• 9 Sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: Es el Señor quien os traído aquí a su celebración de su misterio pascual de la muerte y resurrección celebradas sacramentalmente en esta Eucaristía. Este es un tiempo de gracia en nuestras vidas. Como tal lo hemos de vivir. Con agradecimiento y admiración por esta y tantísimas intervenciones de gracia que Dios ha tenido en nuestras vidas. La agracia de Dios rara vez actúa de un modo sensible. Pero considerando nuestra vida en la oración advertimos cómo Dios nos ha hecho conscientes de que hemos sido favorecidos en muchos momentos de la vida por Él. Este es uno de esos toques de gracia. Aprovechemos este paso de Dios por nuestra vida. Esta pascua de salvación.

    ¿Y cómo sabemos que esto está sucediendo así? Porque nos hemos congregado en su Nombre. No debemos decir rutinariamente al principio de nuestras tareas “En el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” Pero todavía menos debemos dejarnos arrastrar por la rutina si lo hacemos presididos por los sacerdotes en la Santa Misa. Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo dan mucha importancia a esta y a todas las oraciones que dice el sacerdote ordenado para ser otro Cristo, para representarle a Él.

    Una parte fundamental de la Eucaristía es la proclamación de la Palabra de Dios. Un sacerdote ha portado el Libro Evangeliario en la procesión para honrar y agradecer a Dios que se digna hablarnos con palabras dirigidas a cada uno en particular cuando es proclamada su Palabra en la liturgia. Otra intervención de Dios en nosotros.

    El Señor ha querido recordarnos a través del profeta Isaías, que si Israel fue castigado por apartarse de Dios, la promesa de amor, que es la Alianza de Dios con su pueblo, va a tener un colofón grandioso cuando Dios restaure todas las cosas en Cristo. Es lo que pedimos en cada Eucaristía: ¡Ven, Señor Jesús! En el tiempo de Adviento nos atrevemos a instarle al Señor con mayor premura: ¡Ven, Señor, y no tardes más! ¿Sabemos lo que eso significa? Me temo que no todos. Pero para eso está la predicación, no para dar lecciones de teología, sino para disponer el corazón a recibir el mensaje de salvación que nos dirige el Señor en cada lectura. Hemos escuchado: “He aquí a vuestro Dios, llega el desquite, la retribución de Dios./ Viene en persona, y os salvará.” Venir en persona se refiere a la segunda venida o Parusía a hacer el “Juicio de las naciones” que confesamos en el Credo: “Y de nuevo vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos”. Dios tiene previsto por el Espíritu Santo convencer al mundo de sus pecados (Jn 16,8), lo cual significa que nos hará vernos ante Él para dar cuenta de nuestra vida antes de morir si su venida sucede antes. No sabemos el día y la hora en que volverá, pero las señales que nos ha dado de su segunda venida ya se han cumplido, luego tenemos que estar preparados, viviendo en gracia constantemente. No podemos aplazar nuestra confesión hasta el día en que nos apetezca, o cuando nosotros barruntemos que se acerca el Señor. Porque su venida será por sorpresa para el que no está preparado. Para el que no está con la lámpara encendida de la vida en gracia será semejante a un ladrón que viene cuando sabe que estás descuidado.

