• 20 Oct

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Todos pasamos por momentos apurados en la vida. ¿Qué hacer en tales circunstancias? Al cristiano le tiene que brotar naturalmente la oración. Pero nos viene la queja: ¿De qué sirve la oración si el Señor parece que no escucha? En la Palabra de Dios hallamos la respuesta. Precisamente acabamos de escuchar que San Pablo en sus consejos pastorales a Timoteo le dice que la Escritura da la sabiduría que por la fe en Cristo conduce a la salvación. ¿Buscamos verdaderamente en la Escritura esa sabiduría para no errar en el camino de la salvación? ¿La leemos sedientos de luz una y otra vez para dar con la clave que nos haga salir de nuestras inercias en nuestra conversión? ¿No tendríamos que andar con los ojos abiertos para ver por dónde encaminar nuestra vida, para que no pasen los días de nuestra vida corriendo mucho, haciendo muchas tareas, pero fuera del camino?

    El Señor es el único camino, Él es la salvación. Esta verdad primordial puede convertirse en un conocimiento abstracto entumecido sin influencia efectiva en nuestra vida. Tener la sed de la verdadera sabiduría que nos ayude a encauzar nuestra existencia y no dar palos de ciego es lo único que debería preocuparnos. Pasan los días agitados por las muchas actividades que tenemos que hacer, pero sin atender a lo principal. Leemos libros en los que se nos motiva para dedicarnos a la oración y de esa manera estar en lo principal y no en lo accesorio, pero nos decimos qué bonito es eso, pero yo no puedo ni pestañear en mis trabajos que son importantes, sin duda, pero lo que nos mueve a menudo no es que eso que hacemos sea a impulso y deseo de estar en armonía con la voluntad de Dios, sino que mi egoísmo sólo vive pendiente a fin de cuentas en que mis hermanos no me reclamen que no he trabajado lo suficiente: dejarles bien claro que no he parado de hacer gestiones. Es lo que se exige de los hombres y mujeres ejecutivos en todos los campos: que se olviden de su familia, de su fe y de todo y como máquinas imparables no cesen en su actividad que les hagan gestores brillantes en la historia del partido, de la empresa e incluso en esa historia humana de la Iglesia que no debería existir, puesto que el Evangelio nos dice “que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”. Cuántas veces nuestra intención real se reduce a agradar a los hombres, y queda al margen el anhelo de estar en comunión con Jesús que dijo: “Mi alimento es hacer la Voluntad del que me envió y llevar a término su obra” (Jn 4,34). Nuestro objetivo debe ser que la voluntad de Dios no se quede en algo exterior a nosotros, algo pesado y agotador, sino la vida y delicia de todo nuestro ser.

    El papa Francisco comentando este pasaje del evangelio decía con admirable profundidad: “«Clamar día y noche» a Dios. Nos impresiona esta imagen de la oración. ¿No conoce Él ya nuestras necesidades? En la lucha contra el mal fuera y dentro de nosotros, el Señor no está lejos; nosotros luchamos con Él a nuestro lado, y nuestra arma es precisamente la oración. Hay una lucha que mantener cada día; pero Dios es nuestro aliado, la fe en Él es nuestra fuerza, y la oración es la expresión de esta fe.” Qué importante es orar con intensidad y orar bien, poniendo en ello nuestra vida. La oración debe ser la guía y compañera de nuestra vida, el arma de que disponemos para luchar contra nuestras propias pasiones desordenadas y la que encauza nuestra actividad por el verdadero camino, el de la confianza en Dios, que no es un esperar de brazos cruzados que sucedan milagros, sino primero en asegurar que Dios y sus mandamientos y toda su Palabra sea de verdad lo más importante en mi vida. Pero es que eso es lo primero que le debo pedir y desear. O parto desde esa base, desde conformar mi vida según la Palabra de Dios, o no estoy haciendo bien la oración. Tengo que pedir al Espíritu Santo con insistencia que no quiero tener por guía mi astucia, mi inteligencia, mis apoyos en gente con influencia en las altas esferas, mis gustos y ambiciones, sino su voluntad. Quiero buscar su voluntad en su Palabra, y pongo los medios, para que cada día mi alimento no sea tanto el material, sino esa luz, esa agua viva, ese pan sobresubstancial que pedimos en el Padre nuestro.

