• 12 Nov

    P.Santiago Cantera

  • Querido Fr. Carlos:

    España, en su esencia y en su desarrollo histórico, está unida estrechamente a la fe cristiana. Desde la primera predicación apostólica y el pronto arraigo del cristianismo en tierras como la Bética de la que eres natural, la sangre de los mártires la hizo ser fecunda en frutos de santidad, de firmeza en la defensa de la fe y de capacidad misionera. Y por eso, la patria hispana, que sería desde tales inicios tierra de Cristo y “tierra de María”, como la denominara San Juan Pablo II, vería igualmente desde épocas muy remotas crecer la vida monástica, como recordamos hoy en esta memoria de San Millán y los Santos Monjes Españoles.

    En efecto: desde testimonios contemporáneos al final del período romano en los siglos IV y V, como los de la monja peregrina Egeria o Eteria y la relación de San Agustín con los monjes de la isla balear de Cabrera, y hasta nuestros días, España ha sido tierra de fuerte arraigo monástico y de santos y santas que han abrazado este género de vida. En ella brotaron pronto, en la época visigótica, grandes santos patriarcas del eremitismo como Emiliano o Millán y del cenobitismo como Fructuoso de Braga; San Braulio de Zaragoza, biógrafo del primero, se dirigió al segundo llamándole “esplendor sagrado de España”. Aquella España visigótica vio escribir y practicar reglas monásticas originarias que se perpetuaron durante siglos hasta que se afianzase en ella la de Nuestro Padre San Benito. San Fructuoso, precisamente, peregrinó por la Lusitania y la Bética hasta tu tierra gaditana para venerar las reliquias de los mártires hispanorromanos y en el entorno de Cádiz fundó monasterios masculinos y femeninos, entre los cuales brilló la santa monja Benedicta, que reunió en torno a sí a 80 discípulas que quisieron vivir la esponsalidad con Cristo, tal como también San Leandro se la hubiera propuesto a su hermana Santa Florentina igualmente en la provincia Bética.

    España ha sido fecunda en santos abades como Domingo de Silos y sus amigos Íñigo de Oña, Sisebuto de Cardeña y García de Arlanza, pacificadores de reyes enfrentados, y ha dado testimonios impresionantes como el de la monja reclusa Santa Oria. Ha sido fecunda y al mismo tiempo fecundada por la sangre de monjes y monjas mártires como los mozárabes, los de Cardeña o los de los años 30 del siglo XX, donde no podemos olvidar a nuestros benedictinos de Silos en Madrid y a los de El Pueyo y Montserrat, así como a los cistercienses de Viaceli y sus hermanas de Algemesí, al restaurador de los jerónimos y a los no beatificados aún de la cartuja de Montalegre y de los ermitaños de la Luz de Murcia.

    España ha visto nacer Órdenes monásticas como los jerónimos en el siglo XIV y más tarde los basilios, con cuyos fundadores en la Sierra de Córdoba trabaron amistad espiritual Santa Teresa de Jesús y San Juan de Ávila; además, el Beato Juan de España había dado nacimiento a la rama femenina de la Cartuja en el siglo XII. Todo esto, sin olvidar las reformas monásticas bajomedievales y que buena parte de la reforma de algunas Órdenes mendicantes como la franciscana por vía de fray Pedro de Villacreces y más tarde San Pedro de Alcántara, y la carmelitana por medio de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, se orientaron en una línea de acentuación de los valores monásticos. Santa Teresa, queriendo retornar a los orígenes más puros del Carmelo, recordó a las carmelitas que eran comunidades de ermitañas y por eso en esta reforma se abrieron pronto “desiertos” en su rama masculina.

    Pero no puedo ni debo alargarme más en este recuerdo y elogio del monacato hispano y de sus santos y santas, pues de una homilía en la que proponerte un ideal y animarte a vivir desde esos preciosos ejemplos, correría el riesgo de pasar a una conferencia.

    El objetivo esencial de la vida monástica –lo sabes bien–, tanto entre los monjes españoles como entre todos los monjes cristianos, y así nos lo ha propuesto Nuestro Padre San Benito, es la búsqueda de Dios mediante la configuración con Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo. Así decía San Braulio que San Millán vivía sus austeridades en la dureza del clima riojano “por amor de Dios, en la contemplación de Cristo y con la gracia del Espíritu Santo” (Vita Aemiliani, IV). Como monje, tienes que aspirar a ser morada de la Santísima Trinidad y a vivir en el seno de la Santísima Trinidad, a vivir la inhabitación trinitaria como la oblata benedictina Beata Ítala Mela y a buscar la unión transformante del alma en Dios que de forma tan hermosa y con tantas imágenes tomadas de la Sagrada Escritura y del paisaje castellano nos expuso San Juan de la Cruz.

    Quisiera proponerte además algunos modelos de monjes jóvenes que han vivido este ideal en tiempos recientes y en tierras hispánicas, y de ellos me voy a fijar en tres. El primero, el del cisterciense San Rafael Arnáiz, muerto por dura enfermedad a los 27 años recién cumplidos, maestro del amor de Dios y del vivir y sufrir crucificado con Cristo bajo el amparo maternal de la Virgen María. El segundo, el del Beato Aurelio Boix, monje de El Pueyo, quien a sus 21 años dijo a sus padres y a su hermano que iba a unir en breve el holocausto de su vida por la reciente profesión monástica y la unión definitiva a Dios, su Amor, por la inmolación gloriosa del martirio. Y el tercero, el del Siervo de Dios portugués Bernardo de Vasconcelos, fallecido a los 30 años, quien descubrió para sí y enseñó para otros la vivencia íntima de la Santa Misa como misterio supremo de la Liturgia, de la vida de la Iglesia y del verdadero espíritu cristiano.

