dios, saber a quién vamos a recibir y cumplir el ayuno eucarístico de una hora previa a la comunión. Es fundamental hallarse en estado de gracia, es decir, sin tener pecado mortal, como ha recordado la Iglesia siempre. Si uno se encuentra en pecado mortal, debe acercarse antes al Sacramento de la Penitencia o Reconciliación y confesarse debidamente, con el propósito claro de enmendar sus pecados y de no querer vivir más en pecado mortal.

    En segundo lugar, también son necesarias unas disposiciones externas, pero de ellas quiero incidir sobre todo en algo que hoy, por la pérdida inconsciente del sentido natural y también sobrenatural del pudor, que es la custodia de la intimidad, se olvida con frecuencia: me refiero a la modestia en el vestir. Nuestra sociedad ha perdido progresivamente el valor de la decencia y el decoro en el vestir, incluso a la hora de entrar en un lugar sagrado como es una iglesia e incluso al comulgar. Al sacerdote muchas veces se le plantea la duda de dar o no dar la comunión a una persona, tanto hombre como mujer, que se acerca vestida casi como si fuera a la playa, y muchas veces le da la comunión considerando la ignorancia y la buena voluntad de esa persona y que interiormente puede encontrarse en gracia de Dios, y asimismo con el fin de evitar un escándalo mayor rechazando en público a un comulgante. Pero deberíamos ser conscientes de que vamos a recibir a Dios mismo y que, por lo tanto, deberíamos evitar ciertos vestidos que muchas veces son más bien desvestidos.

    En fin, que la Santísima Virgen, la Mujer que llevó en su seno al mismo Hijo de Dios, nos haga tomar conciencia de la grandeza de la Eucaristía y de las disposiciones adecuadas para recibir a Jesucristo en este Sacramento, que es el verdadero pan de los ángeles bajado del cielo para alimentar nuestras almas. Que en este fin de curso Ella bendiga a los niños de nuestra Escolanía, que tienen la misión de los ángeles de dar gloria a Jesús Sacramentado, y bendiga también a los niños que han venido a las pruebas de acceso para el curso próximo. A los padres de unos y de otros os expreso nuestro agradecimiento por el servicio prestado y por la confianza depositada.

  • 4 Jun

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Como sabéis, el nombre de origen griego con que denominamos la solemnidad de hoy, “Pentecostés”, hace referencia a los cincuenta días transcurridos desde la Resurrección del Señor hasta la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, que hemos escuchado en la primera lectura, tomada del libro de los Hechos (Hch 2,1-11). Con este acontecimiento, a partir del cual los Apóstoles recibieron luz y fuerza para anunciar el Evangelio por el mundo, consideramos que comenzó propiamente la vida de la Iglesia, que nuestro Señor Jesucristo instituyó sobre la roca firme de los mismos Apóstoles y con Pedro a la cabeza. En efecto, Él prometió enviar al Paráclito, al Espíritu Santo, que había descendido sobre Él mismo el día de su Bautismo en el Jordán, y en la Cruz exhaló el espíritu para comunicarnos también el Espíritu Santo; igualmente, en el relato del Evangelio hemos escuchado cómo, apareciéndose a los Apóstoles después de resucitar, les comunicó el Espíritu Santo y les dio el poder de absolver y de retener los pecados (Jn 20,19-23).

    Es ciertamente el Espíritu Santo quien guía, alienta y santifica la vida de la Iglesia después de la Ascensión del Señor a los Cielos, como nos ha expuesto San Pablo en la primera carta a los Corintios al hablar de la diversidad de dones, servicios, funciones y carismas que Él suscita para el bien común de la Iglesia (1Cor 12,3b-7.12-13). Y sin embargo, ¡cómo ignoramos la acción de la tercera persona de la Santísima Trinidad! Un gran teólogo dominico español fallecido hace unos años, el P. Royo Marín, le denominó “el Gran Desconocido”, porque tristemente muchas veces no somos conscientes de la importancia de su acción en el alma y en el conjunto de la Iglesia. Por el contrario, los cristianos orientales son grandes devotos del Espíritu Santo y ellos sí son muy conscientes de su acción eficaz en la vida de la Iglesia y en los sacramentos.