    Vuestra visita a este lugar sagrado os la habéis planteado quizás como llevaros un recuerdo o una foto cuando los guías están mirando a otra parte o atendiendo a las preguntas de algún visitante. San Agustín decía con respecto a lo que solemos hacer por los difuntos: “Las flores se marchitan, las lágrimas se evaporan, pero la oración permanece”, es decir, la oración es lo único que tiene una trascendencia que no pasa como anécdota pasajera y trivial. Es importante que veáis cómo el Señor os ha inclinado a venir aquí sin daros cuenta, pero para tener un encuentro con Él, en la Eucaristía, en la confesión, en la adoración silenciosa ante el Sagrario o ante el Santísimo expuesto a la adoración de los fieles. En este santuario lo venimos haciendo este verano de 2 a 5 de la tarde con el fin de rogar por la reconciliación de los españoles por su conversión y para que este lugar sea preservado como lugar de culto. Aquí se conservan las reliquias de al menos 54 mártires que están esperando que les invoquemos para derramar las gracias que obtienen de Dios por estar aquí enterrados. Todos deseamos el bien de España y la convivencia pacífica, además de llegar a la eterna bienaventuranza. Pero si ahora no amamos a Dios, no le damos gloria celebrando sus sacramentos y alabándole con los actos de culto, tampoco lo haremos en el cielo ni tendremos la protección de Dios aquí en la tierra. Hagamos la prueba: démosle gloria a Dios y veremos cómo el Señor nos escucha. También se puede rogar por las intenciones dichas fuera de este lugar. Pero es importante ese encuentro personal con el Señor insustituible. Todos nos tenemos que convertir. Todos somos pecadores y tenemos que acercarnos a la fuente de la gracia.

    Hermano que estás hoy aquí presente, cómo decirte que debes contemplar este Cristo que está ante tu vista acordándote de que su Corazón no sólo lo rompió la lanza del centurión, sino sobre todo tu desamor, tu ingratitud, tu falta de fe en tu Salvador. El Señor no sólo está ante ti ahora, sino día y noche donde quiera que te encuentres tratando de conquistar tu amor, de atraer tu mirada a su dolor, a su Sangre vertida por ti, pero miras a otros dioses, dioses de barro y arcilla que se romperán y nunca acudirán a tu llamada de auxilio y nunca borrarán con su solo amor todo el dolor y angustia de tu corazón. No prestas atención a sus advertencias de amor y las cosas de este mundo te atraparán y tellevarán al infierno si tú no atiendes a su llamada. Tu madre del cielo espera igualmente que la mires para ayudarte a darte cuenta que te acosa el enemigo de tu salvación y no te das cuenta. Despierta. No aplaces tu confesión, tu encuentro con el Señor. Dios te ofrece todas la hermosuras del cielo, porque eres su hijo y tú te empeñas en estar sólo en el horror del mundo en compañía de las tinieblas. Viene a reinar tu Salvador y no te dispones a recibirlo en gracia en la comunión, a hacerle compañía en la oración, a encomendarle tus necesidades y a pedir la conversión de tu familia.

    El Evangelio cuenta cómo los enfermos acudían al Señor y no paraban de alabarle, aunque se lo prohibía. Nosotros que podemos ser curados hoy aquí nos entretenemos en sacar fotos que van a ser recuerdo ¿de qué? ¿De que le dimos la espalada al Señor?, ¿de que no quisimos recibir su gracia?, ¿de que no nos interesaba la vida eterna que nos ofrecía?

    Hemos leído un breve pasaje del Apóstol Santiago (2,1-5), pero sería interesante leerla en casa entera. En especial llamo la atención sobre el capítulo 3. ¡Cuántos pecados debidos a la lengua! Jesús nos insta en el Evangelio(Mt 5,21-26) a que no nos irritemos contra el hermano, y la grave pena que eso produce. Pues bien, estas semanas se ha difundido la noticia de que el Papa Francisco ha reducido su penitencia a un Cardenal acusado de delitos graves por aprobar y enseñar a los candidatos al sacerdocio que las relaciones homosexuales no serían pecaminosas.

    No nos engañemos. No somos tan ingenuos como para no admitir que se pudiera dar algo reprobable en la conducta del Papa. Pero comentarios que están circulando tan llenos de injusticia y animadversión dejan bien a las claras que es un ataque del enemigo contra la cabeza visible de la Iglesia: “Heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas” (Mt 26,31). Y nuestro deber es aunar nuestras oraciones como leemos en Hch 12,15 a propósito de Pedro. La oración de todos los fieles le libró de la cárcel. Dios nos libre de caer en la trampa de que se trata de simples comentarios olvidándonos de la dura condena que hace Jesús de estas críticas nefastas. Pongamos la oración por el Papa entre nuestras prioridades. Eso es hacer Iglesia. Gracias.

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