• 14 Jan

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: San Pablo exhortaba a sus fieles diciéndoles:Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa. Por tanto, quien esto desprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os ha dado su Espíritu Santo. (1 Tes 4,7-8) Esta vocación a una vida santa, a una vida en Dios, viviendo sus mandamientos y e interiorizándolos de tal manera que lleguemos a la santidad es un ideal muy sublime. Quizás pensemos que eso es inviable en el mundo en que vivimos, que más valdría pisar tierra, y, en todo caso, proponer algo que esté a nuestro alcance. Veamos qué solución nos da las lecturas que hemos escuchado en esta celebración.

    En el Salmo que se ha cantado, se nos ha dado una síntesis a modo de eco orante a la primera lectura y también del Evangelio, pues en una y otra se nos ha hablado de la vocación de hombres que se dejaron conducir por Dios, lo cual es modelo y guía válido para todo fiel que escucha en la Palabra la voz viva de Dios dirigida para él en este momento de su vida, en el hoy de nuestra celebración litúrgica, que será para muchos el alimento para toda la semana.

    En la primera estrofa nos hablaba de cómo se iba fraguando ese encuentro con Dios: Yo esperaba con ansia al Señor; Él se inclinó y escuchó mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios.¡Qué maravilla!, el hombre se dirige a Dios –en realidad cuando hacemos esto Dios ya está obrando en nosotros sin darnos cuenta que la iniciativa no ha sido nuestra sino de nuestro Padre que nos estaba llamando y resulta que apareció en las palabras del que compuso el Salmo, sin haberlo pensado, un cántico nuevo. Dios precede con su gracia a la iniciativa humana, aun cuando parece que hay personas que son buenas y les brota espontáneamente. Como si hubiesen nacido perfectos, santos ya hechos. En el caso de Samuel, por ejemplo, no se quedaba remolón en la cama, sino que hasta cuatro veces interrumpió el sueño para obedecer, para escuchar, que en la Biblia es lo mismo. Pero el Señor nos enseña en el Evangelio algo muy profundo, que nos revela su actuación secreta: Sin Mí, no podéis hacer nada. Con esto no anula Dios al hombre, sino que tiene como una secreta iniciativa amorosa y el hombre debe colaborar y llegar a descubrir que es Dios quien nos llama de mil maneras, incluso por medio del fracaso, del dolor y de la injusticia padecida directa o indirectamente. Dios tiene mil medios de hablarnos y quiere que los descubramos en la oración, o por la lectura de su Palabra, por los acontecimientos, o el consejo de otro, como Samuel. Juan Bautista siendo un gran maestro de vida espiritual les señaló a sus discípulos a quien podía enseñarles todavía mejor: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Y Andrés le enseña inmediatamente a su hermano Pedro: Hemos encontrado al Mesías, que significa Cristo. Y así se va formando una cadena. El que ha descubierto al Señor le enseña a otro su descubrimiento: es su testigo. Hay algunos que muriendo por Cristo le anuncian y dan a conocer de una manera sublime, grandiosa. En esta basílica reposan los restos de muchos de estos testigos. 54 ya han sido beatificados, otros lo pueden ser en los años siguientes o permanecerán anónimos hasta el juicio final.

    Y ahora viene la segunda estrofa del Salmo que a modo de síntesis nos guía en las lecturas de hoy: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, | y, en cambio, me abriste el oído; | no pides holocaustosni sacrificios expiatorios; entonces yo digo: «Aquí estoy | —como está escrito en mi libro— para hacer tu voluntad Con esto no se dice que al Señor no le gusta que le demos culto, como lo estamos haciendo ahora, ya que es incluso uno de sus mandamientos, sino que no quiere un culto pleno que sea realmente hacer su voluntad siempre y a todas horas. No creamos que con un solo mandamiento hemos hecho todo el bien que debemos hacer, pues los mandamientos son diez, y además quiere que vivamos las ocho bienaventuranzas. El cristiano tiene una agenda en la que no queda tiempo para remolonear en nuestras tareas; la pereza es un pecado capital y es el terreno en el que el demonio nos tienta, y tiene disfraces hasta de PERSONA LABORIOSA Y EFICAZ, ¡ojo! Nuestro egoísmo, en la vertiente de pereza, hace que nuestro servicio a Dios sea deficiente.

    Pero nos habíamos dejado la enseñanza de san Pablo en su carta a los Corintios. Una enseñanza muy actual. No dice lo que se suele oír hoy por todas partes: Yo soy dueño de mi cuerpo, o de mi tiempo, de mis cosas. Y esto en sentido absoluto. Ahí no se puede meter nadie. Pero en la práctica se nos mete el enemigo porque nos falta oración. En la oración y en la meditación de la Palabra de Dios, como ahora estamos haciendo, el Señor nos descubre que nuestro cuerpo es templo vivo de su gloria donde habitan las tres divinas personas. Luego no puedo dar mi cuerpo a la fornicación o a la impureza. Ni le puedo alimentar con cosas que le perjudiquen por la excesiva cantidad, o porque son dañinas como las drogas o el alcohol, o con los tatuajes, aunque sean imágenes piadosas. Hoy día estamos conculcando el dogma de la creación de muchas maneras. Queremos enmendarle y corregirle al Señor.

