• 14 Sep

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Cuando el libro del Génesis narra el relato del pecado original (Gn 3), centra su localización en un árbol dentro del Edén, el árbol de la ciencia del bien y del mal, él único de cuyo fruto Dios había prohibido al hombre que comiese (Gn 2,15-17). Allí tiene lugar la tentación de Satanás. De este modo, la caída del hombre se identifica con un árbol que se convierte en árbol de muerte por la acción seductora y embustera del demonio.

    ¿Cuál es la motivación del demonio? No es otra que la actitud de rebeldía contra Dios y de envidia frente al hombre (cf. Sab 2,23-24), nacida de la soberbia que le llevó a levantarse contra Dios para ser como Él y porque no podía admitir que, en sus designios de amor al hombre, el Hijo de Dios fuera a encarnarse y asumir la naturaleza humana. Para Lucifer, el ángel más hermoso, resultaba inaceptable que la naturaleza humana, inferior por sí misma a la angélica, fuera a ser ensalzada mediante la Encarnación del Verbo de Dios.

    La Creación entera y el hombre en particular, obras buenas salidas de las manos del Buen Dios, fueron inoculados así por Satanás con el veneno del pecado y del odio, en que vive él permanentemente. Para quienes no vivimos de odio porque el odio está ausente en nuestro interior, nos resulta muy difícil describir cómo es. Por eso, nos tenemos que remitir simplemente a describirlo conforme a los rasgos externos que podemos observar en quienes viven inmersos en él. Debemos rezar por ellos, pues en realidad son dignos de la mayor compasión.

    El odio, como la envidia, es una enfermedad del alma de origen diabólico que, como un gusano, corroe permanentemente el interior de quien la padece. Impide vivir en paz y ser feliz, porque únicamente aspira a la eliminación o la humillación del adversario, aunque sea infamando su memoria incluso mucho después de que haya desaparecido físicamente y no reconociendo absolutamente nada bueno en él. Produce una continua insatisfacción, pues sólo se goza en la falsa y efímera alegría de disfrutar con el sufrimiento del adversario, a quien se ve como la única causa de los propios males. El odio destruye interiormente a quien lo sufre e impide la paz social. Nace, en último extremo, de la envidia de Satanás al hombre y él lo siembra entre los hombres para que se destruyan unos a otros. Una sociedad envenenada con el odio sólo puede caminar hacia su autodestrucción si no se sale del círculo vicioso de ese odio que, en vez de disminuir, lamentablemente crece de forma continua, porque es un fuego que no se apaga más que con el agua salutífera del amor y del perdón.

    Satanás se valió de un árbol para sembrar la soberbia, la envidia y el odio en la tierra. Pero Jesucristo, el Verbo de Dios humanado que ha venido a reconciliar al hombre y a la Creación entera con Dios, ha llevado a cabo su obra redentora con la máxima perfección posible y se ha valido de otro árbol para ella: el árbol de la Cruz.

    La Cruz, signo de muerte y de ignominia en el mundo antiguo, se ha convertido en el árbol de la Redención, de la Vida y del Amor, porque Jesucristo, como verdadero Dios, es la Vida y el Amor. Ya en el Paraíso, según dice el Génesis, estaba el árbol de la vida (Gn 2,9) como signo del definitivo, que es la Cruz de Jesucristo. San Buenaventura elaboró desde esta imagen un opúsculo que tituló precisamente El árbol de la vida (Lignum vitae), degustando doce frutos acerca del misterio de Jesús.

    Este árbol de la Vida y del Amor que es la Cruz de Cristo nos revela las entrañas más profundas del amor de Dios, como hemos escuchado al mismo Jesús en el Evangelio (Jn 3,13-17): “Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Unigénito para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.

    La Cruz, por tanto, es el árbol del amor, frente al árbol del odio de Satanás. Y lo es del amor en su vertiente suprema, es decir, la caridad, el mismo amor de Dios, que de Dios nace como fuente y a Él retorna como su meta, porque Dios es Amor (1Jn 4,8.16). Los brazos de la Cruz nos recuerdan los brazos abiertos de Cristo, brazos de amor y de perdón que a todos se extienden. Por eso aquí, en el Valle de los Caídos, rezamos por todos, por los que en nuestra guerra murieron en uno o en otro bando y que están enterrados en esta Basílica o en otros lugares de España.

    La construcción de una sociedad con viabilidad de futuro sólo puede encontrarse en el verdadero espíritu de reconciliación, y no hay otro posible para el hombre que el amor de Jesucristo, subido a la Cruz por amor, perdonando a sus verdugos desde ella y muerto y resucitado para nuestra salvación. Ése fue el perdón con el que tantos mártires murieron por amor a Cristo, entre ellos algunos de los Beatos cuyas reliquias conservamos en nuestra Basílica, como el pasionista Juan Pedro de San Antonio, de 46 años, quien dijo a la dueña de la pensión en la que estaba hospedado junto con el Beato Pablo María de San José: “Si alguno nos saca para fusilarnos, os pedimos que a nadie guardéis odio o rencor por el mal que piensan hacernos. El Señor lo permite así para nuestra santificación”. También es el caso del Beato José Gómez Matarín, párroco de Íllar (Almería), quien, justo antes de ser asesinado, se giró hacia sus verdugos y les dijo: “No sabéis lo que hacéis, permitid que os bendiga”. O el caso del Beato Enrique López Ruiz, joven párroco de Nacimiento, también en Almería, que a sus 35 años dijo semejantes palabras a quienes le iban a dar muerte. El párroco de Sorbas (Almería), Beato Fernando González Ros, tras recibir varios tiros de sus verdugos, dijo a éstos: “Que Dios me perdone como yo os perdono”. Y el Beato Antonio Martínez López, párroco de Serón (Almería), con 45 años, quiso igualmente bendecir a sus verdugos, cuya respuesta fue golpearle el brazo hasta fracturárselo.

