• 25 Dec

    P. D. Anselmo Álvarez

  • “En el principio era el Verbo… y el Verso hizo carne” (Jn 1,1). Así se abre el Evangelio de hoy, como anunciándonos la misión fundamental encargada al enviado del Padre. Ese Niño que ya reposa entre las pajas de un establo porque nosotros no le dimos otro aposento, es la Palabra que dio y sigue dando vida al mundo, la que mediante ella creó y modeló al hombre; la que siendo Verbo y Palabra del Padre, se hace también Palabra encarnada para el hombre. La que antes y después de este acontecimiento que hoy volvemos a celebrar es la Palabra sobre la que reposa cuanto existe en los cielos y en la tierra, y fuera de la cual o contra la cual nada subsiste. Dios no es sólo el Ser que, mediante ella, da vida a los mundos y las criaturas; el que crea, en el hombre, una criatura semejante a Él para que encarne y sea reflejo de sus perfecciones, sino el que dirige sus pasos y permanece ante él como referencia y medida de la verdad de las palabras y obras que realiza. Desde que poseemos esta Palabra de Dios nosotros hemos conocido el único itinerario seguro de nuestra existencia, frente a tantas otras palabras que se han volcado sobre nosotros.

    Ya desde el principio había llevado a cabo este designio. Lo había hecho a través de todas las palabras de la revelación y de los profetas, que sin embargo no parecieron muy eficaces. Por eso se nos envió la Palabra Suprema con la que Padre confió el poder remover las profundidades del hombre. Lo explicó la misma Palabra, el Verbo de Dios: envió algunos de sus siervos a su viña para recoger los frutos que le pertenecían, pero los maltrataron. Envió otros con los que hicieron lo mismo. Por fin envió a su Hijo, confiando que le respetarían, pero le quitaron la vida para apoderarse de la viña.

    Ahora bien, después de esa Palabra no hay otra, porque Dios sólo tiene una Palabra para el hombre. Palabra sin alternativa. Ella abarca la visión y el destino real del hombre y de su existencia. Palabra que anuncia la Verdad, la Plenitud, el Sentido de todas las cosas. El conjunto de lo que existe, cada realidad que tenemos ante nosotros, sólo puede tener un significado: el que recibieron en el momento de su formación por el Poder y la Sabiduría creadoras. Nadie modifica esa realidad original. En Dios no hay cambio ni evolución. En las obras de Dios tampoco. Puede cambiar en ellas lo accidental, su apariencia; pueden, y deben, crecer en perfección de acuerdo con su propia naturaleza. Pero no podemos, y ello vale especialmente para el hombre, modificar nuestro modo de ser esencial. No podemos reinventarnos permanentemente, dándonos una interpretación o un finalismo a la medida de los cambios que se sucedan en torno a nosotros, si esos cambios alteran la estructura esencial recibida con la naturaleza que se nos dio: “la palabra de Dios permanece para siempre” (Is 40,6)…, porque “Yo Soy el que Soy” (Ex 3, 14) es decir, entre otros sentidos: Soy siempre y permanezco idéntico a Mí mismo. De igual modo vosotros, porque estáis hechos a mi imagen. Por igual razón, mi ley hacia vosotros no es caprichosa sino que responde exactamente a vuestra naturaleza, y no admite ninguna modificación sustancial.

    Por eso, nadie puede alterar la constitución ontológica y espiritual que ha recibido de Dios, ni sus finalismos, ni la interpretación que Él mismo ha dado de ellos, a riesgo de dejar de ser lo que somos. Cuando a pesar de todo sucede, sin rectificación por nuestra parte, ocurre lo que escucharemos en un momento decisivo: “no os conozco” (Mt 25, 12), porque vosotros no me habéis reconocido a Mí ni a vosotros mismos en la realidad que recibisteis de Mí. Así pues, el Verbo, la Palabra, se hizo hombre y habitó entre nosotros. Calle, pues, el hombre y hable el Verbo, hable la Verdad. ¿Dónde iremos, qué podremos esperar, qué destino nos espera si prescindimos de esa Palabra eterna, infalible, la que ha hechos surgir y dirige la constitución y el curso de los mundos? La libertad de las conciencias humanas no justifica en ningún caso que nosotros podamos elegir frente a ella nuestro propio camino. Esa Palabra, que se ha manifestado como el Amor, la Sabiduría y el Poder supremos que han actuado en el mundo, vino y permanece entre nosotros para mostrarnos los caminos de la prudencia, que son los caminos de la verdad y de la sensatez.

    Mediante esa Palabra, que es Palabra divina y por tanto la única verídica y exacta, Cristo se convierte en el guía de nuestra salvación” (Hbr 2, 10), en el Maestro, inspirador y conductor en todo el ámbito de lo que necesita ser iluminado y salvado. Porque “nadie puede poner otro fundamento que el que ha sido puesto, que es Jesucristo” (1 Cor 3, 10-11). Él “es el gran artesano del orden y la paz sobre la tierra, porque es Él quien conduce la historia humana” (Mensaje final del Concilio a la humanidad… A los gobernantes, 3)

    “La Palabra del Señor permanece para siempre” (Is 40, 8). Por ella “Yo soy la Luz del mundo”, y por ella, que es Palabra omnipotente, descendida del cielo, “se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Sobre ella Yo llevo la historia del mundo. Por eso decía también el Concilio en la Gaudium et Spes: “la Iglesia cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro” (v GS, 22). Son también las palabras con que empieza la encíclica Redemptor hominis, de Juan Pablo II.

    Todo lo hemos recibido de la plenitud de esa Palabra que hoy aparece en Belén. Todas las demás, incluidas las que, al margen de ella, estamos pronunciando en los tiempos presentes, son totalmente estériles o antagónicas a la causa del hombre. Es la Palabra que “existía desde el principio” (Jn 1, 1), sobre la cual Dios ha llevado a cabo la creación del mundo y del hombre. Sobre ella subsistimos, o al margen de ella perecemos. Hoy la vemos brillar sobre nosotros, como Luz y como Ley del mundo. Porque “la Palabra se hizo carne” (Jn 1, 14) en el Verbo de Dios hecho Hombre, la que los hombres ha podido ver y tocar, escucharla de sus propios labios, entrar en contacto directo con Ella, y percibirla directamente en su interior. Esa Palabra que define a Dios y al hombre en Él. Después de Ella no son necesarias más palabras. Las que se le han dicho son todas las necesarias para que el hombre se sitúe ante sí mismo, se reconozca y se autogobierne. Es la Palabra que se convierte en “la sabiduría que abre la boca de los mudos y suelta la lengua de los niños” (Sb 10, 21). La Palabra que nos ha permitido “contemplar la gloria del Unigénito del Padre” (Jn 1, 14). Ella es también nuestra gloria, y el camino a la única verdad y vida a la que estamos llamados.

    Este es el Cristo que hoy sigue naciendo para nosotros, Palabra y Sabiduría que habla en todos los tiempos, portador de toda verdad acerca de toda realidad. El que ha venido como “padre del siglo futuro y príncipe de la paz” (Is 9, 6). Sabemos, por tanto, en qué dirección mirar.

  • Mapa web

    Términos y condiciones de uso

  • Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos

    Carretera de Guadarrama/El Escorial. 28200 San Lorenzo del Escorial.

    Madrid. España


    Tf: +34 91.890.54.11. Fax: +34 91.890.55.94

    Hospedería: +34 91.890.55.11

    e-mail: abadia@valledeloscaidos.es


    (c)Copyright 2010. Todos los derechos reservados