    Nadie tenemos las manos limpias, hermanos queridos, es cierto. Venimos aquí a que el Señor con su sombra santificadora nos purifique, como cuando el sacerdote hace sombra con sus manos para que santifique el pan y el vino y se conviertan por obra del Espíritu Santo en el Cuerpo y la Sangre del Señor. El Señor cuando iba entre la multitud le tocaban con fe y quedaban curados. Pasó y pasa ahora en sus sacramentos haciendo el bien. También nos anuncia, por los acontecimientos de todo tipo que estamos viviendo, el cumplimiento de las señales de su segunda venida, que va a venir. Y su primera llegada será en nuestro corazón; y nos hemos de preparar, para que no nos coja desprevenidos. Pero hay algo muy consolador propio de la misericordia divina: que la medida de nuestra preparación, por pequeña que sea, dará sus frutos en aquellos momentos de purificación y de prueba que vienen a este mundo a la hora que el Señor fije, que nos va a sorprender a todos como cuando nos asalta un ladrón. El miedo viene del demonio y la paz acompañará a los que, dóciles como los animales que saben buscar cobijo en la tormenta, se resguardan en los sacramentos bien recibidos y con frecuencia y perseveran en el cumplimiento de su Voluntad. Esa es la Buena noticia que nos da el Señor. El que sigue con prontitud la Voluntad de Dios no ha de temer su venida. Al contrario, está deseando ese encuentro de iluminación de las conciencias y de santificación.

  • 6 Jan

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La solemnidad de hoy tiene en España y en otros países del Occidente cristiano un simpático y entrañable carácter por la celebración de la fiesta de los Reyes Magos, que despierta siempre las sonrisas de los niños y a todos nos llena de gozo, tanto al ver sus rostros felices como al recordar nuestra propia infancia. En su vivencia popular, nos invita a la generosidad, a saber compartir y a transmitir alegría. En otros países, sobre todo del centro y del este de Europa, es la figura de San Nicolás quien suscita semejantes valores y virtudes. En cualquier caso, todo esto refleja una vez más el carácter hondamente cristiano de las fiestas navideñas: sin el Niño Jesús, la Navidad carece de sentido y de esencia. Por eso, es absurdo dejar de felicitar la Navidad para decir un indeterminado y anodino “Felices Fiestas”, es malintencionado eliminar los belenes para ofrecer una versión de la Navidad paganizante y vacía de contenido y es perverso utilizar las cabalgatas de Reyes para ideologizar a los niños.

    Sin Jesucristo, ciertamente, falta la luz al mundo. Ninguna estrella creada artificiosamente por el hombre para intentar apagar la luz de la estrella que guio a los Magos puede ser luz para nosotros. Sólo Jesús, que es “la luz del mundo” (Jn 8,12), nos puede iluminar y demostrar que toda otra luz nace de Él y a Él orienta.

    Eso es lo que descubrieron aquellos misteriosos Magos de Oriente, sabios del mundo antiguo de los que nos habla el relato de San Mateo (Mt 2,1-12), buscadores de la verdad, astrónomos de la época, escudriñadores de las escrituras sagradas de religiones antiguas y de los mismos textos bíblicos, en los cuales fueron capaces de comprender que venía el Mesías, el Salvador del mundo, el Redentor de todos los hombres, para darnos la única y definitiva luz que nos sacaría de las tinieblas. Muy posiblemente eran sacerdotes de la religión de Persia reformada por Zoroastro, como el nombre de “magos” refleja, aunque es posible que alguno viniera de otras tierras, como Etiopía o el sur de Arabia. Nada obsta a que además pudieran tener condición regia, como la tradición afirma conforme a las profecías mesiánicas, entre ellas el salmo 71 que se ha cantado, y como los conocimientos históricos nos permiten deducir.

    La gran enseñanza que nos ofrecen estos Magos es la búsqueda del Niño nacido en Belén, a quien ellos reconocieron como el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”, el verdadero “Mesías”, el “Cristo”, el “Ungido”, Jesús, el “Salvador” del mundo. Ellos han sido testigos beneficiados de esta

    “Teofanía” o “Epifanía” del Señor, es decir, de su manifestación a todos los pueblos, anunciando que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres y no solamente a los judíos. Así, como nos ha anunciado el profeta Isaías (Is 60,1-6), desde Jerusalén y Judea, donde la gloria del Señor ha amanecido, su luz ilumina ahora a la tierra que estaba cubierta de tinieblas y a los pueblos que caminaban en oscuridad. Es el misterio que San Pablo expone a los Efesios y que antes estaba reservado sólo a los judíos (Ef 3,2-3a.5-6).

    La Iglesia antigua celebraba juntos tres aspectos de esta Epifanía o Teofanía, como tres elementos de una misma manifestación del Dios Salvador a todos los hombres: la adoración de los Magos, el Bautismo de Jesús en el Jordán y el milagro de las bodas de Caná. Todavía hoy la Iglesia, y muy singularmente los monjes, recordamos los tres hechos en el canto de una preciosa antífona de Laudes. En el Oriente cristiano se mantiene muy clara la conciencia de la vinculación de los tres aspectos y para la Iglesia de Etiopía es la gran fiesta del año litúrgico, aunque en los calendarios orientales suele haber ciertas diferencias en la situación de las fechas.