    Que ellos y todos los Santos Monjes Españoles, bajo la guía de Jesús y de María, te ayuden en tu camino monástico.

  • 2 Nov

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La Iglesia Católica dedica de un modo especial el mes de noviembre a la intercesión por las almas de los difuntos y, si ayer celebrábamos la solemnidad de Todos los Santos, que nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad ante Dios y a la salvación eterna, la conmemoración litúrgica de hoy nos abre la puerta a este mes en el que se nos anima a orar por las ánimas del purgatorio. Tenemos ciertamente el deber de ofrecer nuestras oraciones, penitencias, limosnas y el Santo Sacrificio de la Misa para que las almas que se encuentran en ese estado puedan pasar a disfrutar de Dios. La conmemoración de los Fieles Difuntos fue instituida por el abad San Odilón de Cluny a inicios del siglo XI.

    La Iglesia Católica afirma la existencia del Purgatorio y lo definió solemnemente como un dogma en el II Concilio de Lyon en 1274. En la Sagrada Escritura, y muy especialmente en los libros de los Macabeos, hay numerosos textos en los que se descubre la realidad del Purgatorio o de unas penas purgatorias. Y es que es lógico que, para poder pasar a contemplar la belleza infinita de Dios en la eternidad, las almas deban estar limpias de toda mancha dejada por sus pecados. Lo mismo que cuando una persona asiste a una boda o a un encuentro importante tiene que ir con un vestido limpio, para ver a Dios tenemos que estar perfectamente purificados.

    San Agustín, San Gregorio Magno y otros Padres de la Iglesia trataron el tema del Purgatorio. San Gregorio Magno, biógrafo de nuestro Padre San Benito y primer papa-monje, resaltó en sus libros de los Diálogos la fuerza inmensa que posee el Santo Sacrificio de la Misa ofrecido por las almas de los difuntos para que queden liberadas de las penas purgantes y que así puedan pasar a la gloria celestial. Ciertamente, la Santa Misa es lo más grande que existe y que sucede sobre la faz de la tierra, pues es la actualización de la Pasión, la Muerte, la Resurrección y la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, trascendiendo las barreras del espacio y del tiempo. A ella debiéramos acudir siempre con devoción, con admiración y con asombro renovado ante lo que sucede delante de nosotros.

    El mes de noviembre nos coloca ante las realidades de lo que tradicionalmente se ha conocido como los “Novísimos” y de los cuales hoy por desgracia no hablamos mucho los sacerdotes.

    Ciertamente, el bien o el mal que hagamos en esta vida tienen repercusiones de cara a nuestra salvación eterna, a la que Dios nos invita. Nuestra vida no se termina con la muerte: más bien comienza. Todos debiéramos meditar acerca de la muerte, no con un sentido tétrico, sino como una realidad de la vida humana ante la que ésta encuentra su sentido y ante la que debe decantarse por el bien o por el mal, teniendo presente que tras ella vendrá la realidad eterna, ya de gloria en el Cielo, ya de pena en el Infierno, porque éste también existe. El Infierno no lo ha originado un Dios cruel, sino la obstinación diabólica y humana en el mal hasta el último momento, que se cierra a la misericordia divina.

    Los “Novísimos” se deben meditar siempre con esperanza, ya que la actitud cristiana es de esperanza, virtud teologal infundida por Dios en nuestra alma para confiar en la grandeza de la bondad y de la misericordia de Dios, que nos invita al arrepentimiento y a la conversión para alcanzar la vida eterna.

    “Dios quiere que todos los hombres sean salvos” (1Tim 2,3-4), dice San Pablo. Y Jesús nos habla de la inmortalidad y de que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos están vivos” (Mc 12, 27; Lc 20,38). Dios desea que todos podamos llegar a gozar del Cielo, de la visión de Él mismo, introduciéndonos en la misma vida divina, que es vida de amor entre las tres divinas personas, vida de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Y por eso quiere que le roguemos por la liberación de las ánimas benditas del Purgatorio, pues nuestras oraciones y sacrificios por ellas, y sobre todo el Santo Sacrificio de la Misa ofrecido por ellas, puede así conducirlas al Cielo.

    En todo el mes de noviembre se puede ganar en esta Basílica indulgencia plenaria aplicable por las almas del Purgatorio, con las debidas condiciones de confesión sacramental, comunión eucarística, oración por el Papa y aversión al pecado.

    Que María Santísima, que esperó con fe la Resurrección de su Hijo, interceda por las ánimas del Purgatorio y nos lleve a meditar en los misterios que ahora la Iglesia nos propone.

  • 1 Nov

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    En la solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia honra a todos aquellos hermanos nuestros que han alcanzado ya la gloria celestial en la eternidad, tanto los que están oficialmente beatificados y canonizados, como aquella ingente multitud de hombres y mujeres que, habiendo pasado en su mayor parte desapercibidos y siendo desconocidos para nosotros, vivieron la vida cristiana con fidelidad. Entre ellos pueden contarse muchos familiares y amigos nuestros que han sido un verdadero ejemplo de vida cristiana para quienes los conocieron.

