• 12 Mar

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: las lecturas de hoy nos abren un horizonte sin fronteras: en palabras de S. Pablo a S. Timoteo, Dios “dispuso darnos su gracia por medio de Jesucristo, (…) que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal”. S. Pablo dice a su discípulo que el Señor nos llamó a todos a una vida santa, no por nuestros méritos, sino por su designio amoroso.

    También fue elegido Abraham. En la primera lectura se nos proclama ese llamamiento en el que se ven reflejados todos los elegidos de Dios, aunque no abandonen su patria chica: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré”. Todos recordamos la gran prueba de Abraham para aquilatar su fe: el sacrificio de su hijo Isaac, que no se llevó a cabo. La fe de Abraham le capacitó para ser padre de una muchedumbre en su descendencia natural y por la fe mucho más: “Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo”.

    Igualmente fueron elegidos los apóstoles, que iban a pasar una prueba durísima: la muerte en la cruz de su Maestro, que se adelanta anticipando a tres de ellos la manifestación gloriosa de su parusía. Y así, a pesar de su muerte en la cruz, pudieron contar tras ella lo que vivieron tan intensamente en el monte: “Señor, ¡qué hermoso es estar aquí!”.

    Queridos hermanos: ¿qué conclusiones podemos sacar para nuestra vida de estas vocaciones? Cuando la Iglesia ha propuesto a través de los siglos el itinerario cuaresmal, muy ligado a la catequesis bautismal de los adultos, ha señalado cómo en ese recorrido estaba trazando el camino de todo cristiano a lo largo de su vida. Toda la existencia del cristiano es una prueba para ver si ama a Dios y merece la vida eterna. Solo en la prueba se demuestra la categoría de nuestro amor a Dios y al prójimo y sobre eso se nos va a examinar en el juicio particular, como destacaba S. Juan de la Cruz. Si es una prueba, hemos de vigilarnos para no ofender a Dios y como nadie logra pasarla ileso, hemos de recibir a menudo el sacramento de la reconciliación con absolución individual. Y por supuesto la Eucaristía, que da fortaleza para no caer, que llena de la luz del Espíritu para saborear lo eterno, lo recto y lo justo. La Eucaristía bien recibida tiene que convertirse en hambre y sed de justicia: de esa manera pasaremos bien la prueba.

    Mucha gente se queja de que católicos de misa diaria cometen injusticias muy dolorosas para el que las sufre. Y es que por el hambre y sed de justicia, uno tiene que renunciar a muchas cosas de las que podría sacar partido a costa del prójimo, casi sin que nadie se diera cuenta. Pero el prójimo que lo sufre sí se da cuenta y se escandaliza. Quien comete esas injusticias debe o rectificar o examinar su conciencia a fondo, pues su pecado ofende gravemente a Dios. De por sí, recibir la Eucaristía con frecuencia con la debida preparación y fervor, impediría esas injusticias. Pero el Señor transforma al que comulga con frecuencia y si no lo hace, se le impide y se hace trampa. En vez de pasar por la puerta estrecha de no renunciar a esa ventaja, el que se aprovecha de la debilidad aparente del prójimo se expone a la justicia divina con todo su peso.

    Queridos hermanos: aquí no venís a que os alabe el predicador por ser clientes fijos, aunque vuestra participación en esta eucaristía es encomiable y nos anima vuestro entusiasmo domingo tras domingo. Venís aquí a encontraros con la Verdad con mayúsculas, con la persona divina que nos salva, ante la que todos nos hemos de inclinar y cuyas decisiones no podemos discutir. No puedo decir “no soy mejor” porque Dios no me da fuerzas para vencer mis malas disposiciones. Ante la difícil prueba de comprobarlas a diario, luchemos para no ser vencidos por el desánimo, la pereza, la vanidad, la lujuria, la gula o la avaricia, pidamos perdón a quienes hayamos podido escandalizar y confiemos en la infinita misericordia de Dios, pero con verdadero dolor.

    Los elegidos de Dios, Abraham, los apóstoles y muchos otros pasaron heroicamente pruebas enormes. Las nuestras, queridos hermanos, seguro que son mucho más soportables, pero si somos débiles, en la Eucaristía está nuestra fuerza, nuestro refugio del miedo que nos acosa, el reposo de nuestra ansiedad y la esperanza de nuestro agobio. Nadie puede competir con quien tiene Palabras de vida eterna, portadoras de paz y eficaces que levantan a los decaídos y sostienen a los vencedores. El cristiano, con la gracia de Dios y la protección del ángel de la guarda, lucha con coraje y valentía contra el diablo, “rendirse” está fuera de su vocabulario y es inasequible al desaliento hasta el mismo momento de entregar su alma al Altísimo.