    El mensaje de la Epifanía es un mensaje esperanzador, que nos anuncia la buena nueva de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres. Cristo ha venido a salvarnos y debemos gozarnos de ello y transmitirlo a todos. En consecuencia, por intercesión de los Magos, a quienes en la Tradición de la Iglesia veneramos como santos reyes, encomendemos la conversión de todos los pueblos y recordemos especialmente a los pueblos de Oriente. Pidamos al único Dios verdadero, trino en la unidad y uno en la Trinidad, que se dé a conocer a los musulmanes que pueblan mayoritariamente aquellas tierras. Y tengamos muy presentes a los cristianos que sufren una persecución angustiosa allí mismo. En estos días, los coptos de Egipto, herederos de la antigua civilización egipcia enriquecida por el helenismo y llena de un nuevo vigor gracias al aliento vital del cristianismo, vienen sufriendo una presión durísima con atentados contra sus iglesias, casas, comercios y personas. La relación entre sus patriarcas, a los que llaman también “papas”, y los papas católicos desde Pablo VI, viene siendo excelente, y actualmente lo es entre Tawadros II y el papa Francisco. Pidamos a Jesucristo, el único Salvador, en torno a quien afirmamos ya una misma fe sobre su divinidad y su humanidad, que sostenga a nuestros hermanos coptos en la persecución y que pueda llegar el día en que alcancemos con ellos la plena unidad, gracias a la sangre de sus mártires que les honra.

    Con María Santísima, a quien los Magos tuvieron la dicha inmensa de conocer al llegar a adorar al Niño Dios, queramos mostrar en Él al Emmanuel, haciendo visible el mensaje de la Epifanía, es decir, la manifestación de Dios al mundo para anunciar la salvación a todos los pueblos.

  • 25 Dec

    P. D. Anselmo Álvarez

  • Hoy hemos amanecido con la noticia, seguramente poco difundida, de que Dios ha nacido esta noche, aunque el anuncio no proviene de los medios de comunicación habituales, sino del Evangelio y de la liturgia cristina, que son bastante más fiables.

    Cristo ha venido a la vida dos veces: en la Navidad, en la que fue dado a luz por su Madre María, y cuando por sí mismo retomó la vida en la resurrección. Lo cual quiere decir que Él es el dueño de la vida: nacido eternamente del Padre, nacido en el tiempo de una Mujer, María, cuando Él lo determinó, y renacido por sí mismo a ella tras la muerte transitoria que el hombre le impuso y que él aceptó voluntariamente: porque ‘nadie me quita la vida; soy Yo quien la doy, quien la entrego, cuando quiero, y quien la retomo cuando quiero’ (cf Jn 10, 18).

    El nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, no es sólo un acontecimiento histórico, precisamente el que divide la historia en dos mitades: ‘antes y después de Cristo’, continuamos diciendo, sino el acontecimiento humano decisivo. En él la vida se encuentra con su autor original, con Aquel “en quien vivimos y existimos” (Hch 17, 28), con quien la da y la quita soberanamente, aunque sea para devolverla a continuación.

    Porque en Él está la vida presente y eterna. Pero no sólo en su forma existencial, sino en su significado esencial. Jesús no vino solamente para ser uno más entre nosotros. Cierto que “fue semejante en todo a nosotros, menos en el pecado” (Hbr 4, 15). Ese pecado que significa el alejamiento de Dios , y que pone en entredicho la verdad y calidad de nuestra existencia, porque significa nuestro desvarío en relación con el designio divino sobre nosotros. De hecho esa condición humana, formada a imagen de la divina, es la impronta definitoria del hombre.

    La finalidad de esta presencia de Dios entre nosotros no tiene otro objeto que el persuadirnos de que nuestra existencia sólo tiene como meta su realización según el plan de Dios. Dios es el alma y la vida del hombre y del mundo. Cuando se desposee de ellos de forma habitual el ser humano se vacía de sí mismo hasta que, falto de sustancia vital, su estructura interna se desvanece y su consistencia histórica se desintegra. Si permanece en la negación de esa realidad, que es la que justifica su presencia en el mundo creado por Dios, tendríamos tal vez que preguntarnos si hay todavía razón para seguir hablando de una historia humana cuando el hombre ya no cumple en ella su fin primordial. Entonces sólo la voluntad y el amor creadores de Dios siguen dando una oportunidad a la rectificación hasta que el tiempo se agote.

    El hombre ha sido concebido como templo de Dios. Cuando este templo se declara vacío u ocupado por otras divinidades, su destino es la extinción, porque entonces el hombre es ya un espejismo en el que se extingue a la vez la finalidad de su existencia, la raíz de su naturaleza específica, y su propia razón de ser. El que se ha desvanecido, en realidad, no es Aquél que existe por Sí mismo, según el nombre hebreo de Dios, sino el hombre que se ha desconectado de su matriz originaria.

    De hecho, el vacío que se produce al expulsar a Dios de la existencia no es llenado con ninguno de los infinitos sucedáneos con que lo sustituimos. La idea que se ha impuesto en los últimos tiempos de que es el hombre el que se da íntegramente su propia figura, conduce más bien a su propia anulación.

