• 4 Mar

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Nos vamos adentrando en la cuaresma y una de las cosas que hemos de tener presente es que la Cuaresma es un itinerario hacia la Pascua para vivir profundamente el misterio central de nuestra salvación: la muerte y la resurrección de Cristo. Pero con una concreción sacramental: nosotros fuimos introducidos en ese misterio a través del bautismo. Tanto la Eucaristía como el bautismo los celebraremos recordando su institución el Jueves Santo y en la Vigilia pascual respectivamente, pero no como mero recuerdo histórico de un hecho pasado, sino como renovación espiritual del efecto sacramental que produjo en nosotros y sigue prolongándose en sus frutos y como estímulo para no perder aquella gracia tan extraordinaria, por la que Dios se ha dignado hacernos partícipes de su misma vida divina.

    Una de los momentos culminantes de la Vigilia pascual es precisamente la renovación de las promesas bautismales. Esas promesas de ser fieles a Cristo, que no es mera fórmula protocolaria, sino que han de tener una consecuencia muy concreta, vivir según la ley de Cristo, que son los mandamientos y todo lo que Él nos ha enseñado en torno a ellos. Hemos escuchado en la primera lectura del Éxodo la promulgación de los diez mandamientos con la explicación catequética y muy clarificadora de algunos de ellos por Moisés. Pero al principio de ellos Moisés declara en una expresión magistral lo que constituye toda la ley: YO SOY EL SEÑOR. Es decir: la voluntad santa del Señor, llena de sabiduría y amor es la fuente de todos los mandamientos. Todos los mandamientos reflejan la santidad y al amor que Dios nos tiene. No son normas pesadas e inhumanas. Incluso para hoy día, que nos vemos tan refinados y que hemos avanzado tanto en humanidad, como nos quieren hacer creer, los mandamientos nos señalan una meta de vida humana sensata y racional, sí, pero que no logramos alcanzar, pues estamos continuamente vagando fuera del camino recto. Hasta ahora nunca se había dado algo tan insólito: leyes civiles que favorecen el incumplimiento de los mandamientos divinos y la ley natural basando su discrepancia en que esos son credos religiosos que no afectan a todos los hombres, sino opciones particulares libres y opinables.

    En el Evangelio nos sorprende la intervención del Señor exigiendo que su casa, el templo, que Él denomina “la casa de mi Padre” no sea un mercado, sino casa de oración. Los judíos reaccionan de una manera hipócrita, pues comprenden de sobra que sus palabras y su proceder están en perfecta consonancia con lo que Dios dice del templo en las páginas de la Biblia, pero buscan en la discusión una escapatoria y quedar bien ante el pueblo. Aquí es donde nosotros debemos hacer nuestro examen. Nos parece que cumplimos bien las exigencias que tienen la casa de Dios y nuestra relación con Dios. Pero el Señor ve más profundamente. Nuestros pecados claman al cielo. Hoy día nos rebelamos contra Dios, tanto a nivel colectivo como en nuestra conciencia, al querer imponer nuestro modo de ver, nuestra selección de mandamientos que más o menos estamos dispuestos a cumplir y los que no. No lo decimos abiertamente, pero ya nos hemos acostumbrado a que casi nadie se case por la Iglesia, a que aquellos que estuvieron casados por la Iglesia rompan su unión por falta de entendimiento y recompongan su vida según les parece. Hay muchos cristianos muy condescendientes con las prácticas y convivencias homosexuales y mucha cobardía en enseñar y corregir tal modo de vida opuesto a la Palabra de Dios. Por eso, y muchas cosas más, el Señor no tiene otro remedio que en su misericordia y justicia purificar a este mundo de tanta inmundicia que se ha extendido por todas partes, propagándose el imperio del príncipe de este mundo hasta el punto que se admite como la cosa más ordinaria las representaciones de demonios como formando parte de los adornos en las casas, las lecturas y películas sobre el demonio, que se ven como cosa inocua que no hace mal a nadie, e incluso celebrar su fiesta. Se nos olvida que el Señor no guarda silencio ante la situación de apostasía colectiva, este dar a Dios de lado en tantos ámbitos de nuestra sociedad como si fuese una opción tan legítima como la contraria de reconocer y extender el reinado de Dios en este mundo.

    El remedio, pues, es la gran purificación por la que ha de pasar nuestro mundo que se atreve a desafiar a Dios convirtiendo los lugares de culto en lugares donde se ofende a Dios por admitir supuestos actos de culto que son una ofensa insultante para Dios. Y el Señor, en su infinita misericordia, nos invita a acoger la gran tribulación para restablecer la justicia divina, como llamada última a la salvación. El agua bautismal se derramará desde el cielo (Ez 36,25) en la purificación más grande que nos aguarda, una purificación por medio de conmociones terribles de la sociedad, desatándose los odios de unos contra otros, y con desastres naturales sin precedentes, nos preparará para estar ante Dios en el Juicio Particular de nuestras almas, y de ese modo se nos allanará el camino para el día que debemos comparecer ante Dios, purificación que limpiará nuestra alma de tantos pecados cometidos en nuestra vida, de tantas ofensas como ha recibido el Salvador en Su Cruz por nuestros pecados y nuestros delitos. La purificación necesaria que el Padre en Su Misericordia enviará a este mundo de pecado para salvar a Sus hijos del fuego eterno al que irían nuestras almas si antes no fueran lavadas con rigor y con justicia. El mismo que nos juzgará por mandato del Padre que está en los cielos, nuestro Redentor muy amado Jesucristo, nos llevará de Su mano ante El que todo lo gobierna: Cielos y Tierra. De Su mano iremos ante Él, y Su Amor por nosotros nos acompañará en ese momento, nos defenderá de nuestras culpas por la purificación vivida que ya pagó nuestro rescate. En el Hijo de Dios, en Su Cruz está el precio pagado para nuestra liberación y la purificación que viviremos nos limpiará para ser dignos de ese rescate.

    Hermanos no nos rebelemos contra estos planes de Dios predichos por todos los profetas del Antiguo testamento y en tantos libros del Nuevo y en las palabras de Jesucristo y en el Catecismo de la Iglesia Católica (CatIC 677); preparémonos para la llegada inminente de la Gran Tribulación a nuestras vidas, que aparecerá de modo sorpresivo como ladrón, aunque precedida inmediatamente de signos cósmicos, y entonces se llevará acabo ese Juicio particular, pero en esos momentos ya no habrá tiempo de prepararse. Es ahora cuando debemos prepararnos con el sacramento de la penitencia: lloremos de corazón nuestros pecados y nuestros delitos día y noche, acudamos con frecuencia al sacramento de la penitencia; pidamos perdón por todos los pecados de vuestra vida y la protección y asistencia materna de la Santísima Virgen María, para que nos ayude a mirar a la Cruz de su Hijo y podamos mantenernos firmes en la confesión de nuestra fe y para sufrir el martirio si estuviere en los planes de Dios.

    Que esta Eucaristía sea un punto de arranque en nuestra preparación a la gran prueba escatológica como la denomina el Catecismo (CatIC 1296), y podamos hacer viva y efectiva la renuncia al demonio y a sus seducciones, ayudados de los medios que siempre ha aconsejado la Iglesia: el ayuno y otras mortificaciones, la oración y la limosna.

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