• 20 Oct

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Todos pasamos por momentos apurados en la vida. ¿Qué hacer en tales circunstancias? Al cristiano le tiene que brotar naturalmente la oración. Pero nos viene la queja: ¿De qué sirve la oración si el Señor parece que no escucha? En la Palabra de Dios hallamos la respuesta. Precisamente acabamos de escuchar que San Pablo en sus consejos pastorales a Timoteo le dice que la Escritura da la sabiduría que por la fe en Cristo conduce a la salvación. ¿Buscamos verdaderamente en la Escritura esa sabiduría para no errar en el camino de la salvación? ¿La leemos sedientos de luz una y otra vez para dar con la clave que nos haga salir de nuestras inercias en nuestra conversión? ¿No tendríamos que andar con los ojos abiertos para ver por dónde encaminar nuestra vida, para que no pasen los días de nuestra vida corriendo mucho, haciendo muchas tareas, pero fuera del camino?

    El Señor es el único camino, Él es la salvación. Esta verdad primordial puede convertirse en un conocimiento abstracto entumecido sin influencia efectiva en nuestra vida. Tener la sed de la verdadera sabiduría que nos ayude a encauzar nuestra existencia y no dar palos de ciego es lo único que debería preocuparnos. Pasan los días agitados por las muchas actividades que tenemos que hacer, pero sin atender a lo principal. Leemos libros en los que se nos motiva para dedicarnos a la oración y de esa manera estar en lo principal y no en lo accesorio, pero nos decimos qué bonito es eso, pero yo no puedo ni pestañear en mis trabajos que son importantes, sin duda, pero lo que nos mueve a menudo no es que eso que hacemos sea a impulso y deseo de estar en armonía con la voluntad de Dios, sino que mi egoísmo sólo vive pendiente a fin de cuentas en que mis hermanos no me reclamen que no he trabajado lo suficiente: dejarles bien claro que no he parado de hacer gestiones. Es lo que se exige de los hombres y mujeres ejecutivos en todos los campos: que se olviden de su familia, de su fe y de todo y como máquinas imparables no cesen en su actividad que les hagan gestores brillantes en la historia del partido, de la empresa e incluso en esa historia humana de la Iglesia que no debería existir, puesto que el Evangelio nos dice “que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”. Cuántas veces nuestra intención real se reduce a agradar a los hombres, y queda al margen el anhelo de estar en comunión con Jesús que dijo: “Mi alimento es hacer la Voluntad del que me envió y llevar a término su obra” (Jn 4,34). Nuestro objetivo debe ser que la voluntad de Dios no se quede en algo exterior a nosotros, algo pesado y agotador, sino la vida y delicia de todo nuestro ser.

    El papa Francisco comentando este pasaje del evangelio decía con admirable profundidad: “«Clamar día y noche» a Dios. Nos impresiona esta imagen de la oración. ¿No conoce Él ya nuestras necesidades? En la lucha contra el mal fuera y dentro de nosotros, el Señor no está lejos; nosotros luchamos con Él a nuestro lado, y nuestra arma es precisamente la oración. Hay una lucha que mantener cada día; pero Dios es nuestro aliado, la fe en Él es nuestra fuerza, y la oración es la expresión de esta fe.” Qué importante es orar con intensidad y orar bien, poniendo en ello nuestra vida. La oración debe ser la guía y compañera de nuestra vida, el arma de que disponemos para luchar contra nuestras propias pasiones desordenadas y la que encauza nuestra actividad por el verdadero camino, el de la confianza en Dios, que no es un esperar de brazos cruzados que sucedan milagros, sino primero en asegurar que Dios y sus mandamientos y toda su Palabra sea de verdad lo más importante en mi vida. Pero es que eso es lo primero que le debo pedir y desear. O parto desde esa base, desde conformar mi vida según la Palabra de Dios, o no estoy haciendo bien la oración. Tengo que pedir al Espíritu Santo con insistencia que no quiero tener por guía mi astucia, mi inteligencia, mis apoyos en gente con influencia en las altas esferas, mis gustos y ambiciones, sino su voluntad. Quiero buscar su voluntad en su Palabra, y pongo los medios, para que cada día mi alimento no sea tanto el material, sino esa luz, esa agua viva, ese pan sobresubstancial que pedimos en el Padre nuestro.

    En términos más coloquiales diríamos que la oración no se puede supeditar ni confundir con las ganas de orar. Ni tampoco se puede reducir a los pocos espacios que sobran después de una actividad desbordante que nos deja agotados. Ni siquiera debe estar constreñida la oración por el variable espacio de una vida muy metódica y regular en la que la oración tiene su lugar muy equilibrado, pero cuando surgen cosas imprevistas, o impuestas por las circunstancias, la oración es la cenicienta que se queda con las sobras, siempre que sobre algo y ya no esté uno muy cansado. Nada de eso. La oración es por el contrario como el termómetro de nuestra fe, pero de una fe viva, que es la única que vale: la fe unida a las obras. O es una fe que transforma nuestra vida o es una fe muerta. Y la prueba de que esa fe es vivificada por la caridad es que hay un progreso en la caridad y en la oración, es decir que el amor a Dios y al prójimo o crece o se queda paralizado y casi muerto o muerto del todo.