    Ejemplo de fidelidad hasta la muerte fue el de nuestros mártires cuyas reliquias aquí custodiamos. Con la próxima beatificación en Almería de otros 20 más, nuestra basílica, con 52 beatos, desde el 25 de marzo será, después de Paracuellos del Jarama, el segundo relicario español por número de mártires del siglo XX. Si Dios quiere, pronto custodiaremos las reliquias de 57 mártires, porque la causa de canonización a cuya apertura procederá nuestro Cardenal-Arzobispo este sábado 18 a las 11 de la mañana en la Iglesia de la Concepción Real de Calatrava, acto en el que cantará nuestra escolanía y al que todos estáis invitados, incluye 5 sacerdotes diocesanos mártires cuyos restos custodiamos en nuestra basílica: Clementino, Ernesto, Eudosio, Francisco y Valero. La contraportada del folleto de apertura del proceso recoge una foto de la cruz que este último llevaba al pecho cuando fue martirizado con 26 años y los emotivos versos de un amigo suyo evocando su martirio. Dicen así:

    “Y sobre el pecho helado de la víctima
    una amapola abrió…
    y hay una cruz de plata
    sobre sangre…
    ¡Y está partida en dos!
    que la bala atrevida
    que su pecho partió
    antes de herir al mártir
    tuvo que abrir el corazón de Dios”.

    Pidamos a Ntra. Sra. del Valle, reina de los mártires, que, bajo su protección maternal, recurramos cada vez más a la intercesión de estos 52 beatos mártires cuyas reliquias custodiamos en nuestra basílica, auténtico pararrayos de nuestro Valle y pidamos milagros para su pronta canonización. Encomendemos también la pronta beatificación de los 5 mártires que D.m., desde el próximo sábado, serán siervos de Dios. Que así sea.

  • 1 Mar

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La Cuaresma es un tiempo orientado al arrepentimiento y la conversión interior, a una vuelta hacia Dios, del que nos hemos apartado por el pecado. Es una ocasión de poner en práctica lo que podemos llamar el “principio y fundamento” de la Regla de San Benito, según sus palabras: “que por el trabajo de la obediencia retornes a Aquel de quien te habías apartado por la desidia de la desobediencia” (RB Pról., 2). Por eso dice también San Benito dice que “la vida del monje debiera responder en todo tiempo a una observancia de Cuaresma” (RB XLIX, 1), pues ésta supone la plasmación de todo el programa monástico, el cual no es otro que el programa cristiano de restauración del hombre caído por el pecado original: es devolver al hombre, mediante su cooperación a la acción de la gracia, al proyecto que Dios quiso para él. El profeta Baruc lo resume a la perfección: “Si un día os empeñasteis en alejaros de Dios, volveos a buscarlo con redoblado empeño” (Bar 4,28-29).

    En consecuencia, la Cuaresma, como tiempo de arrepentimiento y conversión, de retorno a Dios, es una oportunidad que Él nos concede, pero que exige de nosotros la respuesta adecuada. De hecho, tal vez nos pueda sorprender un poco la invitación que hace San Pablo en la segunda carta a los Corintios (2Cor 5,20-6,2): “Dejaos reconciliar con Dios”; y un poco más adelante, nos dice: “Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios”.

    Cuando el Apóstol nos pide que nos dejemos reconciliar con Dios, expresa que, si nosotros libremente no queremos que Él nos perdone, no nos podrá perdonar, porque Él respeta nuestra libertad. El perdón exige sólo una cosa: arrepentimiento sincero. Si el pecador no se arrepiente, no se le perdona, porque él mismo se niega a ser perdonado. No es falta de misericordia por parte de Dios, sino falta de sinceridad por nuestra parte cuando nos empeñamos en mantenernos en nuestro pecado, tal vez en nuestra vida de falsedad e hipocresía. Por eso el rey-profeta David ha rogado en el Salmo 50, el Salmo “Miserere”: “Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”. Y el profeta Joel también ha transmitido la invitación de Dios a convertirnos de todo corazón, rasgando los corazones, no las vestiduras (Jl 2,12-18).

    Como medio para lograr esa conversión interior hacia Dios, Jesucristo nos propone un camino de oración, penitencia y caridad, según hemos escuchado en la lectura del Evangelio (Mt 6,1-8.16-18). Hoy, palabras como penitencia y ayuno asustan a nuestra sociedad blandita, que sólo quiere escuchar palabras agradables. Ese estilo blandito ha penetrado y arraigado también entre nosotros, en el seno de la Iglesia. Pero quizá estemos olvidando que la penitencia, pese al elemento de exigencia que contiene, apunta hacia un fin verdaderamente de gloria: apunta hacia el dominio de sí mismo y de las pasiones y apunta hacia la dicha celestial, hacia la gloria eterna. La penitencia no se hace por masoquismo, sino con miras a la obtención de un gran fin: la conversión interior del corazón y el retorno del pecador al cobijo misericordioso de Dios. Como nos ha dicho San Pablo: “ahora es tiempo de gracia, ahora es día de salvación” (2Cor 6,2). Por cierto, al lado del ayuno material, convendría que hiciéramos un buen ayuno espiritual absteniéndonos de darnos a la crítica, la murmuración y la detracción, pues con ellas podemos causar un grave daño en la fama de los hermanos y en la paz del grupo.

    Nuestro Señor Jesucristo, que pasó cuarenta días con sus cuarenta noches de rigurosa penitencia en el desierto antes de iniciar su vida pública, nos anima a entregarnos a la oración, al ayuno y a la limosna, debiendo hacerlo no de un modo hipócrita con el que pretendamos alcanzar las alabanzas humanas que nos hagan tener fama de hombres piadosos, sino desde la intimidad del corazón, donde nuestra oración, nuestro ayuno y nuestra limosna serán conocidos y recompensados por Dios. Más aún, Jesús no nos dice que esto debemos hacerlo con tristeza, sino con alegría: “Cuando ayunéis no andéis cabizbajos, como los farsantes […]. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido” (Mt 6,16-18).

