• 1 Jul

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Es patente a los ojos de todos el deterioro progresivo en que se halla nuestro mundo, tan pagado de sí mismo por los avances técnicos y tan falto de los valores que habían sustentado la sociedad y eran la salvaguarda del sentido de la vida y una meta nunca lograda, pero acariciada como una utopía digna de la lucha de la vida. Todo esto vemos se va derrumbando y está tomando derroteros nunca más elocuente esta expresión para esta circunstancia actual que nos preocupan, y nos hacen temer desemboquen en una confrontación violenta en la sociedad. Sentimos la necesidad urgente de un Salvador que nos saque de esta situación creada por nuestra culpa al haber dado la espalda a Dios, porque hemos rechazado sus mandamientos como guía y luz de nuestra existencia, y porque pretendemos vivir una existencia de una calidad superior dada por el hombre a sí mismo, y eso que podíamos haber escarmentado después de que se ha incurrido tantas veces en la historia en el mismo error y las consecuencias han sido calamitosas.

    La primera lectura de esta celebración arroja una luz sobre nuestros problemas actuales que no debemos desdeñar. En primer lugar nos asegura que Dios ha creado todo muy bien y que Dios no se recrea en la destrucción de los vivientes, porque Él mismo los ha creado para un fin sublime: que se cumpla su designio de justicia, lleno de sabiduría y amor. En ese plan en que la justicia y el amor habían de ocupar un lugar preeminente, de pronto irrumpió algo que hizo que nuestras relaciones con nuestro Creador y con nuestros semejantes no siguieran este itinerario fundante que Dios nos dio y con el cual seríamos felices. “Por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo”. Este texto, que se ha proclamado en la primera lectura, es fundamental para conocer cuál fue el origen del pecado original. Texto que se completa con las luces que san Pablo recibió cuando escribió su carta a los Romanos: Adán y Eva se dejaron seducir por la propuesta de la serpiente de ser ellos otros dioses al margen del verdadero y único Dios. El hombre quiso ser como Dios, pero al margen de Él, como si fuera Dios avaro de su gloria y no quisiera compartirla con los hombres. Dios respeta siempre nuestra libertad y la opción del hombre de dejarse envolver en la envidia del diablo, que no podía soportar la felicidad del hombre gozando de ser criatura feliz con su condición y en el destino que Dios le había regalado. Y, ocultando su maldad, les sugiere que hay una verdad que Dios no quiere que descubran los hombres: cómo ser dioses sin tener que estar sujetos a Dios. Como si la paternidad divina fuese un impedimento para la libertad humana, una cortapisa insufrible.

    La Palabra de Dios es luz en nuestro caminar. Pero a condición de que seamos sencillos, que seamos verdaderos niños que se fían de su padre. No se trata de un fideísmo ciego. Nosotros hemos de examinar con detenimiento las señales que Dios nos da de su cercanía y de su amor a nosotros. También de los castigos pedagógicos que nos proporciona para que abramos los ojos. Pero si interpretamos los castigos como venganza y envidia de Dios y sus múltiples dones nos los apropiamos y nos persuadimos de que los hemos alcanzado nosotros por nuestro trabajo, esta injusticia contra la bondad de Dios o la rectificamos o se convertirá en nuestra ruina.

    Nosotros estamos aquí persuadidos de que la Palabra de Dios cura nuestra ceguera, purifica nuestra vista y la hace más penetrante (Jn 13,10; 15,3). La Palabra de Dios nos posibilita ver más allá de nuestros cortos sentidos corporales. Nos introduce en el mundo de Dios dándonos parte en su intimidad y en sus proyectos de salvación. Si lo vemos así conseguiremos auparnos sobre los hombros de Dios para ver con la perspectiva mucha más amplia y con el gozo de compartir su vida divina, como un niño pequeño que goza con la protección de su padre y tiene puesta toda su confianza en él.

    San Pablo nos ha enseñado que nuestros bienes abundantes son mucho mejores cuando los compartimos con aquellos que sufren la escasez y penuria de los mismos, y que ese camino de imitar a Jesús es el camino de la verdadera felicidad.

    Pero en el Evangelio la perspectiva de la conducta de Dios con los hombres se amplía hacia horizontes que el hombre nunca había contemplado. El jefe de la sinagoga y la mujer que padecía flujos de sangre en su apuesta por fiarse plenamente de Dios, nos descubren cómo es el Corazón de Jesús, qué insondables riquezas de misericordia reserva para los que le aman, para los pequeños que se confían con Él, que se abandonan totalmente a su amor. Ésa es la buena noticia que hemos escuchado. No debemos desesperarnos ante esta situación histórica que nos ha tocado vivir. De nuestra parte está quien nos ama con un amor desbordante de ternura. La única traba es nuestra falta de fe. Ni siquiera se dice en el Evangelio que Jairo o esa mujer fueran santos. Se nos dice, tal como sugiere la escena que nos relatan, que tenían una confianza ilimitada en la bondad de Jesús. Una confianza que tiene un poder transformador de la propia persona. Porque quien se fía de Dios no necesita herir o maldecir a los que le hacen daño. Reza por los que andan extraviados y pide al Señor que le proteja. El que se fía de Dios no pretende que su ira sea el mejor exorcismo contra los males que le asedian, porque se deja enseñar por la Palabra de Dios que le dice, que la ira del hombre no produce la justicia que Dios quiere (Sant 1,20-21). Pero, aunque no haya conocido la verdad revelada, ha sido instruido por la voz de su conciencia y ha notado que sus actitudes violentas y negativas no le proporcionan paz y quiere caminar por sendas de perdón, comprensión y amistad para construir la concordia que todos anhelamos.

    Pero demos un paso más con estos personajes bienaventurados del Evangelio. Jairo se postró ante el Señor para hacer su petición. La mujer enferma le tocó con delicadeza, sin querer molestarle ni desviarle de su camino, pero con una fe nada común en el poder y Corazón magnánimo del Señor. Fue como un piropo a su persona: ‘No te quito tu tiempo para otro, pero sé que para ti soy tu hija muy querida, y a pesar de tus muchas tareas me escuchas y me consuelas y me curas si te lo pido secretamente’.

    Hermanos, aprendamos la lección. Si nosotros tenemos gestos de amor, de adoración, de confianza plena en el Señor, ¿a qué acudir a los medios que nos distancian del Señor para librarnos del mal como son la ira, la venganza, la violencia verbal o física, en vez de acudir a la oración y la súplica humilde que produce tantos beneficios, porque nos hace semejantes Al Que quiere no sólo librarnos del maligno, sino vernos como imágenes de su bondad?

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