• 28 Jan

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: cuando acudimos a la Eucaristía, nos mueve una fuerza no sensible, que proviene del Espíritu Santo y que nos hace entender que sin la Eucaristía no podemos vivir, como proclamaban los primeros cristianos. En la Palabra de Dios hallamos una autoridad que nos atrae y nos envuelve en un santo de temor de no cumplirla bien. El respeto reverencial a la voluntad divina, expresado con palabras humanas en la S. Escritura, crea en nosotros una relación personal. A través de la Palabra nos relacionamos con Dios, hablamos con Él en la oración, pero antes le hemos escuchado en su Palabra, que nunca pasa, que tiene autoridad sobre nosotros, pues nos atrae y es omnipotente sobre toda realidad visible e invisible. El Verbo de Dios, Jesucristo, presente en cada celebración litúrgica, con su poder nos transforma, nos santifica e identifica con Cristo, Hijo del Padre. Toda esta realidad sobrenatural la hemos escuchado viva y palpitante en la historia de la salvación, tanto en la instrucción de Moisés al pueblo hebreo antes de entrar en la Tierra prometida, como en la enseñanza y en las curaciones de Jesús como signo de ser el enviado del Padre.

    Moisés preparaba al pueblo con sus explicaciones de la ley durante su trayectoria por el desierto, de Egipto a Palestina. Les mencionaba un profeta que había de suscitar Dios para que no tuviesen que oír directamente al Señor, que les hablaba en medio de la nube y con fragor de truenos. Pero al singularizar al profeta, siempre entendieron que estaba hablando del Mesías, que había de tener al menos la categoría de Moisés como legislador.

    En el Evangelio se comprueba que cuando Jesús hablaba en la sinagoga estaba investido de esa autoridad. Para que no faltase reconocimiento de ella, los demonios se ven obligados a confesar que Jesús es el Santo de Dios y enviado del Padre. Por tanto, la gente sencilla confiesa que ve cumplidos en Jesús los rasgos de que habló Moisés, porque esa autoridad se veía reflejada en la curación de enfermos, en la expulsión de demonios y en el poder sobre la naturaleza para calmar tempestades.

    Las lecturas proclamadas deberían cuestionarnos si hemos estudiado desde la fe a Jesús para saber quién es, si hemos comprendido que la religión no es un código de reglas morales, si hemos descubierto que Jesús no solo nos enseña un camino, sino que Él mismo es el Camino a seguir. Su amor debe estar en nuestro corazón, su cruz en todos los sufrimientos que nos depara la vida y su vida se nos transmite por los sacramentos y la oración. ¿Nos esforzamos para que la vida de Jesús se haga visible en la nuestra o preferimos seguir las insinuaciones del diablo para vivir a nuestro aire y juzgar todo con nuestro criterio?

    Nos hemos acomodado a vivir un cristianismo sociológico, pero el Señor nos llama a mucho más. No solo pide que creamos en Él, lo que ningún fundador de religión ha exigido de sus seguidores, sino también que nos entreguemos a Él en cuerpo y alma. De ahí su exigencia de tomar la cruz y de seguirle en su sacrificio de dar la vida por sus hermanos, no siempre con el derramamiento de la sangre, pero sí con un servicio atento a las necesidades de los que están junto a nosotros y con una convicción plena para dar testimonio de la verdad que nos ha enseñado en los ambientes en donde nos movemos.

    La carta a los corintios de S. Pablo nos puede ayudar a perfilar nuestra vida cristiana cuando habla de una entrega plena al Señor, que no solo incluye a los estrictamente llamados a la virginidad en los institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica. En la vida hay cruces impuestas, como la de Simón de Cirene, obligado a ayudar a llevar la cruz a Jesús camino del Calvario. Muchos casados son forzados a vivir en pobreza, obediencia o incluso castidad por enfermedad del otro cónyuge o por ruptura de la convivencia conyugal. Quien acepta bien esta cruz y la lleva para servir al Señor en su circunstancia dolorosa, tiene el mérito de haber elegido vivir su vocación libremente. La cruz bien asumida es luz en su vida y seguridad y sello de su fidelidad al Señor. Su propia salvación se fortalece frente a tantos que no se ocupan de ella y es faro para quienes caminan peligrosamente en las tinieblas. Estemos siempre preparados y vigilantes porque nadie sabe el día ni la hora en los que el Señor llamará a cada uno.

    Hoy se celebra la Jornada de la Infancia Misionera, una de las Obras Misionales Pontificias, junto con las Vocaciones Nativas y el DOMUND. Los niños pueden ayudar a difundir el Evangelio en todo el mundo, en el que faltaría algo vital sin su oración y aportaciones. Si les transmitimos esa inquietud, de mayores seguirán siendo misioneros de corazón y a su alrededor, pues España y todo Occidente necesita una nueva evangelización. Seamos generosos en la colecta de hoy, que se destinará en su totalidad a la infancia misionera o Santa Infancia. Pidamos a Ntra. Sra. del Valle que presente a su Hijo todas estas intenciones para que las bendiga. Que así sea.

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