    Hoy se considera un atentado contra el hombre seguir afirmando la actualidad de Cristo y de su Evangelio. Pero la frivolidad radical de nuestro tiempo, tanto como su inhumanidad extremada, desdicen por sí mismas esa pretensión. Cristo espera su tiempo para reafirmar, de manera inapelable, que Él es el único centro del hombre y de la historia, los cuales tendrán que ser reconstruidos sobre la piedra angular en que fueron asentados. Porque, como dice el salmo 44, “Tu Trono, oh Dios, permanece para siempre”, o como escuchamos tantas veces en el tiempo de Adviento y de Navidad, Él es el Padre del siglo futuro, el único que posee y configura por sí mismo el presente y el porvenir.

    Hoy nos encontramos con que hemos desarmado la estructura humana y espiritual que sostiene el mundo, la que el Hijo de María, nacido esta noche, vino a restablecer, no sólo desde el aposento de María, sino desde el seno de la humanidad. Nos encontramos con que hemos borrado las palabras de verdad que han dado consistencia al hombre, y que hemos anulado las realidades fundamentales que están en el origen y en el curso de nuestra historia. Lo que queda es la perplejidad de quienes, como resultado, se preguntan dónde estamos y qué es lo que nos espera. Por eso volvemos a encontrarnos con la pregunta con la que se abren l os salmos que se recitan en el Oficio nocturno de la noche de Navidad: “¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean un fracaso?” (Sal 2, 1).

    Pero no hay otras respuestas que las que nos ha ofrecido Aquel que las dio a conocer desde los orígenes y que, en el tiempo, ha “venido para dar testimonio de la verdad”. Esa verdad que dice: “de Mí sale la ley, mis mandamientos son luz de los pueblos” (Is, 31..). La misma que hemos oído en el Evangelio: “En Él estaba la vida, y la vida era la luz y la vida de los hombres” (Jn 1, 4). Fuera de ella sólo nos queda la vida natural, semejante a la de los restantes seres vivos de la naturaleza. Pero este no es el proyecto de Dios sobre el hombre, ni esa vida natural nos permite participar en la vida de los hijos de Dios, ni en la semejanza con Él, que es la única razón de ser del hombre. Jesús repite en este nuevo nacimiento que celebramos, y lo reitera cada año y cada día: ‘Yo soy la Luz, Yo soy la Ley del mundo. El que me sigue no camina en tinieblas’ (cf Jn 8, 12)

  • 24 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Esta “noche santísima”, como la ha denominado la oración colecta, es una noche grande, una noche especial, una noche que desde niños todos hemos vivido con gozo. Incluso aunque pueda presentársenos a veces con cierta dureza por el recuerdo y la falta de alguien que ya no está físicamente entre nosotros o por alguna circunstancia que nos cause dolor, todos somos capaces de descubrir que existe algo que traspasa esta noche y le da un sentido trascendente. No son, desde luego, los anuncios publicitarios, los adornos, las luces de colores y ni siquiera las cenas o las reuniones familiares que, en ocasiones, como digo, pueden tener lugar ya sin alguien que antes nos acompañaba. Es algo mucho más profundo lo que da un significado singular a esta noche. Es, sin duda, el Nacimiento de Cristo, la luz verdadera que alumbra a todo hombre, la luz que brilla en medio de la tiniebla, como sucedió en Belén, donde apareció esa “luz grande” anunciada por el profeta Isaías en la primera lectura (Is 9,2-7). Por eso, según el texto del Evangelio de San Lucas (Lc 2,1-14), “la gloria del Señor envolvió de claridad” a los pastores.

    El Niño Jesús en el portal de Belén, recostado sobre el pesebre porque la Sagrada Familia no tuvo sitio en la posada, nos enseña en esta noche cuál es su camino: camino de humildad y de pobreza. Jesucristo ejerce su realeza y su señorío por su condición divina, pues como Dios es Señor de toda la Creación. Pero este Rey universal hecho Niño pobre nos ha dado ejemplo de cómo ejercer ese señorío sobre todas las cosas desde la humildad y el abajamiento, desde el anonadamiento, desde lo que en griego se denomina la kénosis y San Pablo ha expuesto magistralmente en la carta a los Filipenses (Flp 2,5-11). Él, siendo Dios, se ha anonadado asumiendo la naturaleza humana para elevarnos a nosotros hacia Dios e introducirnos en la vida divina, vida de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Todo un Dios eterno y omnipotente se ha hecho Hombre y ha nacido Niño por nosotros.

    De forma natural, los niños suscitan en nosotros la ternura, y ¡cuánto más si consideramos que el Niño al que contemplamos es todo un Dios de poder infinito que se ha hecho pequeño y débil para hacerse uno de nosotros y vivir entre nosotros! Por eso, si el Verbo encarnado nos enseña este camino de anonadamiento y humildad, es por lo que San Pablo nos exhorta a imitarle: “Tened los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2,5). Es decir, tenemos que imitar a Cristo e imitarle desde Niño. Él es el modelo supereminente del hombre nuevo redimido por su Sangre, es quien nos esclarece el misterio del hombre como dice el Concilio Vaticano II (Gaudium et spes, n. 22) y, como enseña Santo Tomás de Aquino, “el mismo Verbo encarnado es causa eficiente de la perfección de la naturaleza humana” (Summa Theologiae, III, q. 1, a. 6 in c).

