• 20 May

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    A los cincuenta días de la Resurrección del Señor, celebramos hoy la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, según les había prometido Jesús y hemos escuchado en el relato de los Hechos (Hch 2,1-11). En el día de Pentecostés, estando reunida la Iglesia naciente con María, recibieron su luz y su fuerza para salir a predicar el Evangelio.

    La plena revelación del Espíritu Santo, como todo el misterio trinitario, tiene lugar en el Nuevo Testamento, pero ya en el Antiguo se anuncia y la Iglesia ha sabido comprenderla en numerosas referencias. La primera de ellas aparece al inicio del Génesis, cuando se dice que “el Espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas” (Gen 1,2). El “Espíritu de Dios” es además el que inspira a los profetas: de hecho, en el Credo decimos que el Espíritu Santo “habló por los profetas”.

    El Espíritu Santo obró en la Virgen María la Encarnación del Hijo de Dios (Lc 1,35) y es quien guía a Jesucristo en su misión mesiánica, como se ve desde el momento en que le conduce al desierto (Mt 4,1; Mc 1,12; Lc 4,1) y según Él mismo afirma al cumplirse sobre sí la profecía de Isaías de que el Espíritu se posará en el Mesías (Lc 4, 16-21; cf. Is 61,1-3). Jesús revela el misterio trinitario, que se manifiesta ya en el Bautismo, donde se hacen presentes las tres divinas personas. En el diálogo con Nicodemo, enseña que es el principio del nuevo nacimiento, del bautismo que Jesús trae de agua y de Espíritu Santo (Jn 3,3.5-6); el propio Hijo da el Espíritu Santo con abundancia, porque lo posee en plenitud dado por el Padre (Jn 3,34). Es el Don del Padre y del Hijo, que se nos dará a nosotros cuando sea glorificado el Hijo, manando de Él ríos de agua viva (Jn 7,37-39).

    El Espíritu Santo, enviado del Padre y del Hijo (cf. Jn 15,26), alienta, vivifica y santifica a la Iglesia en el tiempo que va de la Ascensión de Jesucristo a los cielos hasta la Parusía, su segunda venida gloriosa al final de los tiempos. Por eso, como ha expuesto San Pablo en la primera carta a los Corintios, suscita la diversidad de dones, servicios, funciones y carismas para el bien común de la Iglesia (1Cor 12,3b.7.12-13).

    Sin embargo, queridos hermanos, es triste constatar que a buen número de cristianos se les podría aplicar lo que dijeron unos discípulos a San Pablo en Éfeso: “Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo” (Hch 19,2). Lamentablemente, la devoción al Espíritu Santo de muchos cristianos en Occidente suele ser muy tenue y en ocasiones incluso nula. Parece que nos resulta la persona más desconocida de la Santísima Trinidad. Pero es Él quien hace posible, no sólo la vida y la santidad de la Iglesia, sino la propia vida espiritual y la santificación de cada creyente. Como nos enseña San Pablo en la carta a los Romanos, por el Espíritu Santo recibimos la adopción filial de Dios, somos hechos hijos adoptivos de Dios en su Hijo unigénito, Jesucristo, de tal forma que podemos llamar Padre a Dios y somos coherederos de Dios con Cristo (Rm 8,14-17).

    El Espíritu Santo mora en nosotros y está en nosotros (cf. Jn 14,17) cuando nos encontramos limpios de pecado mortal, cuando nos hallamos en estado de gracia. Y Él hace posible que habite en nuestra alma la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el mismo Espíritu Santo. Jesús lo anunció a los apóstoles: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23); “Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad” (Jn 14,16-17). San Pablo nos advierte que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en nosotros y lo hemos recibido de Dios, gracias a haber sido rescatados por el precio de la Sangre de Cristo (1Cor 6,19-20). En consecuencia, el Espíritu Santo hace posible en nosotros la vida divina, la vida de la gracia; hace posible que el Padre, el Hijo y el mismo Espíritu habiten en nuestra alma. Ésta es la inhabitación trinitaria en el alma, que es fuente inmensa de vida espiritual para el cristiano consciente de tal maravilla. Por eso, como se ha cantado en la secuencia del Veni Sancte Spiritus, llamamos al Espíritu Santo “dulce huésped del alma”.

    Es preciosa la comparación que San Juan de la Cruz realiza en su Cántico espiritual cuando emplea la imagen del austro o ábrego, del viento apacible que trae lluvias y hace germinar la vegetación y abrir las flores, para referirla a la acción del Espíritu Santo en el alma enamorada de Cristo, pues, “cuando este divino aire embiste en el alma, de tal manera la inflama toda, y la regala y aviva, y recuerda la voluntad y levanta los apetitos, que antes estaban caídos y dormidos en el amor de Dios, que se puede bien decir que recuerda los amores de él y de ella”, aspirando por el huerto del alma para producir su perfeccionamiento en las virtudes (canción XVII).