    El “clamar día y noche” del Evangelio que se ha proclamado es una clara alusión a que la oración no se puede reducir a repetir unas oraciones en determinados momentos. La oración debe ser una vida, o mejor, es la vida de Dios en nosotros: el sujeto de nuestra oración no somos nosotros, sino el Espíritu Santo en nosotros. Este misterio del amor de Dios que vive en nosotros es demasiado grande como para no dedicarle a él toda nuestra vida. Jesús ha rogado al Padre que el amor entre Él y su Padre esté también en nosotros. Eso es la oración. Es el aliento del Espíritu en nosotros. Si lo vivimos así, si lo queremos vivir así aunque nos parezca que estamos muy lejos de ello, nuestra oración resulta que no la sentiremos como obra nuestra, sino que nos veremos como los espectadores de ese misterio que se produce en nosotros, pero del que no somos espectadores pasivos, sino que estamos inmersos en él con un esfuerzo y un trabajo ímprobo de nuestra parte, y a la vez insignificante en comparación de la acción de Dios en nosotros. El ejemplo de Moisés que se ha proclamado en la primera lectura del Éxodo ha sido visto en la tradición cristiana como una figura de Jesús en la cruz con sus manos extendidas mantenidas por los sacerdotes. Pero no sólo es una profecía de la muerte de Cristo, sino que lo que dio valor a la oración de Moisés fue la plegaria de Cristo en la Cruz por todos los hombres. Cristo es el centro de la historia y su sacrificio en la Cruz hizo posible que nuestra oración fuese escuchada favorablemente tanto para los que cronológicamente vivieron antes de su encarnación como para nosotros. Sin sus méritos y su expiación por nosotros nuestra oración sería una obra humana sin valor.

    Nosotros los monjes luchamos por la justicia, la verdad y la paz. No puede ser una paz impuesta por el poder al margen de la justicia y pasando por encima de los derechos de los humanamente débiles. Pero eso que reclamamos de nuestros gobernantes es una exigencia para todos y cada uno de nosotros. San Benito exige del abad que corrija a sus monjes y no deje que el mal obrar arraigue y se imponga en el monasterio. A renglón seguido le exige al abad que a la vez que corrige a sus hermanos se vaya enmendando de sus propios defectos. Este sabio consejo de san Benito nos lo tenemos que aplicar todos en nuestras relaciones fraternas. Todos somos pecadores y lo que no podemos callar con respecto a lo que está mal, tampoco nos lo debemos consentir a nosotros mismos. Nuestros deseos de que el Reino de Dios venga a nuestro mundo y no solamente arraigue en nuestro corazón, requiere que cada uno trabajemos denodadamente por quitar los obstáculos que alberga nuestro corazón por falta de renuncia a nosotros mismos. El único camino es Jesús, y ese camino que Él ha transitado primero es el de la cruz. En la cruz está Él y el que quiera servirle debe estar donde está Él. La oración qué duda cabe es descanso del alma, pero también es una cruz en el sentido de que en la oración se hace patente la lucha contra nuestro egoísmo, pues la oración es ponerse en manos de Dios, es vivir en su voluntad, no en la nuestra; la oración es renuncia a nuestros propios criterios, para vivir en la voluntad de Dios y no en la mera resignación a regañadientes. Y cuando se pasa de resignarse y aguantarse a abrazar la cruz por amor al que se abrazó a la cruz, por amor a nosotros, la vida cambia por completo. Entonces pasamos de la oscuridad a la luz, de la angustia al gozo. Pidamos a nuestra Madre que dijo Hágase en mí según tu palabra que esta eucaristía sea un paso decisivo en esa transformación.

    La colecta de hoy se dedica a la propagación de la fe por todo el mundo. Este tesoro de la fe es nuestro deber difundirlo, que llegue a los pequeños que sin nuestra ayuda no pueden procurarse predicadores del Evangelio y que les administren la gracia de los sacramentos.

  • 22 Sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor Jesucristo: Nos ha congregado el Señor y por eso estamos aquí reunidos. Es el Señor, el Mediador único entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús que se entregó en rescate por todos quien nos ha invitado a cada uno a participar en esta celebración. La oración cristiana no parte de iniciativa humana, no obtiene su eficacia por ser decisión nuestra. Nosotros hemos de colaborar con la gracia de Dios: eso es imprescindible también, pero la iniciativa, aunque nosotros no lo sintamos sensiblemente, es de Dios. Esto es tan importante que la definición de liturgia no puede ser otra que “el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo” (Conc. Vaticano II) . Es el momento por excelencia en que ese sacerdocio de Jesucristo, su mediación entre Dios y los hombres, se pone de relieve de manera especial. En esta basílica el gran crucifijo que preside el altar nos ayuda a tener esto en cuenta. Es su sacrificio en la cruz el que nos disponemos a actualizar de una manera incruenta, pero sumamente eficaz. Agradecemos al Señor el que se haya fijado en nosotros, que somos pecadores, pero a pesar de todo cuenta con nosotros, quiere ejercer su sacerdocio con nuestra colaboración: la de los sacerdotes concelebrantes, como ministros ordenados; y la de los fieles que gracias al bautismo pueden acceder a recibir los sacramentos, siempre que su alma esté dispuesta y en gracia de Dios sin que pese sobre su conciencia ningún pecado mortal desde su última confesión.

    Ninguna otra oración es tan grande como la Santa Misa. Pero requiere de nosotros ese esfuerzo continuo por vivir en gracia o recuperarla si la hubiésemos perdido por medio del sacramento de la reconciliación. La Eucaristía es pues una llamada constante a la santidad y a la vez es el sacramento del que proviene la fuerza para vivir en gracia, para conservar intacta esa condición de hijos de Dios recibida en el bautismo. No somos meras criaturas como cualquier ser creado por Dios. Somos sus hijos que se esfuerzan por dar testimonio del amor de Dios en un mundo que se ha vuelto muy hostil a su suave dominio, un mundo que se hace inhabitable de modo progresivo, para el que quiere proclamar de boca y con sus obras que Dios es autor de todo lo visible y es Padre de todos los hombres. Pero su llamamiento a aceptar su paternidad universal es rechazado por muchos de los llamados a ser hijos y viven solo como criaturas rebeldes y desagradecidos con sus cuidados providenciales. San Pablo nos pide que recemos por todos los hombres, los que son creyentes y los que se resisten a creer. Y también para que nosotros no seamos obstáculo a que ellos crean. Al contrario, debemos hacer diáfano el llamamiento de Dios y pedirle que multiplique sus llamadas y que se sirva de nosotros, si le parece bien, para que todos crean y lleguen al conocimiento de la verdad.

