• 5 Nov

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: el Evangelio de hoy nos presenta a Jesús hablando sin respetos humanos sobre el fariseísmo, actitud sin duda alguna presente en nuestra sociedad. En una primera forma de fariseísmo podemos caer tanto los consagrados en la vida religiosa como los que estáis en los bancos. Somos fariseos si nos justificamos y sentimos autosatisfechos, si caemos en la tentación de creernos mejores que los que no vienen aquí, porque asistimos a la S. Misa, porque frecuentamos los sacramentos, rezamos el S. Rosario o leemos la Sagrada Escritura.

    Con esto no estoy diciendo que, para ser mejores cristianos, dejemos de buscar la voluntad de Dios en la lectura de su Palabra y en el banquete eucarístico. Lo que debemos es pedir al Señor que purifique nuestra intención y que nos libre de nuestra costumbre tan arraigada de pasarnos la vida haciendo el examen de conciencia de los demás y no el propio. Esto es fundamental para evitar presentarnos ante el Señor con las manos vacías el día en que tengamos que rendirle cuentas en un juicio ya entonces inapelable.

    No curaremos nuestras desviaciones de la religiosidad suprimiéndola, sino realizándola con todo esmero y justicia. No pueden separarse el amor a Dios y a los hombres, ni agrada a Dios que los hombres se separen de él. La solución no es solo nuestra perseverancia en la oración, sino añadir el servicio a los demás, no descargando cómodamente en otros el peso de nuestros trabajos, ni desinteresándonos de la suerte de los pobres y enfermos, porque esos hermanos nuestros que sufren son Cristo en persona.

    La solución, hermanos, no es pues que abandonemos la Iglesia y nuestras prácticas religiosas, pensando que son una hipocresía, porque nuestra vida cristiana se debilitará y fácilmente caeremos en el otro extremo, igualmente repelente, del fariseísmo: la antirreligiosidad radical, la crítica demoledora e hiriente contra las creencias religiosas, tan de moda en la mayoría de medios de comunicación, personajes públicos, artistas e “intelectuales”, especialmente contra la Iglesia Católica, en muchos países considerada el enemigo público número uno. Esta postura aparentemente es muy razonable: según estos nuevos fariseos, todas las religiones son iguales, por lo que la mejor forma de garantizar la neutralidad entre todas es evitar toda religiosisad externa, pues la religión, dicen estos nuevos profetas, debe limitarse a la conciencia y no interferir en la vida pública.

    Otras veces el mal se infiltra por los propios pastores, que, en vez de buscar la gloria de Dios y de enseñar la doctrina trasmitida en la Sagrada Escritura, en ocasiones preferimos la falsa honra de lo que está de moda y halaga las pasiones humanas, porque es costoso adorar al Señor, obedecerle y dolerse de haberle ofendido y es más cómodo ser adulado que no contradicho y perseguido. En contraste, S. Pablo se muestra en la carta a los Tesalonicenses como totalmente entregado a sus fieles. Es lo que pedía Jesús a Pedro: “apacienta mis ovejas”, imita al buen pastor, que da la vida por sus ovejas. La mayor satisfacción de S. Pablo es que los que le escucharon, acogieron la Palabra de Dios como venida de Dios por medio de su apóstol. S. Pablo no busca hacerse valer por su saber: lo único que le importa es que se glorifique el nombre de Dios.

    Tampoco contribuimos a la causa del Evangelio criticando una y otra vez a los personajes públicos, ni siquiera a los que nos roban e insultan: empecemos ya mismo a perdonarlos y amarlos, porque Jesús redimió al mundo perdonando y amando y esa es nuestra única manera de contribuir a recuperar la paz social. Tengamos entrañas de misericordia para hacer volver al buen camino a los extraviados, muchos de los cuales nunca han recibido noticia correcta del amor de Dios. Hagámosles sentir la cercanía de Dios con nuestro servicio y comprensión. Nuestra paz social pasa hoy por eucaristías celebradas con intenso amor misericordioso, por nuestro olvido generoso de las rivalidades y por nuestra adoración, para que el Señor nos transforme, cuando ante su presencia real confiemos en que Él es más fuerte que nuestro deseo de revancha.

