• 30 Jul

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: La predicación de la Palabra de Dios es una tarea llena de satisfacciones, pero también lleva consigo exigencias que comprometen al que predica y al que escucha. Todos encaramos los mismos peligros y avistamos los grandes panoramas que se presentan ante el que se deja llevar por la mano de Dios. El compromiso es llegar a poseer el pensamiento de Cristo, dejarle entrar en nuestra vida para que seamos auténtica imagen de Jesús, al que ha confiado la misión de ser el primogénito de muchos hermanos. Así nos habla el Señor a través de la carta de san Pablo a los Romanos y por eso queremos que esta celebración nos haga avanzar en esta identificación con Jesús en su relación tanto con el Padre, cuya voluntad es su alimento, como con los hermanos, pues en el Corazón de Jesús y en el de sus verdaderos discípulos, nadie enferma, sufre ni se alegra sin que no se haga uno con él para aliviarle y compartir sus alegrías.

    Todos recordamos el relato de las 2 mujeres que disputaban ser madres del mismo hijo y el veredicto de Salomón. El Señor alaba de Salomón, prototipo de hombre sabio, no ser una enciclopedia viviente, sino haberse dirigido a Él para que le concediera discernimiento para escuchar y gobernar. El hombre de hoy tiene grandes dificultades para escuchar y discernir, porque la civilización moderna nos invade con sus ruidos y tampoco en muchos ambientes se educa a niños y adultos para vivir momentos de silencio en los que dirigirse a Dios y conocerse en sus debilidades, en los dones de Dios y en las misiones que se les confían.

    Escuchar a Dios significa silenciar tanto nuestro orgullo, que se complace en sus proyectos e ideas, como nuestro egoísmo, que busca satisfacer sus instintos y procurarse su seguridad, porque se fía más de sí mismo que de Dios. No es fácil escuchar a Dios, pues supone renuncias, pero tiene su recompensa y da paz. Descubrir la amistad de Dios, poder hablarle siempre y en toda circunstancia es un privilegio a nuestro alcance, pero no todos estamos dispuestos a darlo todo para merecer su compañía, para confiarle nuestras alegrías, penas, dudas y esperanza basada en su amor.

    Queridos hermanos: el silencio, que el Señor nos descubre como cauce para encontrarnos con Él, también está presente en el Evangelio de hoy. Quien encuentra el tesoro en el campo no lo cuenta porque se lo robarían. Cuando ha comprado el campo se alegra, pero tampoco entonces se dice que lo cuente: trata de interiorizar ese tesoro. Por su parte, el comerciante que busca solo perlas finas, ha interiorizado el tesoro por medio del silencio. Pero lo que le distingue de otro comerciante es que es capaz de darlo todo, porque sabe que esa perla fina colma plenamente sus deseos.

    Ahí nos vemos confrontados nosotros. ¿Valoramos tanto nuestra amistad con el Señor que somos capaces de darlo todo por ser amigos de Cristo? ¿Estamos dispuestos a seguirle cargados con nuestra cruz como Él? ¿Queremos contarnos entre sus amigos, pero sin seguirle en su cruz? Salomón prefirió suplicar a Dios el don del discernimiento para ejercer bien su servicio de autoridad y no le pidió riquezas ni éxitos personales. Hay una gran diferencia en encontrarse con un tesoro sin esfuerzo, aunque después no lo habría alcanzado sin el silencio del encuentro con Dios.

    Pero hay un paso más al que el Señor nos invita, queridos hermanos, porque si buscamos perlas finas, si seguimos a Cristo hasta la Cruz e imitamos su pasión, que diría san Ignacio de Antioquía, causamos una conmoción que no pasa desapercibida y arrastra a muchos indecisos. El B. benedictino Alfredo Ildefonso Schuster, cardenal-arzobispo de Milán, dijo a sus seminaristas poco antes de morir: “La gente parece que no se deja convencer por nuestra predicación, pero frente a la santidad todavía cree, se arrodilla y reza; la gente parece que vive de espaldas a las realidades sobrenaturales, indiferentes a los problemas de la salvación, mas si pasa un santo auténtico, vivo o muerto, todos acuden a su encuentro”. Al poco se confirmó la verdad de sus palabras y el carisma profético de su vida, porque a su entierro asistió una multitud, como ocurrió con otros profetas de nuestro tiempo como S. Pío de Pietrelcina o el Papa S. Juan Pablo II.

    La Eucaristía no nos puede dejar indiferentes. Si he conocido a Dios, si creo que Jesús se hace presente aquí y que me invita a seguirle, no puedo darle la espalda y si lo hago, no podré heredar la vida eterna. No basta decir Señor, Señor, para pertenecer a Cristo; es preciso cumplir lo que nos manda: seréis mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Pero tanto en el evangelio de este domingo como en el del anterior, si damos la espalda a Cristo, ante sus hijos necesitados o con nuestra vida opuesta a los mandamientos, un día los ángeles nos separarán de los buenos y nos echarán al horno encendido. Una seria advertencia que no podemos pasar por alto para que no seamos piedra de escándalo, sino buscadores de la perla fina de la amistad con Cristo hasta la Cruz.

    Por último, queridos hermanos, hoy se celebra el aniv. del martirio de los BB. Agustín María, Anselmo Pablo, Braulio José, Oseas, Norberto José, Crisólogo, Esteban Vicente y Virginio Pedro, todos ellos religiosos de la Orden de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, más conocidos como hermanos de la Salle o lasallianos, cuyas reliquias custodiamos en nuestra basílica. Encomendémosles nuestras intenciones por mediación de Ntra. Sra. Valle. Que así sea.

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