    Quiero por último recordar que en estos días se está debatiendo una proposición de ley para instaurar la eutanasia en España. No podemos decir otra cosa sino que es una forma de suicidio asistido e incluso en ocasiones de homicidio impuesto, y es lamentable que esto se plantee en nombre del progreso después de casos tan crueles como el de los niños Charlie Gard y Alfie Evans en Inglaterra. Sólo Dios es el Señor de la vida, y la vida es un don dado por Él; y el sufrimiento y la enfermedad, contemplados desde el misterio de la Cruz, encuentran un sentido redentor para el cristiano. Pidamos al Espíritu Santo, Espíritu de fortaleza, que dé valor a los pastores de la Iglesia para no callarse ante esta situación y que Él mismo, Espíritu de verdad y de vida, ilumine a los legisladores para defender la vida humana en vez de optar por una incultura de la muerte y del descarte.

    Que María Santísima, que estaba presente con los Apóstoles el día de Pentecostés, nos ayude a conocer mejor al Espíritu Santo para progresar en nuestra vida espiritual penetrando en el misterio de Dios.

  • 13 May

    P. D. Anselmo Álvarez

  • En los días precedentes al de la Ascensión durante los cuales hemos vivido el acontecimiento de la resurrección del Señor, hemos venido escuchando el sucesivo anuncio por Jesús de su próxima partida hacia la casa del Padre, después de haber dado cumplimiento a la misión que había recibido de Él. En las palabras con que anunciaba esto a los discípulos les añadía que en esa casa a la que volvía hay muchas moradas, y que iba precisamente a preparárselas, porque ese era también su destino y el de todos los que creyeran en Él. Llegado el día previsto, Jesús reúne a los suyos, les dirige las últimas palabras de despedida y, a la vista de todos, se eleva hasta desaparecer camino de las alturas.

    Cuando hoy nosotros leemos este pasaje lo consideramos generalmente como uno de esos hechos de la vida de Cristo que tal vez leemos con una mezcla de curiosidad o indiferencia o, si todavía somos cristianos, lo tomamos como un acontecimiento de su existencia histórica que apenas tiene que ver personalmente con nosotros. Es lo que nos sucede con el conjunto de la vida de Jesús.

    Pero al margen de nuestras opiniones personales, lo único cierto es que cada una de las palabras y acontecimientos de su vida significan la acción y la dirección culminantes que señalan los caminos a recorrer por el hombre. En Cristo, Dios nos ha salido al paso para mostrarnos lo único decisivo y auténtico de cuantas opciones pueden atraer nuestro interés. Él es la Verdad y el Camino sin alternativa.

    Cuando nosotros celebramos con la Iglesia la ascensión de Cristo estamos ante uno de esos acontecimientos que hablan más categóricamente que todas las palabras humanas, porque nos ponen ante el significado determinante de nuestra historia personal: “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que caminamos en busca de la futura” (Hbr 13, 14). Esa ciudad no es otra que aquella de la que descendió Cristo cuando tuvo lugar la encarnación, y a la que hoy asciende después de llevar a cabo la redención.

    Pero no significa un camino de regreso que sólo Él deba recorrer. Él lo ha abierto para que todos sepamos cuál es la única dirección en la que todos hemos de caminar ya desde ahora. Ese movimiento ascensional nos está describiendo cuál es la trayectoria que ha sido abierta para nosotros ya en la vida presente. Una existencia en la que hay multitud de caminos, de proyectos e iniciativas a través de los cuales cada uno realizamos un designio personal, que será tanto más eficaz cuanto se realice más en conformidad con las leyes divinas que han de regir los actos humanos.

    Pero la orientación común de esos proyectos de vida personal es la que está determinada por quien nos ha puesto en la existencia presente y nos ha llamado a la futura. La palabra de Dios está llena de este pensamiento: que cualquiera que sea el tiempo, el lugar o la actividad que desarrollemos, habitemos desde ahora con Cristo en el cielo, donde se encuentra quien es su Padre y nuestro Padre, y que nuestros actos y nuestra mente estén dirigidos a la que será nuestra ciudad permanente. Y ello porque si nosotros somos hijos de la tierra, lo somos de una manera mucho más real del cielo y del Padre que está en los cielos.

    Nuestra presencia en esta vida es completamente transitoria, lo que para nada quiere decir que no la tomemos con total seriedad, a fin de darle toda su plenitud de sentido y de valor, bien entendido que de acuerdo con lo que la ley de Dios y la recta razón nos sugieren. Algo así como cuando un atleta debe hacer el recorrido de un trayecto poniendo la máxima atención en cada paso, pero con la vista puesta ante todo en la meta.

    Nosotros conocemos, como nadie antes que nosotros, la sensación de un progreso y un bienestar siempre crecientes, que nos dan la sensación de estar alcanzando unas metas ilimitadas. Y nos parece que este es, por fin, nuestro verdadero horizonte. Pero no es el horizonte del hombre que ha salido del pensamiento de Dios. Dios ha pensado también en nuestro desarrollo, pero no principalmente por la sumersión en este mundo, sino por la ascensión a las alturas, por la elevación al mundo y a la realidad de Dios.