    Hoy el evangelio nos ha dirigido una propuesta, muy audaz y muy realista, a servirnos del dinero, injusto y sucio por la codicia humana, para hacer el bien. Pero de modo muy realista nos ha advertido que no se puede servir a Dios y al dinero. Qué fácil es dejarse atrapar por la codicia del dinero de este mundo. Los cristianos debemos estar muy pendientes de nosotros mismos para no caer en sus lazos, porque la esclavitud al dinero nos aparta de Dios y pone obstáculos a los demás en su acceso a la fe o en su perseverancia en la vivencia de la fe.

    Los obstáculos a recibir la fe en el que no la tiene, o la hubiese perdido, o en mantenerse en ella no los nombra el pasaje del Evangelio leído hoy, pero sí que ilustra muy a las claras la primera lectura del profeta Amós la idolatría del dinero: por esa búsqueda de la rentabilidad llegando a traficar con personas humanas, vendiendo al pobre por un par de sandalias. Hoy también se trafica con personas humanas, con los niños aún no nacidos, puesto que se obtiene una rentabilidad increíble con el feto del niño abortado, siendo uno de los negocios más lucrativos. Y ante eso callamos y parece que es de mal gusto denunciarlo. Pero en las iglesias que se salta por alto el deber de denunciar la falta de respeto de la vida de los niños no nacidos o de los enfermos terminales de nuestra sociedad nos deberíamos prohibir entrar, porque es una grave omisión que ofende a Dios. Nos escandalizamos farisaicamente por la esclavitud y la pena de muerte de épocas pasadas y somos cobardes para enfrentarnos a los pecados que legitiman nuestras leyes actuales y democráticas.

    Hermanos, no nos debe bastar el orar para que el mundo vuelva a su Creador y respete la ley natural manifestada en su creación e impresa en la conciencia de todo hombre: la situación actual reclama de nosotros una implicación mucho más consciente en la situación que vivimos y acudir a la penitencia y al ayuno para no dejarnos arrastrar por esta ceguera colectiva, puesto que si nos falta diligencia en hacerlo al fin estamos cayendo en pecado de omisión y estamos consintiendo que se cometan esos pecados tan graves, por no poner los medios a nuestro alcance para si quiera frenar el deterioro moral de nuestros días, que se está cobrando entre los propios creyentes tantas víctimas por su indolencia ante pecados que claman al cielo. Ante las situaciones de urgente necesidad en la Sagrada Escritura es una constante el acudir al ayuno, la penitencia y la oración, además de revisar si nuestras relaciones comerciales o sociales a nivel personal o colectivo son justas. No podemos banquetear y gastar despreocupadamente, mientras el pecado se extiende por doquier y nos mancha a todos. No debemos escandalizar a otros con nuestra falta de sensibilidad social ante tantos desheredados, ni ante tantos crímenes cometidos al amparo de las leyes. No debemos salir de esta celebración sin escuchar la voz angustiosa del Señor que clama justicia en la persona de los pobres y de la sangre de los inocentes con la que se trafica, pero también el Señor nos habla en nuestra conciencia y nos dice y ¿tú estás a la escucha de lo que te digo en Mi Palabra que hagas?

    Hoy celebramos la memoria de muchos mártires en nuestra patria y fuera de ella que dieron testimonio de Cristo hasta derramar su sangre. Nos encomendamos a ellos para que nosotros no faltemos a nuestros graves deberes en esta hora de prueba que debe convertirse en un estímulo para vivir la santidad que nuestra condición de hijos de Dios reclama y el ser hijos de una Madre tan sensible a las necesidades ajenas, como lo mostró en Caná de Galilea: es para nosotros una ayuda que no debemos desestimar. La Bienaventurada Virgen María es nuestro modelo: ella se implicó en las necesidades humanas de los recién casados y en la Cruz la de todos los hombres: por eso es ahora nuestra Abogada en nuestros grandes apuros espirituales y corporales. Para el cristiano de hoy el rezo cotidiano del santo Rosario unido a la penitencia y a su formación en la fe cristiana es una manera de asumir esta responsabilidad del momento actual.

  • 14 Sep

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Durante la procesión de entrada, la Escolanía ha cantado el introito gregoriano tomado de la Carta de San Pablo a los Gálatas (Gal 6,14): Nos autem gloriari oportet in cruce Domini nostri Iesu Christi: “Nosotros debemos gloriarnos en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en la que se encuentra nuestra salvación, vida y resurrección, y por la cual hemos sido salvados y liberados”. Celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, porque la Cruz, signo de muerte ignominiosa en el mundo antiguo, ha sido convertida por Cristo en el Árbol de la Vida donde Él nos ha devuelto la amistad con Dios Padre e incluso nos ha alcanzado el ser hechos hijos adoptivos suyos, recibiendo el Espíritu Santo que nos vivifica y nos santifica (cf. Jn 1,12; Rm 8,14-17; Ef 1,5; 1Jn 3,1-2).

