• 6 May

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: La misión que tiene la Iglesia es predicar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Llevar el Evangelio a otros puede parecer una tarea fácil. Pero predicar el Evangelio no es sólo hablar de Jesús. Conocer el Evangelio no basta; solo quien predica y cumple los mandamientos merece el nombre de discípulo de Jesús. El que guarda sus mandamientos es el que permanece en Él, el que le es fiel, el que conoce los planes del Señor porque el mismo Señor se digna comunicárselos. Hay una comunión de amor entre el Señor y el discípulo. Si alguien aspira a entrar en comunión con Dios tiene que ser coherente con lo que dice creer y ponerlo por obra. El que cree y no cumple los mandamientos es un impostor, puesto que dice seguir a Jesús y le traiciona no obedeciendo, no haciendo de la Palabra de Jesús su alimento, su vida. El que tiene fe hace lo que Jesús hizo y enseñó.

    Jesús comunicó su Espíritu a sus Apóstoles y discípulos. Aquel en quien se hace presente su Espíritu por sus obras es auténtico discípulo. Incluso no habiendo sido bautizado. La gracia de los sacramentos se puede alcanzar antes de haberlos recibido por un deseo profundo de la gracia que trasmiten, del deseo de estar en comunión viva con Dios, de creer con fe viva, es decir de fe acompañada de caridad. Eso es lo que se deduce del relato de los Hechos de los Apóstoles sobre Pedro en casa del oficial romano Cornelio.

    Una manifestación del Espíritu es proclamar la grandeza de Dios, prorrumpir en alabanzas al Señor en lenguas desconocidas por los que pronuncian esas alabanzas. Y esa es la prueba que da el Espíritu: alabar al Señor en lenguas que desconocen, porque el Espíritu no actúa a través de las facultades de la persona, sino que llega a sustituir su memoria e inteligencia. Rezar en lenguas es un carisma que el Señor sigue comunicando a quien lo desea y lo pide con humildad. La persona beneficiada experimenta una irrupción del Espíritu en beneficio de la Iglesia: si la oración en general es poderosa, la oración de una persona que ora en lenguas tiene una eficacia mucho mayor para iluminar, consolar o curar a las personas por las que ora. Una oración bajo el influjo directo del Espíritu hace superar pruebas y tentaciones con prontitud, puede sanar corporal y espiritualmente a las personas por las que ora. San Pablo anima a aspirar a dichos carismas con tal de que haya esa condición básica de querer servir a la causa del Evangelio, no para provecho propio, sino para servir a los hermanos en la fe y atraer a los alejados. No se puede negar que la persona que obra bajo la acción de un carisma es bendecida ella misma, pero a su vez es una responsabilidad y un peso grande, pues compromete a mayor desprendimiento de la propia voluntad y sufre persecución e incomprensiones. Los carismas son una contribución a la misión de la Iglesia de mucho valor. Y como hemos escuchado en el Salmo cantado: el Señor por medio de los carismas da a conocer su salvación, y los confines de la tierra contemplan la verdad contenida en su anuncio.

    Ahora bien, los carismas son muchos y san Juan en su primera carta viene a describir uno de ellos sin nombrarlo como tal. Es aquel que consiste en ser partícipe del amor de Dios en una medida que supera la habitual, porque no obra al modo habitual que supone la rémora de las trabas de la naturaleza humana caída, sino que el Espíritu hace que con su influjo directo una persona ame de tal forma que el haber nacido de Dios y conocer a Dios sea algo que se patentice en una medida y modo superior a lo habitual. Personas en las que la caridad hacia sus semejantes es una evangelización que arrastra y convence sin forzar. Su misión evangelizadora goza de una irradiación que conquista para Dios muchas almas que estaban adormecidas, que no lograban salir de su tibieza. Esta caridad fruto de un influjo extraordinario del Espíritu lleva consigo para la persona que recibe dicho carisma una purificación muy notable de amor, un desprendimiento continuo de sus intereses, de sus apreciaciones de la personas según su propia sensibilidad. Cuando actúa el Espíritu desaparecen esas consideraciones paralizantes de sospechas, resentimientos, en fin todo aquello que por el actuar equivocado o conflictivo de una persona nos hace estar en guardia y dispuestos a contradecir toda palabra del otro. El carisma hace que el amor desbordante supere las repugnancias de la naturaleza a amar a esa persona sin considerar su pasado ni sus desviadas disposiciones.

    El tiempo pascual es el tiempo en que los dones recibidos por la vivencia fuerte de los misterios de la muerte y resurrección de Cristo deben fructificar en testimonio de palabra y de vida, de la vida nueva que Cristo nos ha conseguido. Es el tiempo de espera y preparación para la efusión del Espíritu. Nuestro deseo de esos dones del Espíritu nos irán preparando, nuestra humilde súplica nos irá haciendo ver que no somos dignos de ellos, pero a la vez mantiene viva nuestra esperanza de que los carismas abrirán nuevos horizontes.

    La Eucaristía es un momento privilegiado de gracia para comprender las palabras del Señor y para rogarle que Él haga descender estos carismas y otros muchos sobre los hijos de Dios, para que su Reinado se abra paso y se extienda allí donde encuentra dificultades para su desarrollo.

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