    Porque esto es lo que corresponde a su vocación y a su naturaleza, constituida según la semejanza con Dios. Por eso advirtió, también para los hombres de este tiempo: “estáis en el mundo pero no sois del mundo” ((Jn 15, 19), o como dice por medio del apóstol S. Pablo: “buscad las cosas de arriba, no las de la tierra” (Col 3, 1 ). Con esto no se nos arranca de nosotros mismos ni se deforma nuestra realidad humana, sino que se la afirma, haciéndola participar en la misma naturaleza de Dios.

    Tal es la forma de participar en el impulso ascensional de Dios: la muerte a nosotros mismos, a imitación de la muerte de Cristo, como premisa para participar en el misterio pascual de su Resurrección y Ascensión. Así podremos hacer nuestras las palabras que Cristo se aplica a Sí mismo: “Yo soy el viviente. Estaba muerto pero ahora vivo por los siglos de los siglos” (Ap 1, 18).

  • 6 May

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: La misión que tiene la Iglesia es predicar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Llevar el Evangelio a otros puede parecer una tarea fácil. Pero predicar el Evangelio no es sólo hablar de Jesús. Conocer el Evangelio no basta; solo quien predica y cumple los mandamientos merece el nombre de discípulo de Jesús. El que guarda sus mandamientos es el que permanece en Él, el que le es fiel, el que conoce los planes del Señor porque el mismo Señor se digna comunicárselos. Hay una comunión de amor entre el Señor y el discípulo. Si alguien aspira a entrar en comunión con Dios tiene que ser coherente con lo que dice creer y ponerlo por obra. El que cree y no cumple los mandamientos es un impostor, puesto que dice seguir a Jesús y le traiciona no obedeciendo, no haciendo de la Palabra de Jesús su alimento, su vida. El que tiene fe hace lo que Jesús hizo y enseñó.

    Jesús comunicó su Espíritu a sus Apóstoles y discípulos. Aquel en quien se hace presente su Espíritu por sus obras es auténtico discípulo. Incluso no habiendo sido bautizado. La gracia de los sacramentos se puede alcanzar antes de haberlos recibido por un deseo profundo de la gracia que trasmiten, del deseo de estar en comunión viva con Dios, de creer con fe viva, es decir de fe acompañada de caridad. Eso es lo que se deduce del relato de los Hechos de los Apóstoles sobre Pedro en casa del oficial romano Cornelio.

    Una manifestación del Espíritu es proclamar la grandeza de Dios, prorrumpir en alabanzas al Señor en lenguas desconocidas por los que pronuncian esas alabanzas. Y esa es la prueba que da el Espíritu: alabar al Señor en lenguas que desconocen, porque el Espíritu no actúa a través de las facultades de la persona, sino que llega a sustituir su memoria e inteligencia. Rezar en lenguas es un carisma que el Señor sigue comunicando a quien lo desea y lo pide con humildad. La persona beneficiada experimenta una irrupción del Espíritu en beneficio de la Iglesia: si la oración en general es poderosa, la oración de una persona que ora en lenguas tiene una eficacia mucho mayor para iluminar, consolar o curar a las personas por las que ora. Una oración bajo el influjo directo del Espíritu hace superar pruebas y tentaciones con prontitud, puede sanar corporal y espiritualmente a las personas por las que ora. San Pablo anima a aspirar a dichos carismas con tal de que haya esa condición básica de querer servir a la causa del Evangelio, no para provecho propio, sino para servir a los hermanos en la fe y atraer a los alejados. No se puede negar que la persona que obra bajo la acción de un carisma es bendecida ella misma, pero a su vez es una responsabilidad y un peso grande, pues compromete a mayor desprendimiento de la propia voluntad y sufre persecución e incomprensiones. Los carismas son una contribución a la misión de la Iglesia de mucho valor. Y como hemos escuchado en el Salmo cantado: el Señor por medio de los carismas da a conocer su salvación, y los confines de la tierra contemplan la verdad contenida en su anuncio.

    Ahora bien, los carismas son muchos y san Juan en su primera carta viene a describir uno de ellos sin nombrarlo como tal. Es aquel que consiste en ser partícipe del amor de Dios en una medida que supera la habitual, porque no obra al modo habitual que supone la rémora de las trabas de la naturaleza humana caída, sino que el Espíritu hace que con su influjo directo una persona ame de tal forma que el haber nacido de Dios y conocer a Dios sea algo que se patentice en una medida y modo superior a lo habitual. Personas en las que la caridad hacia sus semejantes es una evangelización que arrastra y convence sin forzar. Su misión evangelizadora goza de una irradiación que conquista para Dios muchas almas que estaban adormecidas, que no lograban salir de su tibieza. Esta caridad fruto de un influjo extraordinario del Espíritu lleva consigo para la persona que recibe dicho carisma una purificación muy notable de amor, un desprendimiento continuo de sus intereses, de sus apreciaciones de la personas según su propia sensibilidad. Cuando actúa el Espíritu desaparecen esas consideraciones paralizantes de sospechas, resentimientos, en fin todo aquello que por el actuar equivocado o conflictivo de una persona nos hace estar en guardia y dispuestos a contradecir toda palabra del otro. El carisma hace que el amor desbordante supere las repugnancias de la naturaleza a amar a esa persona sin considerar su pasado ni sus desviadas disposiciones.