    Necesitamos a Dios para construir un orden social justo, en el que no habrá paz si todos buscamos nuestro provecho egoísta. Estamos ahogando todo posible entendimiento si creemos poder afrontar una utopía de solidaridad no solo sin Dios, sino consintiendo profanaciones y ofensas a Dios. Este es el panorama: se pisotea a Cristo porque la sociedad vive en la apostasía, pero también porque los pastores y fieles no somos diligentes y celosos en preservar el honor de Dios. Si los creyentes no nos convertimos a Dios y no entusiasmamos a otros por la verdad de nuestra fe, de nada servirán nuestros lamentos por esta situación. Pidamos a Dios que sane nuestros corazones lastimados por el odio y la venganza y que nos sintamos movidos a mayor amor y celo por la gloria de Dios. Sigue viva la amenaza divina de la que se hace eco el profeta Malaquías: “Si no os proponéis dar la gloria a mi Nombre, dice el Señor de los ejércitos, os enviaré mi maldición.” Que el Señor nos conceda elegir bien, pues nuestra salvación eterna depende de esa opción en la que nos jugamos todo. Encomendémoslo a Ntra. Sra. del Valle, a Sta. Ángela de la Cruz y a los, desde el próximo día 11 D.m., nuevos BB. Manuel Requejo, sacerdote paúl y Rafael Lluch, laico vicenciano. Con ellos serán al menos 54 los BB. mártires cuyas reliquias custodiamos en nuestra basílica y 5 siervos de Dios.

  • 22 Oct

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: Celebramos hoy el Domingo del Domund o día dedicado a la evangelización en todo el mundo por medio de oraciones y colectas en favor de la propagación de la fe hasta los últimos rincones de nuestro planeta. Y esto hace que leamos las lecturas de la liturgia de hoy bajo este prisma, es decir, ver qué nos quiere decir el Señor en cuanto a esta misión de dar a conocer el Evangelio a los que no lo conocen, o recordar e invitar a los que no viven bajo su guía a los que ya han sido formados en el camino de Jesús, pero lo han abandonado por descuido o por algún trauma que les ha causado gran dolor y la fe ha sido dejada de lado por una reacción no lógica sino sentimental.

    Veamos la unión tan estrecha que se da entre la primera lectura, el Salmo y el Evangelio, aunque no sea así a primera vista. Porque cuando el profeta Isaías nos transmite los planes desconcertantes sobre el destierro en Babilonia del pueblo elegido, parece desmentir la elección de Dios, esa Alianza intangible por parte de Dios de su pueblo. Aunque políticamente Israel fuese una nación pequeña, que no podía aspirar a una paz autóctona, sino a abandonarse a las alianzas con las grandes potencias de su tiempo, ese no era el plan de Dios. Israel en su pequeñez tenía la promesa de ser protegido por Dios si era fiel a la alianza con Dios de cumplir los mandamientos. Pero como reiteradamente y sin enmienda traspasaba los mandamientos, Dios les hizo pasar por el castigo del destierro en Babilonia durante setenta años. Y entonces, para sorpresa suya, el elegido es Ciro, el poderoso rey de Babilonia, al que el Señor lleva de su mano.

    Sólo con este humillante sometimiento fue capaz Israel de reconocer su pecado y de expiarlo de algún modo. ¿No es esta la situación que denuncia Jesús ante los fariseos de su hipocresía que no quiere reconocer su desobediencia a Dios, y pretenden que Jesús asuma su pretensión política de sacudirse el sometimiento a otra potencia extranjera, el Imperio romano? ¿Acaso no es un a rebelión contra Dios el no aceptar que lo importante es que están desobedeciendo los mandamientos? El Señor les tiene que recordar que no sólo deben someterse al César romano para expiar su pècado, sino que además no deben descuidar el culto a Dios.

    ¿Cuál es el problema entonces y ahora? El hombre no quiere convertirse. No acepta que sea pecador. No quiere llegar tan hondo. Le basta con su autojustificación. Pero el que hace su voluntad y se separa de la Palabra de Dios, se suelta irremediablemente de la mano de Dios y cae en el precipicio de la oscuridad y las tinieblas, y allí es pasto de los ángeles caídos que buscan esas almas que andan errantes en medio de la oscuridad de sus pecados. ¡Y qué pecado hay en el hombre cuando rechaza la Santa Voluntad de Dios, sus Palabras! Cuando no están en nosotros las Palabras de Jesús, están las del mundo, las de nuestras pasiones, las de Satanás. No hay término medio: No podemos vivir el Evangelio y nuestra voluntad, que está inclinada al mal y a la concupiscencia. La conversión de todos los hombres es la gran tarea que tenemos que llevar a cabo. Todo lo demás es distraernos de nuestro fin por el que Dios nos ha creado. El hombre debe buscar a Dios sobre todo otro interés.

    Los que se determinan a ser amigos de Jesús “seréis mis amigos, si hacéis lo que Yo os mando” sufrirán esa ruptura que se produce entre Jesús y el mundo, entre los hijos de Dios y los hijos de las tinieblas. Pero sabemos que el que sigue el camino, que es el mismo Jesús, camina en la luz y en la Gracia. Nadie puede confundir a los hijos de la luz si el que está en la luz no quiere ser confundido; no seremos arrastrados al mal si no queremos ser arrastrados. Pero para esto no debemos separarnos de los sacramentos y de la luz del Evangelio. No podemos permitirnos hacer ni una sola concesión, pues después de una viene otra y así hasta acabar separándonos de Jesús sin darnos cuenta.