    Que la Santísima Virgen María, que permaneció al pie de la Cruz y ejerce su Patrocinio sobre este lugar sagrado como Nuestra Señora del Valle, nos lleve siempre a orar por quienes nos odian, pidiendo a su Hijo que nos conceda, como Él lo hizo, saber amarles por encima de su odio, perdonarles por encima de sus deseos de venganza y querer su bien por encima del mal que nos puedan desear.

  • 9 Sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: Es el Señor quien os traído aquí a su celebración de su misterio pascual de la muerte y resurrección celebradas sacramentalmente en esta Eucaristía. Este es un tiempo de gracia en nuestras vidas. Como tal lo hemos de vivir. Con agradecimiento y admiración por esta y tantísimas intervenciones de gracia que Dios ha tenido en nuestras vidas. La agracia de Dios rara vez actúa de un modo sensible. Pero considerando nuestra vida en la oración advertimos cómo Dios nos ha hecho conscientes de que hemos sido favorecidos en muchos momentos de la vida por Él. Este es uno de esos toques de gracia. Aprovechemos este paso de Dios por nuestra vida. Esta pascua de salvación.

    ¿Y cómo sabemos que esto está sucediendo así? Porque nos hemos congregado en su Nombre. No debemos decir rutinariamente al principio de nuestras tareas “En el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” Pero todavía menos debemos dejarnos arrastrar por la rutina si lo hacemos presididos por los sacerdotes en la Santa Misa. Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo dan mucha importancia a esta y a todas las oraciones que dice el sacerdote ordenado para ser otro Cristo, para representarle a Él.

    Una parte fundamental de la Eucaristía es la proclamación de la Palabra de Dios. Un sacerdote ha portado el Libro Evangeliario en la procesión para honrar y agradecer a Dios que se digna hablarnos con palabras dirigidas a cada uno en particular cuando es proclamada su Palabra en la liturgia. Otra intervención de Dios en nosotros.

    El Señor ha querido recordarnos a través del profeta Isaías, que si Israel fue castigado por apartarse de Dios, la promesa de amor, que es la Alianza de Dios con su pueblo, va a tener un colofón grandioso cuando Dios restaure todas las cosas en Cristo. Es lo que pedimos en cada Eucaristía: ¡Ven, Señor Jesús! En el tiempo de Adviento nos atrevemos a instarle al Señor con mayor premura: ¡Ven, Señor, y no tardes más! ¿Sabemos lo que eso significa? Me temo que no todos. Pero para eso está la predicación, no para dar lecciones de teología, sino para disponer el corazón a recibir el mensaje de salvación que nos dirige el Señor en cada lectura. Hemos escuchado: “He aquí a vuestro Dios, llega el desquite, la retribución de Dios./ Viene en persona, y os salvará.” Venir en persona se refiere a la segunda venida o Parusía a hacer el “Juicio de las naciones” que confesamos en el Credo: “Y de nuevo vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos”. Dios tiene previsto por el Espíritu Santo convencer al mundo de sus pecados (Jn 16,8), lo cual significa que nos hará vernos ante Él para dar cuenta de nuestra vida antes de morir si su venida sucede antes. No sabemos el día y la hora en que volverá, pero las señales que nos ha dado de su segunda venida ya se han cumplido, luego tenemos que estar preparados, viviendo en gracia constantemente. No podemos aplazar nuestra confesión hasta el día en que nos apetezca, o cuando nosotros barruntemos que se acerca el Señor. Porque su venida será por sorpresa para el que no está preparado. Para el que no está con la lámpara encendida de la vida en gracia será semejante a un ladrón que viene cuando sabe que estás descuidado.

    Vuestra visita a este lugar sagrado os la habéis planteado quizás como llevaros un recuerdo o una foto cuando los guías están mirando a otra parte o atendiendo a las preguntas de algún visitante. San Agustín decía con respecto a lo que solemos hacer por los difuntos: “Las flores se marchitan, las lágrimas se evaporan, pero la oración permanece”, es decir, la oración es lo único que tiene una trascendencia que no pasa como anécdota pasajera y trivial. Es importante que veáis cómo el Señor os ha inclinado a venir aquí sin daros cuenta, pero para tener un encuentro con Él, en la Eucaristía, en la confesión, en la adoración silenciosa ante el Sagrario o ante el Santísimo expuesto a la adoración de los fieles. En este santuario lo venimos haciendo este verano de 2 a 5 de la tarde con el fin de rogar por la reconciliación de los españoles por su conversión y para que este lugar sea preservado como lugar de culto. Aquí se conservan las reliquias de al menos 54 mártires que están esperando que les invoquemos para derramar las gracias que obtienen de Dios por estar aquí enterrados. Todos deseamos el bien de España y la convivencia pacífica, además de llegar a la eterna bienaventuranza. Pero si ahora no amamos a Dios, no le damos gloria celebrando sus sacramentos y alabándole con los actos de culto, tampoco lo haremos en el cielo ni tendremos la protección de Dios aquí en la tierra. Hagamos la prueba: démosle gloria a Dios y veremos cómo el Señor nos escucha. También se puede rogar por las intenciones dichas fuera de este lugar. Pero es importante ese encuentro personal con el Señor insustituible. Todos nos tenemos que convertir. Todos somos pecadores y tenemos que acercarnos a la fuente de la gracia.