    El tiempo pascual es el tiempo en que los dones recibidos por la vivencia fuerte de los misterios de la muerte y resurrección de Cristo deben fructificar en testimonio de palabra y de vida, de la vida nueva que Cristo nos ha conseguido. Es el tiempo de espera y preparación para la efusión del Espíritu. Nuestro deseo de esos dones del Espíritu nos irán preparando, nuestra humilde súplica nos irá haciendo ver que no somos dignos de ellos, pero a la vez mantiene viva nuestra esperanza de que los carismas abrirán nuevos horizontes.

    La Eucaristía es un momento privilegiado de gracia para comprender las palabras del Señor y para rogarle que Él haga descender estos carismas y otros muchos sobre los hijos de Dios, para que su Reinado se abra paso y se extienda allí donde encuentra dificultades para su desarrollo.

  • 5 May

    P.Santiago Cantera

  • Querido Fray Miguel:

    María proclamó y sigue proclamando en la Iglesia y ante el mundo la grandeza del Señor, como acabamos de escuchar en el Evangelio (Lc 1,39-47). Ella, la Madre de Jesús, permanecía también como Madre de la Iglesia orando junto a los apóstoles y a las santas mujeres, según se ha leído en el libro de los Hechos (Hch 1,12-14). Cuando los monjes cantamos el Magnificat cada tarde en el rezo de Vísperas, cumpliendo la disposición de San Benito en la Regla (RB 17,7-8), tenemos la oportunidad de alabar cotidianamente a Dios con las mismas palabras de María, haciéndolas nuestras y de toda la Iglesia, porque, como sabes bien, la oración de los monjes es oración de intercesión por toda la Iglesia y por todos los hombres. De este modo, obedeciendo al mandato de San Benito para que, al salmodiar, “nuestra mente concuerde con nuestros labios” (RB 19,7) y, lo mismo que como él nos dice, en nuestra oración comunitaria se hallan presentes el Señor y sus ángeles (RB 19,1.5-6), también lo está María, y así rezamos con María y con toda la Iglesia.

    A esta labor de oración e intercesión a la que nos entregamos los monjes, viviendo la vocación de los ángeles de alabar, adorar y amar a Dios, y de ser auténticos intercesores entre Dios y los hombres para que Él derrame su amor y su misericordia sobre éstos, nos ha convocado el amor de Dios o, mejor dicho aún, nos ha convocado el Dios que es amor, como lo ha definido el apóstol y evangelista San Juan en la segunda lectura (1Jn 4,7-16). Dios es amor porque, como en el mismo texto se nos descubre, es amor eterno entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo; amor trinitario que se nos comunica por el mismo Espíritu, en virtud de la obra salvadora del Hijo a quien envió el Padre.

    La vida del monje, por tanto, es vida de amor, en el amor y para el amor de Dios, y debe, en consecuencia, convertirse a su vez en amor a los hermanos, como nos ha dicho San Juan. El amor es difusivo y comunicativo, porque es don, y ciertamente el Amor de Dios, el Espíritu Santo, es el Don del Padre y del Hijo. Si el monje bebe de este amor trinitario y llega a sumergirse en él e incluso a transformarse en él, hará partícipes de él a los demás, comunicará a su alrededor ese amor, de tal modo que, como nos pide San Benito, los hermanos ejerciten la caridad fraterna en la comunidad monástica (RB 72,3-8).

    Ahora bien, querido Fray Miguel: te dispones a abrazar para toda tu vida los votos monásticos de estabilidad, conversión de costumbres y obediencia (RB 58,17). Quieres vivir para siempre esta vida que tiene su razón de ser en el amor de Dios. Pero debes saber, y ciertamente lo sabes, que la vida del cristiano y muy especialmente la del monje, y más aún si cabe la de quien quiere ser monje en el Valle de los Caídos, es una vida de amor crucificado, que se puede traducir en cierto momento en una auténtica existencia crucificada.

    Con esto no quiero desanimarte, sino, muy al contrario, alentarte a abrazar este altísimo y sublime ideal, pues te conozco y sé que te lo puedo proponer sin eufemismos. Es un ideal duro, severo y terrible para una mirada simplemente humana y terrena, inasumible para quien no quiera dejar las cosas del mundo ni a sí mismo, pero precioso y con premio seguro en la vida eterna, además de recibir ya el ciento por uno del amor de Dios en la vida presente, para aquellos que lo quieran dar todo por amor absoluto e incondicional a Cristo (cf. Mt 19,29; Mc 10,29-30; Lc 18,29-30). Porque, como sabes, San Benito nos insta a no anteponer nada al amor de Cristo (RB 4,21; 72,11). Y por eso debes abrazar la vida monástica consciente de que, como asimismo nos dice San Benito, si participas con paciencia en los sufrimientos de Cristo, merecerás compartir también su reino (RB Pról., 50). Al decir de San Juan de la Cruz, “el que no busca la cruz de Cristo, no busca la gloria de Cristo” (Dichos de luz y amor – Puntos de amor, 23).

