• 2 Feb

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La Iglesia celebra en este día de forma conjunta tres fiestas o, si se prefiere, tres aspectos de una misma fiesta: la Presentación del Señor en el Templo, la Purificación de la Santísima Virgen María y la Candelaria o Fiesta de Simeón, que en cierto modo es lo más llamativo desde el punto de vista litúrgico por la procesión de las candelas. Los tres aspectos aparecen perfectamente explícitos en la lectura del Evangelio (Lc 2,22-40).

    En los dos primeros ‒la Presentación del Señor y la Purificación de María‒, contemplamos la humildad y la obediencia de Jesús, recién nacido, y de su Santísima Madre, virtudes manifestadas en la observancia fiel de los preceptos de la Ley dada a Moisés. A raíz del Éxodo de Egipto, todo primogénito varón hebreo debía ser presentado y redimido en el Templo a los cuarenta días de su nacimiento para así quedar consagrado a Dios y la madre debía someterse al rito de la purificación (Ex 13). Pero aquí está lo sorprendente: ¡el Hijo de Dios es presentado al mismo Dios, y su Madre, exenta del pecado original y de cualquier pecado, siendo Ella toda pura, se somete obedientemente a la Ley de Dios! ¡Qué ejemplo de obediencia, de humildad, de sencillez y de pobreza!

    El tercer aspecto de la fiesta de hoy incide en la profecía del anciano Simeón y en la profetisa Ana, dos personas de edad avanzada que estaban aguardando el advenimiento del Mesías. Por eso Simeón, inspirado por el Espíritu Santo, pudo exclamar las palabras que la Iglesia recita desde antiguo en el rezo de las Completas al final del día: el Nunc dimittis (Lc 2,29-32). Y en estas palabras se nos presenta a Cristo como lumen Gentium: “luz de las gentes”, “luz de las naciones”, la luz que alumbra a todos los pueblos gentiles de la tierra, además de ser la gloria de Israel, el pueblo escogido por Dios desde el principio.

    ¡Cuántas luces falsas y efímeras pretenden hoy iluminar el mundo y con qué facilidad sucumbimos ante ellas! El dinero que tan pronto abunda como falta, la fama que dura dos días, el poder que genera un ansia insaciable, el sexo convertido en ídolo y que es causa de múltiples esclavitudes, el internet que usado de forma inmoderada nos hace perder absurdamente el tiempo, las promesas de tantos políticos que no se cumplen, la estrella de los famosos que se apaga en breve y un largo etcétera. Todas estas luces se apagan y por lo general son incapaces de volverse a encender.

    ¡Sólo Cristo es la luz verdadera que alumbra a todos los hombres! Él es la luz enviada por el Padre, “irradiación esplendorosa de su gloria / de la eterna luz” (Sab 7,25; Hb 1,3). Él mismo lo ha dicho: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Y por eso, sólo Él puede iluminar y hacer comprender el misterio del hombre, del mundo y de Dios. Con razón dice San Juan de Ávila que “Jesucristo es vuestro con [tal] que seáis vosotros de Jesucristo (cf. 1Cor 3,22). Si sois de Jesucristo, todo es vuestro; si no, no tenéis nada. […] La vida sin Jesucristo, infierno es” (Sermón en la fiesta de la Purificación).

    Y solamente Jesucristo puede ser el fundamento de la vida religiosa y consagrada. La Iglesia celebra hoy la jornada dedicada a ella y San Juan Pablo II recordó que la vida de quien se ha consagrado a Dios supone una existencia “cristiforme” (Vita consecrata, n. 14). Pero si los consagrados sustituimos a Jesucristo por otros sucedáneos, al final se nos harán insoportables la vida en comunidad, los votos religiosos y hasta el sentido mismo de una vida dedicada a Dios. Y es muy fácil buscar sucedáneos ‒a veces cosas buenas en su origen‒ con los que pretendamos llenar una vida que nosotros mismos podemos haber vaciado de contenido: nuestras propias ocupaciones cotidianas, una actividad pastoral, el estudio, un pasatiempo, el internet, las salidas externas, la amistad meramente humana de una persona, etc. Algunas de estas tentaciones se pueden presentar del modo más sutil y hasta con apariencia espiritual. ¡Y cómo nos engañan con facilidad y nos dejamos seducir poco a poco! ¡Qué gran peligro el de buscar fuera de Dios lo que sólo en Dios podemos encontrar! Ninguno podemos considerarnos exentos de peligros y mejores que los demás, porque a todos nos ataca el demonio por una u otra vía, generalmente por la que sabe que somos más vulnerables.

    Es importantísimo que la persona consagrada haga diariamente un examen de conciencia en el que indague si el centro real de su vida sigue siendo Jesucristo o lo ha desplazado por algo humano. San Bernardo se preguntaba a sí mismo con frecuencia: “Bernardo, ¿a qué has venido al monasterio?”