    Hermano que estás hoy aquí presente, cómo decirte que debes contemplar este Cristo que está ante tu vista acordándote de que su Corazón no sólo lo rompió la lanza del centurión, sino sobre todo tu desamor, tu ingratitud, tu falta de fe en tu Salvador. El Señor no sólo está ante ti ahora, sino día y noche donde quiera que te encuentres tratando de conquistar tu amor, de atraer tu mirada a su dolor, a su Sangre vertida por ti, pero miras a otros dioses, dioses de barro y arcilla que se romperán y nunca acudirán a tu llamada de auxilio y nunca borrarán con su solo amor todo el dolor y angustia de tu corazón. No prestas atención a sus advertencias de amor y las cosas de este mundo te atraparán y tellevarán al infierno si tú no atiendes a su llamada. Tu madre del cielo espera igualmente que la mires para ayudarte a darte cuenta que te acosa el enemigo de tu salvación y no te das cuenta. Despierta. No aplaces tu confesión, tu encuentro con el Señor. Dios te ofrece todas la hermosuras del cielo, porque eres su hijo y tú te empeñas en estar sólo en el horror del mundo en compañía de las tinieblas. Viene a reinar tu Salvador y no te dispones a recibirlo en gracia en la comunión, a hacerle compañía en la oración, a encomendarle tus necesidades y a pedir la conversión de tu familia.

    El Evangelio cuenta cómo los enfermos acudían al Señor y no paraban de alabarle, aunque se lo prohibía. Nosotros que podemos ser curados hoy aquí nos entretenemos en sacar fotos que van a ser recuerdo ¿de qué? ¿De que le dimos la espalada al Señor?, ¿de que no quisimos recibir su gracia?, ¿de que no nos interesaba la vida eterna que nos ofrecía?

    Hemos leído un breve pasaje del Apóstol Santiago (2,1-5), pero sería interesante leerla en casa entera. En especial llamo la atención sobre el capítulo 3. ¡Cuántos pecados debidos a la lengua! Jesús nos insta en el Evangelio(Mt 5,21-26) a que no nos irritemos contra el hermano, y la grave pena que eso produce. Pues bien, estas semanas se ha difundido la noticia de que el Papa Francisco ha reducido su penitencia a un Cardenal acusado de delitos graves por aprobar y enseñar a los candidatos al sacerdocio que las relaciones homosexuales no serían pecaminosas.

    No nos engañemos. No somos tan ingenuos como para no admitir que se pudiera dar algo reprobable en la conducta del Papa. Pero comentarios que están circulando tan llenos de injusticia y animadversión dejan bien a las claras que es un ataque del enemigo contra la cabeza visible de la Iglesia: “Heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas” (Mt 26,31). Y nuestro deber es aunar nuestras oraciones como leemos en Hch 12,15 a propósito de Pedro. La oración de todos los fieles le libró de la cárcel. Dios nos libre de caer en la trampa de que se trata de simples comentarios olvidándonos de la dura condena que hace Jesús de estas críticas nefastas. Pongamos la oración por el Papa entre nuestras prioridades. Eso es hacer Iglesia. Gracias.

  • 19 Aug

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: las lecturas hoy proclamadas nos invitan a meditar sobre la Eucaristía, por desgracia hoy tan olvidada por demasiados católicos. Nuestra situación actual se parece mucho a la de Israel, que se alejó de Dios y se volvió a sus ídolos, a pesar de los avisos de los profetas. Esta situación culminó en la Pasión del Señor, cuando el pueblo escogido, instigado por el demonio, gritó: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”.

    Los católicos nos lamentamos de carecer de recursos humanos, como si Dios necesitara un poderoso ejército o un imperio de medios de comunicación, que en su mayoría manipulan la información para convertirla en munición contra la Iglesia Católica. A Dios le basta el resto de Israel, un puñado de fieles que no carezcan de nada porque de verdad le busquen a Él en cualquier estado de vida. Lo triste es que por mucho que Él los busca, no los encuentra. Sta. Clara, que celebramos hace días, religiosa muy frágil y debilitada por la enfermedad y el sacrificio, puso en fuga al ejército musulmán que subía las escaleras de su convento con intención de arrasarlo, con la única arma de una custodia con el Señor sacramentado.

    Estamos a años luz de comprender el significado de la Eucaristía para los santos. Ellos volvían del banquete eucarístico con el rostro transfigurado, como Moisés cuando venía de hablar con Dios y sacaban de él la fuerza para afrontar las contrariedades de la vida con ánimo alegre. Para algunos incluso, por gracias especiales, el pan vivo bajado del cielo era delicioso alimento espiritual y también el único material, cumpliendo así al pie de la letra las palabras de Jesús: “el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”.