    La Cruz, como bien lo reflejó San Buenaventura y lo ha recogido toda la Tradición de la Iglesia, es “el árbol de la vida” y del amor, pues en ella han sido vencidos la muerte, el pecado y el demonio. En la Cruz de Cristo se nos revelan las entrañas más profundas del amor de Dios, según hemos escuchado al mismo Jesús en el diálogo con Nicodemo del Evangelio de hoy (Jn 3,13-17): “Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Unigénito para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.

    Por eso, no sólo debemos adorar la Cruz y quedarnos admirados de lo que en ella ha obrado el Hijo de Dios, sino que también, como discípulos de Jesucristo, habremos de participar de la Cruz, subiéndonos a ella y abrazándola con fuerza y con amor. No hay otra forma de santificarse y de llegar al Cielo. San Benito nos lo recuerda a los monjes al decir que, si participamos con paciencia en los sufrimientos de Cristo, mereceremos compartir también su reino (RB Pról., 50). Y San Juan de la Cruz lo expresa con claridad: “el que no busca la cruz de Cristo, no busca la gloria de Cristo” (Dichos de luz y amor – Puntos de amor, 23).

    Según un dicho español, “un santo triste es un triste santo”: la alegría espiritual es un elemento fundamental que ha de relucir al exterior en la vida de un santo, porque quien vive en Dios sabe que nada le falta y que tiene quien vele sobre él bondadosa y solícitamente. Pero esto no quita que se dé también otra realidad innegable: no hay santo sin cruz, porque la cruz es el signo del cristiano y Jesús fue el primero que la asumió para enseñarnos cómo llevarla e incluso cómo morir en ella. Por eso, la cruz no es sinónimo de tristeza espiritual; sí lo es de dolor y sufrimiento, pero de un sufrimiento que debe ser abrazado con amor de Dios, y ese amor de Dios es el que hace vivir la cruz con alegría.

    El sufrimiento puede ser físico o moral, o bien ambos juntos. Aquel que se esfuerza por afrontar el sufrimiento mirando a Cristo en la Cruz e incluso subiéndose y abrazándose a la cruz desnuda, cuando hasta el mismo Cristo parece esconderse en ella, como decía San Rafael Arnáiz, llega a descubrir que, más allá del amor humano, el amor de Dios es el único capaz de sustentar al hombre; y lo es especialmente no ya cuando se palpa sensiblemente ese amor de Dios, sino cuando éste se vive con la pura fe, pues hasta el fervor puede faltar y hasta es posible tener la impresión de sufrir también el abandono de Dios, como el mismo Cristo lo experimentó en su naturaleza humana. La experiencia de la “noche oscura” en los santos místicos es muy rica en este punto; entre los santos recientes que han vivido esto, podemos recordar a la M. Teresa de Calcuta.

    Esta experiencia tan íntima termina por penetrar con una mayor profundidad en la inmensidad del amor de Dios y de todo el misterio de Dios, alcanzando una alegría espiritual que confiere auténtica paz, la cual se transmite entonces al exterior. Y por eso los santos viven la misma cruz con alegría, sin temor a la persecución y a ningún mal exterior.

    Ayer la Iglesia celebraba a San Juan Crisóstomo, quien fue desterrado dos veces por denunciar públicamente la corrupción y las inmoralidades de la corte de Constantinopla en el siglo IV. Ante la persecución, afirmaba: “Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? ‘Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir’. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena’. ¿La confiscación de los bienes? ‘Sin nada vinimos al mundo y sin nada nos iremos de él’. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. […] Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’. Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña” (Homilía antes de partir al exilio).

    A este respecto, cabe recordar y aplicarnos a nosotros mismos lo que Santa Maravillas de Jesús, de quien el próximo 12 de octubre se cumplirán cien años de su ingreso en el Carmelo de El Escorial, decía acerca de los momentos difíciles y de persecución que atravesaban sus carmelitas: “Cuando nos preguntan si estamos preocupadas, si tenemos miedo, me suena tan raro, me parece que tiene tan poca importancia cuanto a nosotras nos pueda pasar, y que sólo la tiene la gloria de Dios, y esto me pasa con lo del mundo” (Carta 336).

    Abracémonos, pues, a la Cruz, “el signo de la vida”, como la denominó el papa San Gregorio Magno (Diálogos II, 3), y en la Cruz abracémonos a María, quien permaneció fiel a los pies de su Hijo crucificado y nos recibió como hijos en la persona de San Juan Evangelista.

  • 8 Sep

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: la Palabra de Dios proclamada, seleccionada por la Iglesia para nosotros, es alimento para nuestra vida, es el aliento que Dios nos ofrece para caminar en este mundo con una meta segura, sabiendo dónde nos dirigimos y las dificultades que nos esperan en cada encrucijada. Sin esta orientación divina, andaríamos errantes y dañándonos a nosotros mismos, como sucede con tantos hermanos nuestros que no la conocen o la rechazan y que acaban perjudicándose a sí mismos con lo que erróneamente piensan que es su bienestar y su felicidad.

    Las lecturas de hoy aparentemente carecen de conexión lógica pero hay un diálogo, pregunta y respuesta entre ellas. El autor sagrado del libro de la Sabiduría se plantea cómo conocer la voluntad de Dios. El evangelio ofrece una respuesta desconcertante: Dios quiere que pospongamos a nuestros padres, hermanos, cónyuge e hijos y que nos neguemos a nosotros mismos para concentrarnos en cargar con la cruz y seguir a Jesús como única meta de nuestra vida. La exigencia sube de tono hasta esa frase lapidaria: el “que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”. Queridos hermanos: esos bienes no son solo nuestros seres más queridos, sino poder, riqueza, comodidad, prestigio, fama, currículum, placer, satisfacción y seguridad.