    Este espíritu alegre es el que desea San Benito en el monje, que denomina la Cuaresma como “días santos” (RB 49, 3) y exhorta a vivirla de tal modo que “con un gozo lleno de anhelo espiritual espere la santa Pascua” (RB 49, 6-7).

    Que María Santísima nos ayude a vivir este tiempo con espíritu de conversión y de humildad.

  • 19 Feb

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: se nos ha proclamado en la primera y última línea de las tres lecturas la muy antigua consigna “Seréis santos, porque Yo, el Señor vuestro Dios, soy santo”, siempre actualizada por el Concilio Vaticano II y los últimos Papas. Todas las lecturas de hoy están contenidas en un mismo compartimento, donde solo se habla de la llamada universal a la santidad. Una aspiración que nos parece imposible, pero que es el deseo de nuestro Padre celestial, una aspiración por la que nuestro corazón no halla sosiego hasta que se cumpla. Como decía S. Agustín, “nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

    Tras esta formulación, tan aparentemente ajena a este mundo, cada vez más alejado de Dios, viene enseguida la aplicación tan a nuestro alcance. La santidad la tenemos muy cerca de nosotros. En nuestro prójimo al que debemos amar, servir, perdonar. Son cosas difíciles, pero no imposibles. Hay que vencer egoísmos, hacerle la guerra al conformismo del “todo vale”, pero, una vencidos, llega la alegría del corazón, pues sabemos, nos dice S. Pablo, que el Señor está dentro de nosotros, camina a nuestro lado, es compasivo y misericordioso, como se ha proclamado en el salmo responsorial.

    El secreto de la santidad se revela bajo múltiples aspectos. Para nosotros es inalcanzable ese programa del sermón de la montaña, del que se ha proclamado un párrafo muy en el espíritu de las bienaventuranzas. Y uno se pregunta: ¿pero quién es capaz de poner la mejilla para que el otro te abofetee una segunda vez o darle todavía más si ya lo que me pide me parece injusto? ¿Cómo amar al enemigo? Esto no se exige en ninguna otra religión ¿No se pasó Jesús de exigente? Jesús argumenta que ya por impulso humano los paganos aman a los que les aman. El Padre quiere que seamos perfectos, santos, que no pongamos límite a la bondad.

    ¿Por qué no ponerlo cuando los demás son injustos con nosotros? Porque nuestro Padre tampoco lo pone: da la vida y la fuerza a todos, incluso para pecar y blasfemar contra el mismo que envía la lluvia a justos e injustos. Dios puede hacer que llueva solo en los campos de los justos, pero así nos convertiría en esclavos, no le amaríamos, negociaríamos con Él la lluvia, la prosperidad de nuestros campos o de nuestro éxito en la vida. No seríamos hijos de un Padre, sino asalariados de un empresario justo y bondadoso.

    Además se nos olvida que continuamente abusamos de la bondad del Padre. Nos permitimos decir que nos perdone y nosotros en el fondo no perdonamos generosamente, sino que perdonamos de labios afuera, pero no olvidamos, guardamos memoria vengativa del ofensor. Decimos que no nos deje caer en la tentación, pero nos exponemos continuamente a caer no cuidando la mirada, ni evitando malas compañías que nos llevan al mal ni lecturas peligrosas, ni las múltiples tentaciones de internet, etc.

    La comunión es otra llamada a la santidad. Si comulgamos, miremos antes si estamos en gracia de Dios y si comulgamos cada día, preguntémonos por qué no somos santos. Si a pesar de todo seguimos comulgando, preguntémonos qué falla en nosotros, pues hay personas que admiran mis cualidades, pero nadie dice que lo que más admira de mí es mi fe en Jesucristo, cómo hablo de Él y mis esfuerzos por imitarle y seguir su camino cargado con la cruz.

    Así lo han hecho y siguen haciendo millares de santos a lo largo de la historia de la Iglesia y en especial los mártires. Nuestra basílica custodia las reliquias de 32 beatificados: 10 por S. Juan Pablo II en 5 ocasiones (una cada trienio) de 1989 a 2001, otros 10 por Benedicto XVI en Roma en 2007 y 12 por el Papa Francisco en Tarragona en 2013. Con la próxima beatificación, anunciada en Almería, de 20 mártires más, nuestra basílica, con 52 beatos, pasará a ser, después de Paracuellos del Jarama, el segundo santuario español por número de víctimas de la persecución religiosa del siglo XX. Nuestros 52, asesinados entre julio y noviembre de 1936, representan todos los estados de vida cristiana: 2 jóvenes seglares, 18 sacerdotes diocesanos, 10 religiosas (7 adoratrices y 3 salesas) y 22 religiosos, 5 de ellos sacerdotes (11 hermanos de La Salle, 3 hermanos de S. Juan de Dios, 2 pasionistas, 2 marianistas, 2 agustinos, 1 amigoniano y 1 dominico). Además, en la causa de canonización de Cipriano Martínez Gil y 55 compañeros, mártires, que nuestra archidiócesis abrirá D.m. este 18 de marzo en la iglesia de las Calatravas de Madrid, con el canto de nuestra escolanía, se hallan otros 5 sacerdotes diocesanos sepultados en nuestra basílica.