    La renuncia incluso a tus legítimos deseos humanos, la obediencia por la que muchas veces hayas de desistir de tus apetencias, la convivencia fraterna que no deja de tener sus espinas porque los monjes somos humanos, son formas de participar en la cruz de Cristo. Pero además, la gran cruz monumental del Valle nos recuerda el misterio de nuestra existencia: vivir abrazados a la cruz redentora y reconciliadora de Cristo, con la falta de tantas seguridades humanas que podríamos desear, con un mañana incierto y que sólo es confiado a la Providencia divina, con la realidad de ser de algún modo malditos y proscritos, con la posibilidad de ver un día tu nombre y tu fama denigrados, y otros posibles sufrimientos que te enseñarán a crecer aún más en el amor de Cristo, en un amor purificado por la experiencia de la cruz y que, a medida que avance hacia las cumbres de la santidad, pueda llegar a pedir, como San Juan de la Cruz: “Señor, lo que quiero que me deis es trabajos que padecer por Vos, y que sea yo menospreciado y tenido en poco”.

    La inmensa cruz del Valle nos recuerda la realidad de una existencia de amor crucificado con Cristo (cf. Gal 2,19) y que puede ser amor crucificado ofrecido especialmente por nuestra España y por la paz entre los españoles, con la conciencia clara de que “España se salvará por la oración”, como prometió el Señor a Santa Maravillas de Jesús a unos pocos kilómetros de aquí. Pero, si inmensa es esta cruz, mira también la imagen de Nuestra Señora del Valle, cuya solemnidad celebramos hoy, y observa en ella algo de lo que puedes extraer una lección: la cruz, en la cual se cifra el misterio de la redención al que estamos llamados a colaborar, está al pie de María y es más pequeña que la Virgen. ¿Qué puedes interpretar de aquí, si quieres? Que las cruces que el Señor te dé para llevar con Él por la salvación de España y del mundo, serán siempre llevaderas si te dejas sostener por la gracia de Dios y por la intercesión de María, a cuyos brazos te animo a lanzarte, para que Ella, como tu Madre celestial, Madre de la Iglesia, Reina de los monjes, Reina de la paz, Reina de España y Señora del Valle, te lleve hasta su Hijo amado para, con el Padre y el Espíritu Santo, vivir eternamente inmerso en el amor del Dios uno y trino, del Dios que es Amor, que te ama y que hoy acoge con sumo agrado tu plena consagración a Él.

  • 8 Apr

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos muy amados en el Señor: Hoy, segundo domingo de Pascua, a los ocho días de la Resurrección del Señor, también se celebra la Fiesta de la Divina Misericordia, instituida por San Juan Pablo II. En este día tributamos a Dios ese homenaje a su atributo divino de la Misericordia. La gran revelación que nos ha comunicado Jesucristo al hacerse hombre y morir por nosotros es que la definición de Dios más perfecta de su persona divina es su Amor. “Dios es Amor” (1 Jn 4,16). Nadie había ni descubierto ni expresado esta realidad tan profunda y tan consoladora para el hombre. El Amor de Dios envuelve todo su gobierno divino en el mundo, aunque el hombre sin la luz del Espíritu Santo no puede comprender en modo alguno y no acepta que esto sea verdad. Los cristianos profesamos esta verdad, pero nos falta convencimiento interno de ella y en la práctica dudamos de que así sea.

    La misericordia divina no es una verdad que a nosotros nos pueda dejar indiferentes. Tampoco el hecho de que sea el mayor atributo de Dios. Jesucristo nos ha enseñado: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso”. Los atributos divinos deben encontrar en nosotros una correspondencia, una aspiración que para nosotros se traduce en un trabajo de vigilancia sobre nuestras obras, en una súplica constante, porque sin la ayuda de Dios nada podemos, una acción de gracias por las maravillas de regeneración constante que obra Dios en nosotros levantándonos a cada paso de la postración a que nos reduce el pecado. Este obrar divino permanece secreto si nosotros por nuestra parte no le dedicamos una admiración contemplativa, a ejemplo de nuestra Bienaventurada Madre y no conservamos, no meditamos en nuestro corazón esas intervenciones amorosas de Dios, que nos restauran, nos iluminan, y nos animan por medio del Espíritu Santo y del sacramento de la Penitencia.