    Estas exigencias extremas de renuncia a bienes incluso legítimos, son sobradamente premiadas con las promesas de que Jesús no nos rechazará negando que nos conozca cuando llamemos a su puerta, sino que nos hará entrar al banquete celestial como auténticos discípulos suyos, por haberle seguido cargando con nuestra cruz y de que gozaremos de inmediatez de trato con Él, una dulce intimidad que nada ni nadie puede arrebatarnos y que es manantial inagotable de auténtica felicidad, ya en esta vida. La prueba de su poder de convicción es la pléyade de santos que han convertido en lema de su vida estas palabras, como S. Gregorio Magno o Sta. Teresa de Calcuta, conmemorados los días 3 y 5.

    Ante las exigencias desconcertantes de Jesús, volvemos al libro de la Sabiduría para esclarecer el designio de Dios en el evangelio, que no deja ninguna duda de que nuestros esfuerzos puramente humanos son vanos y de que es imposible conocer el plan divino si Dios no nos envía su santo Espíritu desde el cielo. En este momento de la revelación, no se dice que sea una persona divina, pero prepara el camino a la revelación completa de Jesús. Pidamos al Espíritu Santo que nos haga comprender lo imprescindible que es aceptar la cruz sin dudas ni repugnancias para seguir a Jesús.

    Esa es la única solución de nuestro conflicto espiritual, no resuelto muchas veces por falta de aprecio y formación adecuada sobre el sacramento de la penitencia, auténtica puerta del cielo por la que se perdona todo, excepto no querer ser perdonado. Algunos pecadores públicos empedernidos, al experimentar la gracia del perdón, han hecho santas locuras de amor por Jesús. Paradójicamente los católicos de toda la vida corren gravísimo peligro de presentarse con las manos vacías el día del juicio, por no haber acogido nunca esa gracia y por resistirse a reconocer que también han traicionado al Señor como los demás, lo que les lleva a un aburguesamiento espiritual que impide su conversión a fondo.

    Aun cuando nuestra conciencia se viera libre en general del pecado mortal, lo que deberíamos agradecer infinitamente a Dios, una de las gracias del sacramento de la penitencia con absolución individual, si se recibe con regularidad, es que nos ayuda a combatir nuestros pecados veniales, deliberados o habitualmente reiterados y a cargar con nuestra cruz y nos proporciona una presencia más viva del Espíritu Santo, que nos impulsa a que la voluntad de Dios sea la única meta de nuestra vida. El aprovechamiento de las ventajas de este gran medio de santificación nos ayudaría a abrazar nuestra cruz, a comprender su valor en nuestra vida y a no rebelarnos contra el Señor al rechazarla y dejarnos así engañar por Satán, que la dibuja como una montaña inaccesible para nosotros.

    El 2º de los mandamientos de la Santa Madre Iglesia, de los que ya nunca se predica, aun siendo plenamente actuales, establece que debemos confesar todos nuestros pecados mortales al menos una vez al año, en peligro de muerte y si se ha de comulgar. Por ello la Eucaristía ni puede comprenderse a fondo ni puede recibirse frecuentemente con fruto, sin la pureza que solo puede proporcionar la gracia de Dios mediante el sacramento de la reconciliación o penitencia con absolución individual. Por el contrario, la desgraciadamente tan extendida comunión en pecado mortal nos abocaría a un sacrilegio, una profanación mucho más grave que el pecado mortal que nos impedía comulgar en gracia de Dios.

    La adoración eucarística en la capilla del Stmo. hoy de 2 a 5,30, a la que estáis todos invitados, es una ocasión de oro para pedir una y otra vez con confianza: “Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor, que son eternos. Reconduce mi insaciable curiosidad de novedades diarias, que me aparta de tu seguimiento y me impide acoger la novedad perenne de tu Evangelio, siempre nuevo”. Encomendémoslo a nuestro ángel de la guarda y a la BVM, cuyo misterio de su natividad habríamos celebrado hoy si no fuera domingo, para que nos libre de caer en poder de Satán, ese león rugiente que ronda siempre buscando a quién devorar. Que así sea.

  • 25 Aug

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos queridos en el Señor: Al acudir a esta celebración es en realidad el Señor quien ha salido a nuestro encuentro. Nos hemos dejado seducir por el encanto que ejerce su persona sobre cada uno de nosotros. Es algo indescriptible. Y deseamos que vaya en aumento. No retrocedamos nunca en el nivel de amistad al que hayamos llegado con el Señor. No queremos tener que sufrir que nos diga: “No sé quienes sois”. Estamos invitados a ver la gloria de Dios, lo mismo aquellos que nunca oyeron del Señor ni vieron su gloria manifestada en portentos que superan las realidades creadas. Pero la Palabra de Dios nos habla también del camino que lleva a esa amistad estrecha con el Señor y a esa contemplación de su gloria.

    El despliegue de imágenes que el profeta Isaías pone ante nuestros ojos en realidad se queda corto ante la realidad inefable de la presencia de Dios. Una realidad que de algún modo, más o menos tenue todos hemos experimentado en nuestra vida. Y que podría ser más frecuente si nosotros nos esforzásemos un poco en ponernos en las condiciones que favorecen esos encuentros. Todos aspiramos y deseamos vivir en esa Jerusalén celestial y no sólo por librarnos de los inconvenientes de vivir en este mundo que se va contaminando de pecado de modo creciente si Dios no lo detiene, sino porque llevamos grabado a fuego el amor de Dios en nuestros corazones.