    Estos 32 y a partir del 25 de marzo, 52 beatos, convierten a nuestra basílica en la basílica de los mártires, en un inmenso relicario y en un lugar de perdón, reconciliación y peregrinación al que acudir para encomendarse a ellos y pedir milagros para su canonización. Su testimonio tan cercano de dar su vida por Cristo perdonando a sus verdugos, es una guía segura en nuestra actual era neopagana, que el Papa emérito calificó de “apostasía silenciosa” y que hoy en día podría llamarse “ruidosa y estrepitosa”.

    En 2007 Roma nos otorgó celebrar cada 18 de septiembre los Beatos Mártires cuyas reliquias se custodian en nuestra basílica con esta oración: “Oh Dios, que has querido honrar esta iglesia con los cuerpos de numerosos mártires, aumenta en nosotros la fe en la resurrección y haznos partícipes de la gloria inmortal, de la que veneramos una prenda en sus reliquias”. Pidamos a Ntra. Sra. del Valle, reina de los mártires, que, bajo su protección maternal, su Hijo preserve los destinos de España, la herencia de la fe católica y el respeto a su santa ley y conceda a nuestra sociedad superar los odios y rencores de origen histórico. Que así sea.

  • 29 Jan

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: el hilo conductor de las lecturas de este domingo es la pobreza de espíritu: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”, es el versículo del salmo responsorial. La pobreza de espíritu no consiste en una mera pobreza material, es más moral que física. No es la carencia de bienes materiales, sino la disposición a cumplir los mandamientos y la voluntad de Dios, es una vida en el nombre del Señor. Así nos lo ha proclamado claramente el profeta Sofonías: “Buscad al Señor los humildes, que cumplís sus mandamientos”; y también “dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor”.

    Por desgracia, los bienes materiales suelen ser un lastre muy pesado que nos impide ni tan siquiera plantearnos cuál es la voluntad de Dios. Nuestro corazón es como el engrudo, se pega a cualquier cosa y si vivimos con abundancia de bienes materiales, fácilmente nos apoyamos en ellos y prescindimos de Dios, olvidándonos de que Él es lo único necesario y que si seguimos en esta vida es porque Él quiere ofrecernos la oportunidad de ganarnos el cielo. Por tanto, la pobreza de espíritu y la pobreza material suelen ir unidas: quien es pobre materialmente es más fácil que sea también pobre de espíritu, lo mismo que quien tiene muchas riquezas materiales es más difícil que eleve su pensamiento a Dios para darle gracias por lo que tiene y para compartirlo con quienes tienen menos.

    También es cierto, hermanos, que, aunque no es muy frecuente, encontramos a veces a gente con riquezas materiales, pero que no están apegados a las mismas, sino que son conscientes de que ellos son meros administradores de las riquezas que les ha otorgado Dios y están dispuestos a cumplir su voluntad. Y sin embargo, otros que carecen de lo más necesario para vivir, no aceptan su pobreza, se recomen de envidia por dentro y con frecuencia reniegan de Dios por haberles deparado esa suerte.

    Por eso, hermanos, lo importante es la actitud de nuestro corazón, que debe ser humilde y no soberbio, que debe confiar sinceramente en el Señor, buscarle, acercarse a Él, seguirle, amarle, escucharle, independientemente de nuestra situación material de riqueza o de pobreza. De hecho, como se ha proclamado en la segunda lectura, Dios “ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta”; son palabras que quizá no nos dicen nada, porque puede suceder que las hayamos escuchado muchas veces y que sin embargo no las hayamos llevado suficientemente a la oración, pero lo cierto es que Dios siempre actúa así. Dios actuó así cuando escogió a María, una muchacha desconocida de una aldea perdida, para ser la madre de Dios, cuando permitió que el Hijo de Dios naciera en un establo en una fría noche de invierno y cuando dejó que su Hijo muriera en la cruz sin ningún consuelo material ni espiritual. Si el Hijo de Dios y su Madre Santísima se sometieron a la pedagogía divina, ¿cómo no vamos a aceptarla nosotros, que estamos llenos de orgullo y que con nuestros pecados obligamos a Dios a usar estos sistemas que nos parecen tan duros que Satanás no deja de azuzarnos para que no acabemos de interiorizarlos?

    S. Pablo insiste, queridos hermanos, en que “lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder”. Y lo hace porque los cristianos a los que se dirige en esta carta eran mayoritariamente pobres y así era casi siempre en los inicios del cristianismo. Dios elige al humilde, al que aparentemente no es nada, para confundir al soberbio, al que cree ser alguien a los ojos del mundo. Si se sitúa en esa actitud, el cristiano recibe toda su riqueza directamente de Dios, de quien le viene todo cuanto tiene y es. Esta idea se proclama con frecuencia en las Sagradas Escrituras; pej., en el salmo que dice “yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor se cuida de mí”. Y todo ello, para que “el que se gloríe, que se gloríe en el Señor”, que debe ser nuestro único tesoro y nuestra verdadera riqueza.

