• 6 Jan

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    En la fiesta de la Epifanía, tanto en Oriente como en Occidente, se han celebrado tradicionalmente tres elementos de una misma teofanía o manifestación del Dios Salvador: la adoración de los Magos, el Bautismo de Jesús en el Jordán y el milagro de las bodas de Caná. Así lo reflejan las antífonas que cantamos hoy en el Oficio Divino. La Epifanía es la manifestación del verdadero Dios a todos los pueblos, anunciando que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres. Los Magos venidos de Oriente reflejan esta realidad (Mt 2,1-12): el Niño nacido en Belén es Aquel a quien ellos reconocieron como el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”, el “Mesías”, el “Cristo”, el “Ungido”, Jesús, el “Salvador”. Ha brillado y ha amanecido para los pueblos la luz y la gloria del Señor, según nos ha dicho el profeta Isaías (Is 60,1-6) y, de acuerdo con lo que hemos escuchado a San Pablo (Ef 3,2-3.5-6), en virtud de esto ahora también los gentiles son coherederos y partícipes de la promesa en Jesucristo por el Evangelio.

    La figura de aquellos Magos, en parte misteriosa y en parte entrañable, no deja de causarnos admiración, pues son unos hombres de los que poco sabemos, venidos casi con toda seguridad de regiones de Persia y quizá de algunas otras como Etiopía o el sur de Arabia.

    Vamos a fijarnos en algunas actitudes que podemos observar en ellos y procurar imitarlas.

    En primer lugar, la apertura a la fe y a la sabiduría venida de Dios. El nombre de Magos hace referencia a los sacerdotes de la religión persa dualista o casi monoteísta conforme a la reforma de Zoroastro o Zaratustra, adoradores del fuego –signo de la divinidad de Ahura-Mazdah– y lectores de las escrituras para ellos sagradas del Avesta. Deseosos de un conocimiento científico con vertiente religiosa, se entregarían también a la astronomía y la astrología desarrolladas en Mesopotamia y eso les llevaría a observar la estrella de la que el Dios verdadero se valió para anunciarles el nacimiento del Rey de Israel. Más aún, todo apunta a que eran hombres abiertos a la revelación del Dios verdadero mediante la lectura meditada de la Sagrada Biblia, por la cual podían esperar la venida del Mesías. Según la distinción ofrecida por muchos Padres de la Iglesia y autores medievales entre ciencia y sabiduría, podemos decir que aquellos Magos no sólo procurarían la ciencia humana, sino que aspirarían a la sabiduría venida de Dios, de tal modo que Él les permitió conocerla en su Hijo Unigénito, el Logos, el Verbo, la Sabiduría de Dios por la que todo fue creado. Aquellos hombres de la gentilidad recibieron –los primeros de entre los gentiles– el don de la fe en Jesucristo porque estaban abiertos a recibirla.

    La segunda actitud que cabe destacar es la búsqueda. Búsqueda de la Verdad divina, del Dios verdadero, no únicamente en el plano intelectual y espiritual, sino también mediante un largo desplazamiento físico, tal vez incluso de unos dos años según el dato que el evangelista San Mateo nos facilita acerca de la matanza de los Santos Inocentes y que permite calcular la edad aproximada del Niño Jesús cuando llegaron a Belén. Un largo viaje desde puntos divergentes y que les llevó a concurrir guiados por la estrella; un viaje realizado por las rutas caravaneras que comunicaban distintos puntos del Antiguo Oriente. Ese esfuerzo físico, con sus riesgos y el cansancio, venía animado por un anhelo de encontrar al Mesías anunciado, al Rey nacido, al Hijo de Dios encarnado, al Salvador universal.

    Una tercera actitud que resalta es la humildad. Nos dice San Mateo que, al encontrar al Niño con María, su Madre, “cayendo de rodillas lo adoraron”. Aquellos sabios venidos de tan lejos dejaron a un lado la vanidad y el orgullo que podían asaltarles por sus amplios conocimientos y humildemente se arrodillaron ante un Niño. No es nada descabellado pensar en su probable condición regia, como ha recogido la Tradición conforme a las profecías mesiánicas –entre ellas el salmo 71 que se ha cantado– y según los conocimientos históricos nos permiten deducir.

    En efecto, y dejando a un lado las posibles procedencias etiópicas y sabeas o yemeníes de alguno de estos sabios, sabemos que a raíz de la descomposición del Imperio Medo-Persa desde su conquista por Alejandro Magno, esta región vivía una fragmentación en reinos de diverso tamaño y poder y algunos de ellos estaban gobernados por “magos” que eran reyes-sacerdotes. La investigación histórica incluso ha sugerido identificar al rey Gondofares de Sistán con el Gaspar de los Evangelios apócrifos. En cualquier caso, contemplemos la humildad de estos personajes, relevantes en sus países de origen, al verse ante un Niño en una casa sencilla de una aldea de Judea, famosa por sus resonancias davídicas pero de escasa extensión y población.

    En fin, la cuarta actitud que podemos señalar y de la que nos habla San Mateo es el gozo, la alegría que les llenó al observar que la estrella se detenía porque habían alcanzado su meta: la casa en la que pudieron adorar al Rey anhelado, al Niño al que venían buscando desde tan lejos, el Verbo encarnado para la redención de los hombres. Los regalos que le ofrecieron eran muy preciados y podían provenir en parte de Arabia directamente o de mercados a los que llegaban a través de rutas comerciales, y en ellos se ha descubierto la realidad de Jesucristo como Rey (el oro), como Dios (el incienso) y como Hombre (la mirra).

    En fin, con el gozo de los Magos, contemplemos a María Santísima, a quien ellos tuvieron la alegría de conocer al llegar a adorar al Niño Dios; y con Ella mostremos en Él al Emmanuel, “al Dios con nosotros”, ante el mundo entero.

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