    Nuestra Madre del cielo vela a cada instante por nosotros. No debemos temer, pues Ella tiene el dominio, que ha recibido del Padre, para liderar este combate final, pero siempre que obedezcamos sus palabras: “Haced lo que Él os diga”. Lo que Cristo nos dice en su Palabra y lo que la Iglesia determina. Sólo así estaremos protegidos bajo su manto.

    El Salmo que ha sido cantado nos abre a la perspectiva de lo que será el Reino de Dios aquí en la tierra. No un reino de prosperidad material, sino un Reino en el que todos los pueblos se unirán en una sola alabanza a Dios: “el Señor es Rey, Él gobierna a los pueblos rectamente”., La Iglesia ha de llevar el Evangelio a todo el mundo. Cuando la Iglesia sin dejar de evangelizar en los países ya cristianos, se arriesga a salir de sus fronteras a predicar a Cristo fortalece la fe en los países de donde parte el impulso misionero.

    Pidamos y busquemos no sólo nuestra propia conversión, por ahí hay que comenzar, sino también la de nuestros hermanos. Porque eso fortalece nuestra fe, la purifica y la madura. La mies es abundante y hay muchos pastores que han desertado, o que han sucumbido al desaliento. Tenemos un gran medio para no caer en la tentación del desaliento: el Sacramento de la reconciliación, con él se desenmascara al enemigo. No nos creamos inmunes a esta tentación o a cualquier otra. Somos pobres pecadores, pero arrepentidos y sostenidos par la Gracia de los sacramentos. Aprovechemos ahora que tenemos libre acceso a los mismos. ¿Cómo ha podido ser que en algunas iglesias se dé cobijo a ideologías que en cuanto caigan las máscaras veremos que eran las de nuestros enemigos, que nos persiguen a muerte? La Palabra de Dios se había silenciado en esos ámbitos y se había abierto la puerta a la mentira y al odio. Ése es el engaño de nuestra época. Cuando no se evangeliza tal cual el Evangelio y se lleva generosamente a otros, se nos cuela el enemigo en nuestras filas. Tenemos al ejército de los ángeles a nuestra disposición si les invocamos y confiamos en que Dios nos los envía para nuestra salvación, para asistirnos en las tareas de evangelizar, que creemos son imprescindibles para mantener viva la fe. Por eso al final de la Misa invocaremos a San Miguel, jefe de la milicia celestial.

  • 12 Oct

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: la fiesta del Pilar apenas necesita presentación para la mayoría de los aquí presentes. El santuario levantado en Zaragoza, donde la Bienaventurada Virgen María se dignó posar su pie sobre una columna o pilar cuando todavía no había ascendido al cielo, por tanto, en carne mortal, es un lugar excepcional y con razón uno de los más visitados del mundo, porque allí le concedió el Señor ir a consolar al apóstol Santiago, pariente del Señor y hermano del también apóstol S. Juan en su predicación por tierras españolas.

    Este lugar ha sido a lo largo de la historia un punto de referencia particularmente para el pueblo español, pero con una proyección universal, sobre todo en Hispanoamérica, donde ha arraigado la devoción a esta advocación de la Bienaventurada Virgen María. La experiencia del apóstol Santiago el Mayor de ser confortado por nuestra Stma. Madre ha desbordado las fronteras de nuestra patria, por lo que la han hecho suya y la han sentido igualmente todos los que con fe la han invocado a partir de aquel hecho histórico guardado en la memoria del pueblo cristiano. El Papa Pío XII otorgó a todas las naciones hispanoamericanas y a Filipinas la posibilidad de celebrar la misma misa que se celebraba en España. La Virgen del Pilar es también patrona de numerosas instituciones españolas, entre otras nuestra querida Guardia Civil, tan vinculada con el Valle.

    Las lecturas proclamadas, queridos hermanos, nos recuerdan por una parte la fuerza de la oración con María que experimentaron los apóstoles y primeros cristianos y, por otra, la alabanza de las obras que Dios ha obrado en María y, a través de Ella en todos los hombres. Imprescindible son para nosotros ambas cosas: si no somos agradecidos con Dios por sus beneficios, no somos buenos hijos; si no nos dirigimos a Dios unidos a nuestra Bienaventurada Madre, nuestra oración será muy pobre y rara vez alcanzará su objetivo. La Bienaventurada Virgen María ocupa en la Historia de la Salvación un lugar muy imprescindible y nada desdeñable. La necesitamos para asegurar nuestra respuesta de amor al infinito amor que el Señor nos brinda a cada instante. Sin Ella, esa respuesta a la alianza de amor de Dios con el hombre sería tan difícil que solo algún que otro ser humano hubiese sido capaz de responder. María está a nuestro lado para que no echemos a perder la gracia de Dios. Ya antes de subir al cielo estuvo al lado de los apóstoles y discípulos del Señor para ayudarlos a perseverar en su fidelidad y ya antes de empezar sus milagros, Jesús adelantó la hora de los signos para facilitarnos el camino de nuestro acercamiento a Dios.