    Como afirmaremos en el Credo, una de las cuatro notas de la verdadera Iglesia es la santidad. Lo dice el Salmo 92: “La santidad es el adorno de tu casa” (Sal 92,5). Y lo es porque su fundador, Nuestro Señor Jesucristo, es santo y envía sobre ella el Espíritu Santo para que la vivifique y la santifique, produciendo en ella frutos de santidad. A pesar de las miserias y de los pecados de los cristianos, la Iglesia es esencialmente santa. Por eso mismo nos deben doler nuestros propios pecados y los de todos los hijos de la Iglesia, y especialmente de los sacerdotes, pues empañan la imagen de pureza que debe brillar en la Iglesia como Esposa de Cristo. En definitiva, debemos orar y sacrificarnos para que “la santa Iglesia, esposa de Dios, señora y madre nuestra, vuelva a ser libre, casta y católica”, como dijera el Papa y monje benedictino San Gregorio VII en el siglo XI.

    Desde sus mismos orígenes, la Iglesia rindió un culto especial a los mártires y los tomó como modelo, y muy pronto asoció a ellos a otros hombres y mujeres que sobresalieron por haber vivido las virtudes en grado heroico. La meta del cristiano es la santidad y el logro de la salvación eterna, porque suponen la fidelidad y entrega absoluta a Dios y el disfrute de su contemplación para siempre. En consecuencia, el ideal cristiano es la santidad: “¡Ser santos!”, como han proclamado muchos santos. “¡Hagámonos santos, que todo lo demás es tiempo perdido!”, nos han dicho muchos de ellos.

    La santidad consiste básicamente el ejercicio heroico de las virtudes. Y la virtud es una disposición permanente del alma para obrar el bien y evitar el mal. Para poder ejercitarla de un modo perfecto necesitamos la ayuda de la gracia divina, que es un anticipo de la gloria celestial y se nos comunica por medio de los sacramentos, la oración y las buenas obras; la gracia es la participación, ya en la tierra, de la naturaleza y de la vida divinas, como nos dice la segunda carta de San Pedro (cf. 2Pe 1, 3-4).

    Seamos santos, iluminemos al mundo que nos rodea con nuestro ejemplo y aspiremos al Cielo, viviendo las Bienaventuranzas que Jesús nos ha proclamado en el Evangelio (Mt 5,1-12) y anhelando pertenecer al séquito de los santos que eternamente glorifican a Dios, según la descripción del Apocalipsis (Ap 7,2-4.9-14), sabiendo que entonces, como nos ha dicho el apóstol San Juan, “seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,1-3).

    La solemnidad de Todos los Santos, por tanto, es un doble estímulo a ser santos en la tierra y a alcanzar la gloria de los santos en el Cielo. Los santos, con su vida y con su ejemplo, han sido capaces de aportar al mundo caridad y justicia. Pero además, nos sirven de modelo para alcanzar la dicha eterna en el Cielo. Son un aliciente para la esperanza cristiana, la cual es una virtud teologal infundida por Dios en la voluntad, por la cual confiamos con plena certeza alcanzar la vida eterna y los medios necesarios para llegar a ella apoyados en el auxilio omnipotente de Dios.

    La solemnidad de hoy y el mes de noviembre, dedicado a los Fieles Difuntos, nos recuerdan la realidad trascendente del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios y redimido por la Sangre de Jesucristo. Nos recuerdan la realidad de la inmortalidad del alma y la fe en la resurrección final de los cuerpos, según el modelo del Cuerpo resucitado de Jesucristo en estado glorioso. No está de más recordar, en consecuencia, que rezar por vivos y difuntos es una de las obras de misericordia espirituales, y enterrar a los muertos es una de las obras de misericordia corporales. Y de ahí el respeto que la fe cristiana, acorde con la Ley Natural inscrita en el corazón de todos los hombres cuya razón gobierna adecuadamente en sus vidas, impone a la memoria de los difuntos, a sus restos mortales y a sus sepulturas.

    En los tiempos que vivimos y en los que absurdamente se han generado en España problemas que no existían, bueno sería recordar lo que, en una época en que no sobresalían los mediocres, se cuenta de un gobernante de una gran talla cultural, moral y cristiana, como fue Carlos I. Según se narra en cierta tradición, ante el sepulcro de Lutero en Wittenberg, cuando alguno le propuso exhumar sus restos y dispersarlos, contestó: “No hago la guerra a los muertos; descanse en paz. Ya está delante de su Juez”. El ejemplo de Carlos I es el que corresponde al caballero cristiano español: dar la batalla por la verdad desde esa nobleza de alma y desde esa altura de miras, con la ayuda de Dios y de Santa María Virgen, con el ejemplo de los santos y de los héroes, siendo capaces de construir el futuro sin destruir el pasado y haciendo reinar el amor sobre el odio. Que Santa María, Reina de todos los Santos, nos ayude en el camino de la santidad.

