• 8 Sep

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: la Palabra de Dios proclamada, seleccionada por la Iglesia para nosotros, es alimento para nuestra vida, es el aliento que Dios nos ofrece para caminar en este mundo con una meta segura, sabiendo dónde nos dirigimos y las dificultades que nos esperan en cada encrucijada. Sin esta orientación divina, andaríamos errantes y dañándonos a nosotros mismos, como sucede con tantos hermanos nuestros que no la conocen o la rechazan y que acaban perjudicándose a sí mismos con lo que erróneamente piensan que es su bienestar y su felicidad.

    Las lecturas de hoy aparentemente carecen de conexión lógica pero hay un diálogo, pregunta y respuesta entre ellas. El autor sagrado del libro de la Sabiduría se plantea cómo conocer la voluntad de Dios. El evangelio ofrece una respuesta desconcertante: Dios quiere que pospongamos a nuestros padres, hermanos, cónyuge e hijos y que nos neguemos a nosotros mismos para concentrarnos en cargar con la cruz y seguir a Jesús como única meta de nuestra vida. La exigencia sube de tono hasta esa frase lapidaria: el “que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”. Queridos hermanos: esos bienes no son solo nuestros seres más queridos, sino poder, riqueza, comodidad, prestigio, fama, currículum, placer, satisfacción y seguridad.

    Estas exigencias extremas de renuncia a bienes incluso legítimos, son sobradamente premiadas con las promesas de que Jesús no nos rechazará negando que nos conozca cuando llamemos a su puerta, sino que nos hará entrar al banquete celestial como auténticos discípulos suyos, por haberle seguido cargando con nuestra cruz y de que gozaremos de inmediatez de trato con Él, una dulce intimidad que nada ni nadie puede arrebatarnos y que es manantial inagotable de auténtica felicidad, ya en esta vida. La prueba de su poder de convicción es la pléyade de santos que han convertido en lema de su vida estas palabras, como S. Gregorio Magno o Sta. Teresa de Calcuta, conmemorados los días 3 y 5.

    Ante las exigencias desconcertantes de Jesús, volvemos al libro de la Sabiduría para esclarecer el designio de Dios en el evangelio, que no deja ninguna duda de que nuestros esfuerzos puramente humanos son vanos y de que es imposible conocer el plan divino si Dios no nos envía su santo Espíritu desde el cielo. En este momento de la revelación, no se dice que sea una persona divina, pero prepara el camino a la revelación completa de Jesús. Pidamos al Espíritu Santo que nos haga comprender lo imprescindible que es aceptar la cruz sin dudas ni repugnancias para seguir a Jesús.

    Esa es la única solución de nuestro conflicto espiritual, no resuelto muchas veces por falta de aprecio y formación adecuada sobre el sacramento de la penitencia, auténtica puerta del cielo por la que se perdona todo, excepto no querer ser perdonado. Algunos pecadores públicos empedernidos, al experimentar la gracia del perdón, han hecho santas locuras de amor por Jesús. Paradójicamente los católicos de toda la vida corren gravísimo peligro de presentarse con las manos vacías el día del juicio, por no haber acogido nunca esa gracia y por resistirse a reconocer que también han traicionado al Señor como los demás, lo que les lleva a un aburguesamiento espiritual que impide su conversión a fondo.

    Aun cuando nuestra conciencia se viera libre en general del pecado mortal, lo que deberíamos agradecer infinitamente a Dios, una de las gracias del sacramento de la penitencia con absolución individual, si se recibe con regularidad, es que nos ayuda a combatir nuestros pecados veniales, deliberados o habitualmente reiterados y a cargar con nuestra cruz y nos proporciona una presencia más viva del Espíritu Santo, que nos impulsa a que la voluntad de Dios sea la única meta de nuestra vida. El aprovechamiento de las ventajas de este gran medio de santificación nos ayudaría a abrazar nuestra cruz, a comprender su valor en nuestra vida y a no rebelarnos contra el Señor al rechazarla y dejarnos así engañar por Satán, que la dibuja como una montaña inaccesible para nosotros.

    El 2º de los mandamientos de la Santa Madre Iglesia, de los que ya nunca se predica, aun siendo plenamente actuales, establece que debemos confesar todos nuestros pecados mortales al menos una vez al año, en peligro de muerte y si se ha de comulgar. Por ello la Eucaristía ni puede comprenderse a fondo ni puede recibirse frecuentemente con fruto, sin la pureza que solo puede proporcionar la gracia de Dios mediante el sacramento de la reconciliación o penitencia con absolución individual. Por el contrario, la desgraciadamente tan extendida comunión en pecado mortal nos abocaría a un sacrilegio, una profanación mucho más grave que el pecado mortal que nos impedía comulgar en gracia de Dios.

    La adoración eucarística en la capilla del Stmo. hoy de 2 a 5,30, a la que estáis todos invitados, es una ocasión de oro para pedir una y otra vez con confianza: “Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor, que son eternos. Reconduce mi insaciable curiosidad de novedades diarias, que me aparta de tu seguimiento y me impide acoger la novedad perenne de tu Evangelio, siempre nuevo”. Encomendémoslo a nuestro ángel de la guarda y a la BVM, cuyo misterio de su natividad habríamos celebrado hoy si no fuera domingo, para que nos libre de caer en poder de Satán, ese león rugiente que ronda siempre buscando a quién devorar. Que así sea.

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