    El Espíritu Santo, que es el Amor y el Don del Padre y del Hijo, pues el Padre y el Hijo se aman en el Espíritu Santo, es enviado igualmente por el Padre y por el Hijo para vivificar la Iglesia y para comunicar la vida espiritual en nuestras almas, introduciéndonos en el seno mismo de la vida divina, en esa corriente infinita de amor intratrinitario, del amor entre las tres divinas personas. Por eso se dice también que Él es el Fuego que enciende nuestras almas en el amor de Dios para conducirnos hasta el Cielo. Es además el Paráclito, el Abogado, el Defensor que Jesús nos ha prometido al volver Él junto al Padre y que nos enseñará todo lo referente a Dios y a la vida espiritual (Jn 14,26).

    En la Edad Media se compusieron algunas piezas de gran belleza en honor del Espíritu Santo. Así, en la secuencia que hoy se ha cantado, se le reconoce como Espíritu divino, Padre amoroso del pobre, Don, Luz que penetra las almas y Fuente del mayor consuelo. Se le llama igualmente “dulce huésped del alma”, y ciertamente deberíamos ser conscientes de esta realidad: si permanecemos en gracia de Dios, sin pecado mortal, el Espíritu Santo se hospedará en nuestra alma y con Él juntamente también el Padre y el Hijo, según lo anunció Jesús: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Esta maravilla, conocida como “inhabitación trinitaria en el alma”, debería ser para nosotros una fuente inagotable de vida interior, de vida en Dios, de vida inmersa en la misma vida de Dios, hasta el punto de que alcanzáramos la unión transformante del alma en Dios, de la que nos hablan los grandes místicos. Lo cual, no lo olvidemos, siempre es gracia, siempre es don, porque es don del mismo Don de Dios, esto es, del Espíritu Santo.

    Pidamos al Espíritu Santo que nos inunde con sus siete dones, concedidos para que seamos dóciles a sus propias inspiraciones para elevarnos hasta Dios y asemejarnos a Él. Si recordamos lo que deberíamos haber aprendido en el Catecismo, son los dones de sabiduría, de inteligencia o entendimiento, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad y de temor de Dios. Son disposiciones permanentes que nos hacen dóciles para seguir los divinos impulsos del Espíritu Santo.

    Queridos hermanos: oremos al Espíritu Santo, pidámosle que nos conceda sus siete dones, que haga efectivos en nosotros sus frutos, que nos permita conocerle mejor a Él mismo y conocer mejor al Padre y al Hijo, que nos aliente el deseo del Cielo y el ansia de penetrar en la vida trinitaria. Pidámosle que nos haga ser conscientes de que Él suscita la santidad de la Iglesia y de que Él hace realidad lo que se celebra en los sacramentos y que éstos sean eficaces para nuestras almas. Hay momentos que resultan muy adecuados especialmente para pedir la luz y la fuerza al Espíritu Santo: así, cuando una persona debe dar un consejo, cuando tenemos un problema que no sabemos cómo resolver, cuando vamos a estudiar o a redactar algo, cuando nos asalta una tentación, cuando un sacerdote se dispone a confesar, etc. Con una sencilla jaculatoria invocando al Espíritu Santo podemos pedirle luz y fuerza.

    Que María Santísima, que estaba presente con los Apóstoles el día de Pentecostés, nos ayude a conocer mejor al Espíritu Santo para progresar con provecho en nuestra vida espiritual penetrando en el misterio de Dios. Y pidámosle también que Ella ruegue para que el Espíritu Santo fortalezca a los cristianos perseguidos, especialmente en estos días a los coptos de Egipto, entre quienes la devoción al Espíritu Santo y a la Virgen María ocupa un lugar muy importante.

  • 28 May

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La Ascensión del Señor a los cielos, al igual que su Resurrección, es un hecho real y verdadero, acontecido en un momento histórico determinado y en un lugar geográfico concreto. No se trata de un hecho imaginario ni de un producto de la sugestión de los Apóstoles, que eran bastante incrédulos hacia este tipo de fenómenos extraordinarios. El relato de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado lo dice expresamente y nos ha indicado que los Apóstoles “lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista” y que ellos “miraban fijos al cielo, viéndole irse”, cuando dos ángeles les aseguraron que volvería (Hch 1,9-11). La Ascensión del Señor es, por tanto, una verdad que debemos creer y por eso lo vamos a profesar al rezar el Credo. Ya en el Antiguo Testamento nos encontramos con una prefiguración de este acontecimiento en la asunción de Enoc (Gén 5,24; Sir 44,16) y en la del profeta Elías (2Re 2,11; Sir 48,12).