  • 14 Oct

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: estamos disfrutando en este momento una gracia muy especial, porque somos oyentes de la Palabra de Dios y a nuestros oídos ha llegado la Buena Noticia o el evangelio de nuestra salvación, que no tiene nada que ver con leer un periódico o libro donde se cuenta o se aprende algo. En la lectura de la Palabra de Dios bajo el influjo del Espíritu Santo se nos hace partícipes de una luz que antes no estaba en nosotros, nuestro espíritu se llena de una convicción invisible, pero que ahora creemos verdadera por la autoridad del que habla: Dios. Él nos ha creado y a pesar de nuestro pecado y nuestra rebelión contra Él, nos perdona generosamente e invita a participar de su vida divina si no solo reconocemos nuestro error, sino que damos un paso más y nos dolemos de haber menospreciado su amor y nos proponemos rectificar y vivir según sus mandamientos de vida eterna.

    Hemos pedido al Señor que perdone nuestros pecados en la procesión de entrada: “Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de Ti procede el perdón” y le hemos suplicado que su gracia nos preceda y acompañe y nos sostenga continuamente en nuestras acciones para así obrar siempre el bien. Por eso la Palabra de Dios no es información, sino diálogo y comunicación de Dios con sus hijos a través de una historia de salvación, historia viva de amor totalmente distinta de cualquier otro tipo de historia, porque se refiere a mi relación personal con las tres personas divinas, con los santos, con los ángeles y con mi prójimo.

    La primera lectura ha proclamado las maravillas de esa Sabiduría que vale mucho más que el poder y las riquezas. Por esa Sabiduría merece la pena dar todo, porque es portadora de una luz que nos hace ver mucho más allá de lo que se ve con los ojos y gustar de bienes espirituales que llenan pero no hastían ni fatigan ni los corroe la polilla ni los roban los ladrones. Esa Sabiduría se nos ha revelado que es Cristo, que no es una colección de saberes, sino una persona que perdona mis pecados, me recompensa de forma inimaginable y me libera de mis intereses egoístas.

    La lectura de Hebreos nos ha llevado a un nivel de comprensión de la Palabra que no habíamos pensado. Nos creemos justos y que todo lo hacemos muy bien. Pero cuando leemos la Palabra de Dios en apertura al Espíritu, que juzga los deseos e intenciones del corazón, quedan al descubierto nuestras miserias y en nuestra absoluta pobreza, nuestra única opción válida es arrojarnos en los brazos misericordiosos del Padre.

    En el Evangelio se nos manifiesta la figura de Jesús, Sabiduría encarnada de Dios y ante el cual se postraba la gente. Él nos propone seguirle cumpliendo los mandamientos, camino verdadero y seguro para la salvación, dejándolo todo por seguir a Jesús. Ese paso asustó al joven rico, que no quería desprenderse de sus muchas riquezas. Pero merece todo sacrificio alcanzar esa Sabiduría que es la persona misma de Jesús y la comunión con su vida divina. ¡Qué importante es que haya católicos que pongan toda su vida en manos de Jesús, en pobreza, castidad y obediencia, para atraer y facilitar a otros encontrarse con Él y asegurar la salvación propia y ajena! No es un mandamiento exigible para todos, sino un consejo para los que se comprometen con Jesús a entregar su vida por el Evangelio. Ese es el sentido y la incomparable belleza de la vida consagrada. Dedicarse a la oración es ya una predicación para el pueblo de Dios, que ve cómo todo en la vida es pasajero y solo es necesario vivir en comunión con Dios en la tierra para vivir en dicha comunión eternamente en el cielo. El que no ame a Dios en esta vida, tampoco lo amará en la futura.

    Para llevar a buen puerto este santo propósito, acudamos a nuestra Madre del cielo con el S. Rosario. Como muchos ya sabéis, en la fiesta de S. Miguel Arcángel, el Papa Francisco invitó a los fieles de todo el mundo a rezar el S. Rosario cada día del mes mariano de octubre y a unirse así en comunión y penitencia para pedir a la Santa Madre de Dios y a S. Miguel Arcángel que protejan a la Iglesia del diablo. El Santo Padre invita a terminar el S. Rosario con Sub tuum praesidium (“Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh, siempre virgen, gloriosa y bendita!”) y con la oración de León XIII a S. Miguel Arcángel, que recitaremos al acabar esta eucaristía. Esa abadía os invita a rezar el S. Rosario, con el que podéis ganar indulgencia plenaria, los domingos a las 10.30 en esta basílica.

    Por último, muchos de los presentes nos habéis preguntado cómo ayudar a esta comunidad en la actual situación, que todos conocéis. Vuestra mejor ayuda sin ninguna duda es vuestra oración por los monjes: rezad para que todos los miembros de esta comunidad sigamos a los santos monjes y seamos hijos fieles de S. Benito. No podemos desanimarnos ni lo más mínimo por la tormenta desatada sobre este lugar. La receta infalible contra el desaliento es más oración y más sacrificio, por lo que esta comunidad os invita a la adoración eucarística de hoy en la capilla del Stmo. de 13.45-16.45. Todo lo que no sea oración y sacrificio son cataplasmas ineficaces con las que Satanás nos entretiene. Pidamos a la Virgen del Valle que interceda ante su Hijo para cumplir con su gracia este santo propósito. Contamos para ello con los nuevos santos, S. Pablo VI y S. Óscar Romero. Que así sea.