    Las monjas encerradas en una clausura sin apenas salidas al exterior, cuya existencia a los ojos del mundo de hoy es totalmente inútil, sin embargo, si viven bien su vocación de oración y sacrificio por nuestros pecados y los de todo el mundo, son infinitamente más felices que cualquiera de nosotros, porque su riqueza se limita a estar continuamente en el regazo de Dios, que es verdaderamente el único que puede colmar nuestras ansias de felicidad, no solo en el cielo, sino también en la tierra. De estas monjas y de quienes viven como ellas, es el Reino de los cielos, ya desde la tierra.

    Todo esto, queridos hermanos, suena a música celestial a quienes, instigados por el diablo, piensan que el hombre debe adorar únicamente al propio hombre y más aún a quienes no les basta vivir al margen de Dios, sino que quieren obligarnos a todos a vivir en contra de Dios, porque en nombre de la modernidad y de un mal entendido progresismo, imponen que los derechos de Dios sean sustituidos por los derechos del hombre, como aparece gráficamente representado en un cuadro de un museo parisino, en el que la tabla con la Declaración de los derechos del hombre, proclamada por la Revolución Francesa, aplasta literalmente todos los símbolos del catolicismo, entre otros, la tiara (signo del poder papal), un crucifijo, un cáliz y una Sagrada Forma.

    Queridos hermanos: si algunos de vosotros hace mucho que no acudís a la confesión sacramental con absolución individual, sabed que el Señor os espera con los brazos abiertos, como en la parábola del hijo pródigo. Atreveos a dar ese paso: la Virgen Mª os dará la fuerza necesaria y os compensará con creces. Pidamos al Señor que así sea por mediación de Mª, madre de Jesús y madre nuestra, que por su humildad y pobreza de espíritu, por su obediencia a la voluntad de Dios, es imagen de lo que la Iglesia aspira a ser.

  • 15 Jan

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: “Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”. Esta es la promesa que se hace al Siervo del Señor, que nos transmite el profeta Isaías y que se ha cumplido en Jesucristo. Una promesa que sería exagerada para cualquier otro profeta, pero si somos objetivos y no ocultamos los datos históricos a nuestro alcance, en Jesucristo es cierta. Pero ahora lo importante es si nosotros nos creemos esta buena noticia o no. Si nosotros reconocemos en Jesucristo al Hijo de Dios enviado por el Padre para dar testimonio con obras y palabras, entonces tenemos que procurar que esta fe sea viva y se manifieste en nuestra vida. Y a eso se dirige la exhortación de la homilía. ¿En mi vida queda claro en todas sus manifestaciones que Jesucristo es Dios y que se hace presente y vivo, y es la razón de ser de todos mis actos? ¿Toda mi vida es una referencia constante a Él? ¿Aspiramos a que así sea?

    El profeta Isaías pone en boca del Siervo de Yahveh: “Desde el vientre me formó siervo suyo”. Y el Salmo que se ha cantado también aporta su perfil a este Siervo cuando dice: “no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: ‘Aquí estoy’. Como está escrito en mi libro: ‘para hacer tu voluntad’”. El Siervo es un elegido que busca en todo hacer la voluntad de su Señor. Siendo Dios ha obedecido como hombre y nos ha dejado bien claro el camino por el que debemos seguirle sus discípulos: el difícil camino de la obediencia, seguro en su trayectoria y sin pérdida en su meta. Cuántas veces hemos abandonado este camino de obediencia a los mandatos del Señor. Cuántas veces hemos dejado de denunciar que el aborto es un crimen nefando, que el adulterio es un impedimento para recibir la comunión eucarística, que también es sacrilegio comulgar con cualquier otro pecado mortal sobre la conciencia y si apenas hay confesiones en nuestras parroquias, ¿podemos mirar a otra parte? ¿Cuántos se atreven a recordar que la comunión en la mano abre la puerta a graves profanaciones, o al menos, irreverencias nada desdeñables hacia el Señor, porque se quedan partículas en los dedos y en la mano, que a veces no son visibles si no se mira detenidamente? Ser imitador de este Siervo obediente hoy día es crearte problemas dentro de nuestro entorno eclesial, sin ir más lejos.

    Pero si queremos llegar a tener esa paz en el corazón y en la sociedad, que nos promete la oración colecta que hemos rezado, para que “todos los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz”, la que viene de Dios y es verdadera y abarca a toda la persona, no hay otro camino que el de la obediencia a los mandatos del Señor tan olvidados. Hemos caído en la ignorancia de las Escrituras, de la Palabra de Dios, y si no se medita y se hace oración con ella cada día es señal de que ni se la ama, ni se tiene en ella la referencia más segura de nuestra vida, la de los mandatos del Señor: la participación de su sabiduría divina a nuestro alcance.