    El largo discurso de Hebreos, del que sólo se acaba de leer un corto pasaje, pero admirable y verdadero oasis y descanso para el creyente verdadero, nos advierte que mientras vivamos en esta Jerusalén terrestre no transfigurada por la presencia del Espíritu, hay que dejarse corregir. A nadie gusta ir al médico, por las sorpresas con las que nos podemos encontrar ante el espejo verdadero de nuestra salud corporal. Porque hay enfermedades que no vemos. Podemos tener deteriorada la dentadura u otra parte de nuestro cuerpo y no percatarnos de ello apenas porque no nos duele. Pero en cuanto nos duele acudimos rápidamente al médico para quitarnos ese dolor. No buscamos tanto el buen funcionamiento de nuestro organismo para cuidar de la creación de Dios y darle gloria a Él, sino para acabar con esa molestia tan grande. Paralelamente, nos sucede lo mismo con la corrección, es una molestia muy grande para nuestro amor propio, al que somos tan sensibles, y por eso no nos gusta la corrección de nuestra conducta. Andamos ocupados en otras cosas, las nuestras, las rastreras y egoístas, las orientadas a la comodidad y honores que nos pueden venir de los que nos rodean. Y enseguida echamos en falta esas cosas que tanto nos halagan. Rectificar nuestros malos hábitos nos cuesta mucho, porque no tenemos puesta la vista en el verdadero objetivo de la vida, ni en el camino que conduce a ese fin y hacia esa meta de la Jerusalén celeste. Y eso que es allí donde se encuentra la paz que tanto deseamos.

    El Evangelio también habla de sentarnos en la mesa del Reino de Dios, pero previamente dice que hay algunos que son admitidos y otros excluidos. Y que no sabemos quienes serán elegidos o rechazados, pero sí la manera de participar en ese banquete. Y podríamos añadir: y además desde ahora es posible beneficiarnos de ese banquete, aunque no sea en las mismas condiciones, pero si hay un deseo sincero de Dios en eso no hay engaño, aunque el envidioso de nuestra salvación nos hace ver imaginativamente que vamos a ser excluidos a pesar de nuestros esfuerzos, o, por el contrario, que vamos a ser elegidos a pesar de nuestra despreocupación e indolencia en seguir el camino que conduce a la patria celestial.

    El Señor dice aquí y en la parábola de las vírgenes prudentes e insensatas una expresión de exclusión muy semejante: “No os conozco,” o bien: “No sé quiénes sois.” Y en otra ocasión repite el evangelio la expresión: “Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios y más que holocaustos.” Con lo cual tenemos una realidad suficientemente detallada de la materia de examen por el que de han de pasar los elegidos o excluidos del Reino de Dios.

    No conoce el Amo de la casa al que llama, si el que pide que se abra la puerta no se ha esforzado en conocer al Amo. Si no ha acudido al Evangelio a buscar al Señor, a saber cuál es su voluntad y esforzarse en vivir conforme a los mandatos del que allí habla de una manera inteligible para toda clase de personas, cultas o ignorantes, ricos y pobres, niños o ancianos, el Señor le dirá: No te conozco. Solo se reducen a dos los mandatos del Señor si nos atenemos a las palabras del Señor: el amor a Dios y al prójimo. Quien se esfuerce en ello de verdad, ese se está esforzando en entrar por la puerta estrecha. Incluso podríamos decir que es uno solo el mandato de Jesús: SÍGUEME, es como si dijera: Imita a Jesús, busca en el Evangelio cómo vivió y esfuérzate en hacer tú lo mismo.

    Jesús dejó bien claro cuáles son las cosas necesarias para ser su discípulo. “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (Lc9,23-24) Y también: “El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará.” (Jn 12,26) “Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío” (Lc 14,33).

    El Amor de Dios fue derramado en nuestras almas y desde entonces lo busca, lo anhela, lo necesita, lo quiere, suspira por él, pero sólo en Dios lo puede encontrar. Cuando el esfuerzo, la fe, nos hace vivir en la puerta estrecha, el alma sigue suspirando por el Amor que anhela, pero el hombre sucumbe al esfuerzo, al esfuerzo de la fe, y va tras sucedáneos del amor: la mentira de Satanás. Porque sólo hay un Amor, y ese está en Dios.

    Hermanos, seamos valientes y aguerridos en la batalla de vivir en la fe cada día, seamos fuertes en esperar todo de Dios y no nos conformemos con la mentira, con el placer inmediato que nos llevará a las puertas del infierno; no, batallemos en el camino de la fe y esperemos todo de nuestro Dios y Señor, que Él verá nuestro esfuerzo y correrá hacia nosotros con sus consuelos, el gozo del Amor.

    Jesús nos llevará al Padre de su mano; nos presentaré ante Él, porque ha recorrido el camino con nosotros; Él sabe de nuestros sufrimientos y dolores. Él hablará al Padre de nosotros, nos presentará ante Él y defenderá nuestra vida como Abogado de nuestra alma ante El que todo lo escruta y todo lo sabe.

    El que juzgará nuestra alma, la llevará ante el Padre, la presentará ante Él. No nos asustemos porque de su mano estaremos ante el Creador del mundo que nos ama con un Amor tan infinito que envió a su Único Hijo a una muerte cruel y llena de ignominia por Amor a nosotros para un día tenernos ante Él y vivir una eternidad de Amor con nosotros.

    El Santo Espíritu nos asiste en cada momento, y nos lleva con Sus Santas Inspiraciones por el camino del Amor y la Salvación. Escuchémosle en nuestros corazones, qué gemidos de amor dirige al Padre en favor nuestro. Eso es orar en espíritu y verdad.