    ¡Cuánta falta hacen jóvenes deseosos de entregarse por completo a Jesucristo, de consagrar sus vidas a Él, de convertirle en el centro de todo, tal como nos exhorta San Benito a los monjes: “No anteponer nada al amor de Cristo!” (RB IV, 21 y LXXII, 11). Hacen falta respuestas generosas a la llamada de Dios y superar los miedos a la vocación religiosa, sabiendo que sólo Dios llena el alma y la vida completa del ser humano, como nadie ni nada es capaz de hacerlo. ¡Qué alegría cuando un joven escucha la llamada de Jesús a dejarlo todo por Él y se lo entrega todo! ¡Cómo debemos alegrarnos y dar gracias a Dios por las jóvenes vocaciones que nuestra comunidad está recibiendo! ¡Y qué ejemplo el de una persona que ha vivido hasta el final de sus días dedicado a Dios por completo, no a medias tintas, sino con fidelidad en la observancia y sin fisuras!

    Miremos, en fin, a Jesús presentado en el Templo y a su Madre, la gran consagrada a Dios, para que sean siempre nuestro modelo.

  • 6 Jan

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    En la fiesta de la Epifanía, tanto en Oriente como en Occidente, se han celebrado tradicionalmente tres elementos de una misma teofanía o manifestación del Dios Salvador: la adoración de los Magos, el Bautismo de Jesús en el Jordán y el milagro de las bodas de Caná. Así lo reflejan las antífonas que cantamos hoy en el Oficio Divino. La Epifanía es la manifestación del verdadero Dios a todos los pueblos, anunciando que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres. Los Magos venidos de Oriente reflejan esta realidad (Mt 2,1-12): el Niño nacido en Belén es Aquel a quien ellos reconocieron como el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”, el “Mesías”, el “Cristo”, el “Ungido”, Jesús, el “Salvador”. Ha brillado y ha amanecido para los pueblos la luz y la gloria del Señor, según nos ha dicho el profeta Isaías (Is 60,1-6) y, de acuerdo con lo que hemos escuchado a San Pablo (Ef 3,2-3.5-6), en virtud de esto ahora también los gentiles son coherederos y partícipes de la promesa en Jesucristo por el Evangelio.

    La figura de aquellos Magos, en parte misteriosa y en parte entrañable, no deja de causarnos admiración, pues son unos hombres de los que poco sabemos, venidos casi con toda seguridad de regiones de Persia y quizá de algunas otras como Etiopía o el sur de Arabia.

    Vamos a fijarnos en algunas actitudes que podemos observar en ellos y procurar imitarlas.

    En primer lugar, la apertura a la fe y a la sabiduría venida de Dios. El nombre de Magos hace referencia a los sacerdotes de la religión persa dualista o casi monoteísta conforme a la reforma de Zoroastro o Zaratustra, adoradores del fuego –signo de la divinidad de Ahura-Mazdah– y lectores de las escrituras para ellos sagradas del Avesta. Deseosos de un conocimiento científico con vertiente religiosa, se entregarían también a la astronomía y la astrología desarrolladas en Mesopotamia y eso les llevaría a observar la estrella de la que el Dios verdadero se valió para anunciarles el nacimiento del Rey de Israel. Más aún, todo apunta a que eran hombres abiertos a la revelación del Dios verdadero mediante la lectura meditada de la Sagrada Biblia, por la cual podían esperar la venida del Mesías. Según la distinción ofrecida por muchos Padres de la Iglesia y autores medievales entre ciencia y sabiduría, podemos decir que aquellos Magos no sólo procurarían la ciencia humana, sino que aspirarían a la sabiduría venida de Dios, de tal modo que Él les permitió conocerla en su Hijo Unigénito, el Logos, el Verbo, la Sabiduría de Dios por la que todo fue creado. Aquellos hombres de la gentilidad recibieron –los primeros de entre los gentiles– el don de la fe en Jesucristo porque estaban abiertos a recibirla.

    La segunda actitud que cabe destacar es la búsqueda. Búsqueda de la Verdad divina, del Dios verdadero, no únicamente en el plano intelectual y espiritual, sino también mediante un largo desplazamiento físico, tal vez incluso de unos dos años según el dato que el evangelista San Mateo nos facilita acerca de la matanza de los Santos Inocentes y que permite calcular la edad aproximada del Niño Jesús cuando llegaron a Belén. Un largo viaje desde puntos divergentes y que les llevó a concurrir guiados por la estrella; un viaje realizado por las rutas caravaneras que comunicaban distintos puntos del Antiguo Oriente. Ese esfuerzo físico, con sus riesgos y el cansancio, venía animado por un anhelo de encontrar al Mesías anunciado, al Rey nacido, al Hijo de Dios encarnado, al Salvador universal.

    Una tercera actitud que resalta es la humildad. Nos dice San Mateo que, al encontrar al Niño con María, su Madre, “cayendo de rodillas lo adoraron”. Aquellos sabios venidos de tan lejos dejaron a un lado la vanidad y el orgullo que podían asaltarles por sus amplios conocimientos y humildemente se arrodillaron ante un Niño. No es nada descabellado pensar en su probable condición regia, como ha recogido la Tradición conforme a las profecías mesiánicas –entre ellas el salmo 71 que se ha cantado– y según los conocimientos históricos nos permiten deducir.