  • 30 Sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Queridos hermanos en N. S. Jesucristo: El Señor nos dice que su Palabra permanece para siempre. Con esta convicción hemos escuchado y queremos escuchar cada día la Palabra ante la cual nos confrontamos, pero la Palabra de Nuestro Amado Señor también es guía, la que nos señala el camino entre tantos caminos que llevan a la desesperación y la nada, la que ilumina nuestras oscuridades y contradicciones, la que nos reprocha, exhorta y consuela. Es increíble hasta donde llega su acción vivificante. Un poco de todo esto nos encontramos en las lecturas de hoy.

    Lo primero ha sido escuchar ese relato de la travesía del incipiente pueblo de Dios, forjado en el desierto entre Egipto y la tierra que Dios quiso darles como heredad. En la larga estancia en el desierto capitaneados por Moisés e instruidos por Dios, recibe Moisés la orden de nombrar a setenta ancianos para que le ayuden en su tarea de juez. Pero antes se reunieron y los que no acudieron a la reunión, también recibieron el Espíritu porque habían sido elegidos.

    El Espíritu sopla por donde quiere y el hombre no debe pretender limitar su acción justificándolo con cualquier excusa. Este principio de la trascendenciadeDiossupone que el hombre no puede juzgar a Dios. Debe conocerlo para amarlo. Debe meditar lo grande que es Dios y lo pequeño q es el hombre, y lo fácil que resulta al hombre equivocarse con respecto a Dios en sus especulaciones y cómo siempre debe estar precavido para no deformar con sus pensamientos la verdad sobria y perfecta que nos transmite la Sagrada Escritura.

    El Espíritu Santo en sus obras no es comparable con las pretensiones humanas de valerse por sí mismo y creerse que para eso le ha dado Dios fuerza, para que busque las soluciones a todo por sí, fiándose de sus capacidades.

    Tanto en la primera lectura como en el Evangelio se nos refieren dos actuaciones o juicios de los hombres, equivocados con respecto al obrar divino, y eso que tanto Josué como el apóstol San Juan eran unos elegidos de Dios. Hoy día se da esto muy a menudo y es necesario referirse a ello. Hay modaseclesiales o maneras de actuar en una determinada etapa de la historia de la Iglesia introducidas contra las normas vigentes, que por estar muy extendidas y no encontrar apenas oposición se dan por buenas. Así ha ocurrido en la etapa postconciliar con respecto a la Eucaristía. Un determinado sector del clero con pretensiones de renovar la vieja Iglesia, carente de atractivo para las nuevas generaciones, según ellos, se empeñó en introducir la costumbre de comulgar en la mano. La pretendida justificación provenía de que en la Iglesia primitiva, según su sesgada interpretación de los hechos, se comulgaba en la mano. Se omitió contar cómo la Iglesia abandonó enseguida esta práctica, no bien documentada ni generalizada como quieren suponer sus partidarios, porque se vio que de esa forma no se podía asegurar el respeto debido al Sacramento, ni la caída y consiguiente profanación de las partículas que quedan adheridas en la palma y los dedos de quien toma la sagrada forma. Hoy día se poseen medios técnicos de comprobar que hay partículas que no se aprecian a simple vista. Y se comprueba que esas partículas quedan en los dedos y palma de la mano de quien así toma la comunión. Y no sólo eso, sino que al comulgar de pie se olvida uno de los requisitos que se requieren para sustituir el comulgar de rodillas por el comulgar de pie: que es hacer un signo de adoración antes de comulgar, bien sea por medio de una genuflexión previa o, al menos, por una inclinación de cabeza. El resultado de tan renovadora moda eclesial ha sido que por la comunión de pie y en la mano se ha logrado que los fieles se olviden de hacer la adoración previa y que se pisen las partículas que caen al suelo profanando la Eucaristía, pues las partículas que quedan en las manos acaban en el suelo o en cualquier cloaca al lavarse. Y me vais a perdonar, hermanos, si añado que por esta supresión del gesto de reverencia y por la profanación material hemos abierto la puerta al sacrilegio espiritual de comulgar en pecado grave sin previa confesión. Pues cuando se deja de adorar como es debido al Señor toda profanación es posible, y a veces pasa desapercibida al cristiano,pero llega inclusoa mirar a otro lado ante tales sacrilegios materiales.

    Pues así como tuvo que corregir Moisés a Josué y Jesús a Juan por unas objeciones humanas, no carentes de una cierta lógica, hoy con mucha más razón y vehemencia profética tendría que acallar el Señor a estos “renovadores de la vieja Iglesia” que corrigen airados a los fieles que comulgan de rodillas y en la boca: “¿Cómo pretendéis que apruebe vuestro proceder en contra de las normas de la Iglesia, vosotros que priváis de libertad a los fieles obligando a comulgar de pie y en la mano –cosas estas que tan solo están permitidas y toleradas contra la santa costumbre milenaria de comulgar de rodillas y en la boca?”

    La Eucaristía, lo ha expresado muy bien el concilio Vaticano II, es “la fuente y el culmen de la vida cristiana”. Pero ¿de qué sirve tan rotunda declaración de principios si después en la práctica estamos haciendo lo contrario, y no nos esforzamos en poner remedio una vez que nos hemos percatado de que esta moda eclesial ha debilitado la fe en la presencia real de Cristoen la Eucaristía y ha hecho caer vertiginosamente la asistencia a la Misa dominical?