    Y no basta con admirar, agradecer, suplicar que la Misericordia divina actúe sin cesar en nuestra vida; nos queda imitar el proceder divino impregnado de Amor, impulsado por una misericordia infinita como lo ha calificado la oración colecta de este domingo. Felizmente la nueva traducción del Misal Romano para España refuerza el sentido admirativo de cuáles son los motivos de la alabanza por la misericordia infinita del Señor: “qué bautismo nos ha purificado, qué Espíritu nos ha hecho renacer y qué sangre nos ha redimido”. No podemos reclamar las misericordia de Dios sobre nosotros si por nuestra parte, teniendo tan grandes motivos para alabar su misericordia, no nos aplicamos a impregnar nuestras relaciones humanas de misericordia, si el amor no es el primerísimo objetivo de todas nuestras acciones, si no corregimos con perseverancia heroica nuestras inclinación al mal (odio, venganza, resentimiento, etc.) que nos ha quedado como consecuencia del pecado original.

    La lectura de los Hechos de los Apóstoles con el ejemplo que nos propone de compartir los bienes de la comunidad apostólica no puede ser más elocuente en la necesidad de llevar a la práctica la misericordia que cada día recibimos de Dios. No podemos truncar esa corriente de gracia que Dios quiere circule entre el cielo y la tierra, entre los dones de Dios y la posibilidad de que todos los hombres alaben la misericordia de Dios, porque sus hermanos les han socorrido en sus necesidades.

    La lectura de la carta de San Juan es una enseñanza muy profunda sobre el amor a Dios y al prójimo como inseparables. No puede haber amor verdadero a los hijos de Dios si no hay amor a Dios que a su vez debe ser autentificado con el cumplimiento de sus mandamientos. El amor a Dios y al prójimo se ha presentado en ocasiones como propio de personas débiles, que no son capaces de triunfar en esta jungla humana en la que vivimos. Pero Dios nos revela a través del Apóstol san Juan que la fe en Jesús es la que nos da la victoria sobre el mundo y sus seducciones. Jesucristo con el agua y la sangre, que podemos traducir con sus sacramentos nos da la gracia para obtener esta victoria. Por tanto la misericordia que nosotros somos capaces de transmitir en realidad es un don de gracia que Dios nos da por los sacramentos para vivir la vida de Jesús. Somos objeto de la misericordia de Dios y debemos ser comunicadores de la misericordia de Dios en nuestras obras en favor del hermano al que perdonamos y pedimos perdón, al hermano al que servimos y del que nos dejamos humildemente servir cuando necesitamos su ayuda.

    El evangelio nos ha llenado de luz con esa bienaventuranza del que cree sin haber visto de la que nos podemos beneficiar constantemente. Repasemos meditativamente todas las misericordias que Dios derrama sobre nosotros y aquellas otras que quiere que llevemos a cabo con la fuerza y la luz que nos ofrece el Señor en sus sacramentos. Nada menos que en el sacramento de la reconciliación ante el ministro de Dios se producen, en fe, grandes milagros de gracia. En el tribunal de la misericordia hemos de buscar consuelo confesando con fe nuestra miseria y el milagro de la Misericordia de Dios se manifestará en toda su plenitud.

    No hay que peregrinar muy lejos: lo podemos llevar a cabo aquí en la basílica. Y aunque nuestra alma fuera como un cadáver en descomposición se puede dar ese milagro de su restauración completa, si hay fe y se confiesa uno sin esconder su miseria ante Dios y su ministro.

  • 1 Apr

    P. D. Anselmo Álvarez

  • “El Señor ha resucitado verdaderamente”, han proclamado las primeras palabras de la liturgia de este Domingo de Resurrección.

    Ayer Jesucristo estaba enterrado, hoy está resucitado y vivo. De un día para otro Jesús ha pasado de la muerte a la vida. En la tarde del Viernes los judíos creyeron que el impostor, el blasfemo, el enemigo de la nación y del pueblo santo de Israel había, por fin, sucumbido. Israel había derrotado a quien había considerado su máxima amenaza, al falso Mesías que había estado a punto de provocar la destrucción del pueblo de Dios y había amenazado al Templo Santo. Había pasado la pesadilla. Aunque en realidad sólo momentáneamente: 40 años después todas estas amenazas tuvieron un cumplimento devastador a manos de los romanos.

    ¿Tiene algún sentido recordar y celebrar hoy aquellos acontecimientos, ocurridos hace dos mil años? En realidad esa historia tenía un sentido al mismo tiempo real y prefigurativo, de manera que cuando se tienen ojos para ver y sensibilidad para detectar su sentido profundo, salta a la vista que aquella historia anticipaba la que se está gestando en nuestro tiempo, o más bien está ya en acción, no a nivel de un pequeño pueblo, sino a escala universal.

    Dios ha desaparecido, o más bien le hemos retirado, de la escena pública y de casi todos los escenarios privados. Prácticamente por las mismas razones: Él es una amenaza para las convicciones e intereses que hoy motivan nuestra existencia. Da igual que su presencia nos haya acompañado a lo largo de todas las generaciones precedentes, como la expectativa del Mesías había acompañado y configurado toda la historia del pueblo de Israel. Nosotros hemos decretado que ya no es su tiempo, sino el nuestro. Por eso hemos borrado de nuestra vida su Evangelio, su gracia y sus mandamientos, su Nombre y sus símbolos.

