• 19 Aug

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: las lecturas hoy proclamadas nos invitan a meditar sobre la Eucaristía, por desgracia hoy tan olvidada por demasiados católicos. Nuestra situación actual se parece mucho a la de Israel, que se alejó de Dios y se volvió a sus ídolos, a pesar de los avisos de los profetas. Esta situación culminó en la Pasión del Señor, cuando el pueblo escogido, instigado por el demonio, gritó: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”.

    Los católicos nos lamentamos de carecer de recursos humanos, como si Dios necesitara un poderoso ejército o un imperio de medios de comunicación, que en su mayoría manipulan la información para convertirla en munición contra la Iglesia Católica. A Dios le basta el resto de Israel, un puñado de fieles que no carezcan de nada porque de verdad le busquen a Él en cualquier estado de vida. Lo triste es que por mucho que Él los busca, no los encuentra. Sta. Clara, que celebramos hace días, religiosa muy frágil y debilitada por la enfermedad y el sacrificio, puso en fuga al ejército musulmán que subía las escaleras de su convento con intención de arrasarlo, con la única arma de una custodia con el Señor sacramentado.

    Estamos a años luz de comprender el significado de la Eucaristía para los santos. Ellos volvían del banquete eucarístico con el rostro transfigurado, como Moisés cuando venía de hablar con Dios y sacaban de él la fuerza para afrontar las contrariedades de la vida con ánimo alegre. Para algunos incluso, por gracias especiales, el pan vivo bajado del cielo era delicioso alimento espiritual y también el único material, cumpliendo así al pie de la letra las palabras de Jesús: “el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”.

    Jesús sacramentado es todo un caballero que nos invita a aprovechar la ocasión, porque vienen días malos, pero siempre respeta nuestra libertad. Él se inmola día y noche por nosotros en el sagrario, donde nos espera constantemente para alimentar nuestra alma con su Cuerpo y Sangre divinos y los católicos nos excusamos de su invitación a participar en su mesa o incluso respondemos con desprecio o indiferencia. ¿No será que no le amamos en todo y sobre todas las cosas sino que en el fondo anhelamos cualquier otro banquete y que por eso el eucarístico no atrae a todos nuestros hermanos los hombres? Pensad por un momento cómo devoramos ansiosos el móvil en busca del último video o chiste libertino, sin que nadie corte esa borrachera de insensatez y consumimos noticias con avidez, tanta más cuanto más subidos de tono sean los titulares, pero no siempre dedicamos ni unos minutos al día para dar gracias por todo a nuestro Padre del cielo, que nunca nos abandonará.

    Queridos hermanos: con media hora diaria de oración ante el Stmo. podemos ganar indulgencia plenaria, aplicable por uno mismo o por un ánima del purgatorio, alma que rogará por nosotros hasta que por la gracia de Dios, merezcamos participar de su gloria en el cielo. Ganamos dicha indulgencia si además excluimos todo afecto al pecado, oramos por las intenciones del Papa, comulgamos y recibimos la absolución individual. Si el Señor ahora mismo infunde la ternura de su amor en vuestro corazón, descargad en él todo vuestro agobio, no lo dejéis para mañana: sed valientes y confesaos ya mismo, sin esperar a que acabe esta eucaristía, porque ese es el primer requisito para comulgar en gracia de Dios. Como dice el himno eucarístico que se cantará hoy en vísperas, “He aquí el pan de los ángeles, hecho viático nuestro; verdadero pan de los hijos, no lo echemos a los perros”. Aunque nos privemos del “pan que ha bajado del cielo” y de las infinitas gracias de una comunión bien recibida, no dejemos que nos engañe el diablo una vez más: no debemos comulgar sin haber examinado nuestra conciencia ni en pecado grave.

    Queridos hermanos: desde hoy no dejemos pasar ni un día sin comulgar en gracia de Dios, sin visitar el Stmo. o al menos sin la comunión espiritual. Digamos por ejemplo: “Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza humildad y devoción con que os recibió vuestra Stma. Madre, con el espíritu y fervor de los santos”. Pidamos a nuestro Padre Dios, que nos ha creado con amor infinito y nos ofrece la vida eterna, anhelar ese encuentro íntimo con Él, sin el que jamás gustaremos ni veremos qué bueno es el Señor ni experimentaremos la alegría incomparable de sentirnos hijos suyos.

    No estemos aturdidos sin darnos cuenta de lo que el Señor quiere: si pasamos días enteros durante semanas para tostar nuestro cuerpo con los rayos del sol, dediquemos al menos unos minutos al día para broncearnos ante el Stmo., nuestro mayor tesoro. No nos acabamos de creer que las promesas divinas superan todo deseo y que el Señor nunca se deja ganar en generosidad. El día del Juicio Final, ya tarde, nos daremos cuenta de que nuestra oración personal, que para demasiados católicos por desgracia es una beatería del todo inútil, fue el tiempo mejor aprovechado, para nuestra propia salvación y la de todos nuestros hermanos los hombres.

    Precisamente hoy esta comunidad benedictina os invita a la adoración eucarística en la Capilla del Stmo., que se expondrá al acabar la S. Misa de 1, sobre las 13:40 y se reservará antes de la de 17:30. Será un acto exclusivamente religioso, solicitando la poderosa intercesión de los al menos 54 beatos mártires cuyas reliquias custodiamos en esta basílica y de otros muchos caídos que D.m. en los próximos años serán beatificados y cuyos restos reposan en el inmenso relicario que es esta basílica menor. Gracias de antemano por vuestra participación. Pidamos a la Virgen del Valle, nuestra madre, que interceda ante su Hijo para que nos conceda la gracia de dejarnos llenar por el Espíritu, anticipo de las que, por la misericordia de Dios, gustaremos en el cielo. Que así sea.

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