• 8 Oct

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos, muy especialmente vosotros, peregrinos portugueses, que una vez más nos edificáis con vuestra piedad y devoción marianas: demasiado fácilmente caemos en la trampa de referir las últimas noticias con las que nos bombardean los medios de comunicación a un ejercicio de la autoridad desacertado y blando, fiel reflejo de nuestra época. Pero cuando abrimos el libro sagrado, la Biblia, manantial perenne de la sabiduría divina y mensaje actual de su voluntad hacia nosotros en el hoy de nuestra vida, podemos o bien huir de esta confrontación tan comprometida o bien acogerla con alegría liberadora. El que la acoge, consciente de que esa Palabra de Dios le transmite tanto un mensaje implacable con sus desvaríos como la salvación ansiada de su angustioso vivir al margen del fin para el que ha sido creado, quiere salir del atolladero de una vida sin rumbo, aunque chirríen todos sus miembros como un viejo barco cuando azotan los vientos sobre sus maderas desajustadas e hinchadas por el agua. Queridos hermanos: ¿estamos dispuestos a recibir este diagnóstico de la Palabra de Dios, en parte parecido a la fría constatación médica de nuestra enfermedad, pero que además contiene verdad, consuelo y reprensión llenas de luz y esperanza?

    La parábola del profeta Isaías, muy próxima al genio profético de Jesús, aunque sin alcanzar la cumbre reveladora del profeta que había de ser más que profeta, el esposo con el que se había de desposar el nuevo Israel, acaba con la ruina completa de la viña: es el juicio histórico del pueblo elegido. ¿Qué más podía hacer Dios según la lógica humana? El profeta se hace esa pregunta retórica y directamente se responde: ¡la dejaré arrasada! Pero el Señor Jesús había de revelarnos algo más: en ese pueblo rebelde en el que nos vemos reflejados queda objetivado nuestro pecado.

    En contraste con esa bella parábola profética, que refleja tan exactamente la historia de Israel y del nuevo Israel, la Iglesia, se ha proclamado en el Evangelio la parábola en la que nos responde no un profeta fiel, sino el esposo mismo. No es que la viña no produzca frutos por dejadez de los labradores, sino que éstos pretenden apropiársela mediante un crimen cuya víctima es el hijo del dueño de la misma. Y por si fuera poco ese crimen, toma un cariz cristológico inequívoco al mencionar en pasado profético que a Jesús le sacarían fuera de la viña para asesinarlo, en un vano intento de librarse de la justicia que reclama la sangre inocente derramada. La conclusión también varía: la viña quedará arrasada momentáneamente, pero pasará a otro pueblo que produzca frutos: es la promesa del nuevo resto, cuando la Iglesia sea purificada.

    Para nosotros, queridos hermanos, hay una corrección, pues no hemos producido los frutos esperados, pero también una esperanza si el arrepentimiento de nuestros pecados conmueve a las montañas y aceptamos que la misericordia de Dios no es un simple maquillaje en el último momento antes de salir a escena. Incluso quienes nos creemos honrados y nos fatigamos por cumplir es lo que vemos con nuestra venda de autojustificación. La verdad está en la palabra de Dios proclamada, que es para todos, aunque no lo veamos. No debo proyectar la palabra de Dios sobre otros, sino sobre mí mismo, pero con esperanza de ser perdonado si mi dolor es auténtico y potenciado por el sacramento de la reconciliación, no con mi propaganda de creerme mejor que los demás.

    Pidamos al Señor, por mediación de la Virgen del Valle, que así sea. Y ahora pongámonos en pie para recitar el Credo.

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