    ¿Cómo imitarle, entonces? Como exhorta San Pablo: teniendo sus mismos sentimientos, pensando como Cristo y amando como Cristo. Es decir, como también señala el Apóstol en el texto de Filipenses al que me refiero, viviendo unidos y concordes “con un mismo amor y un mismo sentir”, no obrando por rivalidad ni por ostentación, considerando superiores a los demás, buscando el interés de los demás y no encerrándonos en nuestros propios intereses (Flp 2,2-4).

    Es un camino de humildad muy distinto de los caminos que este mundo y el demonio nos proponen. Jesús nos ha enseñado ese camino de humildad haciéndose Niño, asumiendo la debilidad humana, naciendo incluso en pobreza material. Sin dejar de ser Dios, se anonadó asumiendo nuestra naturaleza humana y en ella misma se humilló por obediencia a los designios del Padre celestial, asumiendo la muerte e incluso una muerte de cruz, la más ignominiosa del mundo romano. Pero eso precisamente fue lo que llevó a su exaltación gloriosa, a su Resurrección con la que ha abierto las puertas a la elevación del hombre hacia Dios.

    Éste es, pues, el Niño que, como nos ha dicho Isaías, “lleva al hombro el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz”. Este Rey y Redentor universal nos enseña el valor de la pobreza: primero y ante todo, la pobreza de espíritu, que es propiamente la humildad; pero también el desprendimiento de todo lo superfluo, de todo lo innecesario, de lo que nos ata a lo temporal y perecedero y nos impide volar libremente hacia las realidades celestiales y eternas, que son las más importantes y las que debemos esperar. En estos días de las fiestas navideñas, no nos dejemos arrastrar por el consumismo que nos hace olvidar cuál es el sentido profundo de la Navidad y el verdadero objetivo de nuestra vida.

    Este año, gracias a Dios, nuestros hermanos cristianos perseguidos de Irak están pudiendo volver a sus ciudades y hogares destrozados. Tengámoslos presentes en nuestras oraciones para que puedan reconstruir sus bienes, sus vidas y la presencia cristiana en aquellas tierras donde rezan en arameo, la lengua que habló Jesús en Palestina.

    Que María, José y el Niño os concedan a todos una Feliz Navidad.

  • 17 Dec

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: Jesús se hace presente en esta asamblea de su pueblo congregado por su Palabra para celebrar su sacrificio en la Cruz, que se actualiza aquí y ahora en la Eucaristía. Nos lo ha dicho el Señor en su Palabra que se ha proclamado: “Dad gracias a Dios en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto a vosotros.” La Eucaristía significa Acción de gracias. La Eucaristía es la Acción de gracias por excelencia de la que sacamos fuerza para obedecer los impulsos del Espíritu. El Espíritu nos guía para ir descubriendo en los acontecimientos diarios, en el prójimo, en la actualización litúrgica de los misterios salvíficos, la presencia de Cristo hasta que se consume la salvación con el retorno de Jesús. Nos ha tocado vivir este final de los tiempos que no hay que confundir con el fin del mundo, sino que se refiere al establecimiento del Reinado de Dios aquí en la tierra, que ha quedado desfigurada por el pecado. Anhelamos la recapitulación de todas las cosas en Cristo. Ese “venga a nosotros Tu Reino”, del Padre nuestro, o sea el Reinado de Cristo de paz, de justicia y amor. Un anhelo que supera las fuerzas humanas. Un anhelo que solo el Espíritu de Dios puede llevar a cabo con ese poder de hacer todas las cosas nuevas en Cristo. Pero para ello hemos de pasar por la gran prueba escatológica de la que habla el Catecismo de la Iglesia, “La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (Cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (Cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (Cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el Cielo a su Esposa (Cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (Cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (Cf. 2 P 3, 12-13)”. [CatIC 677]. En el bautismo, y sobre todo en la Confirmación fuimos sellados en el Espíritu, para ser fieles a sus inspiraciones. El Catecismo proféticamente nos asegura que si somos fieles seremos protegidos en la prueba: “Este sello del Espíritu Santo, marca la pertenencia total a Cristo, la puesta a su servicio para siempre, pero indica también la promesa de la protección divina en la gran prueba escatológica (Cf. Ap 7,2-3; 9,4; Ez 9,4- 6)” [CatIC 1296]. Y como no sabemos cuando todo esto tendrá lugar siempre hemos de estar preparados. Estar preparados significa que nuestro objetivo primordial en la vida ha de ser no perder nunca la gracia de Dios. Podemos caer una y mil veces, pero siempre hemos de tener esa inquietud sana de vivir reconciliados con Dios y arrepentirnos de corazón si hemos pecado, prometiéndole al Señor que nos confesaremos en cuanto nos sea posible. Esto es vivir en la verdad. Todos somos pecadores, pero si somos humildes y reconocemos nuestro pecado y nos arrepentimos y nos acercamos al sacramento de la penitencia estaremos preparados en lo fundamental. Pero si nos engañamos diciendo que no hay que ser escrupuloso o fundamentalista o cualquier otro calificativo acomodaticio para adormecer nuestra conciencia, entonces no estamos viviendo una vida en Cristo. No somos sarmiento de la vid que es Cristo. Somos una rama seca que no da fruto. Y sin ese permanecer injertados en Cristo no llevamos vida verdadera. Pero el Catecismo nos asegura que si pertenecemos a Cristo recibiendo su gracia por los sacramentos y estando a su servicio seremos protegidos en la prueba escatológica.

