• 14 Oct

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: estamos disfrutando en este momento una gracia muy especial, porque somos oyentes de la Palabra de Dios y a nuestros oídos ha llegado la Buena Noticia o el evangelio de nuestra salvación, que no tiene nada que ver con leer un periódico o libro donde se cuenta o se aprende algo. En la lectura de la Palabra de Dios bajo el influjo del Espíritu Santo se nos hace partícipes de una luz que antes no estaba en nosotros, nuestro espíritu se llena de una convicción invisible, pero que ahora creemos verdadera por la autoridad del que habla: Dios. Él nos ha creado y a pesar de nuestro pecado y nuestra rebelión contra Él, nos perdona generosamente e invita a participar de su vida divina si no solo reconocemos nuestro error, sino que damos un paso más y nos dolemos de haber menospreciado su amor y nos proponemos rectificar y vivir según sus mandamientos de vida eterna.

    Hemos pedido al Señor que perdone nuestros pecados en la procesión de entrada: “Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de Ti procede el perdón” y le hemos suplicado que su gracia nos preceda y acompañe y nos sostenga continuamente en nuestras acciones para así obrar siempre el bien. Por eso la Palabra de Dios no es información, sino diálogo y comunicación de Dios con sus hijos a través de una historia de salvación, historia viva de amor totalmente distinta de cualquier otro tipo de historia, porque se refiere a mi relación personal con las tres personas divinas, con los santos, con los ángeles y con mi prójimo.

    La primera lectura ha proclamado las maravillas de esa Sabiduría que vale mucho más que el poder y las riquezas. Por esa Sabiduría merece la pena dar todo, porque es portadora de una luz que nos hace ver mucho más allá de lo que se ve con los ojos y gustar de bienes espirituales que llenan pero no hastían ni fatigan ni los corroe la polilla ni los roban los ladrones. Esa Sabiduría se nos ha revelado que es Cristo, que no es una colección de saberes, sino una persona que perdona mis pecados, me recompensa de forma inimaginable y me libera de mis intereses egoístas.

    La lectura de Hebreos nos ha llevado a un nivel de comprensión de la Palabra que no habíamos pensado. Nos creemos justos y que todo lo hacemos muy bien. Pero cuando leemos la Palabra de Dios en apertura al Espíritu, que juzga los deseos e intenciones del corazón, quedan al descubierto nuestras miserias y en nuestra absoluta pobreza, nuestra única opción válida es arrojarnos en los brazos misericordiosos del Padre.

    En el Evangelio se nos manifiesta la figura de Jesús, Sabiduría encarnada de Dios y ante el cual se postraba la gente. Él nos propone seguirle cumpliendo los mandamientos, camino verdadero y seguro para la salvación, dejándolo todo por seguir a Jesús. Ese paso asustó al joven rico, que no quería desprenderse de sus muchas riquezas. Pero merece todo sacrificio alcanzar esa Sabiduría que es la persona misma de Jesús y la comunión con su vida divina. ¡Qué importante es que haya católicos que pongan toda su vida en manos de Jesús, en pobreza, castidad y obediencia, para atraer y facilitar a otros encontrarse con Él y asegurar la salvación propia y ajena! No es un mandamiento exigible para todos, sino un consejo para los que se comprometen con Jesús a entregar su vida por el Evangelio. Ese es el sentido y la incomparable belleza de la vida consagrada. Dedicarse a la oración es ya una predicación para el pueblo de Dios, que ve cómo todo en la vida es pasajero y solo es necesario vivir en comunión con Dios en la tierra para vivir en dicha comunión eternamente en el cielo. El que no ame a Dios en esta vida, tampoco lo amará en la futura.

    Para llevar a buen puerto este santo propósito, acudamos a nuestra Madre del cielo con el S. Rosario. Como muchos ya sabéis, en la fiesta de S. Miguel Arcángel, el Papa Francisco invitó a los fieles de todo el mundo a rezar el S. Rosario cada día del mes mariano de octubre y a unirse así en comunión y penitencia para pedir a la Santa Madre de Dios y a S. Miguel Arcángel que protejan a la Iglesia del diablo. El Santo Padre invita a terminar el S. Rosario con Sub tuum praesidium (“Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh, siempre virgen, gloriosa y bendita!”) y con la oración de León XIII a S. Miguel Arcángel, que recitaremos al acabar esta eucaristía. Esa abadía os invita a rezar el S. Rosario, con el que podéis ganar indulgencia plenaria, los domingos a las 10.30 en esta basílica.

    Por último, muchos de los presentes nos habéis preguntado cómo ayudar a esta comunidad en la actual situación, que todos conocéis. Vuestra mejor ayuda sin ninguna duda es vuestra oración por los monjes: rezad para que todos los miembros de esta comunidad sigamos a los santos monjes y seamos hijos fieles de S. Benito. No podemos desanimarnos ni lo más mínimo por la tormenta desatada sobre este lugar. La receta infalible contra el desaliento es más oración y más sacrificio, por lo que esta comunidad os invita a la adoración eucarística de hoy en la capilla del Stmo. de 13.45-16.45. Todo lo que no sea oración y sacrificio son cataplasmas ineficaces con las que Satanás nos entretiene. Pidamos a la Virgen del Valle que interceda ante su Hijo para cumplir con su gracia este santo propósito. Contamos para ello con los nuevos santos, S. Pablo VI y S. Óscar Romero. Que así sea.

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