    Vayamos ya al corazón de las lecturas, al Evangelio, que nos descubra con toda nitidez quién es este Siervo, anunciado como luz de las naciones. Juan Bautista es contundente, al decir: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. No afirma que si ofrecemos un cordero en reparación de nuestros pecados, Dios nos escuchará, sino que hay algo totalmente nuevo al proclamar solemnemente que es una persona que quita el pecado por sí mismo, cosa que solo Dios puede hacer, y al que denomina Cordero de Dios. Y para no dejar lugar a dudas añade lo que parece una adivinanza: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. No es un juego de palabras, sino algo tan profundo que no se puede comprender sin una explicación, sin saber que Jesús como hombre ha nacido en el tiempo, pero como Dios es eterno. Está diciendo algo inaudito, Jesús es Dios y hombre a la vez. Conocer y estar convencido de esta verdad supone un don de Dios, pues no está al alcance de nuestros sentidos. El mismo san Juan Bautista declara que “no lo conocía”. ¿Cómo, pues, lo conoció? Por la manifestación del Espíritu Santo: primero interiormente y luego a través de un signo de la presencia del Espíritu. No convirtiéndose o encarnándose el Espíritu en una paloma, sino sólo haciéndose presente bajo la apariencia de paloma, pues ya había sido advertido que “sobre el que veas bajar el Espíritu Santo y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.” Los presentes vieron sólo que una paloma se posó sobre Jesús. El Bautista les ha de enseñar que eso que habían visto era un signo de que Jesús poseía, desde antes de que Juan existiera, la predestinación a ser y estar ungido como Mesías. Todo esto es una lección bien clara para nosotros. Sin la acción del Espíritu Santo ni podemos confesar que Jesús es Señor de cielo y tierra, que es el Dueño de nuestras vidas y de que esta no es una verdad que nos deba angustiar o entristecer, pues Él es también todo amor. No nos oprime, ni se sirve de nosotros para su dominio, como los poderosos de este mundo. No necesita de nosotros. Respeta nuestra libertad y ha de reclamar nuestro amor como un mendigo antes de entrar en nuestro corazón.

    ¿Por qué no creer de veras en Jesús, que es Dios, que vive en nosotros si le abrimos nuestro corazón, que Él mismo es camino, verdad y vida. Pero que si asumimos defender su Evangelio frente a manipulaciones o recortes –hoy tan frecuentes , Él va a estar con nosotros a nuestro lado. A nosotros nos va a ser difícil no claudicar, pues hay muchos que dicen ser discípulos de Jesús o hijos de Dios, pero sólo le siguen en aquello que les parece. Sólo los que se dejan guiar por el Espíritu son verdaderos hijos de Dios. Los que se niegan a escuchar al Espíritu no le están siendo fieles. Estos ponen triste al Espíritu, que vive en ellos constreñido y como muerto, sin poder actuar. Y eso que recibieron en su bautismo el Espíritu y luego, con un don más fuerte en orden a dar testimonio, en el sacramento de la Confirmación.

    San Pablo no hace sino corroborar que no sólo Jesucristo es Ungido y Elegido, sino que todos hemos sido consagrados, y fuimos llamados por Él; todos aquellos que invocamos el nombre de Jesús, estando en comunión plena de amor, guardando su palabra, es decir, cumpliendo sus mandatos, y abriendo nuestro corazón a su acción, y a las manifestaciones que suscita en personas con carismas del Espíritu Santo para el bien de la comunidad de creyentes, y de aquellos que aún no creen, para que participen de esta gracia en que nosotros estamos.

    Esta Eucaristía debe ser para nosotros un compromiso a vivir como hemos confesado nuestra fe en tantas lecturas y oraciones. Creemos en lo que hemos proclamado si vivimos tal como se ha proclamado que es un cristiano que se precia de este nombre. Lo cual no puede llevarse a cabo sin la fuerza que proviene de la participación en el sacrificio de Cristo no sólo asistiendo a la Eucaristía, sino uniéndonos a aquella participación de su sacrificio que Cristo tenga dispuesta en nuestra vida con fracasos, dolores físicos o morales, incomprensiones, decepciones. Todo lo que el Señor permita nos suceda debe ser para nosotros no motivo de queja y rebelión, como tantas veces hacemos dándole vueltas en nuestra cabeza y resistiéndonos a aceptar aquello que no es conforme con nuestra voluntad o nos ha contrariado, sino que todo se debe convertir en nosotros en motivo de alabanza y de acción de gracias de su Voluntad que ha permitido que tales cosas sucedieran. ¿No decimos cada día en Misa: “En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar”? No mintamos diciendo una cosa y haciendo otra. Pidamos al Espíritu Santo esa coherencia que nos hace verdaderos HIJOS suyos.

  • 6 Jan

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La solemnidad de la Epifanía del Señor queda muchas veces en un segundo plano en su significado más profundo. La vivencia familiar y tradicional de la “fiesta de los Reyes Magos”, de indudable cuño cristiano y verdaderamente entrañable, realza la virtud moral de la generosidad y el compartir y transmitir alegría, sobre todo a los niños.

    Pero, aun en su sentido cristiano, eso es en realidad el aspecto secundario de la solemnidad, pues lo que en este día propiamente celebra la Iglesia es la “Teofanía” o “Epifanía” del Señor, esto es, su manifestación a todos los pueblos, anunciando que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres y no solamente a los judíos. El Niño que ha nacido en Belén es el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”, y es el verdadero “Mesías”, el “Cristo”, el “Ungido”; es realmente “Jesús”, el “Salvador” del mundo. Por eso, desde Jerusalén y Judea, donde la gloria del Señor ha amanecido, el profeta Isaías (Is 60,1-6) señala que esa luz ilumina ahora a la tierra que estaba cubierta de tinieblas y a los pueblos que caminaban en oscuridad. Es el misterio que San Pablo expone a los Efesios y que antes estaba reservado sólo a los judíos (Ef 3,2-3a.5-6): “que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”.