    San Juan Bautista no quiso vivir en el engaño de hacerse pasar por el Mesías. Su gloria, lo que daba sentido a su vida, era ser: “la voz que clama en el desierto: allanad el camino del Señor”. Su mensaje estaba en continuidad con los profetas. Y hace referencia a las palabras de Isaías. San Pablo nos ha advertido seriamente: “No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía.” Dios ha dispuesto que siempre haya profetas que nos recuerden las verdades sustentantes de la fe y que anuncien los correctivos que ha de enviarnos si nos apartamos del camino de sus mandamientos. Hay profetas falsos, siempre ha sido así. El deber de los pastores es estudiarlos, teniendo en cuenta que si desprecian las profecías verdaderas comprometen la salvación de los fieles. Dios no niega la luz al que acude a Él con sencillez. Hay que pedir a Dios por nuestros pastores para que no caigan en la tentación de dulcificar el mensaje de Jesucristo para gozar de popularidad y no tener que sufrir las protestas de los que no quieren abandonar su vida de pecado.

    La Navidad ya cercana exige de nosotros no plegarnos a los mensajes consumistas en los que nos sumerge por todas partes esta sociedad rebelde a Dios. Por todos los medios posibles quiere el mundo marcar las distancias con Dios vaciando de contenido la venida de Cristo, que es sin duda, la mejor y más grande noticia que se puede dar al hombre de todos los tiempos. Ahora nos quieren obligar a que lo consideremos una vergüenza. Y lo realmente vergonzosos es que nos dejemos arrebatar nuestra fe y no seamos capaces de proclamar de palabra y con la vida, como Juan Bautista y tantos otros, que el Bautismo de Jesús nos ha hecho HIJOS DE DIOS. Y estamos orgullosos de serlo y queremos serlo de verdad y no solo de nombre. A partir de ahora decir esto va a ser motivo de persecución a muerte. Ya es una muerte civil lo que provoca confesar claramente sus enseñanzas en aquello que más le duele al mundo opuesto a Dios en su proyecto de ingeniería social: borrar en el hombre la huella de Dios, la pertenencia a Dios. Tenemos que confesar que hemos caído tantas veces ingenuamente en su trampa y les hemos seguido el juego viviendo una vida en pecado como si no pasara nada. Adaptando las modas que nos ha traído esta cultura de la muerte. Hemos dejado envilecer nuestro cuerpo y nuestro espíritu aceptando sus nuevas costumbres opuestas al camino que Jesús nos ha enseñado y que los santos lo actualizan de modo heroico, para que sean ejemplo y motivación para nuestro vivir como cristianos. Nos hemos desgajado del tronco de Cristo: vid portadora de la savia de vida eterna. Nos alimentamos de la savia mortífera de este mundo infernal en tantos ámbitos de nuestro vivir cotidiano.

    Despertemos queridos hermanos, tomemos fuerza en la comunión con Cristo que hace vivo y actual su sacrificio en la Cruz en esta Eucaristía. No dejemos de avivar la presencia de Cristo en nosotros acercándonos a adorarle en tantos sagrarios abandonados, porque Él está viniendo siempre que le llamamos con nuestro amor. Estando con Él nos sacará de nuestras dudas y desengaños, disipará los miedos que el enemigo de Dios siembra en nosotros en cuanto le dejamos una brecha abierta. El mal espíritu se introduce por el descuido en no vivir el Evangelio y distanciarnos de sus palabras de vida eterna. Pero a los que no se avergüenzan de llamarse y de comportarse como hijos de Dios y se esfuerzan en conocerle y son constantes en orar y vivir alegres en el seguimiento de Cristo serán bendecidos eternamente. María, la Bienaventurada Madre de Jesús y nuestra, allanará nuestro camino. ¡Cuántas familias han hallado la paz que no lograban por otros derroteros, cuando empezaron a rezar el rosario en familia! ¿Por qué no hacemos todos la prueba? Quizás cueste al principio, pero no podemos cederle ya más terreno al enemigo. Empecemos la lucha por nuestra familia. Oremos juntos y confiemos en el Señor y no seremos defraudados.

  • 10 Dec

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: la Palabra de Dios nos ilumina y acompaña nuestro itinerario hacia el Señor. Este camino encuentra obstáculos, a veces se desdibuja y nos perdemos por vericuetos que no son los suyos, por lo que siempre hemos de pedir al Señor que enderece nuestros senderos torcidos. Preparar el camino es convertirse, tarea siempre pendiente, pero no por eso hay que acostumbrarse a oír como quien oye llover, pero sin escuchar con atención en orden a obedecer. La salvación anhelada debe ser completa o de lo contrario es una simple vuelta del destierro en la que los repatriados encuentran las ruinas de la muralla de la ciudad santa que dejaron. La Palabra de Dios no miente, se refiere a una salvación eterna, al nuevo cielo y tierra en los que habite la justicia. Esos deseos infinitos están en nuestro corazón, que no se satisfará hasta ser colmado con la promesa implícita en el bautismo del Espíritu: ser introducido en la vida de las tres personas divinas.