    En efecto, y dejando a un lado las posibles procedencias etiópicas y sabeas o yemeníes de alguno de estos sabios, sabemos que a raíz de la descomposición del Imperio Medo-Persa desde su conquista por Alejandro Magno, esta región vivía una fragmentación en reinos de diverso tamaño y poder y algunos de ellos estaban gobernados por “magos” que eran reyes-sacerdotes. La investigación histórica incluso ha sugerido identificar al rey Gondofares de Sistán con el Gaspar de los Evangelios apócrifos. En cualquier caso, contemplemos la humildad de estos personajes, relevantes en sus países de origen, al verse ante un Niño en una casa sencilla de una aldea de Judea, famosa por sus resonancias davídicas pero de escasa extensión y población.

    En fin, la cuarta actitud que podemos señalar y de la que nos habla San Mateo es el gozo, la alegría que les llenó al observar que la estrella se detenía porque habían alcanzado su meta: la casa en la que pudieron adorar al Rey anhelado, al Niño al que venían buscando desde tan lejos, el Verbo encarnado para la redención de los hombres. Los regalos que le ofrecieron eran muy preciados y podían provenir en parte de Arabia directamente o de mercados a los que llegaban a través de rutas comerciales, y en ellos se ha descubierto la realidad de Jesucristo como Rey (el oro), como Dios (el incienso) y como Hombre (la mirra).

    En fin, con el gozo de los Magos, contemplemos a María Santísima, a quien ellos tuvieron la alegría de conocer al llegar a adorar al Niño Dios; y con Ella mostremos en Él al Emmanuel, “al Dios con nosotros”, ante el mundo entero.

  • 25 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Como los pastores de Belén de los que nos ha hablado el Evangelio (Lc 2,1-14), repartiéndose entre el descanso y los turnos de vela para custodiar el rebaño, nosotros nos encontramos en medio de la noche: en medio de la noche física, por una parte, pues estamos reunidos aquí a estas horas; y en medio de la noche moral y espiritual, ya que esperamos la luz de la aurora que ilumine nuestra vida con un sentido que le dé plenitud.

    Los pastores conocían bien la realidad de la noche y sus peligros. Por eso guardaban por turnos el rebaño, previendo posibles asaltos de ladrones o de animales salvajes que pudieran atacar las ovejas. Nosotros, a su vez, nos vemos con frecuencia atemorizados por la incertidumbre de nuestro futuro y ante las realidades de la sociedad en que vivimos, las cuales nos espantan muchas veces.

    Y en medio de esa noche, un ángel se apareció para anunciarles la buena nueva del Nacimiento del Salvador, del Mesías Redentor, del Hijo de Dios encarnado. Dice el monje y Doctor de la Iglesia San Beda el Venerable que la Providencia divina lo dispuso así porque “convenía que, cuando el gran Pastor de las ovejas –Cristo–, es decir, el alimentador de las almas de los fieles, hubiera nacido en el mundo, dieran testimonio de su nacimiento unos pastores que velaban sobre su rebaño” (Homilías sobre los Evangelios, lib. I, hom. 6). San Ambrosio de Milán, por su parte, señala que Dios busca a los sencillos y así lo mostró manifestándose a los pastores (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, lib. II, 53).

    San Lucas refiere que cuando el ángel se les apareció y la gloria del Señor los envolvió de claridad, ellos se llenaron de gran temor. En ocasiones, nosotros sentimos temor y, más aún, auténtico miedo, pavor y hasta pánico por la noche ambiental en que vivimos, por este tiempo en que el pecado y la impiedad parecen campar a sus anchas en la sociedad actual. Sin embargo, y esto debería ser más terrible para nuestras conciencias, a veces nos acostumbramos a ese ambiente y comenzamos a sentirnos cómodos en él, nos queremos adaptar a él y da la impresión de que incluso quisiéramos pactar y confraternizar con él. Cuando esto sucede entre hombres de Iglesia, es aún más escandaloso.

    En esa situación, la luz de Dios nos permite ver con claridad nuestra triste realidad, descubrimos el fango del pecado ambiental y personal y cómo nos hemos ido dejando caer y arrastrar, y esto nos produce espanto. Nos causa temor el resplandor de la luz celestial que, de repente, alumbra nuestras almas y da claridad a nuestras conciencias. Pero ahí, en ese momento, el mensaje de paz y alegría, el anuncio de salvación y la llamada a la conversión que se nos trae –como les sucedió a los pastores–, debe infundirnos confianza y esperanza en el Dios Amor que viene a visitarnos, a rescatarnos de nuestra miseria y a elevarnos hasta Él. Las palabras del ángel, que vienen de Dios, resuenan entonces en nuestro interior: “No temáis”.

    Fue la misma idea y el mismo mensaje que San Juan Pablo II proclamó con voz potente al ser elegido Papa y que repetiría frecuentemente: “¡No tengáis miedo!”