    Podemos extraer varias lecciones de este hecho, de las que cabe destacar sobre todo algunas.

    Por una parte, la Ascensión hace efectivo el cumplimiento de la promesa de Nuestro Señor de enviarnos al Espíritu Santo como Paráclito, como Abogado, como Defensor y Consolador que iluminará y dará fuerza a la Iglesia naciente para predicar el Evangelio: “os conviene que Yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito” (Jn 16,7). Jesucristo no nos abandona, pues lo ha dicho claramente en el Evangelio de hoy: “sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Esta presencia, que nos da fuerza para anunciar la buena nueva, se hace efectiva por la misión del Espíritu Santo, por el envío de la tercera persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo alienta la vida de la Iglesia, hace eficaz la gracia divina que se derrama a través de los sacramentos, de la oración y de las buenas obras, y nos permite conocer así a Jesucristo, quien a su vez nos muestra al Padre y nos conduce a Él (cf. Jn 14,6-11). La acción del Espíritu Santo, que se ha hecho posible plenamente a raíz de la Ascensión de Jesús, nos introduce de este modo en la vida de la Santísima Trinidad. El domingo próximo celebraremos la gran fiesta del Espíritu Santo, el día de Pentecostés.

    Otra lección muy importante de la Ascensión del Señor es la promesa del Cielo para nosotros. Jesucristo nos ha abierto el camino a la gloria eterna. El descenso de su alma humana al seno de Abraham después de la muerte en la Cruz, yendo a rescatar a los justos del Antiguo Testamento para llevarlos al Cielo, así como su Resurrección en la carne, nos dan la clave de su misión entre nosotros: Cristo ha venido al mundo, enviado por el Padre, para rescatarnos del pecado, para reconciliarnos con Dios y para abrirnos las puertas de la gloria eterna. Su cuerpo resucitado nos enseña el estado glorioso al que nuestro cuerpo está llamado también cuando tenga lugar la resurrección de la carne al final de los tiempos, algo que no sólo la fe nos enseña, sino que además la realidad metafísica de la persona humana exige, como enseña la filosofía iluminada por la fe.

    San Beda el Venerable, monje inglés de los siglos VII-VIII, lo expresa claramente: “He aquí que con la Ascensión al cielo del Mediador entre Dios y los hombres hemos sabido que les había sido abierta a éstos la puerta de la patria celestial. Por tanto, apresurémonos con todo nuestro afán hacia la eterna felicidad de esa patria” (Homilía en la Ascensión del Señor).

    En fin, la despedida de Jesús antes de la Ascensión nos habla también del deber de la evangelización: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Desde hace unos decenios, parece que en el seno de la Iglesia tuviéramos pavor a anunciar a Cristo a los demás y a que éste sea el fin principal de las misiones, derivando el sentido de éstas hacia la labor social y benéfica; la cual, por supuesto, es de grandísima importancia, pero el núcleo esencial de la misión es la evangelización, es anunciar a Cristo, su mensaje y su reino. Tenemos miedo a que se nos acuse de proselitismo y olvidamos así el mandato tan claro de Jesús. En realidad, si no anunciamos a Jesús, seremos malos discípulos suyos. Convencidos de que Él es el Camino, la Verdad y la Vida, anunciémosle sin temor a los hombres de nuestro entorno y a todos los pueblos de la tierra y pidamos por medio de la oración que su salvación llegue a todos los hombres.

    Que María Santísima nos alcance la luz y la fuerza del Espíritu Santo para llevar a los demás hacia su Hijo y para alcanzar la gloria celestial.

  • 21 May

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: después de cinco semanas en las que estamos celebrando la pascua con lecturas y oraciones que irradian la alegría pascual, ésta se incrementa en este VI domingo. En el domingo III de pascua, el introito o canto procesional de entrada era “Aclamad al Señor tierra entera”; el siguiente, “La misericordia del Señor llena la tierra”; el domingo pasado, “Cantad al Señor un cántico nuevo”; en este sube la intensidad del canto: “Anunciadlo con gritos de júbilo… El Señor ha redimido a su pueblo”. Hemos acudido a la llamada interior a cada uno de celebrar esta Eucaristía, donde se actualiza el misterio de nuestra redención, pero que también tiene que visibilizarse, de modo que, como dice la oración colecta, “manifestemos siempre en las obras lo que repasamos en el recuerdo”.