    Jesús sacramentado es todo un caballero que nos invita a aprovechar la ocasión, porque vienen días malos, pero siempre respeta nuestra libertad. Él se inmola día y noche por nosotros en el sagrario, donde nos espera constantemente para alimentar nuestra alma con su Cuerpo y Sangre divinos y los católicos nos excusamos de su invitación a participar en su mesa o incluso respondemos con desprecio o indiferencia. ¿No será que no le amamos en todo y sobre todas las cosas sino que en el fondo anhelamos cualquier otro banquete y que por eso el eucarístico no atrae a todos nuestros hermanos los hombres? Pensad por un momento cómo devoramos ansiosos el móvil en busca del último video o chiste libertino, sin que nadie corte esa borrachera de insensatez y consumimos noticias con avidez, tanta más cuanto más subidos de tono sean los titulares, pero no siempre dedicamos ni unos minutos al día para dar gracias por todo a nuestro Padre del cielo, que nunca nos abandonará.

    Queridos hermanos: con media hora diaria de oración ante el Stmo. podemos ganar indulgencia plenaria, aplicable por uno mismo o por un ánima del purgatorio, alma que rogará por nosotros hasta que por la gracia de Dios, merezcamos participar de su gloria en el cielo. Ganamos dicha indulgencia si además excluimos todo afecto al pecado, oramos por las intenciones del Papa, comulgamos y recibimos la absolución individual. Si el Señor ahora mismo infunde la ternura de su amor en vuestro corazón, descargad en él todo vuestro agobio, no lo dejéis para mañana: sed valientes y confesaos ya mismo, sin esperar a que acabe esta eucaristía, porque ese es el primer requisito para comulgar en gracia de Dios. Como dice el himno eucarístico que se cantará hoy en vísperas, “He aquí el pan de los ángeles, hecho viático nuestro; verdadero pan de los hijos, no lo echemos a los perros”. Aunque nos privemos del “pan que ha bajado del cielo” y de las infinitas gracias de una comunión bien recibida, no dejemos que nos engañe el diablo una vez más: no debemos comulgar sin haber examinado nuestra conciencia ni en pecado grave.

    Queridos hermanos: desde hoy no dejemos pasar ni un día sin comulgar en gracia de Dios, sin visitar el Stmo. o al menos sin la comunión espiritual. Digamos por ejemplo: “Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza humildad y devoción con que os recibió vuestra Stma. Madre, con el espíritu y fervor de los santos”. Pidamos a nuestro Padre Dios, que nos ha creado con amor infinito y nos ofrece la vida eterna, anhelar ese encuentro íntimo con Él, sin el que jamás gustaremos ni veremos qué bueno es el Señor ni experimentaremos la alegría incomparable de sentirnos hijos suyos.

    No estemos aturdidos sin darnos cuenta de lo que el Señor quiere: si pasamos días enteros durante semanas para tostar nuestro cuerpo con los rayos del sol, dediquemos al menos unos minutos al día para broncearnos ante el Stmo., nuestro mayor tesoro. No nos acabamos de creer que las promesas divinas superan todo deseo y que el Señor nunca se deja ganar en generosidad. El día del Juicio Final, ya tarde, nos daremos cuenta de que nuestra oración personal, que para demasiados católicos por desgracia es una beatería del todo inútil, fue el tiempo mejor aprovechado, para nuestra propia salvación y la de todos nuestros hermanos los hombres.

    Precisamente hoy esta comunidad benedictina os invita a la adoración eucarística en la Capilla del Stmo., que se expondrá al acabar la S. Misa de 1, sobre las 13:40 y se reservará antes de la de 17:30. Será un acto exclusivamente religioso, solicitando la poderosa intercesión de los al menos 54 beatos mártires cuyas reliquias custodiamos en esta basílica y de otros muchos caídos que D.m. en los próximos años serán beatificados y cuyos restos reposan en el inmenso relicario que es esta basílica menor. Gracias de antemano por vuestra participación. Pidamos a la Virgen del Valle, nuestra madre, que interceda ante su Hijo para que nos conceda la gracia de dejarnos llenar por el Espíritu, anticipo de las que, por la misericordia de Dios, gustaremos en el cielo. Que así sea.

  • 15 Aug

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El dogma de la Asunción de la Virgen fue definido por el Venerable Pío XII en 1950, al afirmar que María Santísima fue elevada en cuerpo y alma a los Cielos por los ángeles (Munificentissimus Deus, nn. 3, 8 y 15-16). La Tradición de la Iglesia ha contemplado siempre a María como la “figura portentosa en el cielo”, la “mujer vestida del sol, con la luna por pedestal, coronada con doce estrellas”, según se nos ha dicho en la lectura del Apocalipsis (Ap 12,1). En Occidente pero especialmente entre los cristianos orientales, se venera también este misterio como la “Dormición” o el “Tránsito” de María.

    Por haber compartido la vida y la misión redentora de su Hijo, era conveniente que Ella fuera asociada a la gloria de Jesucristo resucitado y reinante en el Cielo. Eso fue lo que reconoció Pío XII cuando proclamó el dogma de la Asunción y a los cuatro años instituyó la fiesta de la Realeza de María, que celebraremos dentro de una semana. En la segunda lectura, (1Cor 15,20-26), San Pablo nos ha dicho que Cristo ha resucitado el primero de todos, como primicia de la resurrección de los cuerpos y garantía de la inmortalidad del alma. María, ciertamente, ha sido la primera en compartir esta misma realidad. Y así, María, viene siendo felicitada por todas las generaciones, pues el Poderoso ha hecho obras grandes en Ella, su humilde esclava, como hemos escuchado en el Evangelio (Lc 1,39-56).

    La Asunción de María a los Cielos y su Coronación como Reina y Señora de todo lo creado es su exaltación gloriosa y el culmen de todos los privilegios que ha recibido por su Maternidad divina, es decir, por haber sido escogida por Dios desde la eternidad para ser la Madre de su Hijo.