    En efecto, el ángel de Dios nos despierta del sueño: “No temáis, no tengáis miedo”, porque Dios ha venido a rescataros, porque se ha acordado de vosotros, porque os ha enviado a su Hijo para salvaros, porque va a enviaros al Espíritu Santo para que haga fructificar en vuestras almas y en la Iglesia la obra redentora de Jesucristo. No tengáis miedo a desataros del pecado que os envilece; no tengáis miedo a los sistemas políticos y económicos que oprimen al hombre y que pretenden borrar el nombre de Dios de la faz de la tierra; no tengáis miedo del ambiente social que embrutece al ser humano y que destruye la inocencia de los niños y el ardor de la juventud. ¡Dios es más fuerte, Dios ha enviado a su Hijo para salvaros! ¿Por qué tener miedo?

    Es, efectivamente, la paz y el gozo que transmite el ángel: “Os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David (Belén), os ha nacido un Salvador; el Mesías, el Señor”.

    Cristo, como anunciaba el profeta Isaías en la primera lectura (Is 9,2-7), es el “Príncipe de la paz”. Si bien el nombre salvador de Jesús traerá división (Mt 10,34-35; Lc 12,51-53), porque los obstinados en el pecado y en el mal, instigados por el demonio, se opondrán a Él con todas sus energías –como tantas veces podemos comprobar en nuestro tiempo–, sólo Él es capaz de traer la paz profunda y la alegría más íntima a las almas. Por eso, precisamente, quien procura suscitar el odio y la envidia, la soberbia y el pecado, es decir, Satanás, promoverá el rechazo a Cristo entre los hombres.

    Pero no tengamos miedo, como nos ha dicho el ángel. “Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera”. Y lo hace desde un humilde pesebre, dentro de un refugio encontrado por San José para que se guarezca de la noche y del frío, porque para la Sagrada Familia no ha habido posada. Cristo salva y triunfa desde la sencillez, desde la pequeñez, desde la humildad, desde la pobreza. Él busca las almas sencillas y humildes y en ellas reina, trayendo a ellas la paz y la alegría espiritual, porque en ellas ha venido a morar su Salvador y Redentor. Abramos, pues, como María y José, y como los pastores de Belén, nuestras almas a Jesucristo, para poder unirnos así a los ángeles en esta “noche santa” y cantar con ellos: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama”.

    Que el Niño Jesús os bendiga y os conceda una Feliz Navidad.

  • 25 Dec

    P. D. Anselmo Álvarez

  • “En el principio era el Verbo… y el Verso hizo carne” (Jn 1,1). Así se abre el Evangelio de hoy, como anunciándonos la misión fundamental encargada al enviado del Padre. Ese Niño que ya reposa entre las pajas de un establo porque nosotros no le dimos otro aposento, es la Palabra que dio y sigue dando vida al mundo, la que mediante ella creó y modeló al hombre; la que siendo Verbo y Palabra del Padre, se hace también Palabra encarnada para el hombre. La que antes y después de este acontecimiento que hoy volvemos a celebrar es la Palabra sobre la que reposa cuanto existe en los cielos y en la tierra, y fuera de la cual o contra la cual nada subsiste. Dios no es sólo el Ser que, mediante ella, da vida a los mundos y las criaturas; el que crea, en el hombre, una criatura semejante a Él para que encarne y sea reflejo de sus perfecciones, sino el que dirige sus pasos y permanece ante él como referencia y medida de la verdad de las palabras y obras que realiza. Desde que poseemos esta Palabra de Dios nosotros hemos conocido el único itinerario seguro de nuestra existencia, frente a tantas otras palabras que se han volcado sobre nosotros.

    Ya desde el principio había llevado a cabo este designio. Lo había hecho a través de todas las palabras de la revelación y de los profetas, que sin embargo no parecieron muy eficaces. Por eso se nos envió la Palabra Suprema con la que Padre confió el poder remover las profundidades del hombre. Lo explicó la misma Palabra, el Verbo de Dios: envió algunos de sus siervos a su viña para recoger los frutos que le pertenecían, pero los maltrataron. Envió otros con los que hicieron lo mismo. Por fin envió a su Hijo, confiando que le respetarían, pero le quitaron la vida para apoderarse de la viña.

    Ahora bien, después de esa Palabra no hay otra, porque Dios sólo tiene una Palabra para el hombre. Palabra sin alternativa. Ella abarca la visión y el destino real del hombre y de su existencia. Palabra que anuncia la Verdad, la Plenitud, el Sentido de todas las cosas. El conjunto de lo que existe, cada realidad que tenemos ante nosotros, sólo puede tener un significado: el que recibieron en el momento de su formación por el Poder y la Sabiduría creadoras. Nadie modifica esa realidad original. En Dios no hay cambio ni evolución. En las obras de Dios tampoco. Puede cambiar en ellas lo accidental, su apariencia; pueden, y deben, crecer en perfección de acuerdo con su propia naturaleza. Pero no podemos, y ello vale especialmente para el hombre, modificar nuestro modo de ser esencial. No podemos reinventarnos permanentemente, dándonos una interpretación o un finalismo a la medida de los cambios que se sucedan en torno a nosotros, si esos cambios alteran la estructura esencial recibida con la naturaleza que se nos dio: “la palabra de Dios permanece para siempre” (Is 40,6)…, porque “Yo Soy el que Soy” (Ex 3, 14) es decir, entre otros sentidos: Soy siempre y permanezco idéntico a Mí mismo. De igual modo vosotros, porque estáis hechos a mi imagen. Por igual razón, mi ley hacia vosotros no es caprichosa sino que responde exactamente a vuestra naturaleza, y no admite ninguna modificación sustancial.