    Las lecturas hoy proclamadas nos ayudan a profundizar en la obra admirable de nuestra redención llevada a cabo por Cristo, nuestro Señor. En la primera lectura late esa deuda histórica del pueblo judío con sus hermanos de Samaría, territorio que queda en medio de la tierra prometida y que formó parte de la misma, pero que se había alejado de la fe pura de Israel y se había convertido en una de esas periferias existenciales de las que nos habla el Papa Francisco. El diácono Felipe abre brecha en la misión a los gentiles, en este caso antiguos fieles israelitas. Estaban sedientos de su antigua fe, ahora enriquecida con el cumplimiento de las promesas de los profetas. La novedad de su vuelta a la fe de Israel fue enriquecida de tal forma que supuso para ellos una explosión de alegría.

    En el salmo se proclama el reinado universal de Dios, que abarca toda la tierra, profecía que en nosotros se ha cumplido en extensión, pero que falta completar en fidelidad y profundización en la fe. Nuestra esperanza y colaboración está abierta hasta el heroísmo para llevar la profecía a su culmen histórico, obra principalmente de la redención, pero con los pocos panes y peces que podemos aportar para que el Señor haga el milagro de multiplicarlos. Hay muchas maneras de colaborar en la redención, dice S. Pedro en la segunda lectura, sin salir en la portada de los periódicos; por ejemplo, padeciendo por hacer el bien, sufriendo calumnias por anunciar con mansedumbre, respeto y buena conciencia el Evangelio con la palabra y la vida.

    El Evangelio es el antídoto del pesimismo y la tristeza, a pesar de que Jesús ya les previene de que su partida de su vida terrena iba a provocar el desánimo entre los apóstoles y discípulos. Pero Jesús les anuncia algo tan grande que no podía simplemente ser dejado para última hora. Jesús ya les había hablado de que si uno cree en Él, si se entrega, si confía y está unido a Él, brotarán de su interior ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él. En su discurso de despedida es más explícito, pues ya estaba a punto de ser glorificado. Jesús dejará de estar visible, pero no sólo nos envía su Espíritu como aliado en nuestra lucha contra el mal, bien nos ataque en forma de desánimo o nos induzca a cualquier pecado, sino que además promete que aunque se vaya y los que tengan el espíritu del mundo no lo vean, sus discípulos le verán actuando en ellos y participando en sus luchas, verán los frutos de su presencia espiritual y de esa gran promesa del Padre que es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos otorga el arrepentimiento de nuestros pecados, pero también lo previene, pues cuando nos impulsa a un acto heroico no sólo evita el propio pecado, sino que todo el pueblo de Dios siente la repercusión benéfica de esa gran docilidad a su gracia y el ánimo renovado de vivir en plenitud su consagración bautismal y su renuncia a las seducciones del demonio se hacen extensivos a muchas personas, de forma invisible pero real.

    Acto heroico es renunciar a las riquezas, al prestigio y a una vida social intensa y placentera y fiarse de Dios lanzándose al vacío sin paracaídas en un seminario o monasterio. Así lo hizo Akiko Tamura, de familia convertida del sintoísmo al catolicismo, que hace escasos meses emitió sus votos perpetuos en las carmelitas descalzas de Zarauz. Había estudiado medicina en la Universidad de Navarra, hecho prácticas en Harvard y acumulado un exitoso currículum en la Clínica Universitaria de Navarra. Fue una de las pioneras en España en realizar cirugías microscópicas con un robot. Sus amigas la definían como “la reina de la fiesta y del gin tonic”.

    La visita de S. Juan Pablo II en 2003 a Cuatro Vientos fue decisiva para Akiko. En nuestros oídos aún resuenan estas palabras del santo papa: “vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el evangelio y por los hermanos!”. Muchos recordáis cómo los jóvenes repitieron a coro: “vale la pena, vale la pena”. Pero a esta carmelita le conmovió otra frase del santo papa: “La evangelización requiere hoy con urgencia sacerdotes y personas consagradas”. Algunos testimonios de esta carmelita en una entrevista son: “La vida de un cristiano es no poner impedimentos. Dejarse querer, dejarse hacer”. Y también: “puedes ser carmelita y ser feliz, estar encerrada y ser feliz y ser libre. Sí, soy feliz y no lo cambiaría por ningún quirófano ni por nada del mundo”.