    Pero Dios tiene sus tiempos mientras deja al hombre que tenga los suyos, aunque tantas veces nos ha invitado a que ambos coincidan, porque los nuestros sólo contienen una ficción que se evapora como nube pasajera. En realidad, somos nosotros los que desaparecemos de la escena cuando borramos en nuestro entorno y en nosotros mismos casi todas las huellas auténticamente humanas. Por eso, el tiempo del hombre no ha anulado el tiempo de Dios. Quien parece que hoy es el máximo ausente es, por el contrario, el único que mantiene una presencia viva. Él mismo dice en el Apocalipsis: “estaba muerto pero ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo’ (Ap 1, 18). También para nosotros hay vida allí donde se cree en el Dios de la vida, en Aquel que “ha hecho brillar la vida y la inmortalidad” (2 Tim 1, 10).

    Hay, de hecho, una realidad de resurrección en la vida de quien sabe que la muerte ha sido vencida por el Autor de la Vida. Allí donde se cree en el Dios de la vida, en Aquel que ha proclamado: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 24). Allí donde un hombre cree y proclama que “la muerte ha sido absorbida por la victoria” (2 Cor 5, 4).

    Victoria de Cristo y, en Él, del hombre, cuando alguien rompe sus cadenas y se levanta del sepulcro en que le han retenido sus pecados, y entona cantos de liberación porque ha lavado sus manchas en la sangre del Cordero inmolado. Entonces en él se cumple la invitación a ‘estrenar un corazón nuevo y un espíritu nuevo’. Porque la resurrección es la afirmación de que todo puede volver a la vida, todo lo que está muerto en la carne o en el espíritu del hombre.

    También nosotros resucitamos cuando convertimos nuestros huesos calcinados en espíritu resucitado para la vida eterna. Vivimos esa resurrección cuando creemos que “todo el que ha nacido de Dios ha vencido al mundo” (1Jn, 5, 4) , y que “todo está recapitulado en Cristo” (cf Ef 10, 1; Col 1, 1). Que Él es la referencia absoluta de la perfección humana, y la medida del hombre, y que fuera de Él la humanidad está fuera de sí; fuera de su orden, de su realidad, de su destino y de su verdad.

    Podemos hablar de resurrección cuando ponemos en Cristo nuestro anhelo de plenitud, de esperanza y de vida inmortal. Cuando en Él apoyamos la seguridad inconmovible en el triunfo final de la verdad y del bien, porque el “príncipe de este mundo ya ha sido arrojado fuera” (Jn 12, 31) y definitivamente vencido por la potencia de Cristo en la Cruz y en el sepulcro abierto.

    La humanidad necesita pasar por una verdadera resurrección previa a la de los muertos, porque el espíritu del hombre está colapsado. Cuando esto sucede las restantes actividades y signos de vida son anecdóticos: un pasatiempo y un sucedáneo.

    Hoy Cristo espera su nueva resurrección, no sólo por la intervención del Padre y por la fuerza de su divinidad, sino del hombre mismo, ya que no se trata sólo de la resurrección de su cuerpo, sino la que esperamos que tenga lugar en el corazón de los hombres y en el seno de la sociedad, si nos decidimos a sacar a Dios de las catacumbas y devolverle a la luz del día.

    La resurrección es ya real cuando nos afirmamos en la convicción de que en Cristo, el Hombre perfecto, se ha abierto el camino al verdadero progreso espiritual y humano, o cuando le ponemos como piedra angular en la construcción de la sociedad humana. Entonces alcanzamos la libertad en la verdad, la paz en la unidad, la igualdad en el amor mutuo, la fraternidad en torno al mismo Padre común.

    “Jesús es la piedra que desechasteis vosotros los arquitectos, pero que se ha convertido en piedra angular” (Hch 4, 11), esa misma piedra que fue removida para abrir paso al Cristo triunfante de la muerte y al hombre que, en Él, vuelve a la vida. Cristo volverá porque ha de tener cumplimiento todo lo predicho acerca de su soberanía universal, así como la promesa de los cielos y la tierra nuevos en los que habite el hombre nuevo.

  • 31 Mar

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    En el Evangelio de San Marcos (Mc 16,1-7) hemos escuchado el gran anuncio que el ángel realizó a las santas mujeres en el Sepulcro de Jesús: “Ha resucitado”. Esta afirmación define esencialmente nuestra fe, porque la Resurrección de Cristo es una verdad fundamental del dogma católico e incluso de toda confesión cristiana que se precie de serlo. No fue una sugestión colectiva de los Apóstoles y de los otros discípulos ni una presencia simplemente espiritual entre ellos, como algunos teólogos protestantes y católicos infectados por el virus del racionalismo han pretendido y todavía pretenden enseñar. La Resurrección de Cristo es un hecho real, verdadero, acontecido en un momento histórico y que al mismo tiempo trasciende la Historia, como nos recuerda el Catecismo de Iglesia Católica (nn. 639, 647 y 656).