    Por eso, nadie puede alterar la constitución ontológica y espiritual que ha recibido de Dios, ni sus finalismos, ni la interpretación que Él mismo ha dado de ellos, a riesgo de dejar de ser lo que somos. Cuando a pesar de todo sucede, sin rectificación por nuestra parte, ocurre lo que escucharemos en un momento decisivo: “no os conozco” (Mt 25, 12), porque vosotros no me habéis reconocido a Mí ni a vosotros mismos en la realidad que recibisteis de Mí. Así pues, el Verbo, la Palabra, se hizo hombre y habitó entre nosotros. Calle, pues, el hombre y hable el Verbo, hable la Verdad. ¿Dónde iremos, qué podremos esperar, qué destino nos espera si prescindimos de esa Palabra eterna, infalible, la que ha hechos surgir y dirige la constitución y el curso de los mundos? La libertad de las conciencias humanas no justifica en ningún caso que nosotros podamos elegir frente a ella nuestro propio camino. Esa Palabra, que se ha manifestado como el Amor, la Sabiduría y el Poder supremos que han actuado en el mundo, vino y permanece entre nosotros para mostrarnos los caminos de la prudencia, que son los caminos de la verdad y de la sensatez.

    Mediante esa Palabra, que es Palabra divina y por tanto la única verídica y exacta, Cristo se convierte en el guía de nuestra salvación” (Hbr 2, 10), en el Maestro, inspirador y conductor en todo el ámbito de lo que necesita ser iluminado y salvado. Porque “nadie puede poner otro fundamento que el que ha sido puesto, que es Jesucristo” (1 Cor 3, 10-11). Él “es el gran artesano del orden y la paz sobre la tierra, porque es Él quien conduce la historia humana” (Mensaje final del Concilio a la humanidad… A los gobernantes, 3)

    “La Palabra del Señor permanece para siempre” (Is 40, 8). Por ella “Yo soy la Luz del mundo”, y por ella, que es Palabra omnipotente, descendida del cielo, “se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Sobre ella Yo llevo la historia del mundo. Por eso decía también el Concilio en la Gaudium et Spes: “la Iglesia cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro” (v GS, 22). Son también las palabras con que empieza la encíclica Redemptor hominis, de Juan Pablo II.

    Todo lo hemos recibido de la plenitud de esa Palabra que hoy aparece en Belén. Todas las demás, incluidas las que, al margen de ella, estamos pronunciando en los tiempos presentes, son totalmente estériles o antagónicas a la causa del hombre. Es la Palabra que “existía desde el principio” (Jn 1, 1), sobre la cual Dios ha llevado a cabo la creación del mundo y del hombre. Sobre ella subsistimos, o al margen de ella perecemos. Hoy la vemos brillar sobre nosotros, como Luz y como Ley del mundo. Porque “la Palabra se hizo carne” (Jn 1, 14) en el Verbo de Dios hecho Hombre, la que los hombres ha podido ver y tocar, escucharla de sus propios labios, entrar en contacto directo con Ella, y percibirla directamente en su interior. Esa Palabra que define a Dios y al hombre en Él. Después de Ella no son necesarias más palabras. Las que se le han dicho son todas las necesarias para que el hombre se sitúe ante sí mismo, se reconozca y se autogobierne. Es la Palabra que se convierte en “la sabiduría que abre la boca de los mudos y suelta la lengua de los niños” (Sb 10, 21). La Palabra que nos ha permitido “contemplar la gloria del Unigénito del Padre” (Jn 1, 14). Ella es también nuestra gloria, y el camino a la única verdad y vida a la que estamos llamados.

    Este es el Cristo que hoy sigue naciendo para nosotros, Palabra y Sabiduría que habla en todos los tiempos, portador de toda verdad acerca de toda realidad. El que ha venido como “padre del siglo futuro y príncipe de la paz” (Is 9, 6). Sabemos, por tanto, en qué dirección mirar.

  • 30 Nov

    P.Santiago Cantera

  • Querido Fray Carlos:

    Te dispones a realizar la profesión de tus votos temporales como monje en esta fiesta de San Andrés, lo cual adquiere un significado singular, por ser la vida y la comunidad de los Apóstoles uno de los fundamentos de la vida monástica. En efecto, como San Bernardo de Claraval expuso con gran belleza, la vida monástica es a la vez una vida celestial y angélica por la guarda del celibato; es una vida profética porque busca y anuncia lo que no se ve, vive de la fe y aspira a la eternidad; y es una vida apostólica, que se gloría en el Señor, porque se ha dejado todo para seguirle y escucharle (Sermón 3 de las faenas de la cosecha).

    En efecto, el relato que hemos escuchado del Evangelio de San Mateo nos ha narrado cómo Jesús llamó a los hermanos Simón Pedro y Andrés y luego a los hermanos Santiago y Juan, y ellos lo dejaron todo para seguirle (Mt 4,18-22).

