• 14 Sep

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    Cuando el libro del Génesis narra el relato del pecado original (Gn 3), centra su localización en un árbol dentro del Edén, el árbol de la ciencia del bien y del mal, él único de cuyo fruto Dios había prohibido al hombre que comiese (Gn 2,15-17). Allí tiene lugar la tentación de Satanás. De este modo, la caída del hombre se identifica con un árbol que se convierte en árbol de muerte por la acción seductora y embustera del demonio.

    ¿Cuál es la motivación del demonio? No es otra que la actitud de rebeldía contra Dios y de envidia frente al hombre (cf. Sab 2,23-24), nacida de la soberbia que le llevó a levantarse contra Dios para ser como Él y porque no podía admitir que, en sus designios de amor al hombre, el Hijo de Dios fuera a encarnarse y asumir la naturaleza humana. Para Lucifer, el ángel más hermoso, resultaba inaceptable que la naturaleza humana, inferior por sí misma a la angélica, fuera a ser ensalzada mediante la Encarnación del Verbo de Dios.

    La Creación entera y el hombre en particular, obras buenas salidas de las manos del Buen Dios, fueron inoculados así por Satanás con el veneno del pecado y del odio, en que vive él permanentemente. Para quienes no vivimos de odio porque el odio está ausente en nuestro interior, nos resulta muy difícil describir cómo es. Por eso, nos tenemos que remitir simplemente a describirlo conforme a los rasgos externos que podemos observar en quienes viven inmersos en él. Debemos rezar por ellos, pues en realidad son dignos de la mayor compasión.

    El odio, como la envidia, es una enfermedad del alma de origen diabólico que, como un gusano, corroe permanentemente el interior de quien la padece. Impide vivir en paz y ser feliz, porque únicamente aspira a la eliminación o la humillación del adversario, aunque sea infamando su memoria incluso mucho después de que haya desaparecido físicamente y no reconociendo absolutamente nada bueno en él. Produce una continua insatisfacción, pues sólo se goza en la falsa y efímera alegría de disfrutar con el sufrimiento del adversario, a quien se ve como la única causa de los propios males. El odio destruye interiormente a quien lo sufre e impide la paz social. Nace, en último extremo, de la envidia de Satanás al hombre y él lo siembra entre los hombres para que se destruyan unos a otros. Una sociedad envenenada con el odio sólo puede caminar hacia su autodestrucción si no se sale del círculo vicioso de ese odio que, en vez de disminuir, lamentablemente crece de forma continua, porque es un fuego que no se apaga más que con el agua salutífera del amor y del perdón.

    Satanás se valió de un árbol para sembrar la soberbia, la envidia y el odio en la tierra. Pero Jesucristo, el Verbo de Dios humanado que ha venido a reconciliar al hombre y a la Creación entera con Dios, ha llevado a cabo su obra redentora con la máxima perfección posible y se ha valido de otro árbol para ella: el árbol de la Cruz.

    La Cruz, signo de muerte y de ignominia en el mundo antiguo, se ha convertido en el árbol de la Redención, de la Vida y del Amor, porque Jesucristo, como verdadero Dios, es la Vida y el Amor. Ya en el Paraíso, según dice el Génesis, estaba el árbol de la vida (Gn 2,9) como signo del definitivo, que es la Cruz de Jesucristo. San Buenaventura elaboró desde esta imagen un opúsculo que tituló precisamente El árbol de la vida (Lignum vitae), degustando doce frutos acerca del misterio de Jesús.

    Este árbol de la Vida y del Amor que es la Cruz de Cristo nos revela las entrañas más profundas del amor de Dios, como hemos escuchado al mismo Jesús en el Evangelio (Jn 3,13-17): “Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Unigénito para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.

    La Cruz, por tanto, es el árbol del amor, frente al árbol del odio de Satanás. Y lo es del amor en su vertiente suprema, es decir, la caridad, el mismo amor de Dios, que de Dios nace como fuente y a Él retorna como su meta, porque Dios es Amor (1Jn 4,8.16). Los brazos de la Cruz nos recuerdan los brazos abiertos de Cristo, brazos de amor y de perdón que a todos se extienden. Por eso aquí, en el Valle de los Caídos, rezamos por todos, por los que en nuestra guerra murieron en uno o en otro bando y que están enterrados en esta Basílica o en otros lugares de España.

    La construcción de una sociedad con viabilidad de futuro sólo puede encontrarse en el verdadero espíritu de reconciliación, y no hay otro posible para el hombre que el amor de Jesucristo, subido a la Cruz por amor, perdonando a sus verdugos desde ella y muerto y resucitado para nuestra salvación. Ése fue el perdón con el que tantos mártires murieron por amor a Cristo, entre ellos algunos de los Beatos cuyas reliquias conservamos en nuestra Basílica, como el pasionista Juan Pedro de San Antonio, de 46 años, quien dijo a la dueña de la pensión en la que estaba hospedado junto con el Beato Pablo María de San José: “Si alguno nos saca para fusilarnos, os pedimos que a nadie guardéis odio o rencor por el mal que piensan hacernos. El Señor lo permite así para nuestra santificación”. También es el caso del Beato José Gómez Matarín, párroco de Íllar (Almería), quien, justo antes de ser asesinado, se giró hacia sus verdugos y les dijo: “No sabéis lo que hacéis, permitid que os bendiga”. O el caso del Beato Enrique López Ruiz, joven párroco de Nacimiento, también en Almería, que a sus 35 años dijo semejantes palabras a quienes le iban a dar muerte. El párroco de Sorbas (Almería), Beato Fernando González Ros, tras recibir varios tiros de sus verdugos, dijo a éstos: “Que Dios me perdone como yo os perdono”. Y el Beato Antonio Martínez López, párroco de Serón (Almería), con 45 años, quiso igualmente bendecir a sus verdugos, cuya respuesta fue golpearle el brazo hasta fracturárselo.

    Que la Santísima Virgen María, que permaneció al pie de la Cruz y ejerce su Patrocinio sobre este lugar sagrado como Nuestra Señora del Valle, nos lleve siempre a orar por quienes nos odian, pidiendo a su Hijo que nos conceda, como Él lo hizo, saber amarles por encima de su odio, perdonarles por encima de sus deseos de venganza y querer su bien por encima del mal que nos puedan desear.

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