    No hay más remedio que recomendar encarecidamente que se comulgue de rodillas, excepto en caso de imposibilidad física, y en la boca para ayudarnos a no cometer sacrilegios materiales y espirituales, que bastante ofendido está el Señor por los que no creen, para que seamos, los que queremos serle fieles, los primeros en hacerlo por secundar una moda eclesial fruto del humo de Satanás, del que dijo el beato Pablo VI se había introducido en la Iglesia.

    No puedo menos de hacerme eco de la invitación que ha hecho el Santo Padre a toda la Iglesia de que en este mes de octubre todos los fieles recemos el Santo Rosario todos los días para unirnos en comunión y penitencia, como pueblo de Dios, para pedir a la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, y a san Miguel Arcángel que protejan a la Iglesia del diablo, que siempre pretende separarnos de Dios y entre nosotros, invitándonos a terminar el rezo del Santo Rosario con la antigua invocación “Sub tuum praesidium”, “Bajo tu amparo” en español, y con la oración a San Miguel Arcángel, que protege y ayuda en la lucha contra el mal.El Papa muy discretamente no dice más en su llamamiento, pero cualquiera que esté mínimamente informado de las últimas noticias de la Iglesia sabe que tiene que estar pasando un calvario,pues los ataques los ataques a su persona hacen zozobrar la barca de Pedro. El peligro de cisma se hace cada vez más próximo y no sólo hemos de rezar, sino ayunar y hacer penitencia.

  • 14 Sep

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Cuando el libro del Génesis narra el relato del pecado original (Gn 3), centra su localización en un árbol dentro del Edén, el árbol de la ciencia del bien y del mal, él único de cuyo fruto Dios había prohibido al hombre que comiese (Gn 2,15-17). Allí tiene lugar la tentación de Satanás. De este modo, la caída del hombre se identifica con un árbol que se convierte en árbol de muerte por la acción seductora y embustera del demonio.

    ¿Cuál es la motivación del demonio? No es otra que la actitud de rebeldía contra Dios y de envidia frente al hombre (cf. Sab 2,23-24), nacida de la soberbia que le llevó a levantarse contra Dios para ser como Él y porque no podía admitir que, en sus designios de amor al hombre, el Hijo de Dios fuera a encarnarse y asumir la naturaleza humana. Para Lucifer, el ángel más hermoso, resultaba inaceptable que la naturaleza humana, inferior por sí misma a la angélica, fuera a ser ensalzada mediante la Encarnación del Verbo de Dios.

    La Creación entera y el hombre en particular, obras buenas salidas de las manos del Buen Dios, fueron inoculados así por Satanás con el veneno del pecado y del odio, en que vive él permanentemente. Para quienes no vivimos de odio porque el odio está ausente en nuestro interior, nos resulta muy difícil describir cómo es. Por eso, nos tenemos que remitir simplemente a describirlo conforme a los rasgos externos que podemos observar en quienes viven inmersos en él. Debemos rezar por ellos, pues en realidad son dignos de la mayor compasión.

    El odio, como la envidia, es una enfermedad del alma de origen diabólico que, como un gusano, corroe permanentemente el interior de quien la padece. Impide vivir en paz y ser feliz, porque únicamente aspira a la eliminación o la humillación del adversario, aunque sea infamando su memoria incluso mucho después de que haya desaparecido físicamente y no reconociendo absolutamente nada bueno en él. Produce una continua insatisfacción, pues sólo se goza en la falsa y efímera alegría de disfrutar con el sufrimiento del adversario, a quien se ve como la única causa de los propios males. El odio destruye interiormente a quien lo sufre e impide la paz social. Nace, en último extremo, de la envidia de Satanás al hombre y él lo siembra entre los hombres para que se destruyan unos a otros. Una sociedad envenenada con el odio sólo puede caminar hacia su autodestrucción si no se sale del círculo vicioso de ese odio que, en vez de disminuir, lamentablemente crece de forma continua, porque es un fuego que no se apaga más que con el agua salutífera del amor y del perdón.

    Satanás se valió de un árbol para sembrar la soberbia, la envidia y el odio en la tierra. Pero Jesucristo, el Verbo de Dios humanado que ha venido a reconciliar al hombre y a la Creación entera con Dios, ha llevado a cabo su obra redentora con la máxima perfección posible y se ha valido de otro árbol para ella: el árbol de la Cruz.

    La Cruz, signo de muerte y de ignominia en el mundo antiguo, se ha convertido en el árbol de la Redención, de la Vida y del Amor, porque Jesucristo, como verdadero Dios, es la Vida y el Amor. Ya en el Paraíso, según dice el Génesis, estaba el árbol de la vida (Gn 2,9) como signo del definitivo, que es la Cruz de Jesucristo. San Buenaventura elaboró desde esta imagen un opúsculo que tituló precisamente El árbol de la vida (Lignum vitae), degustando doce frutos acerca del misterio de Jesús.

    Este árbol de la Vida y del Amor que es la Cruz de Cristo nos revela las entrañas más profundas del amor de Dios, como hemos escuchado al mismo Jesús en el Evangelio (Jn 3,13-17): “Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Unigénito para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.