    La conversión, tarea ardua, lleva consigo una gran recompensa. Preparar el camino en el desierto es trabajoso, se nos hace muy larga la espera del fruto y casi ninguno se libra de la tentación de pensar que el Señor tarda en cumplir su promesa. S. Pedro nos enseña a dar la vuelta a la tentación y a enfrentarnos a nosotros mismos diciendo: el Señor es rico en misericordia, tiene mucha paciencia conmigo, pues me he acostumbrado a vivir en pecado y aguarda mi conversión, porque no quiere que ningún alma se pierda. Si deseo con todas mis fuerzas esperar al Señor viviendo en paz con Él, reconciliado con Él, intachable e irreprochable, debo acudir con frecuencia y regularidad al sacramento de la reconciliación o penitencia y hacer verdaderos y autoexigentes propósitos de enmienda. He de estar vigilante para que los afanes, placeres y vanidades terrenales no me cautiven. La vigilancia se ha de concretar en la sobriedad, para no dar un paso adelante y otro atrás y en la piedad, suplicando continuamente la gracia de Dios, porque debo reconocer humildemente mi incapacidad de alcanzar esos propósitos solo con mis fuerzas. La Eucaristía, fuente y culmen de toda vida cristiana, es la mejor ocasión para poner en manos de Dios mi desvalimiento y mi carencia de méritos propios, pues el Señor hace maravillas en los que confían en Él y piden lo que tanto agrada al Señor: hacer su voluntad por encima de todo.

    La voluntad divina la han cumplido y la siguen cumpliendo en su vida muchos seglares, tan de carne y hueso como los que estáis en los bancos, laicos que podrían estar hoy ahí sentados entre vosotros si la providencia divina no hubiera dispuesto lo contrario. La llamada universal a la santidad no es exclusiva de monjas y curas, sino que la recibe todo cristiano en su bautismo. Como dijo S. Juan Pablo II a los jóvenes en su último viaje a España: “se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo”. No es una quimera inalcanzable vivir una vida de piedad y moderna a la vez y nos sirve de ejemplo una joven periodista de nuestros días. Recordaréis hace años una sentencia internacional por la que fueron excarcelados terroristas, asesinos y violadores en serie, uno de ellos el asesino de Marta Obregón, burgalesa de 22 años, raptada en el portal de su casa y violentamente asesinada por resistir al intento de violación. El suceso conmocionó a la opinión pública y pronto se difundió por toda España, entre otras razones porque el rostro de la víctima parecía el de una virgen niña con paz.

    En este 2017, en que se han cumplido 25 años de su martirio, el arzobispo de Burgos ha publicado una carta el 21 de enero, día en el que Marta fue martirizada. La carta dice así: “Ayer sábado, día de Santa Inés, joven cristiana de los primeros siglos de la Iglesia, que murió mártir sellando con su sangre el don de la virginidad, se cumplían 25 años de la muerte de Marta Obregón, cuya causa de beatificación está abierta dentro de nuestra Diócesis de Burgos. El proceso sigue su curso normal, a la espera de la finalización de su fase diocesana. El anterior arzobispo de Burgos abrió en 2011 el proceso de beatificación de esta joven, cuya vida y cuya muerte conviene rescatar como modelo para nuestra juventud”. El arzobispo termina destacando “la grandeza de la castidad, como se hace visible cuando resiste y lucha hasta morir asesinada por defenderla. Una virtud hoy poco valorada, que nos ayuda a orientar el amor y la entrega hacia su plenitud y belleza más singular”.

    Marta atravesó sus crisis de fe y no fue ninguna mojigata, sino que tuvo sus caídas y tuvo que volver a empezar una y otra vez como todos nosotros. Sin embargo, el último de sus novios, con el que mantuvo un amor ejemplar, nos transmitió unas palabras de Marta: “La verdadera y única paz se encuentra en Dios, y todos estamos de paso en esta vida”. La sierva de Dios supo sopesar con sabiduría los bienes de la tierra y amar intensamente los del cielo.

    Queridos hermanos: no todos estamos llamados a dar nuestra vida por Cristo como esta nueva émula de Sta. Mª Goretti, pero sí podemos pedir a Dios que nos disponga a cumplir su voluntad y que nos infunda el santo deseo de salir animosos a su encuentro sin que lo impidan los afanes terrenales. Pidamos aprender la sabiduría celestial por mediación de Ntra. Sra. de Loreto, patrona del Ejército del Aire, a cuyos miembros encomendamos por celebrarla hoy y a la que se dedica una de las capillas de la nave central de nuestra basílica. Que así sea.

  • 8 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La solemnidad de la Inmaculada Concepción de María es una fiesta muy querida entre los católicos y de fuerte arraigo en el pueblo español, donde desde muy antiguo saludamos a la Santísima Virgen con la fórmula “Ave María purísima – sin pecado concebida”. Los pinceles de Murillo, a quien este año se conmemora, plasmaron de un modo magistral esta devoción que brota espontánea de los corazones de sus hijos hispanos, como han reconocido los Papas. Fue éste el motivo por el que precisamente la Santa Sede concediera a España el privilegio de utilizar el azul celeste como color litúrgico para la fiesta.