    Queridos hermanos: nos encontramos en un momento crucial para la unidad de nuestra patria. Una de las muchas bendiciones que esta ha recibido pasa a través de María, para aglutinar todos los pueblos de España en la misma fe. Hemos de ser respetuosos con todas las diferencias, pero conscientes del bien espiritual y humano que se sigue de la unión. Han sido siglos de luchas heroicas frente a todos los fermentos de desunión que ha mezclado el antiguo enemigo de nuestra salvación a lo largo de la historia para impedirlo. Cuando de nuevo nos amenaza la desunión, recurramos a nuestra Madre con renovado empeño y cerremos filas con nuestra oración unánime. En un momento en que es más necesario que nunca pedir que nos aglutine el amor, nuestro más rico tesoro y no los meros intereses políticos y económicos, la Virgen del Pilar es sin duda puerto seguro y una intercesora todopoderosa para desbaratar los intentos de fracturar la hispanidad y con ella su fe católica.

    Queridos hermanos: acojamos todas las iniciativas de oración y de reparación de nuestros pecados. Donde dos o tres están reunidos en nombre del Señor para pedir algo conforme al corazón del Señor, ahí está el Espíritu del Señor. Pidamos perdón por todos los pecados que se cometen en este suelo patrio que pisó la Hija predilecta del Padre, la Esposa del Espíritu Santo, la madre de Jesús. Encomendémoslo con gran fe y piedad a la Virgen del Pilar, representada artísticamente de forma muy original en una de las capillas de la nave central de nuestra basílica, en la que además custodiamos las reliquias y restos de numerosos mártires, algunos de ellos ya beatificados y otros muchos en proceso. Ellos también dieron su vida por España y sin duda no dejan de interceder ante nuestra Madre para que arranque de su Hijo la gracia que estamos suplicando. Que así sea.

  • 8 Oct

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos, muy especialmente vosotros, peregrinos portugueses, que una vez más nos edificáis con vuestra piedad y devoción marianas: demasiado fácilmente caemos en la trampa de referir las últimas noticias con las que nos bombardean los medios de comunicación a un ejercicio de la autoridad desacertado y blando, fiel reflejo de nuestra época. Pero cuando abrimos el libro sagrado, la Biblia, manantial perenne de la sabiduría divina y mensaje actual de su voluntad hacia nosotros en el hoy de nuestra vida, podemos o bien huir de esta confrontación tan comprometida o bien acogerla con alegría liberadora. El que la acoge, consciente de que esa Palabra de Dios le transmite tanto un mensaje implacable con sus desvaríos como la salvación ansiada de su angustioso vivir al margen del fin para el que ha sido creado, quiere salir del atolladero de una vida sin rumbo, aunque chirríen todos sus miembros como un viejo barco cuando azotan los vientos sobre sus maderas desajustadas e hinchadas por el agua. Queridos hermanos: ¿estamos dispuestos a recibir este diagnóstico de la Palabra de Dios, en parte parecido a la fría constatación médica de nuestra enfermedad, pero que además contiene verdad, consuelo y reprensión llenas de luz y esperanza?

    La parábola del profeta Isaías, muy próxima al genio profético de Jesús, aunque sin alcanzar la cumbre reveladora del profeta que había de ser más que profeta, el esposo con el que se había de desposar el nuevo Israel, acaba con la ruina completa de la viña: es el juicio histórico del pueblo elegido. ¿Qué más podía hacer Dios según la lógica humana? El profeta se hace esa pregunta retórica y directamente se responde: ¡la dejaré arrasada! Pero el Señor Jesús había de revelarnos algo más: en ese pueblo rebelde en el que nos vemos reflejados queda objetivado nuestro pecado.

    En contraste con esa bella parábola profética, que refleja tan exactamente la historia de Israel y del nuevo Israel, la Iglesia, se ha proclamado en el Evangelio la parábola en la que nos responde no un profeta fiel, sino el esposo mismo. No es que la viña no produzca frutos por dejadez de los labradores, sino que éstos pretenden apropiársela mediante un crimen cuya víctima es el hijo del dueño de la misma. Y por si fuera poco ese crimen, toma un cariz cristológico inequívoco al mencionar en pasado profético que a Jesús le sacarían fuera de la viña para asesinarlo, en un vano intento de librarse de la justicia que reclama la sangre inocente derramada. La conclusión también varía: la viña quedará arrasada momentáneamente, pero pasará a otro pueblo que produzca frutos: es la promesa del nuevo resto, cuando la Iglesia sea purificada.

