• 2 Jul

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en Cristo Jesús: El Señor os ha invitado a este banquete, a su mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Es un banquete del que podemos salir inmensamente saciados, pues hay dos mesas repletas de dones. ¡Qué pena que nosotros no sepamos aprovecharnos mejor de estas dos mesas de que disponemos cada vez que celebramos el memorial de la muerte y resurrección de Cristo! La Eucaristía es el sacramento que celebra el hecho central de la vida de Jesús, su misterio salvador, el fin por el cual se hizo hombre. Vino a salvarnos y para ello entregó su vida, derramó su sangre como sacrificio de expiación o reparación de nuestros pecados. Este gran acontecimiento de la historia es ni más ni menos que el centro de la misma y la razón de ser de nuestra existencia. Pues Dios nos creó por amor a nosotros, para que participemos de su vida divina. Pero como el hombre iba a frustrar el primer proyecto por el pecado de Adán, desde la eternidad preparó el Señor el remedio en la muerte redentora de Cristo. Por eso al celebrar o hacer actual y vivo este misterio de su muerte y resurrección podemos nosotros recibir una parte sobreabundante de las gracias que en tal acontecimiento obtuvo nuestro Redentor.

    Por otra parte, la mesa de la Palabra: es decir, las lecturas que la Iglesia ha dispuesto para nuestra consideración en este domingo, al ser una palabra viva, también nos hace caer en la cuenta de los dones que hemos recibido o que podemos recibir si tenemos fe, si le suplicamos humildemente al Espíritu Santo que nos haga permeables y dóciles a la Palabra que se ha proclamado. El Señor hará que la Palabra fecunde nuestro espíritu y brote en él el deseo y la fuerza de aceptarla y ponerla en práctica. Es una fuerza tan poderosa que actúa como una medicina que mata los gérmenes nocivos que hay en nuestro interior, y que impiden que la hagamos parte de nuestra vida cotidiana. La Palabra de Dios purifica nuestro interior, lo hace lúcido para descubrir los engaños en que nos habíamos dejado envolver, y nos descubre que hay una salida. Fijaos qué grande es la misericordia de Dios, que a veces esta palabra nos sorprende a nosotros mismos, porque se nos cuela en el corazón con una fuerza sorprendente. Es como un encuentro con el Señor mismo, que nosotros no habíamos preparado ni hecho méritos especiales para que así sucediera. Pero de pronto se ilumina nuestro ser, nuestra inteligencia, y empieza uno a recolocar todo nuestro interior. Ve que se desvanecen sus antiguos prejuicios, y se abre un nuevo horizonte. Es lo que san Ignacio de Loyola llama en sus Ejercicios “la consolación sin causa precedente”. El Señor sale a mi encuentro aunque no le había dado motivo para ello, y es que había alguien rezando, aun sin conocerme, para que así sucediera. Pues el Señor respeta nuestra libertad y, en cierto modo, tiene las manos atadas hasta que se las desatamos con la oración y el sacrificio. Pero cada uno debe hacer todo lo posible para que esas manos divinas puedan actuar en mí mismo poniendo interés en escuchar y comprender bien la Palabra escuchada o leída. Yo mismo he de vencer mi pereza y ponerme a la escucha, sí, y todos los días con constancia he de suplicar esa ayuda del Espíritu y he de ser humilde, porque la luz viene de Él, no sale naturalmente del espíritu humano. Tenemos que pedirle a Dios, al Espíritu Santo, que obre en nuestras facultades naturales y con su poder creador nos dé una capacidad nueva. En el Salmo 51, el célebre Miserére, decimos: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme.” Y cuando he hecho esto me diré a mí mismo: El Espíritu Santo ya se había adelantado, sin yo darme cuenta, para que le pidiera esto, que me parecía había sido iniciativa completamente mía.

    Pero eso no sólo sucede con la Palabra directa de la Escritura sagrada, sino también por medio de la palabra predicada y anunciada por sus profetas y predicadores. Por eso es tan importante que los predicadores no tengamos miedo de predicar la Palabra de Dios sin tapujos, ni componendas con lo políticamente correcto. El pecado, estamos comprobando, y bien lo hemos comprobado estos días, cada vez es más descarado y amparado por las leyes, mientras que está prohibido manifestar la fe y predicarla tal cual es. Si uno la predica parcialmente y la deforma, o pone como esencia de la misma fe la duda en vez de la luz y certeza que proviene de la fe, entonces hasta los medios de comunicación dan cabida a su predicación, y hasta vienen a los monasterios micrófono en mano. Lo que ocurre es que entonces la oración colecta que hemos rezado no sería la fe de la Iglesia en contra de lo que se nos ha transmitido como fe apostólica, que lo que se ora en los textos de la liturgia eso mismo es profesión de nuestra fe: “Padre de bondad, que por medio de la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad”. Pero hoy día cuando uno predica todos los mandamientos con todas sus consecuencias, se desata la persecución hasta que esa voz es silenciada.

    Las lecturas que se han proclamado tanto la del segundo libro de los Reyes, referente a la acogida que una mujer dio en su casa al profeta Eliseo para favorecer su predicación, como la del Evangelio, en que Jesús dice que “el que acoge a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta”, nos revelan la importancia de alimentarnos de la mesa de la Palabra de Dios, poniendo todos los medios para que llegue íntegra a nosotros. Lógica consecuencia de todo esto es que hemos de favorecer a sacerdotes o laicos que se esfuercen y vivan con integridad el respeto y veneración a la Eucaristía, aquellos que no se permiten la frialdad o el no significarse con gestos, como ponerse de rodillas para recibir la comunión, que no están bien vistos hoy día, porque en la Iglesia nos estamos acostumbrando a vivir de las modas. Los buenos cristianos de todos los tiempos no se han dejado influir por las modas, que tampoco faltaron en sus días. Los sacerdotes íntegros no acomodan su predicación a las modas eclesiales, que son puro sometimiento a lo políticamente correcto. Si no somos capaces de denunciar el error y la corrupción, que imperan por todas partes hasta con exhibicionismo repugnante, no somos verdaderos discípulos de Cristo. Pero Jesús se atrevió a llamar “zorro” a Herodes, que había mandado decapitar a san Juan Bautista, y bien sabían Él y sus oyentes los que se estaba jugando.

    La Eucaristía nos da esa fuerza para vivir los mandamientos, para enfrentarnos a los perseguidores y para poner por encima a Dios de todos nuestros afectos y gustos terrenos. La abnegación que Jesús nos enseña, el llevar la cruz de cada día, el alimentarnos cada día de la Palabra de Dios cuando no nos apetece, o la tentación de la pereza nos mueve a dejarlo para mañana, u otro día en que nos encontremos dispuestos, no se puede vencer sin alimentarnos de la mesa de la Eucaristía. Y la mera asistencia a la Eucaristía sin meditar y orar la Palabra de Dios en silencio acaba en ser una costumbre rutinaria sin vida. El objetivo es que podamos decir con verdad ese Salmo que solemos recitar con frecuencia (63,2): “Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo; mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.” O también lo hemos escuchado en la lectura de San Pablo a los Romanos: “Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.”

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