    Ese dejarlo todo por Cristo, según el modelo de los Apóstoles al oír su voz y verse irresistiblemente atraídos por su mirada, es lo que llevó a San Antonio Abad, el Padre de todos los monjes, a inaugurar la vida monástica en Egipto en el siglo IV, como nos lo describe San Atanasio: meditando la vocación de los Apóstoles y al escuchar en una iglesia el texto evangélico del joven rico, Antonio vendió todas sus posesiones para dar el dinero a los pobres, procuró que su hermana quedase bien atendida y él marchó a comenzar una vida solitaria de oración y penitencia (Vita Antonii, 2). Este ejemplo de los Apóstoles en la renuncia del monje a las cosas del mundo para seguir a Cristo estará presente siempre en la Tradición monástica, y así lo recoge San Basilio Magno (Grandes Reglas, 8), a quien todo el monacato oriental tiene como un referente y San Benito denomina “Nuestro Padre San Basilio” (RB LXXIII, 5).

    Un verdadero “Padre del Desierto” de nuestro tiempo, el monje copto egipcio Matta el-Maskin (1919-2006), destacó que la vocación de San Antonio fue por completo una vocación según el Evangelio y sostenida poderosamente por el Espíritu Santo, de tal modo que fue un verdadero heredero del fuego santificador de Pentecostés. El Abuna o P. Matta el-Maskin, ofreciendo una visión pneumatológica de la Historia de la Iglesia, explica cómo se produjo primero la efusión del Espíritu Santo sobre la comunidad apostólica y la Iglesia primitiva, después el mismo Espíritu Santo suscitó la respuesta del despojamiento total por medio del martirio, y luego hizo surgir el monacato como renuncia diaria en la que el monje lleva su cruz cada día poniendo en práctica su fe, su esperanza y su amor a Dios (San Antonio, asceta según el Evangelio).

    Pero, si el ejemplo de renunciamiento de San Andrés y de todos los Apóstoles para seguir a Cristo es uno de los fundamentos de la vida monástica, también lo es el modelo de vida de la comunidad de los Apóstoles en torno a Jesús y bajo el aliento del Espíritu Santo. Quienes hemos abrazado un estilo monacal cenobítico, de vida en comunidad, debemos mirar aquella comunidad apostólica como referente, tal como lo recordó San Juan Pablo II: “Exhorto a los consagrados y consagradas a cultivarla [la vida fraterna] con tesón, siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos de Jerusalén, que eran asiduos en la escucha de las enseñanzas de los Apóstoles, en la oración común, en la participación en la Eucaristía, y en el compartir los bienes de la naturaleza y de la gracia (cf. Hch 2,42-47) […] para que cada comunidad se muestre como signo luminoso de la nueva Jerusalén, morada de Dios con los hombres” (Vita consecrata, n. 45).

    Este clima de auténtica fraternidad en el seno de la comunidad es posible vivirlo cuando Cristo, el Maestro y el Amigo divino, ocupa el centro de nuestras relaciones, según enseña San Elredo de Rieval al dar las pautas de la verdadera amistad espiritual frente a la amistad pueril e inmadura (La amistad espiritual, II, 20-21; III, 133-134).

    Querido Fray Carlos: vas a profesar los tres votos clásicos de la Tradición monástica de cuño benedictino: estabilidad, conversión de costumbres y obediencia (RB 58, 17), el segundo de los cuales conlleva la pobreza y la castidad. Quieres abrazar el seguimiento y la imitación de Cristo según el modelo de los Apóstoles y viviendo los consejos evangélicos: pobreza, obediencia y castidad. Y al hacerlo, quieres llevar a sus últimas consecuencias lo que recibiste a la hora del Bautismo, configurando tu vida con la de Cristo para alcanzar la unión con Dios.

    El ejemplo de los Apóstoles es muy alentador para que puedas desarrollar este proyecto de vida: ellos no nacieron como hombres santos ni fueron perfectos seguidores de Jesucristo desde el principio. Es más, todos le abandonaron en Getsemaní. Sin embargo, el trato íntimo y cotidiano con Él fue limando sus defectos y la acción del Espíritu Santo a partir de Pentecostés los transformó en los doce recios cimientos del nuevo Israel que es la Iglesia y los condujo por el camino de la santidad. San Benito nos animará diciendo que la vida monástica, camino de salvación, se puede recorrer con dulzura de caridad a medida que se avanza (RB Pról., 45-50).

    Por eso, te recuerdo la exhortación de San Gregorio Magno, el primer papa-monje: “Ya que celebramos el natalicio del apóstol San Andrés, debemos imitar a quien rendimos culto”, despreciando lo terreno para ganar lo eterno; no envidiando, sino viviendo una caridad ardiente; y todo ello con la ayuda de Nuestro Señor Jesucristo (Homilía V sobre los Evangelios). Y que por intercesión de San Andrés y de la Virgen María, Reina de los Apóstoles, el Buen Dios te conceda la santa perseverancia en el bello propósito que hoy abrazas.