    Lo que era una “opinión piadosa” muy extendida en el consenso de los fieles, más allá de los debates entre teólogos, se proclamó como dogma cuando el Beato Pío IX afirmó de forma solemne en 1854 el misterio por el que la Santísima Virgen fue preservada inmune de toda mancha del pecado original desde el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios, en atención a los méritos de Nuestro Señor Jesucristo. La misma Virgen confirmaría esta verdad a Santa Bernardita Soubirous cuatro años después en Lourdes.

    La Maternidad divina de María, su condición de verdadera Madre de Dios, es el fundamento de éste y de todos los privilegios y dones con que Dios la ha colmado. Además, es un fundamento muy importante el hecho de que, por la estrecha unión entre Madre e Hijo, Ella había de colaborar singularmente en su obra redentora. Por eso convenía que, si María había de ser la Madre de Dios y no podía transmitir a Jesucristo el pecado original, Ella misma quedara preservada de éste. Era lógico que María fuera desde el principio la toda limpia, la toda pura, la toda santa. Por eso el arcángel San Gabriel, según hemos escuchado en el Evangelio (Lc 1,26-38), la saludó como la “llena de gracia” y “bendita entre las mujeres”. Y por eso la Iglesia, aplicándole las palabras del Cantar de los Cantares (Ct 4,7), la ha exaltado secularmente diciendo: “Toda hermosa eres, María, y no hay mancilla en ti”.

    A María, antes ya de la Pasión, Muerte y Resurrección salvadoras de su Hijo, se le aplicaron los méritos de Él, y por eso Dios la preservó inmune de la mancha del pecado original en el instante mismo de su Concepción. Así lo explicó el Beato Duns Escoto, superando los escollos que otros teólogos encontraban en este asunto.

    Como hemos dicho antes, la devoción a la Inmaculada Concepción en nuestra Patria es antiquísima. Fue proclamada oficialmente Patrona de España en 1760, pero este privilegio venía siendo defendido desde la Edad Media y en la Edad Moderna por las universidades hispánicas y por escritores y pensadores de primera talla, a la par que nuestros mejores pintores y escultores la representaron con todo su fervor. También desde el siglo XVI es la Patrona del Arma de Infantería y entre finales del siglo XV e inicios del XVI nació la Orden de las concepcionistas, la primera Orden contemplativa femenina en pasar a tierras americanas.

    No olvidemos poner las necesidades de España, nuestra Patria, en manos de María. La Patria, como la entendían los antiguos, es “la tierra de los padres”, la herencia de nuestros antepasados; y por ello, el amor a la Patria –como enseña la doctrina católica– deriva del amor filial, del cuarto mandamiento de la Ley de Dios. Y si España, como dijera San Juan Pablo II, es “tierra de María”, pongámosla bajo el manto de María. Como recordaran éste y otros Papas anteriores, a María se la ha invocado en España secularmente como “la Virgen” por antonomasia, desde que San Ildefonso de Toledo defendiera en un bello tratado su virginidad perpetua, de tal modo que en España, cuando se habla de “la Virgen”, todos saben que nos referimos a María. ¿Qué región de España no cuenta con santuarios marianos importantes? Basta recordar sólo algunos nombres como el Pilar, Montserrat, Guadalupe, el Rocío, la Peregrina, Aránzazu, el Henar, el Lluc o los Desamparados, entre otros muchos.

    En su último viaje a España en 2003, cuando San Juan Pablo II se dirigió a España como “España evangelizada, España evangelizadora”, tenía presente que el nombre de María ha estado unido a la historia y al ser cristiano de España, como él mismo señaló. En efecto, el culto a la Virgen ha estado presente desde los albores de la cristianización de España y la tradición piadosa une la aparición de la Virgen sobre el Pilar de Zaragoza con la venida del Apóstol Santiago. Y cuando siglos después los misioneros españoles llevaron la fe a América y a otras partes del mundo, siempre portaban la devoción a María. En el Nuevo Mundo, los españoles fundaron ciudades bajo el patrocinio de la Virgen, como Asunción y Concepción, sin que debiéramos olvidar el origen mariano del nombre completo de Buenos Aires, La Paz o Los Ángeles, entre otras. Por tanto, en “tiempos recios” para España, no dejemos de invocar a la Virgen, recordando que el rey Alfonso X el Sabio fundó una Orden naval bajo el nombre de “Santa María de España”.

    En fin, hoy os acercáis a recibir la Primera Comunión Jesús Javier, Lucía del Carmen, David, Marcos y Sergio. Os felicito y os animo a recibir a Jesús con el corazón limpio propio de un niño. Y el mejor modelo para un corazón limpio es el Corazón Inmaculado de la Virgen María, que es vuestra Madre del Cielo. Ella fue niña y, según la tradición, fue ofrecida en el Templo de Jerusalén en su niñez para servir a Dios, lo mismo que como escolanos os habéis ofrecido para servirle en esta Basílica y sus hermanos participáis de esta entrega de vuestros hermanitos. Por eso, que María os lleve a recibir ahora y siempre a su Hijo Jesús como Ella lo acogió en su seno, lo cuidó y lo amó por encima de todo.

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