    Pero, al igual que su Hijo Jesucristo, a cuyo misterio está asociado plenamente el de María, el camino hacia esa exaltación ha sido un camino de abajamiento y de humildad, de pequeñez y de sencillez. De hecho, Ella se ha definido a sí misma como “la esclava del Señor” (Lc 1,38).

    Como explica San Pablo en el capítulo segundo de la carta a los Filipenses, Jesucristo asumió un camino de anonadamiento, de abajamiento, de despojamiento, de humillación, de lo que en griego la teología conoce como la kénosis (Flp 2,5-11): sin perder su condición divina, sin embargo se anonadó y se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo y asumiendo la naturaleza humana por la Encarnación, obrada por el Espíritu Santo en el seno de María Virgen. Y en esta condición de hombre, y reconocido por nosotros como tal, también se humilló a sí mismo y quiso obedecer al Padre celestial hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso el Padre lo exaltó después sobre todo y se le debe la máxima adoración universal, de tal modo que “Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”.

    María, al igual que su Hijo, ha abrazado el mismo camino de anonadamiento y de humildad, por el cual ha sido al final exaltada por el Dios uno y trino. Habiendo sido elegida por Dios desde la eternidad para la vocación más elevada a la que podía ser llamado un ser humano, se declaró a sí misma como “la esclava del Señor” y vivió en lo escondido de una casa de Nazaret, un lugar menospreciado entre los antiguos judíos. Allí, en lo oculto de su oración en una habitacioncilla de la casa, fue visitada por el arcángel San Gabriel para anunciarle que en su seno iba a encarnarse el Hijo de Dios: allí, en el silencio y en lo más desapercibido, Dios quiso obrar en María, con María y por María el inicio de nuestra Redención.

    María vivió un auténtico anonadamiento, un querer reducirse a la nada ante el todo inmenso e infinito de Dios, como “la esclava del Señor”, sometiéndose a la prueba de poder ser difamada por quedar embarazada antes de vivir en la plenitud del matrimonio con San José. Vivió su anonadamiento, su abajamiento y humillación, su despojamiento de sí misma, por su entrega absoluta a la voluntad de Dios, en obediencia fiel al Padre celestial y dándose de lleno a su Hijo bajo la guía del Espíritu Santo, teniendo que sufrir la falta de acogida en Belén y habiendo de dar a luz en las condiciones de la mayor pobreza. Vivió este anonadamiento afrontando el exilio a Egipto hasta la muerte de Herodes el Grande para salvar la vida de Jesús. Vivió su anonadamiento en una vida escondida y sencilla en Nazaret. Sufrió la viudedad a la muerte de José y vivió su despojamiento cuando quedó sola al dejar Jesús la casa paterna para iniciar la predicación del Reino de Dios. Pero, sobre todo, María, en obediencia a la voluntad divina, vivió su anonadamiento en la Pasión y la Muerte de Cristo, donde, permaneciendo fielmente a los pies de la Cruz, tuvo que soportar los insultos y menosprecios que a Él se dirigían y compartió en lo más profundo de su Inmaculado Corazón los golpes, los clavos y la lanzada que hicieron derramar sobre nosotros la Sangre que nos trajo la salvación.

    Sin embargo, precisamente porque María vivió este anonadamiento a imitación de su Hijo y por estar su vida estrechamente unida a la de Él, fue finalmente ensalzada, gozándose de su Resurrección y de su gloria, siendo elevada a los Cielos en cuerpo y alma para ser allí coronada como Reina por la Santísima Trinidad por los siglos de los siglos.

    Hermanos: en nuestra vida, y quizá al menos en algún momento de ella, habremos de experimentar el anonadamiento y despojamiento de uno mismo. Será una fase fundamental en nuestro crecimiento espiritual y el punto de inflexión en nuestro camino hacia Dios. Esa purificación interior, ese crucificarnos con Cristo y adentrarnos en el misterio de su kénosis, esa noche que habremos de atravesar en el camino de una fe que no ve pero cree, espera y ama, sólo podremos vivirla y superarla con éxito si descubrimos que Jesús y María nos han dado el ejemplo para no desfallecer y poder proseguir. Será necesario, por lo tanto, hacer lo que han hecho entonces los santos: agarrarnos de la mano de Jesús y de María, abrazarnos a Él en la Cruz y acogernos a los brazos maternales de Ella al pie del Calvario, para al final poder ser también nosotros premiados por Dios y ser exaltados a la gloria celestial, a la dicha eterna sin fin, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y con María asunta a los Cielos y Reina.

  • 24 Jul

    P. D. Anselmo Álvarez

  • Cada vez que celebramos esta fiesta del Apóstol Santiago nuestra imaginación se remonta ante todo al pasado: a la tradición de su presencia en España, a la aparición de la Virgen que le visitó en Zaragoza para animarle ante el escaso fruto de su evangelización en estas tierras. Lo que no dice la tradición es si aquella decepción se refería sólo al desinterés de aquellos celtíberos, o también a la premonición sobre la deserción de los actuales ante aquel mensaje del Evangelio.

    Santiago nos dejó la siembra y las raíces de lo que fue el constitutivo esencial de lo que más tarde sería España. Porque todo lo que hemos sido y hecho de más importante bajo la condición de españoles lo hemos identificado, tanto nosotros mismos, como desde fuera de nuestras fronteras, con la adhesión a Cristo, a su fe y a su Evangelio. Ellos han sido nuestra inspiración permanente, aunque con las inevitables limitaciones humanas.

