• 10 Sep

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: tomar a Jesús como el camino que conduce a la vida se nos antoja a veces empresa casi imposible, porque el mundo, el demonio y la carne nos ponen interminables obstáculos que nos parece que no podremos superar. Pero las lecturas de hoy, además de ofrecernos una respuesta válida a esta inquietud del espíritu humano, nos ofrecen tanto la sabiduría divina para la buena dirección en las encrucijadas de la vida como el alivio necesario para que caminar por los senderos del Señor no sea una carga pesada ni una tarea abrumadora por no saber cómo abordarla.

    Ante todo, las lecturas de hoy parten de nuestra situación después del pecado original, lo cual significa que toda buena obra que emprendamos se halla obstaculizada por los tres factores mencionados: el ambiente que nos rodea, el antiguo enemigo de nuestra salvación y nuestro propio egoísmo. Pero esta carrera de obstáculos se puede superar si, como proclaman tanto la profecía de Ezequiel como el Evangelio, nos aplicamos la corrección fraterna, que en el profeta Ezequiel se fija como tarea propia de profeta, pero que la Sagrada Escritura y la Iglesia han enseñado con toda claridad que somos un pueblo de profetas, sacerdotes y reyes. Todos somos partícipes de la función de la Cabeza que es Cristo, que al poseer por naturaleza la triple función de Profeta, Sacerdote y Rey no necesita ser investido como tal por autoridad humana y sin embargo acudió a Juan el Bautista para ofrecernos un modelo de obediencia, recibió el bautismo de penitencia del Bautista y ocupó su puesto, como uno más, en la fila de los pecadores. Todos los bautizados participamos de esa triple potestad y responsabilidad, pero también todos hemos de ser reconciliados con el Padre a través de una mediación humana, un sacerdote, como ha hecho el Papa Francisco a la vista de todos.

    Si nos remontamos en el Génesis a la amonestación de Dios a Caín, vemos el fondo de responsabilidad que nos afecta a todos: “¿Dónde está Abel, tu hermano?”. Caín trata de eludir su responsabilidad: “No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?”. Ahí está la gran revelación desde las primerísimas páginas de la Biblia. No podemos escaparnos ante la misión que el Señor nos encomienda de ser custodios y protectores de nuestros hermanos, misión ante la que no nos deja indefensos ni ignorantes de cómo llevarla a cabo. Por san Pablo nos responde que hay un secreto que hace llevadero caminar por los senderos del Señor cuando dice: “todos los mandamientos se resumen en esta frase: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Si temes errar el camino en medio de tantas opciones, limítate a amar al prójimo y no te equivocarás. Tenlo como centro de tu vida: un objetivo bien claro, sencillo, unificador en todas tus tareas y gratificante para ti mismo.

    Jesús afina más su pedagogía en el Evangelio. La corrección fraterna ha de llevar un camino lleno de sabiduría, pues es el Creador del hombre quien nos enseña. Hay que hacer oración antes de dirigirse al hermano que obra mal, para evitar ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el que corrige y para abrir el corazón del hermano al propósito de enmienda. Si esta primera corrección confidencial no surte ningún efecto, hay que recurrir a dos testigos. Si ni aún así se corrige, se acude a la comunidad de hermanos en la fe. Muy diferente es lo que se suele hacer. Dentro de la Iglesia, enseguida se amenaza con pasarse al enemigo y acusar al presunto ofensor ante los tribunales civiles y los medios de comunicación, que persiguen por sistema a la Iglesia católica y a sus miembros. Fácilmente se pasa del santo propósito de corregir a contar la falta a todos e incluso a añadir ofensas a toda la Iglesia.

    El Señor nos enseña que debemos ser celosos de la salvación de todos los hombres, que no podemos estar cómodamente instalados en nuestros intereses mientras peligra la salvación de un solo miembro del Cuerpo de Cristo. Cuántos que se dicen creyentes viven en pecado mortal como si no pasara nada, sin darle ninguna importancia, ni darse cuenta de que están con un pie en el abismo. Porque se ha perdido el sentido del pecado y por desgracia hemos olvidado que eso es poner en peligro temerario nuestra salvación.

    El Evangelio nos ofrece un remedio más general y eficaz a esas inquietudes apostólicas, para alcanzar con mayor amplitud este objetivo. Basta que dos cristianos se unan para suplicar al Señor por una necesidad para que el Señor acuda presto a socorrer lo que angustia a sus hijos, siempre que la petición sea conforme al querer de Dios. La oración unida al sacrificio, que llega incluso a la inmolación de la propia vida, tiene un poder insospechado para nuestras estrechas miras temporales. Esto requiere hacerlo al menos con consejo y mejor aún, bajo obediencia, pero no es solo para los santos, que también fueron mortales y pecadores. Hoy día apenas se predica de la penitencia y del dolor sufrido por amor al Señor y en reparación de los pecados propios y ajenos, cuando estamos más necesitados que nunca. El egoísmo ha crecido tan desmesuradamente que si Dios no nos concede una abundancia de gracias en orden a que haya almas que se ofrezcan generosamente para que Él disponga de sus vidas para esta causa de la conversión de los hombres, numerosos hermanos pueden perecer sin remedio por sus pecados. Encomendemos todo ello a Mª, Madre de los pecadores. Que así sea.

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