  • 15 Aug

    P. D. Anselmo Álvarez

  • Tradicionalmente conocemos esta fiesta como “la Virgen de Agosto”, y todavía podemos recordar el carácter entrañable que su celebración tenía tanto personalmente como de manera colectiva en pueblos y ciudades. Durante siglos ha sido entre nosotros una vibrante celebración religiosa de la que participaba el conjunto del pueblo, y en la que expresaba el vigor de su fe. Fe en María, en la que en este misterio de la Asunción, nos reconocíamos llamados a participar con Ella algún día en esa misma elevación, que significaba la culminación de nuestro camino y de nuestra vocación esencial como hombres y como cristianos.

    Era una convicción totalmente espontánea que pertenecía no sólo a nuestras creencias cristianas, sino a nuestra manera de entender el sentido y el desenlace auténticos de la existencia humana, a la que esperaba una forma completamente superior de vida. Esta ha sido nuestra filosofía y nuestra teología de la vida. Es decir, la sabiduría que a partir del Evangelio de Cristo ha inspirado, con las limitaciones propias de todo lo humano, nuestra manera de vivir nuestra fe cristiana.

    Aquellas generaciones tenían razón cuando sentían de esta manera, una razón que nosotros hemos perdido. Es decir, hemos perdido la razón y las razones más valiosas de la vida, al dejarla reducida a las medidas humanas. Sin embargo, en la visión del Autor de la vida, en la que se injerta la nuestra, toda la existencia humana es un vuelo hacia arriba, aunque mantengamos los compromisos que son propios de la realidad presente. Esto lo ha subrayado especialmente el cristianismo, de acuerdo con el sentido profundo de la existencia humana diseñada por Dios. Algo que no tiene alternativa, por mucho que sea el esfuerzo de cuantos pretenden forzar ese giro.

    Vivir la vida superior que pertenece al hombre superior es vivir en actitud ascendente. Como Jesús en su vida: descendió de su morada celeste para llevar a cabo en la tierra la misión de la liberación humana y, concluida ésta, ascendió de nuevo a su lugar de origen. También nosotros, con el concurso de nuestros padres, hemos descendido desde el pensamiento y el amor de Dios en que habitábamos, y permanecemos un tiempo aquí realizando la tarea asignada a cada uno de nosotros. Cumplido el tiempo hemos de regresar a nuestro lugar de origen. Pero lo mismo Jesús que su Madre María no dejaron vacío ese espacio de tiempo: “he venido para hacer la voluntad del que me envió” (Jn 5,30); “Mi alimento es hacer la voluntad de Mi Padre” (Jn 6,38), afirmó Jesús de Sí mismo. La Virgen dijo sencillamente: “hágase en Mí según tu palabra” (Lc 1,38). Y ello representó la ocupación que dio sentido y plenitud totales al tiempo de su paso por la tierra.

    Cuando nosotros, hombres y mujeres de nuestro tiempo, tomamos conciencia de nosotros mismos y nos preguntamos: ‘¿y yo qué hago aquí?’, sin encontrar ninguna respuesta positiva -lo que hoy sucede en la mayoría de los casos- ocurre que lo que decidimos es no seguir preguntando sino seguir viviendo de una manera primaria. Y entonces es la vida misma, en su forma más elemental, la que adoptamos como designio básico, es decir, la tierra misma y sus seducciones.

    Lo que sucede es que hemos invertido nuestra mirada y nuestra orientación: miramos a la tierra, y a veces a los abismos de la tierra, y creemos que por fin hemos descubierto el camino y la verdad. Todos somos testigos del frenesí con que nos abrazamos a los atractivos de la vida presente y a cuanto puede colmarla de satisfacciones exclusivamente ligadas al espacio temporal y material. Damos por hecho que no hay otras perspectivas. Nos identificamos con la mentalidad según la cual todas las convicciones del pasado deben ser vueltas del revés, y que nuestro horizonte se ciñe a la vida y a la tierra. Porque es aquí donde tenemos nuestra única casa y donde discurre toda nuestra existencia. Donde, por consiguiente, va a tener lugar la experiencia total de todo lo que los hombres representamos.

    Precisamente, lo característico de nuestra cultura es el abrazo que hemos dado a la tierra, las raíces profundas con que nos hundimos y fundimos con ella. En realidad, estamos confundiendo todos los datos acerca de nosotros mismos. Sin embargo, la primera necesidad del hombre es la de re-conocerse a sí mismo objetivamente; la urgencia de identificar su significado dentro del escenario al que pertenece. Una realidad personal que no se da a sí mismo, como ocurre con el conjunto de su entidad existencial.

    No es él quien ha elegido el estar y el ser en la existencia, por consiguiente, quien puede optar libremente por la naturaleza de cuanto le define esencialmente, ni por la cualidad, propiedades o categorías de su ecosistema superior. El hombre posee una naturaleza y una sobrenaturaleza, que se complementan pero que no se confunden. Una y otra proceden de quien es el Ser por excelencia, de quien es fuente de todos los seres, especialmente de los que tienen algún grado superior de semejanza con Él, como es el hombre.

    Esta es la lección de María en este día de su Asunción. Ella nos invita a transitar por la tierra realizando el designio inalterable de Dios sobre el conjunto de los hombres y sobre cada uno de nosotros. A comprender que es únicamente así como nos realizamos en libertad y verdad, y que fuera de Él no hay otra posibilidad de salvación presente o futura.

    Hoy María nos invita a habitar con Ella desde ahora en los cielos, mientras cumplimos todavía nuestro itinerario terrestre.