    Esta festividad y todo lo que evoca nos invita a reflexionar sobre el momento actual de aquella predicación que nos engendró para el Evangelio y que inspiraría con el tiempo lo más significativo de nuestra trayectoria histórica.

    Una Nación no es sólo el conjunto de sus habitantes, de sus hechos históricos o de su cultura. Una nación, lo mismo que una persona, es ante todo su alma, su espíritu, sus valores sustanciales, lo que define la línea más profunda sobre la que se han sustentado el vivir de las sucesivas generaciones, lo que ha alimentado las convicciones más profundas de sus individuos y de sus comunidades. Son aquellas afirmaciones básicas en las que ha creído y a las que servido, y sobre las que ha constituido la base de su estructura fundamental.

    Lo que hoy está en juego para nosotros es que España pueda seguir siendo ella misma cuando la estructura básica de sus instituciones y ciudadanos ha sido sustituida por realidades antagónicas.

    La ruptura, en España, con casi todo lo que nos ha venido dando una identidad común dentro de una diversidad secundaria, se volverá contra nosotros. Dejaremos de reconocernos un pueblo común y todo lo que hemos sido y hecho en su nombre: los sacrificios y las grandezas, la riqueza sencilla de la vida cotidiana y las acciones históricas más significativas. España será entonces el nombre de una realidad pasada. Porque ya no habrá una tierra que nos transmita una savia colectiva.

    Entonces tendremos, tal vez, la amistad de los poderes de este mundo, por los que nos hemos dejado empujar hacia esa catástrofe moral. Y tendremos el aplauso de esa modernidad, demoledora de todos los auténticos valores humanos. Pero no tendremos la de Dios. Y si no es Dios quien inspira y “construye nuestra ciudad”, en palabras de la Biblia, si no damos a Dios lo que es de Dios, en la esfera personal y pública, en vano trabajaremos para edificar un futuro y una nación habitables.

    Sin Dios ni nos respetaremos entre nosotros, porque ya no nos reconocemos ni como hermanos ni como compatriotas, ni nos haremos respetar por nadie, porque sin Él nadie ni nada es respetable para nadie. Y si no es Él “quien custodia la ciudad y sus habitantes”, sigue diciendo la Escritura, nadie tendrá ni capacidad ni voluntad de asumir esta tarea de una forma acorde con la verdadera naturaleza del hombre.

    Hemos llegado a un punto en el que hemos anulado todas las convicciones del pasado respecto a la realidad del hombre y de la historia, y con ello nos hemos quedado fuera del hombre y de la historia. Porque no somos nosotros quienes determinamos las reglas del juego, es decir, las normas y finalidades esenciales que rigen la vida personal y colectiva de acuerdo con la voluntad del Creador.

    Si no existiera la ley natural, el Evangelio, la Palabra de Dios, la muerte de Cristo por el pecado del hombre, podríamos tener alguna justificación, aunque entonces habría que preguntarse si merece la pena esta historia en la que cada uno piensa, cree y hace lo que le parece bien, como si en una orquesta cada uno tocara su propia partitura. Pero escuchamos a Jesús que dice: “ si Yo no hubiera venido y no hubiera hablado no tendrían pecado, pero ahora no tienen excusa” (Jn 5, 22 porque Él ha venido y hablado como sólo corresponde a ese Artífice del mundo y del hombre.

    Hay una única historia: la de Dios, en Sí mismo y en Su obra; en Sí mismo y en el hombre. El mismo Jesús, Hijo de Dios, no llevó a cabo otro destino que realizar la obra que el Padre la había encomendado: “he concluido la obra que me encomendaste (Jn, 4, 34); “Todo está consumado” (Jn 19, 30), ni pronunció otras palabras que las que el Padre le confió (Jn 7, 17), ni hizo otra cosa que la voluntad del Padre: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 5,36; 6, 28).

    La misión de Santiago entre nosotros puso las bases del genio religioso y cristiano de la futura España. Ello hizo posible que, durante siglos, nuestra nación conociera una de las aproximaciones colectivas más perseverantes a este bosquejo de Dios sobre el hombre. Nuestro tiempo, en cambio, ha conocido la voluntad de poner fin a este destino de la providencia, de “cambiar la conciencia de España”, como se proclamó en la tribuna del Congreso de los Diputados hace unos pocos años.

    Pidámosle que este designio nunca se consume y que, por el contrario, reafirmemos esa conciencia en cada uno de nosotros.

  • 1 Jul

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Es patente a los ojos de todos el deterioro progresivo en que se halla nuestro mundo, tan pagado de sí mismo por los avances técnicos y tan falto de los valores que habían sustentado la sociedad y eran la salvaguarda del sentido de la vida y una meta nunca lograda, pero acariciada como una utopía digna de la lucha de la vida. Todo esto vemos se va derrumbando y está tomando derroteros nunca más elocuente esta expresión para esta circunstancia actual que nos preocupan, y nos hacen temer desemboquen en una confrontación violenta en la sociedad. Sentimos la necesidad urgente de un Salvador que nos saque de esta situación creada por nuestra culpa al haber dado la espalda a Dios, porque hemos rechazado sus mandamientos como guía y luz de nuestra existencia, y porque pretendemos vivir una existencia de una calidad superior dada por el hombre a sí mismo, y eso que podíamos haber escarmentado después de que se ha incurrido tantas veces en la historia en el mismo error y las consecuencias han sido calamitosas.