  • 17 Nov

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: «Con vuestra paciencia salvaréis vuestras almas.» Es esta una buena noticia que nos da hoy el Señor como palabra última que ilumina todo lo que ha dicho Él en el Evangelio y lo que dicen las lecturas de este domingo, que son anuncio de un juicio sobre la maldad extendida por doquier. ¿De qué hemos de ser salvados? Del rechazo de los planes de Dios en esa gran purificación que el Señor anuncia a este mundo: una purificación que da paso al Reino de justicia y de paz. Un Reino de amor para cuya implantación en este mundo es requisito imprescindible pasar por el castigo que merece el pecado grave y reiterado hasta la saciedad que campea ufano por las plazas y calles de nuestras ciudades en nuestros días. Y eso a pesar de que las guerras habidas en el siglo veinte hayan supuesto también una catarsis que produjo sus frutos en su día. El efecto del escarmiento ha quedado ya olvidado. La deriva de la maldad ha alcanzado cotas tan altas, que el nuevo castigo ha de costar la vida de muchos y el ejercicio máximo de la paciencia en un grado comparable a la prueba que sufrieron los contemporáneos de Noé, aunque superándola en rigor. Pero aún así el Señor afirma que «ni un cabello de nuestra cabeza perecerá», pero esta sobrentendido, si Él no lo permite. Pues está claro que el Señor no desdeña que haya muchos justos que al sufrir la persecución, e incluso la muerte, obtengan la conversión de muchos tibios e indiferentes y fortalezcan a los apocados por su valiente testimonio.

    San Agustín dice en uno de sus sermones sobre los Salmos que si no ponemos resistencia en su primera venida, la que tuvo lugar por su encarnación y han prolongado sus predicadores por todo el mundo enseñando a vivir como vivió Él, tampoco temeremos esta segunda venida en que de nuevo vendrá, pero a juzgar.

    Mientras tanto hemos de prepararnos: este mundo pasará, no nos podemos apegar a él, porque nada quedará de él, ni el recuerdo. Sigamos el camino de nuestro Salvador, el de la cruz de nuestras limitaciones y el de la persecución que se está volviendo descaradamente agresiva de nuestros derechos y de nuestra libertad. No nos apartemos de la Luz, porque días vendrán, hermanos, que nadie sabrá dónde ir ni a quien seguir: las voces de unos y otros nos confundirán, como ya está pasando, y reinará el error y la confusión, la angustia se apoderará de nosotros, porque la Luz de Dios, el cayado de nuestro Pastor, no estará ante nosotros como ahora, y, herido el pastor de nuestras almas, el que Dios ha puesto al frente de la Iglesia, pero al que se niegan a reconocer muchos católicos de toda la vida, no lo tendremos.

    Por supuesto que esto no es el fin del mundo. Dios va a establecer su Reino que pedimos todos los días en el Padre nuestro y en la Eucaristía.

    Busquemos nuestra salvación y dejemos ya este mundo; no nos apeguemos a él, no pongamos nuestro corazón en él, o seremos presa fácil del diablo que anda buscando resquicios para entrar en nuestras vidas y apoderarse de nuestra alma. Digámosle: ¡NO! , siendo del Señor, fieles a su Amor. Obedezcamos su Palabra que tenemos en el Evangelio y en toda la Sagrada Escritura, con su interpretación en el Catecismo de la Iglesia, que en ello nos va nuestra salvación.

    Un día nos encontraremos con el Señor y seremos felices y gozaremos de su Amor, pero antes debemos sufrir por nuestros propios pecados y para la salvación de todos los que se abran al amor de Dios.

    ¡Qué suerte hermanos es poder participar cada día en la Eucaristía!, pues a pesar de ser tantos nuestros pecados, esa comunión sacramental hecha en gracia de Dios, a la que el Señor nos invita, es una participación en su sacrificio y en la reparación de los pecados de los hombres. La obra que más desagravia al Señor es precisamente la comunión sacramental. Y no depende de lo que nosotros sintamos. Nuestra participación es acudir a la Eucaristía y participar de la mejor manera, sin distracciones consentidas, sin hablar con nadie, desde el principio al fin, sin recortarla por llegar tarde o irnos antes a otras cosas, y ante todo en gracia de Dios. La reparación por los pecados no es obra nuestra, es obra de Dios, pero esa participación cuidada por nuestra parte es imprescindible.

    Esperemos con gozo esta venida del Señor, este momento culminante de la inhabitación de las tres divinas Personas en nuestras almas en la comunión, y aceptemos los planes de Dios, que difieren mucho de los nuestros evidentemente, puesto que Él nos asegura que va a estar con nosotros, junto con su Madre, todos los días de nuestra vida. No nos soltemos de su mano perseverando en recibirle en sus sacramentos

    Hermanos hoy es el día dedicado a los pobres, así lo ha establecido el Papa Francisco. Hemos hablado de estar con el Señor por medio de la oración y los sacramentos, pero se entiende que no sería fructuosa nuestra comunión sacramental si uno se niega a socorrer a los más necesitados. Jesús en la última Cena en la que instituyó la Eucaristía la precedió del lavatorio de pies y él mismo se ciñó para LAVARLOS, dándonos ese ejemplo y advertencia de que no se pueden separar Eucaristía y servicio, la presencia de Cristo en su Cuerpo y Sangre sacramental y presencia de Cristo en los más pobres. El papa Francisco es muy sensible a esta enseñanza de Cristo tan central en el Evangelio. Y tenemos que agradecerle nos lo recuerde tan vivamente.