    En términos más coloquiales diríamos que la oración no se puede supeditar ni confundir con las ganas de orar. Ni tampoco se puede reducir a los pocos espacios que sobran después de una actividad desbordante que nos deja agotados. Ni siquiera debe estar constreñida la oración por el variable espacio de una vida muy metódica y regular en la que la oración tiene su lugar muy equilibrado, pero cuando surgen cosas imprevistas, o impuestas por las circunstancias, la oración es la cenicienta que se queda con las sobras, siempre que sobre algo y ya no esté uno muy cansado. Nada de eso. La oración es por el contrario como el termómetro de nuestra fe, pero de una fe viva, que es la única que vale: la fe unida a las obras. O es una fe que transforma nuestra vida o es una fe muerta. Y la prueba de que esa fe es vivificada por la caridad es que hay un progreso en la caridad y en la oración, es decir que el amor a Dios y al prójimo o crece o se queda paralizado y casi muerto o muerto del todo.

    El “clamar día y noche” del Evangelio que se ha proclamado es una clara alusión a que la oración no se puede reducir a repetir unas oraciones en determinados momentos. La oración debe ser una vida, o mejor, es la vida de Dios en nosotros: el sujeto de nuestra oración no somos nosotros, sino el Espíritu Santo en nosotros. Este misterio del amor de Dios que vive en nosotros es demasiado grande como para no dedicarle a él toda nuestra vida. Jesús ha rogado al Padre que el amor entre Él y su Padre esté también en nosotros. Eso es la oración. Es el aliento del Espíritu en nosotros. Si lo vivimos así, si lo queremos vivir así aunque nos parezca que estamos muy lejos de ello, nuestra oración resulta que no la sentiremos como obra nuestra, sino que nos veremos como los espectadores de ese misterio que se produce en nosotros, pero del que no somos espectadores pasivos, sino que estamos inmersos en él con un esfuerzo y un trabajo ímprobo de nuestra parte, y a la vez insignificante en comparación de la acción de Dios en nosotros. El ejemplo de Moisés que se ha proclamado en la primera lectura del Éxodo ha sido visto en la tradición cristiana como una figura de Jesús en la cruz con sus manos extendidas mantenidas por los sacerdotes. Pero no sólo es una profecía de la muerte de Cristo, sino que lo que dio valor a la oración de Moisés fue la plegaria de Cristo en la Cruz por todos los hombres. Cristo es el centro de la historia y su sacrificio en la Cruz hizo posible que nuestra oración fuese escuchada favorablemente tanto para los que cronológicamente vivieron antes de su encarnación como para nosotros. Sin sus méritos y su expiación por nosotros nuestra oración sería una obra humana sin valor.

    Nosotros los monjes luchamos por la justicia, la verdad y la paz. No puede ser una paz impuesta por el poder al margen de la justicia y pasando por encima de los derechos de los humanamente débiles. Pero eso que reclamamos de nuestros gobernantes es una exigencia para todos y cada uno de nosotros. San Benito exige del abad que corrija a sus monjes y no deje que el mal obrar arraigue y se imponga en el monasterio. A renglón seguido le exige al abad que a la vez que corrige a sus hermanos se vaya enmendando de sus propios defectos. Este sabio consejo de san Benito nos lo tenemos que aplicar todos en nuestras relaciones fraternas. Todos somos pecadores y lo que no podemos callar con respecto a lo que está mal, tampoco nos lo debemos consentir a nosotros mismos. Nuestros deseos de que el Reino de Dios venga a nuestro mundo y no solamente arraigue en nuestro corazón, requiere que cada uno trabajemos denodadamente por quitar los obstáculos que alberga nuestro corazón por falta de renuncia a nosotros mismos. El único camino es Jesús, y ese camino que Él ha transitado primero es el de la cruz. En la cruz está Él y el que quiera servirle debe estar donde está Él. La oración qué duda cabe es descanso del alma, pero también es una cruz en el sentido de que en la oración se hace patente la lucha contra nuestro egoísmo, pues la oración es ponerse en manos de Dios, es vivir en su voluntad, no en la nuestra; la oración es renuncia a nuestros propios criterios, para vivir en la voluntad de Dios y no en la mera resignación a regañadientes. Y cuando se pasa de resignarse y aguantarse a abrazar la cruz por amor al que se abrazó a la cruz, por amor a nosotros, la vida cambia por completo. Entonces pasamos de la oscuridad a la luz, de la angustia al gozo. Pidamos a nuestra Madre que dijo Hágase en mí según tu palabra que esta eucaristía sea un paso decisivo en esa transformación.

    La colecta de hoy se dedica a la propagación de la fe por todo el mundo. Este tesoro de la fe es nuestro deber difundirlo, que llegue a los pequeños que sin nuestra ayuda no pueden procurarse predicadores del Evangelio y que les administren la gracia de los sacramentos.

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