    Para nosotros, queridos hermanos, hay una corrección, pues no hemos producido los frutos esperados, pero también una esperanza si el arrepentimiento de nuestros pecados conmueve a las montañas y aceptamos que la misericordia de Dios no es un simple maquillaje en el último momento antes de salir a escena. Incluso quienes nos creemos honrados y nos fatigamos por cumplir es lo que vemos con nuestra venda de autojustificación. La verdad está en la palabra de Dios proclamada, que es para todos, aunque no lo veamos. No debo proyectar la palabra de Dios sobre otros, sino sobre mí mismo, pero con esperanza de ser perdonado si mi dolor es auténtico y potenciado por el sacramento de la reconciliación, no con mi propaganda de creerme mejor que los demás.

    Pidamos al Señor, por mediación de la Virgen del Valle, que así sea. Y ahora pongámonos en pie para recitar el Credo.

  • 24 Sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: No podía haberse buscado un texto tan oportuno para los tiempos en que nos ha tocado vivir como el comienzo de las lecturas que hemos escuchado. Como si fuese el resumen de todo lo más sensato que pudiera decirse en este mundo. Como si se quisiera quintaesenciar el mensaje que todo cristiano desearía lanzar a este mundo que anda sumido en preocupaciones que no conducen al bien. Proclamo de nuevo esta palabra de salvación tomada de Isaías en el capítulo 55:

    “Buscad al Señor mientras se deja encontrar,
    invocadlo mientras está cerca.
    Que el malvado abandone su camino,
    y el malhechor sus planes,
    que se convierta al Señor, y Él tendrá piedad,
    a nuestro Dios, que es rico en perdón. (Is 55,6-7).

    Un texto que en apariencia no guarda relación con el Evangelio que se ha proclamado. Lo que ocurre es que este evangelio tiene una lección que no siempre se sabe dar con ella. El punto central de la parábola se suele poner en la generosidad del Señor dueño del campo, que representa a Dios magnánimo con los olvidados, con los que no encuentran trabajo. Esto no cabe duda que es verdad. Pero podemos abordar la parábola bajo la perspectiva de las formas equivocadas o acertadas de nuestra relación con Dios. El Señor está cerca ahora, pero puede pasar este tiempo de misericordia y entonces convertirse el mundo en un laberinto donde encontrar al Señor resulte casi imposible. Ahora lo tenemos cerca. ¿Cuál es la dificultad? La dificultad la ponemos nosotros, no el Señor.

    ¿Qué es lo que hacemos mal? El hombre pretende relacionarse con el Señor calcando el modo de abordar sus tareas y conquistas humanas. Y tarda en descubrir que tiene que dejarse enseñar por el mismo Señor, para que su búsqueda sea efectiva y así no quedará extenuado y no será vano su esfuerzo. Se nos ofrecen tres propuestas: desde la mínima confianza en Él hasta la plena.

    A lo largo de la Historia de la Salvación el hombre ha ensayado buscar a Dios y se ha llevado sorpresas decepcionantes. Ha puesto su yo, su capacidad humana como guía en su búsqueda, ha pretendido con sus solas fuerzas encontrar a Dios y hacerlo objeto de sus conquistas. El hombre puede conocer a Dios por su razón, sí, pero tan imperfectamente que se puede decir que lo encuentra por este camino es verse a sí mismo en el espejo. Ésta es la postura del hombre que pretende presentar a Dios el cumplimiento de los mandamientos como moneda de cambio para ser salvado. El hombre pretende ser salvado por sus propias fuerzas. Y por mucho que se fatigue descubre que es imposible y se aparta de Dios culpando a Dios o los que le rodean de su alejamiento de la casa paterna. Y la parábola nos refleja al hombre en esta situación en los trabajadores de primera hora que están allí a la aurora dispuestos a ofrecer al Señor su trabajo duro de sol naciente a sol poniente para satisfacer al que les contrata. Trabajan porque no quieren pasar hambre. Se duelen de sus pecados sólo por temor del infierno. Huyen del dolor. No les atrae la persona de Jesús, su Reino de Gracia. Sólo quieren los beneficios materiales de su salvación; a Él no le conocen, es decir, no les interesa ni le aman. Son como el ladrón crucificado juntamente con Jesús que no se arrepintió. Se atrevía a enseñar a Jesús lo que tenía que hacer: “sálvate a ti mismo y a nosotros”. Quería un mesianismo de triunfos humanos en el que no tiene cabida la conversión del hombre, el reconocimiento de su pecado, la ofensa y el dolor de Dios. Sólo le interesaba bajar de la cruz y quedar libre para seguir haciendo lo mismo. Sin embargo, el temor al infierno también puede ser un medio de salvación nada desdeñable si a eso se añade la confesión sacramental e incluso el deseo sincero de la misma si no pudiese llevarse ésta a cabo.