  • 2 Nov

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El mes de noviembre entero y muy especialmente el día de hoy están dedicados a la intercesión por las almas de los difuntos. Ayer celebrábamos la solemnidad de Todos los Santos, que nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad ante Dios, a la salvación eterna, a gozar de la dicha del Cielo con Él. Por su parte, la conmemoración litúrgica de hoy fue instituida a inicios del siglo XI por San Odilón, abad de Cluny, y nos recuerda la verdad del Purgatorio y el deber que tenemos de ofrecer nuestras oraciones, penitencias, limosnas y el Santo Sacrificio de la Misa para que las almas que se encuentran en ese estado puedan pasar a disfrutar de Dios.

    La existencia del Purgatorio es un dogma de la fe católica, definido solemnemente en el II Concilio de Lyon en 1274. En la Sagrada Escritura, muy especialmente en los libros de los Macabeos, hay numerosos textos en los que se fundamenta la fe en el Purgatorio o unas penas purgantes. Para poder pasar a contemplar la belleza infinita de Dios en la eternidad, las almas deben estar limpias de toda mancha dejada por sus pecados. Lo mismo que cuando una persona asiste a una boda o a un encuentro importante tiene que ir con un vestido limpio, para ver a Dios tenemos que estar perfectamente purificados.

    Entre los Padres de la Iglesia, San Agustín y el papa San Gregorio Magno fueron algunos de los que trataron el tema del Purgatorio con mayor profusión. El segundo incidió en la fuerza inmensa del Santo Sacrificio de la Misa ofrecido por las almas de los difuntos para que queden liberadas de las penas purgantes y puedan pasar a la gloria celestial. Esa fuerza viene del propio valor de la Santa Misa, porque en ella se realiza la renovación y actualización del Sacrificio de Cristo en el Calvario, así como de su Resurrección y Ascensión. Por eso, no hay nada más grande sobre la faz de la tierra que la Santa Misa y la Iglesia permite en el día de todos los Fieles Difuntos que los sacerdotes puedan celebrar tres Misas.

    Nunca debemos olvidar que el bien o el mal que hagamos en esta vida tienen repercusiones de cara a nuestra salvación eterna, a la que Dios nos invita. Nuestra vida no se termina con la muerte: más bien comienza. Todos debiéramos meditar acerca de la muerte, no con un sentido tétrico, sino como una realidad de la vida humana ante la que ésta encuentra su sentido y ante la que debe decantarse por el bien o por el mal, teniendo presente que tras ella vendrá la realidad eterna, ya de gloria, ya de condenación.

    El mes de noviembre nos introduce de lleno en la meditación de una parte de lo que tradicionalmente se ha conocido como “los Novísimos”, mientras que en el Adviento que le sigue podremos penetrar en la otra parte de ellos: aquella que se refiere al final de los tiempos y la Parusía o segunda venida de Jesucristo y el Juicio Final.

    Pero los “Novísimos” se deben meditar siempre con esperanza. Es erróneo hacerlo con espíritu morboso, tétrico, catastrofista o adivinatorio. La actitud cristiana es de esperanza, virtud teologal infundida por Dios en nuestra alma para confiar en la grandeza de la Bondad y de la Misericordia de Dios, que nos invita al arrepentimiento y a la conversión para alcanzar la vida eterna.

    En este mes de noviembre, por tanto, debemos recordar y meditar la realidad de la inmortalidad del alma y la fe en la resurrección final de los cuerpos, según el modelo del Cuerpo resucitado de Jesucristo en estado glorioso. No está de más recordar, en consecuencia, que rezar por vivos y difuntos es una de las obras de misericordia espirituales, y enterrar a los muertos es una de las obras de misericordia corporales. Y de ahí el respeto que la fe cristiana, acorde con la Ley Natural inscrita en el corazón de todos los hombres cuya razón gobierna adecuadamente en sus vidas, impone a la memoria de los difuntos, a sus restos mortales y a sus sepulturas.

    “Dios quiere que todos los hombres sean salvos” (1Tim 2,3-4), dice San Pablo. Y Jesús nos habla de la inmortalidad y de que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos están vivos” (Mc 12, 27; Lc 20,38). Dios desea que todos podamos llegar a gozar del Cielo, de la visión de Él mismo. Y por eso quiere que le roguemos por la liberación de las ánimas benditas del Purgatorio, que esperan nuestras oraciones y sacrificios y que ofrezcamos por ellas el Santo Sacrificio de la Misa.

    En todo el mes de noviembre se puede ganar en esta Basílica indulgencia plenaria aplicable por las almas del Purgatorio, con las debidas condiciones de confesión sacramental, comunión eucarística, oración por el Papa y aversión al pecado.

    Que María Santísima, que esperó con fe la Resurrección de su Hijo, interceda por las ánimas del Purgatorio y nos lleve a meditar en los misterios que ahora la Iglesia nos propone.

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