    La primera lectura de esta celebración arroja una luz sobre nuestros problemas actuales que no debemos desdeñar. En primer lugar nos asegura que Dios ha creado todo muy bien y que Dios no se recrea en la destrucción de los vivientes, porque Él mismo los ha creado para un fin sublime: que se cumpla su designio de justicia, lleno de sabiduría y amor. En ese plan en que la justicia y el amor habían de ocupar un lugar preeminente, de pronto irrumpió algo que hizo que nuestras relaciones con nuestro Creador y con nuestros semejantes no siguieran este itinerario fundante que Dios nos dio y con el cual seríamos felices. “Por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo”. Este texto, que se ha proclamado en la primera lectura, es fundamental para conocer cuál fue el origen del pecado original. Texto que se completa con las luces que san Pablo recibió cuando escribió su carta a los Romanos: Adán y Eva se dejaron seducir por la propuesta de la serpiente de ser ellos otros dioses al margen del verdadero y único Dios. El hombre quiso ser como Dios, pero al margen de Él, como si fuera Dios avaro de su gloria y no quisiera compartirla con los hombres. Dios respeta siempre nuestra libertad y la opción del hombre de dejarse envolver en la envidia del diablo, que no podía soportar la felicidad del hombre gozando de ser criatura feliz con su condición y en el destino que Dios le había regalado. Y, ocultando su maldad, les sugiere que hay una verdad que Dios no quiere que descubran los hombres: cómo ser dioses sin tener que estar sujetos a Dios. Como si la paternidad divina fuese un impedimento para la libertad humana, una cortapisa insufrible.

    La Palabra de Dios es luz en nuestro caminar. Pero a condición de que seamos sencillos, que seamos verdaderos niños que se fían de su padre. No se trata de un fideísmo ciego. Nosotros hemos de examinar con detenimiento las señales que Dios nos da de su cercanía y de su amor a nosotros. También de los castigos pedagógicos que nos proporciona para que abramos los ojos. Pero si interpretamos los castigos como venganza y envidia de Dios y sus múltiples dones nos los apropiamos y nos persuadimos de que los hemos alcanzado nosotros por nuestro trabajo, esta injusticia contra la bondad de Dios o la rectificamos o se convertirá en nuestra ruina.

    Nosotros estamos aquí persuadidos de que la Palabra de Dios cura nuestra ceguera, purifica nuestra vista y la hace más penetrante (Jn 13,10; 15,3). La Palabra de Dios nos posibilita ver más allá de nuestros cortos sentidos corporales. Nos introduce en el mundo de Dios dándonos parte en su intimidad y en sus proyectos de salvación. Si lo vemos así conseguiremos auparnos sobre los hombros de Dios para ver con la perspectiva mucha más amplia y con el gozo de compartir su vida divina, como un niño pequeño que goza con la protección de su padre y tiene puesta toda su confianza en él.

    San Pablo nos ha enseñado que nuestros bienes abundantes son mucho mejores cuando los compartimos con aquellos que sufren la escasez y penuria de los mismos, y que ese camino de imitar a Jesús es el camino de la verdadera felicidad.

    Pero en el Evangelio la perspectiva de la conducta de Dios con los hombres se amplía hacia horizontes que el hombre nunca había contemplado. El jefe de la sinagoga y la mujer que padecía flujos de sangre en su apuesta por fiarse plenamente de Dios, nos descubren cómo es el Corazón de Jesús, qué insondables riquezas de misericordia reserva para los que le aman, para los pequeños que se confían con Él, que se abandonan totalmente a su amor. Ésa es la buena noticia que hemos escuchado. No debemos desesperarnos ante esta situación histórica que nos ha tocado vivir. De nuestra parte está quien nos ama con un amor desbordante de ternura. La única traba es nuestra falta de fe. Ni siquiera se dice en el Evangelio que Jairo o esa mujer fueran santos. Se nos dice, tal como sugiere la escena que nos relatan, que tenían una confianza ilimitada en la bondad de Jesús. Una confianza que tiene un poder transformador de la propia persona. Porque quien se fía de Dios no necesita herir o maldecir a los que le hacen daño. Reza por los que andan extraviados y pide al Señor que le proteja. El que se fía de Dios no pretende que su ira sea el mejor exorcismo contra los males que le asedian, porque se deja enseñar por la Palabra de Dios que le dice, que la ira del hombre no produce la justicia que Dios quiere (Sant 1,20-21). Pero, aunque no haya conocido la verdad revelada, ha sido instruido por la voz de su conciencia y ha notado que sus actitudes violentas y negativas no le proporcionan paz y quiere caminar por sendas de perdón, comprensión y amistad para construir la concordia que todos anhelamos.

    Pero demos un paso más con estos personajes bienaventurados del Evangelio. Jairo se postró ante el Señor para hacer su petición. La mujer enferma le tocó con delicadeza, sin querer molestarle ni desviarle de su camino, pero con una fe nada común en el poder y Corazón magnánimo del Señor. Fue como un piropo a su persona: ‘No te quito tu tiempo para otro, pero sé que para ti soy tu hija muy querida, y a pesar de tus muchas tareas me escuchas y me consuelas y me curas si te lo pido secretamente’.