    El Señor también ha abierto otra vía para atraer a sus hijos con lazos humanos. Así lo dice en el profeta Oseas: “Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como quien alza a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él para darle de comer” (Os 11,4). Este proceder del Señor como la madre que cuida de su hijo pequeño queda identificado en la parábola por los trabajadores de mediodía: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”. Es la promesa de una recompensa. El hombre se siente motivado por ello. Los apóstoles preguntaron en otra ocasión al Señor. “¿Qué nos corresponde a nosotros que lo hemos dejado todo?” Ya sabemos, la respuesta del Señor es que recibirán cien veces más. Pero cuando llegó la prueba, en el Calvario sólo Juan de entre los doce se arriesgó a jugarse la vida junto con el Maestro, los demás huyeron. A pesar de la promesa no fueron capaces de superar el miedo y el desconcierto al ver a Jesús reducido por los soldados y humillado a pesar de que ni los vientos ni las tormentas se oponían a su palabra. Tampoco las promesas son un medio del todo eficaz para el hombre pecador y muchas veces acaba recayendo en el pecado y poniendo en serio riesgo su salvación eterna.

    Pero el seguro más eficaz es sin duda el que también está atestiguado en el Antiguo testamento: “el justo vivirá por la fe”, y encarnado en la persona de Abraham. Creyó en la promesa del Señor a pesar de que parecía que el mismo Señor le obligaba a hacer lo contrario de lo que había prometido al mandarle sacrificar a su hijo Isaac. Pero los ejemplos más acabados son María, la madre de Jesús, que contesta al arcángel Gabriel: “Hágase en mí según tu palabra” y el mismo Jesús: “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre” y en el huerto de los Olivos: “Si es posible que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. En la parábola está representada esta actitud de confianza plena en la voluntad divina en la proposición que le hace el dueño a los del atardecer: “Id también vosotros a mi viña”. Así de escueto. Ni contrato de trabajo, ni siquiera una promesa de una paga proporcional justa.

    El Señor nos quiere enseñar que no nos quedemos en las cosas bajas de este mundo, que aspiremos a los bienes del cielo, a la Gloria eterna. Vivir identificados con la Voluntad de Dios debe ser lo que busquen nuestros ojos. No podemos distraernos con nada; estamos llamados a ser luz, a buscar la voluntad de Dios desinteresadamente. Que no nos contentemos con llevar una vida espiritual y religiosa; no, sino que vivamos la Gloria en nuestra vida, que nuestra vida sea una luz que alumbre. No nos conformemos con mirar a la luz, sino que seamos luz para este mundo perdido, que sea un reclamo para el pecador, para el obstinado en su pecado, que se halla abocado a las puertas del infierno. Este mundo está entenebrecido y la única luz que nos queda es la de la gracia, del bien y del amor.

    No podemos contemplar inertes cómo el maligno hace presa en nuestros familiares y amigos arrastrándolos al mal. No es un camino fácil. En ningún lugar del Evangelio nos dice Jesús que sea un camino fácil, pero es el camino de la salvación. A partir de la entrada del demonio en este mundo por el pecado original, con la consiguiente corrupción de las almas, hemos de caminar por el camino del dolor y del sufrimiento hasta llegar a ala Vida eterna. Vida par los que hayan vivido en el bien de sus almas y condenación eterna para los que, ni en el último instante de su vida, se acojan a la Salvación. Jesús nos invita a acogernos a su Cruz. Su sangre nos limpia de todo pecado. Debemos atraer a todos a la Eucaristía y al sacramento de la reconciliación para que sean lavados en la Sangre del Cordero y queden limpios antes de que sea demasiado tarde. Ahora se deja encontrar, ahora todavía está a nuestro alcance; cuando el pecado cobre más fuerza será casi imposible encontrar sacerdotes, lugares de culto, no ser impedido para usar de su derecho a la asistencia religiosa. Tenemos una tarea inmensa que realizar. Pidamos en esta Eucaristía el no descuidar nuestro deber.

  • 14 Sep

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Son preciosas estas afirmaciones que acabamos de escuchar de labios de Jesús en el Evangelio de San Juan (Jn 3,13-17), tomadas de su diálogo con Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Unigénito para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,16-17).

    Aquí está expresado y sintetizado todo el amor de Dios al hombre, todo el misterio de la Redención, obrada por ese inmenso amor que no ha permitido dejar al hombre en el estado de postración en que había quedado a consecuencia del pecado original. La Redención ha supuesto la máxima expresión del amor divino: Dios nos ha enviado a su Hijo, a la segunda persona de la Santísima Trinidad, al Verbo eterno del Padre eterno, para que, asumiendo la naturaleza humana y siendo así verdadero Dios y verdadero hombre, viniera a rescatarnos del pecado y a otorgarnos la filiación adoptiva de Dios, la condición de hijos adoptivos de Dios, hechos hijos en el Hijo, de tal forma que ahora podemos llamar Padre (Abba) a Dios y hemos sido hechos coherederos de Dios con Cristo, como enseña San Pablo en la carta a los Romanos (Rm 8,14-17).

