• 8 Apr

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos muy amados en el Señor: Hoy, segundo domingo de Pascua, a los ocho días de la Resurrección del Señor, también se celebra la Fiesta de la Divina Misericordia, instituida por San Juan Pablo II. En este día tributamos a Dios ese homenaje a su atributo divino de la Misericordia. La gran revelación que nos ha comunicado Jesucristo al hacerse hombre y morir por nosotros es que la definición de Dios más perfecta de su persona divina es su Amor. “Dios es Amor” (1 Jn 4,16). Nadie había ni descubierto ni expresado esta realidad tan profunda y tan consoladora para el hombre. El Amor de Dios envuelve todo su gobierno divino en el mundo, aunque el hombre sin la luz del Espíritu Santo no puede comprender en modo alguno y no acepta que esto sea verdad. Los cristianos profesamos esta verdad, pero nos falta convencimiento interno de ella y en la práctica dudamos de que así sea.

    La misericordia divina no es una verdad que a nosotros nos pueda dejar indiferentes. Tampoco el hecho de que sea el mayor atributo de Dios. Jesucristo nos ha enseñado: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso”. Los atributos divinos deben encontrar en nosotros una correspondencia, una aspiración que para nosotros se traduce en un trabajo de vigilancia sobre nuestras obras, en una súplica constante, porque sin la ayuda de Dios nada podemos, una acción de gracias por las maravillas de regeneración constante que obra Dios en nosotros levantándonos a cada paso de la postración a que nos reduce el pecado. Este obrar divino permanece secreto si nosotros por nuestra parte no le dedicamos una admiración contemplativa, a ejemplo de nuestra Bienaventurada Madre y no conservamos, no meditamos en nuestro corazón esas intervenciones amorosas de Dios, que nos restauran, nos iluminan, y nos animan por medio del Espíritu Santo y del sacramento de la Penitencia.

    Y no basta con admirar, agradecer, suplicar que la Misericordia divina actúe sin cesar en nuestra vida; nos queda imitar el proceder divino impregnado de Amor, impulsado por una misericordia infinita como lo ha calificado la oración colecta de este domingo. Felizmente la nueva traducción del Misal Romano para España refuerza el sentido admirativo de cuáles son los motivos de la alabanza por la misericordia infinita del Señor: “qué bautismo nos ha purificado, qué Espíritu nos ha hecho renacer y qué sangre nos ha redimido”. No podemos reclamar las misericordia de Dios sobre nosotros si por nuestra parte, teniendo tan grandes motivos para alabar su misericordia, no nos aplicamos a impregnar nuestras relaciones humanas de misericordia, si el amor no es el primerísimo objetivo de todas nuestras acciones, si no corregimos con perseverancia heroica nuestras inclinación al mal (odio, venganza, resentimiento, etc.) que nos ha quedado como consecuencia del pecado original.

    La lectura de los Hechos de los Apóstoles con el ejemplo que nos propone de compartir los bienes de la comunidad apostólica no puede ser más elocuente en la necesidad de llevar a la práctica la misericordia que cada día recibimos de Dios. No podemos truncar esa corriente de gracia que Dios quiere circule entre el cielo y la tierra, entre los dones de Dios y la posibilidad de que todos los hombres alaben la misericordia de Dios, porque sus hermanos les han socorrido en sus necesidades.

    La lectura de la carta de San Juan es una enseñanza muy profunda sobre el amor a Dios y al prójimo como inseparables. No puede haber amor verdadero a los hijos de Dios si no hay amor a Dios que a su vez debe ser autentificado con el cumplimiento de sus mandamientos. El amor a Dios y al prójimo se ha presentado en ocasiones como propio de personas débiles, que no son capaces de triunfar en esta jungla humana en la que vivimos. Pero Dios nos revela a través del Apóstol san Juan que la fe en Jesús es la que nos da la victoria sobre el mundo y sus seducciones. Jesucristo con el agua y la sangre, que podemos traducir con sus sacramentos nos da la gracia para obtener esta victoria. Por tanto la misericordia que nosotros somos capaces de transmitir en realidad es un don de gracia que Dios nos da por los sacramentos para vivir la vida de Jesús. Somos objeto de la misericordia de Dios y debemos ser comunicadores de la misericordia de Dios en nuestras obras en favor del hermano al que perdonamos y pedimos perdón, al hermano al que servimos y del que nos dejamos humildemente servir cuando necesitamos su ayuda.

    El evangelio nos ha llenado de luz con esa bienaventuranza del que cree sin haber visto de la que nos podemos beneficiar constantemente. Repasemos meditativamente todas las misericordias que Dios derrama sobre nosotros y aquellas otras que quiere que llevemos a cabo con la fuerza y la luz que nos ofrece el Señor en sus sacramentos. Nada menos que en el sacramento de la reconciliación ante el ministro de Dios se producen, en fe, grandes milagros de gracia. En el tribunal de la misericordia hemos de buscar consuelo confesando con fe nuestra miseria y el milagro de la Misericordia de Dios se manifestará en toda su plenitud.

    No hay que peregrinar muy lejos: lo podemos llevar a cabo aquí en la basílica. Y aunque nuestra alma fuera como un cadáver en descomposición se puede dar ese milagro de su restauración completa, si hay fe y se confiesa uno sin esconder su miseria ante Dios y su ministro.

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