    La Cruz, por tanto, es el árbol del amor, frente al árbol del odio de Satanás. Y lo es del amor en su vertiente suprema, es decir, la caridad, el mismo amor de Dios, que de Dios nace como fuente y a Él retorna como su meta, porque Dios es Amor (1Jn 4,8.16). Los brazos de la Cruz nos recuerdan los brazos abiertos de Cristo, brazos de amor y de perdón que a todos se extienden. Por eso aquí, en el Valle de los Caídos, rezamos por todos, por los que en nuestra guerra murieron en uno o en otro bando y que están enterrados en esta Basílica o en otros lugares de España.

    La construcción de una sociedad con viabilidad de futuro sólo puede encontrarse en el verdadero espíritu de reconciliación, y no hay otro posible para el hombre que el amor de Jesucristo, subido a la Cruz por amor, perdonando a sus verdugos desde ella y muerto y resucitado para nuestra salvación. Ése fue el perdón con el que tantos mártires murieron por amor a Cristo, entre ellos algunos de los Beatos cuyas reliquias conservamos en nuestra Basílica, como el pasionista Juan Pedro de San Antonio, de 46 años, quien dijo a la dueña de la pensión en la que estaba hospedado junto con el Beato Pablo María de San José: “Si alguno nos saca para fusilarnos, os pedimos que a nadie guardéis odio o rencor por el mal que piensan hacernos. El Señor lo permite así para nuestra santificación”. También es el caso del Beato José Gómez Matarín, párroco de Íllar (Almería), quien, justo antes de ser asesinado, se giró hacia sus verdugos y les dijo: “No sabéis lo que hacéis, permitid que os bendiga”. O el caso del Beato Enrique López Ruiz, joven párroco de Nacimiento, también en Almería, que a sus 35 años dijo semejantes palabras a quienes le iban a dar muerte. El párroco de Sorbas (Almería), Beato Fernando González Ros, tras recibir varios tiros de sus verdugos, dijo a éstos: “Que Dios me perdone como yo os perdono”. Y el Beato Antonio Martínez López, párroco de Serón (Almería), con 45 años, quiso igualmente bendecir a sus verdugos, cuya respuesta fue golpearle el brazo hasta fracturárselo.

    Que la Santísima Virgen María, que permaneció al pie de la Cruz y ejerce su Patrocinio sobre este lugar sagrado como Nuestra Señora del Valle, nos lleve siempre a orar por quienes nos odian, pidiendo a su Hijo que nos conceda, como Él lo hizo, saber amarles por encima de su odio, perdonarles por encima de sus deseos de venganza y querer su bien por encima del mal que nos puedan desear.

  • 9 Sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: Es el Señor quien os traído aquí a su celebración de su misterio pascual de la muerte y resurrección celebradas sacramentalmente en esta Eucaristía. Este es un tiempo de gracia en nuestras vidas. Como tal lo hemos de vivir. Con agradecimiento y admiración por esta y tantísimas intervenciones de gracia que Dios ha tenido en nuestras vidas. La agracia de Dios rara vez actúa de un modo sensible. Pero considerando nuestra vida en la oración advertimos cómo Dios nos ha hecho conscientes de que hemos sido favorecidos en muchos momentos de la vida por Él. Este es uno de esos toques de gracia. Aprovechemos este paso de Dios por nuestra vida. Esta pascua de salvación.

    ¿Y cómo sabemos que esto está sucediendo así? Porque nos hemos congregado en su Nombre. No debemos decir rutinariamente al principio de nuestras tareas “En el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” Pero todavía menos debemos dejarnos arrastrar por la rutina si lo hacemos presididos por los sacerdotes en la Santa Misa. Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo dan mucha importancia a esta y a todas las oraciones que dice el sacerdote ordenado para ser otro Cristo, para representarle a Él.

    Una parte fundamental de la Eucaristía es la proclamación de la Palabra de Dios. Un sacerdote ha portado el Libro Evangeliario en la procesión para honrar y agradecer a Dios que se digna hablarnos con palabras dirigidas a cada uno en particular cuando es proclamada su Palabra en la liturgia. Otra intervención de Dios en nosotros.

    El Señor ha querido recordarnos a través del profeta Isaías, que si Israel fue castigado por apartarse de Dios, la promesa de amor, que es la Alianza de Dios con su pueblo, va a tener un colofón grandioso cuando Dios restaure todas las cosas en Cristo. Es lo que pedimos en cada Eucaristía: ¡Ven, Señor Jesús! En el tiempo de Adviento nos atrevemos a instarle al Señor con mayor premura: ¡Ven, Señor, y no tardes más! ¿Sabemos lo que eso significa? Me temo que no todos. Pero para eso está la predicación, no para dar lecciones de teología, sino para disponer el corazón a recibir el mensaje de salvación que nos dirige el Señor en cada lectura. Hemos escuchado: “He aquí a vuestro Dios, llega el desquite, la retribución de Dios./ Viene en persona, y os salvará.” Venir en persona se refiere a la segunda venida o Parusía a hacer el “Juicio de las naciones” que confesamos en el Credo: “Y de nuevo vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos”. Dios tiene previsto por el Espíritu Santo convencer al mundo de sus pecados (Jn 16,8), lo cual significa que nos hará vernos ante Él para dar cuenta de nuestra vida antes de morir si su venida sucede antes. No sabemos el día y la hora en que volverá, pero las señales que nos ha dado de su segunda venida ya se han cumplido, luego tenemos que estar preparados, viviendo en gracia constantemente. No podemos aplazar nuestra confesión hasta el día en que nos apetezca, o cuando nosotros barruntemos que se acerca el Señor. Porque su venida será por sorpresa para el que no está preparado. Para el que no está con la lámpara encendida de la vida en gracia será semejante a un ladrón que viene cuando sabe que estás descuidado.