    El envío de Jesucristo como Salvador y Mediador revela además el amor infinito de Dios mediante el abajamiento que supone la asunción de la naturaleza humana por parte de quien es Dios, tal como lo ha expuesto San Pablo en la segunda lectura, tomada de la carta a los Filipenses (Flp 2,6-11): “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”. Esto es lo que teológicamente se conoce con el término griego de kénosis, es decir, el abajamiento o la humillación del Hijo de Dios al hacerse hombre. Sin dejar de ser Dios ni perder nada de su condición divina, asumió las limitaciones de la naturaleza humana, hasta el punto de aceptar la crudeza de la muerte.

    Y precisamente, la muerte de Jesucristo es la expresión culminante de su amor por nosotros: una muerte de cruz, la peor del mundo antiguo, la más injuriosa, la más temida y la más cruel. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13), dijo a los apóstoles al despedirse de ellos en la Última Cena. Y Él ha dado su vida por todos nosotros para rescatarnos del poder del demonio, del pecado y de la muerte, entregándose a esa muerte ignominiosa y terrible de cruz.

    Pero la muerte no ha tenido dominio sobre Jesucristo: aunque se sometió a ella demostrando su verdadera humanidad, triunfó resucitando en virtud de su divinidad. La Resurrección de Cristo, acontecimiento real y verdadero y a la vez histórico y que trasciende la historia, como enseña el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656), es la victoria de Cristo. Y por eso mismo, la Cruz se ha convertido en símbolo máximo del amor de Dios, de la entrega de Jesucristo por amor, y en signo de triunfo y de victoria sobre el demonio, sobre el pecado y sobre la muerte.

    ¿Por qué extrañarnos entonces de que el signo de la Cruz sea combatido? Parecería, sin duda, que todos debieran reconocer en ella el signo del amor más grande, de la paz, del perdón y de la reconciliación. Y, sin embargo, es combatida. Indudablemente, el demonio no puede admitir que se dé culto a la Santa Cruz en la que él ha sido derrotado junto con el pecado y junto con la confusión que promueve con todas sus fuerzas entre los hombres. Hoy fácilmente se aplica por parte de algunos el sufijo “fobo” contra quienes no se suman al pensamiento único que tratan de imponer. Y sin embargo, los que tan fácilmente descalifican a otros tachándoles de xenófobos, islamófobos, homófobos, tránsfobos, etc., con frecuencia incurren ellos mismos en una cruel cristianofobia e incluso en una rabiosa Cristofobia, expresada, entre otros aspectos, en un intento constante por desterrar el signo de la cruz de todos los espacios públicos e incluso de los privados y de las personas si pueden. Por eso, no nos extrañemos de que la misma Cruz del Valle, mucho más allá de connotaciones políticas que la Cruz no tiene en sí, sea signo de contradicción.

    Pero nosotros, sin miedo a un terrorismo cristofóbico que pueda desarrollarse con violencia física, verbal, mediática e incluso legal, miremos al árbol de la Cruz, árbol de vida en el cual estuvo clavada la salvación del mundo: el propio Salvador, Jesucristo, que en la Cruz amó, en la Cruz perdonó, en la Cruz murió y en la Cruz triunfó sobre el demonio, sobre el pecado y sobre la misma muerte. Miremos a la Cruz con la misma confianza con que los judíos en el desierto miraban a la serpiente de bronce alzada por Moisés entre el pueblo como estandarte de curación (Núm 21,4-9). Miremos a la Cruz con la esperanza de la salvación, con la esperanza de la vida eterna, con la esperanza del Cielo. Miremos a la Cruz con la confianza en el perdón de Dios sobre nuestros pecados, con la confianza en la misericordia de Dios hacia nuestras miserias, con la confianza en el amor de Dios que se derrama sobre nosotros desde los mismos brazos redentores y pacificadores de la Cruz. Y miremos a la Cruz, a cuyo pie encontraremos a María, la Virgen casta, la Madre de misericordia, la discípula fiel de su Hijo que permanece junto a Él y ante Él intercede por nosotros, alcanzando de Él y del Padre para nosotros el amor, el perdón y la salvación.

  • 12 Sep

    P.Santiago Cantera

  • Querido P. Juan Pablo, querida Comunidad y queridos hermanos en el Señor:

    Celebrar hoy la profesión jubilar de 25 años o bodas de plata de los votos monásticos está envuelto en una belleza entrañable, porque tiene lugar en el día que la Iglesia festeja el Dulce Nombre de María y cuya memoria litúrgica hemos recuperado en nuestro monasterio muy recientemente. En el prefacio que se va a cantar, dirigiéndonos a Dios Padre, diremos que “en el nombre de Jesús se nos da la salvación”, “pero has querido, con amorosa providencia, que también el nombre de la Virgen María estuviera con frecuencia en los labios de los fieles”, quienes la contemplan confiados como estrella luminosa y madre en los peligros.

