• 30 Sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Queridos hermanos en N. S. Jesucristo: El Señor nos dice que su Palabra permanece para siempre. Con esta convicción hemos escuchado y queremos escuchar cada día la Palabra ante la cual nos confrontamos, pero la Palabra de Nuestro Amado Señor también es guía, la que nos señala el camino entre tantos caminos que llevan a la desesperación y la nada, la que ilumina nuestras oscuridades y contradicciones, la que nos reprocha, exhorta y consuela. Es increíble hasta donde llega su acción vivificante. Un poco de todo esto nos encontramos en las lecturas de hoy.

    Lo primero ha sido escuchar ese relato de la travesía del incipiente pueblo de Dios, forjado en el desierto entre Egipto y la tierra que Dios quiso darles como heredad. En la larga estancia en el desierto capitaneados por Moisés e instruidos por Dios, recibe Moisés la orden de nombrar a setenta ancianos para que le ayuden en su tarea de juez. Pero antes se reunieron y los que no acudieron a la reunión, también recibieron el Espíritu porque habían sido elegidos.

    El Espíritu sopla por donde quiere y el hombre no debe pretender limitar su acción justificándolo con cualquier excusa. Este principio de la trascendenciadeDiossupone que el hombre no puede juzgar a Dios. Debe conocerlo para amarlo. Debe meditar lo grande que es Dios y lo pequeño q es el hombre, y lo fácil que resulta al hombre equivocarse con respecto a Dios en sus especulaciones y cómo siempre debe estar precavido para no deformar con sus pensamientos la verdad sobria y perfecta que nos transmite la Sagrada Escritura.

    El Espíritu Santo en sus obras no es comparable con las pretensiones humanas de valerse por sí mismo y creerse que para eso le ha dado Dios fuerza, para que busque las soluciones a todo por sí, fiándose de sus capacidades.

    Tanto en la primera lectura como en el Evangelio se nos refieren dos actuaciones o juicios de los hombres, equivocados con respecto al obrar divino, y eso que tanto Josué como el apóstol San Juan eran unos elegidos de Dios. Hoy día se da esto muy a menudo y es necesario referirse a ello. Hay modaseclesiales o maneras de actuar en una determinada etapa de la historia de la Iglesia introducidas contra las normas vigentes, que por estar muy extendidas y no encontrar apenas oposición se dan por buenas. Así ha ocurrido en la etapa postconciliar con respecto a la Eucaristía. Un determinado sector del clero con pretensiones de renovar la vieja Iglesia, carente de atractivo para las nuevas generaciones, según ellos, se empeñó en introducir la costumbre de comulgar en la mano. La pretendida justificación provenía de que en la Iglesia primitiva, según su sesgada interpretación de los hechos, se comulgaba en la mano. Se omitió contar cómo la Iglesia abandonó enseguida esta práctica, no bien documentada ni generalizada como quieren suponer sus partidarios, porque se vio que de esa forma no se podía asegurar el respeto debido al Sacramento, ni la caída y consiguiente profanación de las partículas que quedan adheridas en la palma y los dedos de quien toma la sagrada forma. Hoy día se poseen medios técnicos de comprobar que hay partículas que no se aprecian a simple vista. Y se comprueba que esas partículas quedan en los dedos y palma de la mano de quien así toma la comunión. Y no sólo eso, sino que al comulgar de pie se olvida uno de los requisitos que se requieren para sustituir el comulgar de rodillas por el comulgar de pie: que es hacer un signo de adoración antes de comulgar, bien sea por medio de una genuflexión previa o, al menos, por una inclinación de cabeza. El resultado de tan renovadora moda eclesial ha sido que por la comunión de pie y en la mano se ha logrado que los fieles se olviden de hacer la adoración previa y que se pisen las partículas que caen al suelo profanando la Eucaristía, pues las partículas que quedan en las manos acaban en el suelo o en cualquier cloaca al lavarse. Y me vais a perdonar, hermanos, si añado que por esta supresión del gesto de reverencia y por la profanación material hemos abierto la puerta al sacrilegio espiritual de comulgar en pecado grave sin previa confesión. Pues cuando se deja de adorar como es debido al Señor toda profanación es posible, y a veces pasa desapercibida al cristiano,pero llega inclusoa mirar a otro lado ante tales sacrilegios materiales.

    Pues así como tuvo que corregir Moisés a Josué y Jesús a Juan por unas objeciones humanas, no carentes de una cierta lógica, hoy con mucha más razón y vehemencia profética tendría que acallar el Señor a estos “renovadores de la vieja Iglesia” que corrigen airados a los fieles que comulgan de rodillas y en la boca: “¿Cómo pretendéis que apruebe vuestro proceder en contra de las normas de la Iglesia, vosotros que priváis de libertad a los fieles obligando a comulgar de pie y en la mano –cosas estas que tan solo están permitidas y toleradas contra la santa costumbre milenaria de comulgar de rodillas y en la boca?”

    La Eucaristía, lo ha expresado muy bien el concilio Vaticano II, es “la fuente y el culmen de la vida cristiana”. Pero ¿de qué sirve tan rotunda declaración de principios si después en la práctica estamos haciendo lo contrario, y no nos esforzamos en poner remedio una vez que nos hemos percatado de que esta moda eclesial ha debilitado la fe en la presencia real de Cristoen la Eucaristía y ha hecho caer vertiginosamente la asistencia a la Misa dominical?

    No hay más remedio que recomendar encarecidamente que se comulgue de rodillas, excepto en caso de imposibilidad física, y en la boca para ayudarnos a no cometer sacrilegios materiales y espirituales, que bastante ofendido está el Señor por los que no creen, para que seamos, los que queremos serle fieles, los primeros en hacerlo por secundar una moda eclesial fruto del humo de Satanás, del que dijo el beato Pablo VI se había introducido en la Iglesia.

    No puedo menos de hacerme eco de la invitación que ha hecho el Santo Padre a toda la Iglesia de que en este mes de octubre todos los fieles recemos el Santo Rosario todos los días para unirnos en comunión y penitencia, como pueblo de Dios, para pedir a la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, y a san Miguel Arcángel que protejan a la Iglesia del diablo, que siempre pretende separarnos de Dios y entre nosotros, invitándonos a terminar el rezo del Santo Rosario con la antigua invocación “Sub tuum praesidium”, “Bajo tu amparo” en español, y con la oración a San Miguel Arcángel, que protege y ayuda en la lucha contra el mal.El Papa muy discretamente no dice más en su llamamiento, pero cualquiera que esté mínimamente informado de las últimas noticias de la Iglesia sabe que tiene que estar pasando un calvario,pues los ataques los ataques a su persona hacen zozobrar la barca de Pedro. El peligro de cisma se hace cada vez más próximo y no sólo hemos de rezar, sino ayunar y hacer penitencia.

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