• 11 Feb

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: Durante estos domingos posteriores a la Navidad hemos escuchado en los Evangelios dominicales cómo se desarrollaba la predicación y actividad apostólica de Jesús. Sus curaciones sorprendían a sus contemporáneos, y si tenemos fe también nosotros podemos sorprendernos y entrar en ese influjo divino que irradia su persona. En los Evangelios hay hechos y palabras de Jesús: cuando uno lo medita en su interior algo le dice. Y si está dispuesto a creer entonces el Evangelio se convierte en fuente de inspiración. Pero no se produce ese influjo sin abrir el corazón y estar dispuesto a creer.

    Jesús, hemos escuchado, curó al leproso. Nuestra lepra actual es el pecado. Pero podemos y debemos acercarnos al sacramento de la penitencia con regularidad. Mientras estemos en pecado todo nuestro cuidado debería centrarse en prepararnos bien a la confesión con verdadero dolor de corazón y propósito de enmienda. Ahora ciertamente hay muchos que no estamos preparados, hermanos, porque nos falta el tesón y la voluntad de ser de Jesús y de obedecer Sus Mandatos. Cada mañana tendríamos que levantarnos con el firme propósito de obedecer a nuestro Salvador, en todo y a todas horas; porque de momento estamos en nuestras cosas y vivimos para nuestros asuntos, asuntos de pecado y maldad porque no están en el Señor; está nuestro egoísmo y nuestro querer en todo; es nuestra propia voluntad la que seguimos y por la que luchamos, pero no por los designios sobre nosotros de nuestro Salvador.

    Ya es tiempo, el tiempo del rigor y la perseverancia en cumplir las Leyes y Mandatos del Señor, porque, hermanos, ya sabéis que serán las Tablas de la Ley las que nos juzgarán ante Dios. Hemos de tener bien presente esa tabla con diez mandamientos. No podemos suprimir arbitrariamente ninguno de la lista, además de todos los mandatos que encierran en su formulación pedagógica, que evidentemente está simplificada para que sea fácil de recordar, pero sabemos ha de desplegarse en toda en su amplitud a la hora de cumplirlos.

    Un alma que busque a Dios con sincero corazón, ¿dónde se hallará?; que quiera hacer siempre la voluntad de nuestro Creador y Salvador en todo y no persiga sus egoísmos y sus quereres sino el querer divino, el Santo querer para nosotros, que no es otro que el Amor y la Misericordia que ansiamos para nuestras vidas y nuestras almas, pero nos dejamos engañar para no verlo así y sólo fijarnos en lo que nos cuesta y desistir de empeñarnos en ese objetivo que tendría que ser el principal en nuestra vida.

    Hermanos, qué lejos estamos de entregarnos en cuerpo y alma al Salvador de nuestras vidas y nuestras almas. Qué lejos estamos y pensamos que estamos muy cerca del Señor. Examinemos nuestra conducta, miremos nuestros egoísmos y nuestra voluntad en todo y nos daremos cuenta que no estamos entregados al Señor, que seguimos nuestros caminos y si el Señor no está en ellos, ¿quién estará?, ¿Satanás?, ¿nosotros mismos?, ¿nuestro egoísmo y pecado? No, hermanos, que nos creemos ya santos, pero estamos muy lejos del Santo Corazón de Nuestro Señor.

    La violencia, la violencia que el Señor quiere es la que debemos hacernos a nosotros mismos para que nuestro corazón sea de nuestro Dios y Señor, para quitar todo lo que es nuestro y creemos que nos lleva a Él, pero no es así; todo egoísmo, toda voluntad propia no lleva a Dios, sino a nosotros mismos.

    Hagamos un serio examen de nuestra vida ahora en esta Cuaresma que iniciamos este próximo miércoles de ceniza, y además de ayunar y abstenernos de comer carne y hacer toda clase de mortificaciones que nos ayuden a caer en la cuenta de que habitualmente no luchamos para quitar todos nuestros quereres, egoísmos, nuestra voluntad y podamos ver con claridad ¿dónde queda casi siempre la Voluntad de Dios sobre nosotros en nuestras vidas?

    Es duro arrancarnos, destripar, soslayar todo lo que es nuestro querer y nuestro deseo sobre todo, lo que es de nosotros, pero debemos hacerlo. El Salvador de nuestras almas nos pide ese paso adelante en nuestras vidas para llegar a estar cerca de Él: arranquemos nuestra voluntad en todo, nuestro egoísmo, nuestro pecado, nuestra maldad y entonces sí quedaremos más cerca de su Voluntad, de su designio sobre nosotros, y aquel día, nos dice el Señor en su Palabra, estaremos ante Él felices de haber extirpado en nosotros el egoísmo, la voluntad pegada a nuestros caminos y deseos.

    Hermanos queridos en el Señor, qué lejos estamos de comprender esto; no es imposible; es difícil negarnos a nosotros mismos; pero por amor, amor a Dios, amor a nuestro Salvador, y con la ayuda de la Gracia, lo haremos; el Señor quiere que sin dilatarlo más sea el propósito firme de esta Cuaresma. El Señor desea que la vivamos como si fuese la última, la única de nuestra vida, que la vivamos con ese fervor del pecador arrepentido.