    Al morir en la Cruz, el cuerpo de Jesucristo fue luego depositado en el sepulcro, sin llegar a corromperse. Y su alma humana, pues Jesucristo es verdadero hombre y como tal disponía y dispone de auténtico cuerpo humano y auténtica alma humana, su alma, decimos, “descendió a los infiernos”, como afirmamos en el Credo: es decir, quiso compartir la suerte de los santos del Antiguo Testamento en el Limbo de los Justos o Seno de Abraham, donde fue a rescatarlos para, en el momento de la Resurrección, llevarlos al Cielo, a la gloria eterna definitiva junto al Padre.

    El cuerpo de Jesucristo realmente resucitó al reunirse con él su alma por el poder divino del Padre y de la propia persona del Verbo, del Hijo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, pues la persona divina del Hijo es la que ha asumido esta naturaleza humana completa y verdadera, de tal manera que en Jesucristo “su divinidad está unida a su humanidad en una unión real, perfecta, sin mezcla, sin confusión, sin alteración, sin división, sin separación; […] en Él se mantienen todas las propiedades de la divinidad y todas las propiedades de la humanidad, juntas en una unión real, perfecta, indivisible e inseparable”, como se afirma en la declaración cristológica común firmada por el Beato Pablo VI y el Patriarca Copto Shenuda III de Egipto en 1973, conforme a la doctrina de los primeros concilios ecuménicos de la Iglesia.

    Por lo tanto, Jesucristo realmente salió del sepulcro y se apareció en los días siguientes con un cuerpo glorioso a las santas mujeres, a los Apóstoles y a otros discípulos.

    Si los Apóstoles y los otros primeros discípulos de Jesús hubieran querido inventar la historia de su Resurrección, no lo habrían podido hacer peor. En los Evangelios se refleja su estupefacción y hasta su incredulidad. No creen la noticia hasta que comprueban por sí mismos que es verdad. En el relato que acabamos de escuchar, las santas mujeres iban convencidas de ir a embalsamar a un muerto, no tenían la idea de ir a ver si había resucitado. Por lo tanto, no es posible decir que se trate de un relato inventado por los primeros discípulos para superar el golpe psicológico ocasionado entre ellos por la Muerte de Jesús. La actitud aterrada y escéptica de las santas mujeres, de los Apóstoles y de los otros primeros discípulos, es una de las pruebas más evidentes de la verdad de la Resurrección.

    La verdad de la Resurrección define esencialmente nuestra fe porque supone la certeza de la victoria de Cristo como auténtico Mesías Salvador. Es la demostración más clara de que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, que ha asumido nuestra naturaleza humana hasta identificarse con nosotros en el sufrimiento y en la muerte, y que por su naturaleza divina es también capaz de recuperar la vida.

    La Resurrección de Cristo nos sitúa además ante una nueva postura en la vida: estamos llamados a andar en una vida nueva, según nos la dicho San Pablo en la carta a los Romanos (Rom 6,3-11), con el convencimiento de lo que el Apóstol de los Gentiles nos dice: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él”.

    ¿Por qué se nos ha leído el relato de la Creación, tomado del Génesis, como primera lectura de esta Vigilia Pascual? Porque la Resurrección de Cristo supone una nueva creación y un perfeccionamiento de la primera creación. Con la Resurrección de su Hijo, Dios ha obrado una nueva creación del hombre, ha realizado la recreación del hombre, ha elevado aún más la dignidad del hombre, nos ha propuesto el modelo del “hombre nuevo” del que habla San Pablo en varias cartas (así, Ef 4,22-25; Col 3,9-10), y que culminará con la resurrección del cuerpo al final de los tiempos y la gloria eterna. Por el Bautismo, como nos ha enseñado San Pablo en la lectura que hemos escuchado, somos sepultados y renacidos con Cristo, por su muerte y Resurrección.

    ¿Y por qué el relato de la salida de Egipto tomado del libro del Éxodo? Porque la Resurrección de Cristo supone la liberación verdadera del nuevo Israel, del nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia. Cristo nos ha rescatado de la esclavitud del demonio, del pecado y de la muerte.

    Todo esto, hermanos, son motivos sobrados para dar gracias a Cristo por su obra redentora, por su muerte y Resurrección, y para vivir la alegría pascual, propia del cristiano consciente de la victoria de Cristo. Que esta alegría pascual nos transforme interiormente como les acabaría sucediendo a las santas mujeres, a los Apóstoles y a todos los discípulos. Vivamos esta alegría con María Santísima, a la que, aunque no lo recojan los Evangelios sin embargo, según la Tradición de la Iglesia (y así lo recoge San Ignacio en los Ejercicios Espirituales), su divino Hijo se aparecería antes que a nadie.

    A todos, feliz Pascua de Resurrección.

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