    La Iglesia antigua celebraba juntos tres aspectos de esta Epifanía o Teofanía, como tres elementos de una misma manifestación del Dios Salvador a todos los hombres: la adoración de los Magos, el Bautismo de Jesús en el Jordán y el milagro de las bodas de Caná. Todavía hoy la Iglesia, y muy singularmente los monjes, recordamos los tres hechos en el canto de una preciosa antífona de Laudes. En el Oriente cristiano se mantiene muy clara la conciencia de la vinculación de los tres aspectos y para la Iglesia de Etiopía es la gran fiesta del año litúrgico.

    La adoración de los Magos, recogida por el relato de San Mateo (Mt 2,1-12), reviste un encanto que nos sigue cautivando y que ha calado a nivel popular. Nos encontramos ante unos hombres venidos de tierras lejanas de Oriente para adorar al Niño-Dios. No eran judíos, pero debían de conocer la Sagrada Biblia y las profecías que se referían al Mesías. Casi seguro eran sacerdotes de la religión de Persia reformada por Zoroastro o Zaratustra, como el nombre de “magos” refleja, seguidores de los libros sagrados del Avesta, adoradores de un dios cuasi-monoteísta ‒Ahura-Mazdah‒ y del fuego que lo representaba, y estudiosos de los astros a partir de los conocimientos de la antigua civilización mesopotámica. Es posible que alguno viniera de otras tierras, como Etiopía o Yemen y el sur de Arabia (las regiones de Saba), según las profecías y el origen geográfico de los regalos pudieran sugerir, aunque también los podían haber adquirido por su difusión comercial en el antiguo Oriente. Nada obsta a que además pudieran tener condición regia, como la tradición afirma conforme a las profecías mesiánicas, entre ellas la del salmo 71 que se ha cantado, pues en aquellos momentos el mundo persa vivía una situación de fragmentación en reinos de diverso tamaño y poder a raíz de la descomposición del antiguo Imperio desde su conquista por Alejandro Magno y algunos de ellos estaban gobernados por “magos”, por reyes-sacerdotes. Los historiadores incluso han identificado alguno de esos reyes con los nombres que la Tradición cristiana atribuye a los personajes del relato evangélico.

    Aquellos hombres, dejándose llevar por la estrella que los guiaba, nos enseñan a buscar al único Salvador, rendirle culto y proclamarlo a todos. El mensaje de la Epifanía es un mensaje esperanzador, que nos anuncia la buena nueva de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres. Cristo ha venido a salvarnos y debemos gozarnos de ello y transmitirlo a todos.

    Las tradiciones añejas que giran en torno a la figura de estos Magos o Reyes Magos, sin que en realidad tenga mayor o menor importancia su fundamento histórico, apuntan en su simbolismo a ese sentido profundo de la Epifanía como manifestación de Dios a todos los pueblos: en el número de tres, sustentado sobre los tres regalos presentados al Niño Jesús (pues no se dice explícitamente en el Evangelio que los Magos fueran tres), se ha visto con frecuencia a las tres grandes razas humanas del Viejo Mundo (blanca, negra y amarilla) y las tres edades del hombre adulto (joven, mediana y anciana). Y esto, porque Jesucristo ha venido a salvar a todos los hombres y en todos se reconoce su dignidad. Con mayor fundamento exegético, la Tradición de la Iglesia ha comprendido que los tres regalos representan tres aspectos de la realidad de Jesucristo: el oro como Rey, el incienso como Dios y la mirra como Hombre verdadero (pues se trataba de un elemento de carácter funerario y, por tanto, profetizaba su muerte redentora).

    En este día, encomendemos con los Magos la conversión de todos los pueblos y recordemos especialmente a los pueblos de Oriente, sobre todo a los cristianos que sufren una persecución angustiosa en aquellas regiones, asistiendo con frecuencia a la destrucción de sus iglesias y de sus casas y negocios, al asesinato de muchos de ellos (con frecuencia en una muerte martirial por una bomba en una iglesia, como ha sucedido aún hace poco en El Cairo), a la marginación y a la expulsión de sus lugares de residencia. Es nuestro deber orar por ellos y ayudarles en cuanto podamos, por ejemplo a través de la organización pontificia “Ayuda a la Iglesia Necesitada”.

    Con María Santísima y con los santos Magos que la conocieron al adorar a su divino Hijo, seamos portadores del mensaje de la Epifanía, de la manifestación de Dios al mundo para anunciar la salvación a todos los pueblos.

  • 25 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Esta noche celebrábamos el nacimiento del Hijo de Dios como hombre verdadero, encarnado en el seno de la Santísima Virgen por obra del Espíritu Santo y nacido de Ella en Belén, conforme a las profecías mesiánicas referidas a Él. En esta noche santa, Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo de Dios, el Hijo de Dios hecho hombre, se nos manifestaba como la luz que alumbra a todo hombre y que ilumina al pueblo que antes caminaba en tinieblas. Y ahora, en esta Misa del día de Navidad, después del misterio encantador de la noche del nacimiento en Belén, parece como si la propia claridad del día quisiera proponernos penetrar en la profundidad del misterio mismo del Verbo encarnado. Así, por lo menos, lo sugieren las lecturas que la Sagrada Liturgia nos propone.