    El tiempo de rigor se acerca, ¿para qué leemos tanto el periódico y escuchamos los informativos si no vemos que todo a nuestro alrededor es un polvorín de odios y venganzas, de ambición y codicia? Pues empecemos a poner nuestra vida ya en orden, no nos demoremos más porque Dios ha de poner orden en este caos en que vivimos y antes de regalarnos en su misericordia con un cielo nuevo y una tierra nueva ahora está ya al caer a esta tierra de maldad Su Justicia divina que no deja de ser también Misericordia y seremos por fin testigos de la Salvación de un mundo abocado a la ruina y al pecado que gime en las puertas del infierno.

    No seamos incrédulos sino creyentes. Tememos, como al lobo feroz, el tener problemas en nuestra vida y ¡es por haber abandonado a Dios! No seamos cobardes de corazón, sino valientes y arriesguemos nuestros puestos importantes para este mundo; perdamos lo que sea si es necesario, aunque sean puestos muy santos; perdámoslo todo por el Hijo del hombre, que nos llama, que llama a tu puerta y te pide: Sígueme, trabaja en Mi mies, pero no en la que tú quieres en tu corazón, en la que tú deseas en tu alma, no, sino en la que Él espera de ti y te tiene preparada. Estamos muy equivocados, creemos que vivimos los designios de Dios en nuestra vida, y son los nuestros.

    ¿Qué te pide hoy tu Señor?, ¿qué te hace llegar hoy a tu vida tu Señor?, ¿y tú qué haces, oveja de Su redil?, ¿qué caminos sigues? Estate fuerte para cambiar el designio de tu vida si Dios te lo pide, si Dios te lo exige en orden a la salvación de un mundo que está agonizante a las puertas del infierno.

    No busquemos asegurar nuestros puestos de poder en este mundo. ¡No! Estemos dispuestos a dejarlo todo si el Salvador de nuestras almas nos lo pide, lancémonos a Su mies con el único soporte de Su Gracia y Su voluntad.

    Cuánta hipocresía, cuánto egoísmo tiene que ver Nuestro Señor en nuestras almas; estamos acomodados en nuestros sillones y en nuestros aposentos, en nuestros despachos y alfombras a nuestro paso. ¡No!, este no es el seguimiento que exige el Hijo de Dios a sus soldados. ¡No!, el Hijo de Dios nos pide: pobreza, humildad, castidad, obediencia a la Ley de Dios, al Evangelio, a la Voluntad de Dios.

    Qué lejos estamos de cumplir Su Voluntad, de entregarnos totalmente a Él, y lo terrible es que nos creemos tan santos, tan cerca de su Corazón.

    Cuando el Señor se digna hablarnos en su Palabra proclamada en la Iglesia, esa Palabra tan diferente al discurso dulzón de tantos ministros, puede parecer terrible o contraria a la Misericordia divina y por eso se la dulcifica, pero la Palabra de Dios es mensaje de Misericordia de un Padre que hace justicia en este mundo de pecado y paga a sus elegidos con la liberación de sus perseguidores.

    Emprendamos el camino de la salvación, dejemos ya el camino de la soberbia y el orgullo en nuestras vidas, que esa es la aspiración más profunda de nuestra alma. Sigamos el camino de Su Voluntad, el camino de la Cruz, del desprecio, del abandono de uno mismo en los brazos amorosos de Nuestro Salvador.

    Ya es hora de ponernos a caminar con humildad, en pobreza, en caridad con el Hijo de Dios que murió por nosotros, por nuestros pecados en la Cruz, al lado de los miserables y proscritos de este mundo, acusado como un traidor, como un desecho de este mundo; el Salvador fue contado entre los malhechores de este mundo, pisoteado e injuriado y todo lo arrastró por nuestro amor y Salvación. Y nosotros, en cambio, nos creemos seguir Sus caminos en salones alfombrados y llenos de adornos ricos y reverencias a nuestro paso. No, hermanos, no hemos entendido el camino de la pobreza y la humildad, de ser contados entre los malhechores de este mundo por amor a Dios y a las almas.

    Recibamos la amonestación que encontramos por doquier en su Palabra, Palabra para nosotros tan desconocida, pues tenemos poco contacto humilde y silencioso con esa Palabra. Preparémonos para escuchar en el silencio de nuestro corazón la voz de nuestro Salvador que clama, que grita en lo profundo del alma de cada uno: ven, hijo, ven; pero ven por Mis caminos, no por los tuyos, y un día serás feliz Conmigo en el Cielo.

    El Señor nos anuncia Su llegada, Su llegada a este mundo a través de las señales que se están cumpliendo de una manera cierta, pero que escapan a nuestro control y previsión. Estaremos ante Él y nosotros, que tenemos el privilegio de creer lo que se anuncia en la Palabra de Dios en primerísimo lugar, y además por medio de tantos mensajeros que el Señor nos ha dado, no tendremos excusa de no haber preparado nuestra alma y no haber ayudado a que otros se preparen.

    El Señor, en el momento de la iluminación de las conciencias, nos pedirá que le hablemos cada uno cómo hemos vivido la humildad, la pobreza de uno mismo, no ser rico consigo mismo; despojémonos ya de nosotros mismos, arranquemos las malas hierbas, el orgullo, la soberbia, el querer ser algo o alguien ante los demás.

    Elijamos ser contados entre los malhechores por amor al Único Dios Verdadero, que murió en la Cruz por cada uno, que nos dio a Su Único Hijo, que clama por nosotros día y noche en nuestra alma y ante el Padre.

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