  • 14 Aug

    P.Santiago Cantera

  • Querido Fr. Pablo:

    Cuando te dispones a iniciar tu noviciado canónico, recuerdas que el fin esencial de la vida monástica es la búsqueda de Dios mediante la configuración con Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo. Nuestro Padre San Benito lo vivió en primera persona cuando, como narra San Gregorio Magno, “deseando agradar a solo Dios, buscó el hábito de la vida monástica” (Diálogos, II, Prólogo).

    Soli Deo placere desiderans, “deseando agradar a solo Dios”. Ésta es la clave de bóveda del edificio benedictino. Y el propio San Benito, como norma fundamental al recibir a un postulante a la vida monástica, exigirá que se mire con solicitud “si realmente busca a Dios” (RB 58, 7). Es el “¡sólo Dios!” que exclamará alguien que murió bien joven pero que quiso empeñarse en seguir su senda, como fue San Rafael Arnáiz.

    Por lo tanto, el quaerere Deum, la centralidad de Dios, es la esencia misma de la vida monástica. Deseo de sólo Dios, de encontrarle a Él, de vivir para Él, de morar en el único Dios que es Trinidad de Personas y, por tanto, comunicación íntima de amor. Y el camino para ello es Cristo, el Dios humanado, el Verbo encarnado, de tal modo que el monje sepa que no debe anteponer nada al amor de Cristo (RB 4, 21; 72, 11). El Beato Carlos de Foucauld lo expresaría de forma bien clara: “Hay un único modelo: Jesús. No buscar otro”.

    En este camino y en esta imitación de Cristo, el monje cuenta también con el auxilio y con el modelo de María, la “estrella del mar”, como la invocaron tantos monjes medievales, entre ellos San Bernardo de Claraval al recordarnos que, cuando las dificultades, las tentaciones y las tribulaciones nos asalten, debemos mirarla a Ella y pedir su ayuda. Después de haber celebrado las I Vísperas de su Asunción gloriosa a los Cielos, parece oportuno fijarnos brevemente en María.

    En la Santísima Virgen, el monje descubre el valor de su vida escondida con Cristo en Dios (cf. Col 3,3). El monje puede y debe colaborar a la Redención del mundo desde su Nazaret, desde la soledad y el silencio, desde lo oculto de su monasterio, a imitación de María, quien, en la soledad y el silencio de su habitáculo, recibió al Verbo que se encarnó en Ella para la salvación de los hombres. Así es como el Señor quiere obrar contigo: en lo oculto del monasterio, en una entrega silenciosa cada día, en un diálogo constante de amor a través de la oración, del trabajo, de la lectio divina y del estudio; así quiere que le ofrezcas tu vida, día a día, para amarle por todos los que no le conocen y por los que no le aman, con el fin de reparar las heridas abiertas en su Corazón por los pecadores, para que su Amor infinito no sea desatendido y para que ellos finalmente lleguen a conocerle y a amarle sin reservas. Dios quiere amar por medio de tu amor a los que no le aman y que tú le ames a Él por todos esos que no le aman.

    Sin duda alguna, el mejor modelo de imitación de Cristo es su Madre, la primera que ha escuchado su voz, que ha obedecido a Dios y que ha cumplido su voluntad (cf. Mt 12,48; Lc 11,28) desde su “fiat” en Nazaret (Lc 1,38). Por eso, la imitación de Cristo conlleva la imitación de María y la imitación de María nos hace más fácil la imitación de su Hijo. San Rafael Arnáiz lo expresaba bien cuando decía: “Todo por Jesús, y a Jesús por María”.

    La Virgen María es la “Maestra de todas las virtudes”, como dijo el Venerable Pío XII. En Ella encontramos un modelo para vivir las tres virtudes teologales: la fe, con su “fiat” y con su exhortación en Caná para hacer lo que Él nos diga; la esperanza, con su actitud ante la Muerte de Jesús y la espera en su Resurrección; y la caridad, como la vivió con Jesús y San José, o en Caná hacia los jóvenes esposos o con los Apóstoles en los orígenes de la Iglesia. También es modelo para todas las virtudes morales y de todas las cualidades en la que debe crecer el monje: la castidad virginal, la obediencia a Dios y a San José, la humildad de “la esclava del Señor”, la fortaleza en la Pasión, la laboriosidad en el hogar de Nazaret, el silencio, la oración y la contemplación: no olvides cómo ella contemplaba y meditaba las cosas divinas y celestiales en su Corazón Inmaculado (Lc 2,19.51).

    Querido Fray Pablo: tomaste el hábito en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe de México y pasas al Noviciado canónico en la víspera de la Asunción de la Virgen. Por lo tanto, parece claro que la Santísima Virgen te quiere acompañar en el camino de tu vida monástica, siendo tu sustento, tu auxilio y tu Madre celestial. Te dispones, como dice N. P. S. Benito, a “militar para el Señor, Cristo, el verdadero rey, (y) tomas las potentísimas y espléndidas armas de la obediencia” (RB, Pról., 3).

    El monje, como enseña toda la Tradición monástica, es el “soldado de Cristo”. Y hoy hemos celebrado la memoria de San Maximiliano Kolbe, mártir y ejemplo de caridad, quien por su parte instituyó la Milicia de la Inmaculada al servicio de la Virgen para gloria de Dios. Sé, así, un verdadero soldado de Cristo y de María, tomándolos por Capitanes; prepárate a combatir contra el demonio, el “viejo enemigo”, como se le llama en las vidas de los santos monjes, y disponte a conquistar las almas para Dios por medio de tu vida escondida de oración, de trabajo, de humildad y de obediencia en el monasterio.

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