    Desde luego, el texto de la Carta a los Hebreos que hemos escuchado en la segunda lectura (Hb 1,1-6) es de una riqueza teológica indudable. Hemos podido escuchar que el Hijo de Dios es “el reflejo de su gloria” –de la gloria del Padre– e “impronta de su ser”, al que el Padre ha dicho: “Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado”. El Padre sólo puede haber dicho esto a su Hijo unigénito, engendrado por Él eternamente, en ese “hoy” que es el “hoy” eterno. Al conocerse y amarse a Sí mismo, el Padre engendra eternamente una Imagen perfecta de Sí mismo, que es el Hijo, el Verbo. Por eso decimos en el Credo niceno-constantinopolitano, frente a la vieja herejía de Arrio, que Jesucristo es “engendrado, no creado”, y en la exactísima formulación griega y latina afirmamos que es “consubstancial” al Padre”, homoousios. También San Pablo dice en la Carta a los Colosenses que Jesucristo es “imagen del Dios invisible” (Col 1,15). Y en la literatura sapiencial del Antiguo Testamento, la Sabiduría divina, identificada en la Tradición de la Iglesia con la persona del Verbo, es “una exhalación de la potencia de Dios y un limpio efluvio de la gloria del Todopoderoso”, “irradiación esplendorosa de la eterna luz y espejo inmaculado de la energía de Dios y una imagen de su bondad” (Sab 7,25-26).

    Riquísimo es sin lugar a dudas asimismo el comienzo del Evangelio de San Juan que acabamos de escuchar (Jn 1,1-18). En él se nos presenta la realidad del Verbo de Dios, el Logos, la Palabra: el Hijo unigénito de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, existente desde el principio, coeterno con el Padre, que está junto a Dios, en el seno del Padre, y Él mismo es Dios.

    Por el Verbo, como dice el evangelista, se hizo todo, pues Dios Padre ha obrado la Creación por la Palabra, por el Verbo. Así lo entendieron los Padres de la Iglesia cuando, al meditar y explicar el relato del Génesis sobre la Creación (Gn 1), observaron que Dios ordenaba la creación de los seres por medio de su Palabra, que es el mismo Hijo de Dios. Y esto, culminado además en la obra redentora, es lo que constituye a Jesucristo en el “primogénito de toda criatura”, como dice la Carta a los Colosenses, “porque en Él fueron creadas todas las cosas, celestes y terrestres, visibles e invisibles” (es decir, tanto los seres materiales y el hombre como los ángeles), y “todo fue credo por Él y para Él” (Col 1,15-17). Hasta tal punto la Creación depende de Él, que, como dice la misma carta, no sólo “Él es anterior a todo”, sino que “todo se mantiene en Él” (Col 1,18): es decir, Jesucristo, por el Espíritu Santo, sostiene la existencia y la vida del mundo. Y así será que, según se afirma en la Carta a los Efesios, en la plenitud de los tiempos y conforme a su plan eterno, Dios recapitulará e instaurará todas las cosas en Cristo, tanto las del cielo como las de la tierra (Ef 1,10).

    Si maravilloso es todo esto, todavía lo es más, si cabe, considerar el modo en que el Verbo de Dios ha asumido la naturaleza humana, de tal modo que, sin dejar de ser verdadero Dios, es perfecto hombre y modelo del hombre nuevo, pues con ello nos ha abierto la vía de nuestra dignificación e incluso de nuestra deificación. Lo hemos rezado en la oración colecta de este día: “¡Oh Dios!, que de forma admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza y de un modo más admirable todavía elevaste su condición por Jesucristo; concédenos compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana”. Esta realidad teológica está presente en el rito de la mezcla del agua y del vino por el sacerdote.

    Como nos ha dicho San Juan en el Evangelio, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria y de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Jesucristo, el Verbo encarnado, ha venido a comunicarnos la vida divina por medio del Espíritu Santo, elevando nuestra dignidad para hacernos hijos de Dios (cf. Jn 1,12; Ef 1,5; 1Jn 3,1-2), para participar de la misma naturaleza y vida divinas, al decir de San Pedro en su definición de la gracia (cf. 2 Pe 1,4). Conforme al Magisterio de la Iglesia en los primeros concilios ecuménicos, el Hijo de Dios se encarnó por nosotros y en Él su divinidad está unida a su humanidad en una unión real, perfecta, sin mezcla, sin confusión, sin alteración, sin división, sin separación. En Él se mantienen todas las propiedades de la divinidad y todas las propiedades de la humanidad, juntas en una unión real, perfecta, indivisible e inseparable.

    Hermanos: meditemos el misterio de Cristo en toda su profundidad y enamorémonos de Él, de tal modo que podamos llegar a decir con San Pablo: “ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,19), y por eso “para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21). Así lo vivieron muchos santos monjes, como el Beato Pablo Giustiniani, que afirmó: “Feliz el alma aniquilada en sí misma, convertida enteramente a Dios, que no vive más en sí, sino en Cristo, toda absorta en su amor. Más feliz aún el alma licuada al fuego del amor, aniquilada a sí misma y a Cristo, que no vive ni siquiera en Cristo, sino que vive sólo porque Cristo vive en ella”.

    Que María Santísima nos lleve a contemplar estos misterios y a hacer nuestra vida una con la de Cristo. Para todos, Feliz Navidad.

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