    Dios no se deja ganar en generosidad y sigue llamando, pero estas noticias no salen en las portadas de los medios de comunicación, a no ser por sensacionalismo. Encomendemos a Nuestra Sra. del Valle que dejemos de buscar nuestra felicidad por caminos equivocados y que, como reina de las vocaciones, nos obtenga la gracia de que haya cada vez más jóvenes dispuestos a entregar su vida en servicio a sus hermanos. Que así sea.

  • 7 May

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Estamos celebrando en esta Pascua el Sacrificio de Jesús por nosotros, su entrega generosa: “padeció su pasión por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas”, hemos escuchado en la segunda lectura. Nosotros hemos desterrado de nuestro lenguaje muchas expresiones de la Sagrada Escritura. Nos hemos acostumbrado a un mensaje blandengue que no convence a nadie. Sólo queremos oír aquello que concuerda con las alabanzas de los que quieren vivir en este mundo sin la contradicción y persecución con la que fustiga este mundo a los que quieren seguir de verás el ejemplo de nuestro Señor haciendo el bien y soportando el sufrimiento. “Para esto hemos sido llamados los cristianos”. Si nuestro pastor y guía “llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia, y sus heridas nos han curado”, eso significa que no podemos renegar de la herencia que nos ha dejado. Tenemos que andar su misma trayectoria, de una manera u otra. Muchos son los que nos comportamos como enemigos de la Cruz de Cristo. Pero si decidimos “volver al guardián y pastor de nuestras vidas”, entonces tendremos luchas en esta vida, pero también la paz de andar por el único camino verdadero. No caminar por el camino que es Cristo, no entrar por la única “puerta” verdadera que es Él, es el camino de la perdición: fijarnos nosotros un fin que no sólo carece de consistencia, sino que acaba en la ruina perpetua.

    El sábado próximo Dios mediante, celebraremos el centenario de las apariciones de Fátima, que tuvieron lugar el 13 de mayo de 1917. Su mensaje es el mensaje que se viene predicando desde que Cristo envió a sus apóstoles a dar testimonio a todo el mundo: todo lo que habían visto y oído de Él. Pero ese mensaje que hace hincapié en la oración y la penitencia y en el culto al Inmaculado Corazón de María como barrera contra el espíritu del mundo tenemos el peligro de irlo disminuyendo o deteriorando por influencia de los enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne. Por lo cual Dios dispuso, como expresó el Concilio Vaticano II, tanto en la Constitución referente a la Iglesia (Lumen Gentium 12), como en el Decreto sobre el Apostolado de los seglares (Apostolicam Actuositatem, 3) que el Espíritu Santo además de dirigir y santificar a la Iglesia mediante los sacramentos, los ministerios diversos en la Iglesia y el ejercicio de las virtudes, también distribuyera gracias especiales entre los fieles de cualquier condición por medio de los carismas extraordinarios, que deben ser acogidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia. Estos dones extraordinarios, si bien no deben pedirse con presunción, y de estar sometidos al juicio de la Iglesia, le compete a ella ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno. Las apariciones de la Virgen en Fátima y en tantos otros lugares responden a esta necesidad imperiosa de salvar la estabilidad y permanencia de la barca de Pedro en medio de las muchas tormentas que la sacuden provenientes no sólo de fuera, sino también por parte de algunos de sus miembros.

    Muchas veces nos ha podido suceder, o quizás ese es nuestro problema actual, que hayamos seguido a falsos pastores que eran en realidad ladrones y bandidos, es decir, “ladrones de gloria, porque la buscan para sí mismos y no para el Padre como hacía Jesús (cf. 5, 43 s.; 7, 18); y salteadores de almas, porque se apoderan de ellas y, en vez de darles el pasto de las Palabras reveladas (v. 9) para que tengan vida divina (v. 10; 6, 64), las dejan “extenuadas y abandonadas,” (Mt. 9, 36) y “se apacientan a sí mismos” (J. Straubinger 07).

    Para evitar caer en tales manos no tenemos otra salida que conocer cada día mejor a Jesucristo acudiendo a su Palabra por una parte, pero también entablando diálogo personal con Él en la oración, e imitando todo lo que Él ha hecho. Las enseñanzas de Jesús no se limitan a sus palabras, por más sublimes que sean. Para que se nos grabaran en el corazón y fuesen eficaces llegó hasta el punto de no contentarse con enviarnos mensajeros que nos hablaran de su parte, sino que asumió nuestra naturaleza humana, y sufriendo una muerte sacrificial reparadora nos diese la vida y así no tuviésemos duda sobre lo que nos enseñó y pensásemos que su mensaje es irrealizable, o que es uno más entre tantos. Todo lo que ha dicho lo ha dejado bien rubricado con su vida. Y la firma imborrable de que es verdad todo lo dicho por Él la tenemos en su muerte en la Cruz y su resurrección. ¿De qué otra persona se pueden decir las palabras de San Pedro que se han proclamado en la segunda lectura: “Él no cometió pecado, ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente”?