    Ciertamente, los nombres de Jesús y de María están íntimamente unidos, porque el Salvador nos vino por medio de María y Él la asoció como la primera Colaboradora en la Redención. Y estos nombres están especialmente unidos en la vida de un monje, cuya dedicación a la alabanza divina y a la contemplación de los misterios celestiales le conduce a bendecir los nombres de Jesús y de María, en los cuales encuentra su refugio, su consuelo y su fuerza. En toda la tradición monástica hay abundantes exhortaciones a invocar estos nombres con la esperanza de obtener su auxilio. Así, entre los monjes del Oriente cristiano, la oración de Jesús, la oración del corazón, se fundamenta en la invocación constante del nombre de Jesús, reproduciendo la oración del ciego Bartimeo, porque sólo Jesús puede apiadarse del pecador arrepentido que le suplica ser escuchado por Él. Y esto lleva a la conciencia de la presencia de Jesús en todos los momentos de la vida del monje, a la meditación de sus palabras y sus obras, a la contemplación del Señor Jesucristo.

    Pero, junto a Jesús, está María. Ambos nombres tienen incluso una sonoridad marcada por la dulzura que, en los oídos y en los labios del cristiano y más si cabe en los del monje, le comunican paz y alegría. San Bernardo, modelo de monje y abad, tiene un precioso elogio del nombre de María que hemos leído esta mañana en el Oficio de Lectura, donde incide en el significado atribuido a este nombre como “estrella del mar” y la denomina “la estrella más brillante y más hermosa”, “cuya luz se difunde al mundo entero, cuyo resplandor brilla en los cielos y penetra en los abismos”, “vigoriza las virtudes y extingue los vicios”. Por eso nos anima a que, en medio de las tormentas y de los naufragios de esta vida, en medio de las tentaciones y de las tempestades de los vicios o cuando nos veamos arrastrados contra las rocas del abatimiento, acudamos al nombre de María: “mira la estrella, invoca a María” (Homilía II en alabanza de la Virgen Madre, 17).

    La vida del monje, y lo sabe bien quien cumple ya 25 años de profesión de sus votos, tiene que atravesar momentos como éstos a los que alude San Bernardo y en los que el recurso a Jesús y a María es el sustento sólido de una vocación de entrega absoluta a Dios. Las tentaciones y las tempestades que acucian en la vida de cualquier persona no están ausentes, ni mucho menos, en la vida del monje. Incluso, si cabe, quizá lo zarandeen más, porque el demonio lucha siempre con el mayor ímpetu tratando de hacer desistir de su propósito a las almas consagradas. Pero los nombres de Jesús y de María, en esas dificultades, son los que conducen también hacia la luz de la contemplación, que es el fin de la vida del monje: la unión con Dios, unión transformante en el amor. La vida del monje se convierte entonces, de la mano de Jesús y de María, en un testimonio ante el mundo, en un testimonio luminoso, que bebe del nombre de salvación que es Jesucristo y del nombre de la estrella que es María.

    Jesús y María deben ser el fundamento espiritual que sustente el desarrollo de las cualidades y virtudes que Dios da a cada persona y a cada monje en particular. Y así, entre las que Dios ha otorgado a nuestro P. Juan Pablo, se encuentran una llamada especial al estudio, que es una labor secular en la historia del monacato, y de un modo más especial aún la dedicación al estudio de la historia de la Iglesia y de la sagrada liturgia, que es el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo y donde se encuentra la fuente y el culmen de la vida de la Iglesia, como enseña el Concilio Vaticano II (Sacrosanctum Concilium, nn. 7 y 10). Vivida desde el amor a Jesús y María y engarzada con las otras tareas del día a día en la vida de la comunidad monástica y al servicio de ella, esta dedicación puede y debe ser vehículo para la salvación eterna y la santidad, porque en ella el monje no habrá de buscar un brillo externo que no podrá llevarse a la sepultura, sino que el fin procurado debe ser siempre el crecimiento personal en la vida interior, un mayor conocimiento y amor de Dios, y el bien de la Iglesia y de las almas. No podemos olvidar, por otra parte, que tu vocación nació en el seno de la Escolanía, a la que también has dedicado una atención importante y donde sin duda comenzó también ese amor al canto gregoriano y a toda la música sacra que alimenta asimismo tu dedicación al estudio de la liturgia.

    En fin, que el Dulce nombre de María, la “Estrella del mar”, sea en todo momento luz y guía en tu vida monástica y, unido al santo nombre de Jesús, se convierta en la meta de todos tus deseos y aspiraciones. Que Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, te descubra el misterio sublime de la Santísima Trinidad y que María, verdadera Madre de Dios, te introduzca en el amor de su Hijo y de la excelsa Trinidad, para que la misma Trinidad divina habite en tu alma durante la vida presente y finalmente puedas contemplarla eternamente.

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