    Hermanos, aprendamos la lección. Si nosotros tenemos gestos de amor, de adoración, de confianza plena en el Señor, ¿a qué acudir a los medios que nos distancian del Señor para librarnos del mal como son la ira, la venganza, la violencia verbal o física, en vez de acudir a la oración y la súplica humilde que produce tantos beneficios, porque nos hace semejantes Al Que quiere no sólo librarnos del maligno, sino vernos como imágenes de su bondad?

  • 3 Jun

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La Eucaristía es “fuente y cumbre de toda la vida cristiana”, según la definió el Concilio Vaticano II (Lumen gentium, 11), porque ella “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo” (Presbyterorum ordinis, 5). Por eso decía San Ireneo de Lyon en el siglo II que es el compendio y la suma de nuestra fe. Es “el misterio de la fe” o “el sacramento de la fe” (mysterium fidei), como proclama el sacerdote en la consagración.

    En consonancia con esto, San Juan Pablo II afirmó que “la Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia” (Ecclesia de Eucharistia, 2003, n. 1). Y Benedicto XVI, recogiendo la denominación ofrecida por Santo Tomás de Aquino, señaló: “Sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre” (Sacramentum caritatis, 2007, n. 1). Por su parte, el Catecismo Romano publicado tras el Concilio de Trento enseña que la Eucaristía es el más excelso de los siete sacramentos, porque contiene a Jesucristo mismo, autor de la gracia y de los sacramentos.

    Las lecturas de hoy, tomadas del Éxodo (Ex 24,3-8) y de la carta a los Hebreos (Hb 9,11-15), así como el salmo que se ha cantado (Sal 115,12-13.15-18), introducen al texto del Evangelio de San Marcos que hemos escuchado (Mc 14,12-16.22-26). Todas ellas nos muestran que la Eucaristía es el Sacrificio de la Nueva Alianza instituida por Jesucristo con su Sangre. Y por eso se dice correctamente que la Santa Misa es la renovación y actualización del mismo Sacrificio de Cristo en la Cruz, así como de su Resurrección y de su Ascensión a los Cielos. Cada vez que se celebra la Santa Misa, sobrepasando el tiempo y el espacio, nosotros nos hallamos presentes en todo este misterio.

    Cristo se ofrece en la Eucaristía a la vez como Víctima, Sacerdote y Altar; se ofrece a Sí mismo al Padre por nosotros. Él es la Víctima, la Hostia pura, la Oblación perfecta y única que puede mediar entre Dios y los hombres porque es a la vez verdadero Dios y verdadero Hombre; el único Mediador es Víctima y Sacerdote, porque ofrece el Sacrificio y éste no es otro que la ofrenda de Sí mismo. Y Él mismo es también el Altar sobre el que se celebra el Sacrificio: Él ofrece su propio Cuerpo y sobre su Cuerpo se derrama su propia Sangre.

    ¿Cómo debemos, en consecuencia, obrar nosotros ante la Eucaristía, tanto en la Santa Misa como al encontrarnos ante Jesús Sacramentado reservado en el sagrario o expuesto en la custodia?

    Nuestra actitud debe ser de amor, de adoración y de agradecimiento, que debemos expresar incluso físicamente, porque Él se ha quedado con nosotros en el Pan y el Vino consagrados para que podamos verlo y gustarlo alimentándonos de Él. Siempre que nuestras condiciones físicas lo permitan, debemos arrodillarnos ante Él, sobre todo en el momento de la consagración en la Santa Misa y cuando se encuentra expuesto en la custodia, al menos al principio y al recibir su bendición. Debemos hacer la genuflexión ante el sagrario donde queda reservado, o una inclinación si no podemos físicamente hacer la genuflexión. Debemos hacerle compañía cuando está expuesto en la custodia o reservado en el sagrario, orando ante Él con devoción. Debemos recibirlo en la comunión estando en gracia de Dios, sin pecado mortal, recordando a Quién recibimos y con el alma enamorada de Él. Debemos acudir a recibirlo y presentarnos ante Él decentemente vestidos: ¡cuidado con las modas del verano, no perdamos el sentido de lo sagrado y de que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo! (cf. 1Cor 6,19-20). Debemos recordar con cuánta delicadeza y ternura han de tratarlo los sacerdotes, cuyas manos han sido ungidas para conferir este Sacramento y tratar con las especies consagradas, e igualmente los diáconos, a quienes se ha ordenado para el servicio del altar y de la comunidad.

    Para terminar, quiero agradecer a los padres de los escolanos actuales y de los candidatos para el curso próximo que nos hayáis confiado a vuestros hijos para poder formar parte de una Escolanía cuya finalidad no es otra que dar culto a Dios, sirviéndole de un modo especial en la celebración de estos santos misterios, realzando la Santa Misa y reverenciándolo en la Sagrada Eucaristía. Y quiero también exhortaros a que, durante el verano, prosigáis en vuestros hogares la misma obra: llevad con vosotros a Misa a vuestros hijos, cultivad en ellos y en vosotros la vida espiritual, rezad con ellos, animadles a confesarse y confesaros vosotros. Que la vida de la gracia que aquí queremos alentar en ellos no se quede de repente cortada al llegar a vuestras casas en vacaciones. Si el ser humano olvida a Dios en su vida, lo ha perdido todo, aunque crea haber ganado el mundo. Sólo Dios da sentido a nuestras vidas y sólo Dios podrá llenar de verdad vuestros corazones y los de vuestros hijos.

    Al final de la Santa Misa de hoy, acompañemos todos procesionalmente a Jesús Sacramentado y hagámoslo con María, la Mujer Eucarística, como la han definido los Papas recientes.

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