    El signo de identidad, por nuestra parte, de que seguimos el verdadero camino, y para esto se apareció la Virgen en Fátima, entre otras cosas, es que nos abracemos a la cruz, la que nos ha tocado en la vida. Y entonces la cruz se convierte en una luz que nunca se extingue: La Luz de la Gracia, del Bien y del Amor, que durará por los siglos de los siglos. Si uno se agarra fuertemente a la Cruz de Cristo presente en su vida y sus ojos no dejan de mirar esa Luz de la que proviene la Gracia, entonces ese tal no se separará de la Luz. No se perderá, ha encontrado el camino verdadero.

    Nunca nos dijo el Señor que su camino fuera fácil, y esto se lo dejó bien claro la Virgen a los tres pastorcitos Jacinta, Francisco y Lucía, pero es el camino de la Salvación. Desde que el demonio corrompió nuestras almas por el pecado original el camino del dolor y del sufrimiento se ha convertido en nuestra senda hasta llegar a la Vida Eterna. Lo que el mundo aborrece, la cruz, es Vida para los que aceptan las contradicciones, las enfermedades, las limitaciones económicas, sociales y personales, como el bien de sus almas, y en cambio para los que las rechazan es condenación eterna, si ni siquiera en el último instante de su vida se acogen a la Salvación que viene de la Cruz de Cristo. El Señor por su parte hasta el último aliento de nuestra vida nos está suplicando que nos acojamos a su Cruz, que vino a traernos la Salvación y la Redención de nuestras almas. La Sangre que brota de sus heridas nos limpia y lava de todo pecado. Si el hombre acepta lavarse en los sacramentos con la Sangre del Cordero, recibiéndolos con las debidas disposiciones, queda limpio de sus pecados.

    Es tal la unión que busca tener el Señor con nosotros que no hay un instante en que su Corazón no anhele estar con nosotros, pero nosotros somos ingratos con Él, y sólo le concedemos los tiempos fijados por nuestra mente y nuestra razón. Somos como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, deseamos la independencia de ese Padre que tanto nos ama y preferimos comer aparte con nuestros amigos, ignorando de donde procede todo lo que tenemos y que somos hijos suyos.

    Cuando nosotros decidamos darle al Señor toda nuestra vida, todo nuestro tiempo, y ya sea en nuestros trabajos, como en nuestro descanso, ya estemos compartiendo alegres momentos de ocio con nuestros hermanos o en soledad, y estemos unidos a Él de corazón y en Él cifremos todos nuestros deseos. Entonces no ansiará nuestra alma otros apriscos que no sea el del Señor. No existirá en nuestra vida el tiempo de estar con el Señor y el tiempo de hacer nuestra voluntad al margen de la suya o contra su voluntad. Mientras mantengamos esa separación entre nuestros momentos de estar con Él y aquellos otros para disfrutar de nuestra independencia de sus mandatos, el león rugiente aprovechará todos esos resquicios en los que no estamos unidos en su voluntad para perder nuestras almas.

    Hoy la colecta está destinada a las vocaciones nativas. La oración de la Iglesia se eleva hoy pidiendo al Señor que en todas latitudes no falten vocaciones de almas generosas consagradas y seglares que entreguen su vida al apostolado, para que el mundo crea y no perezca.

    Nosotros en esta Eucaristía tenemos la ocasión de conocer, como los discípulos de Emaús, más íntimamente al Señor. Ellos no entendieron la Escrituras hasta que celebraron con el Señor ese partir su Pan que su Cuerpo y sangre para la vida del mundo. Este es el pasto que nos ofrece el Señor a sus ovejas. Aquí anticipamos lo que será la visión de Dios en la gloria futura. No impidamos con nuestras resistencias a la cruz, nuestra oposición a las personas con las que nos toca convivir, con odios o antipatías, con rebeliones apara aceptar nuestras limitaciones de todo tipo, lo que Dios ha permitido nos sucediera en nuestra vida y así podamos recibir tantos dones como nos quiere dar.

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