    Vuestra visita a este lugar sagrado os la habéis planteado quizás como llevaros un recuerdo o una foto cuando los guías están mirando a otra parte o atendiendo a las preguntas de algún visitante. San Agustín decía con respecto a lo que solemos hacer por los difuntos: “Las flores se marchitan, las lágrimas se evaporan, pero la oración permanece”, es decir, la oración es lo único que tiene una trascendencia que no pasa como anécdota pasajera y trivial. Es importante que veáis cómo el Señor os ha inclinado a venir aquí sin daros cuenta, pero para tener un encuentro con Él, en la Eucaristía, en la confesión, en la adoración silenciosa ante el Sagrario o ante el Santísimo expuesto a la adoración de los fieles. En este santuario lo venimos haciendo este verano de 2 a 5 de la tarde con el fin de rogar por la reconciliación de los españoles por su conversión y para que este lugar sea preservado como lugar de culto. Aquí se conservan las reliquias de al menos 54 mártires que están esperando que les invoquemos para derramar las gracias que obtienen de Dios por estar aquí enterrados. Todos deseamos el bien de España y la convivencia pacífica, además de llegar a la eterna bienaventuranza. Pero si ahora no amamos a Dios, no le damos gloria celebrando sus sacramentos y alabándole con los actos de culto, tampoco lo haremos en el cielo ni tendremos la protección de Dios aquí en la tierra. Hagamos la prueba: démosle gloria a Dios y veremos cómo el Señor nos escucha. También se puede rogar por las intenciones dichas fuera de este lugar. Pero es importante ese encuentro personal con el Señor insustituible. Todos nos tenemos que convertir. Todos somos pecadores y tenemos que acercarnos a la fuente de la gracia.

    Hermano que estás hoy aquí presente, cómo decirte que debes contemplar este Cristo que está ante tu vista acordándote de que su Corazón no sólo lo rompió la lanza del centurión, sino sobre todo tu desamor, tu ingratitud, tu falta de fe en tu Salvador. El Señor no sólo está ante ti ahora, sino día y noche donde quiera que te encuentres tratando de conquistar tu amor, de atraer tu mirada a su dolor, a su Sangre vertida por ti, pero miras a otros dioses, dioses de barro y arcilla que se romperán y nunca acudirán a tu llamada de auxilio y nunca borrarán con su solo amor todo el dolor y angustia de tu corazón. No prestas atención a sus advertencias de amor y las cosas de este mundo te atraparán y tellevarán al infierno si tú no atiendes a su llamada. Tu madre del cielo espera igualmente que la mires para ayudarte a darte cuenta que te acosa el enemigo de tu salvación y no te das cuenta. Despierta. No aplaces tu confesión, tu encuentro con el Señor. Dios te ofrece todas la hermosuras del cielo, porque eres su hijo y tú te empeñas en estar sólo en el horror del mundo en compañía de las tinieblas. Viene a reinar tu Salvador y no te dispones a recibirlo en gracia en la comunión, a hacerle compañía en la oración, a encomendarle tus necesidades y a pedir la conversión de tu familia.

    El Evangelio cuenta cómo los enfermos acudían al Señor y no paraban de alabarle, aunque se lo prohibía. Nosotros que podemos ser curados hoy aquí nos entretenemos en sacar fotos que van a ser recuerdo ¿de qué? ¿De que le dimos la espalada al Señor?, ¿de que no quisimos recibir su gracia?, ¿de que no nos interesaba la vida eterna que nos ofrecía?

    Hemos leído un breve pasaje del Apóstol Santiago (2,1-5), pero sería interesante leerla en casa entera. En especial llamo la atención sobre el capítulo 3. ¡Cuántos pecados debidos a la lengua! Jesús nos insta en el Evangelio(Mt 5,21-26) a que no nos irritemos contra el hermano, y la grave pena que eso produce. Pues bien, estas semanas se ha difundido la noticia de que el Papa Francisco ha reducido su penitencia a un Cardenal acusado de delitos graves por aprobar y enseñar a los candidatos al sacerdocio que las relaciones homosexuales no serían pecaminosas.

    No nos engañemos. No somos tan ingenuos como para no admitir que se pudiera dar algo reprobable en la conducta del Papa. Pero comentarios que están circulando tan llenos de injusticia y animadversión dejan bien a las claras que es un ataque del enemigo contra la cabeza visible de la Iglesia: “Heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas” (Mt 26,31). Y nuestro deber es aunar nuestras oraciones como leemos en Hch 12,15 a propósito de Pedro. La oración de todos los fieles le libró de la cárcel. Dios nos libre de caer en la trampa de que se trata de simples comentarios olvidándonos de la dura condena que hace Jesús de estas críticas nefastas. Pongamos la oración por el Papa entre nuestras prioridades. Eso es hacer Iglesia. Gracias.

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