• 29 Jan

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: el hilo conductor de las lecturas de este domingo es la pobreza de espíritu: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”, es el versículo del salmo responsorial. La pobreza de espíritu no consiste en una mera pobreza material, es más moral que física. No es la carencia de bienes materiales, sino la disposición a cumplir los mandamientos y la voluntad de Dios, es una vida en el nombre del Señor. Así nos lo ha proclamado claramente el profeta Sofonías: “Buscad al Señor los humildes, que cumplís sus mandamientos”; y también “dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor”.

    Por desgracia, los bienes materiales suelen ser un lastre muy pesado que nos impide ni tan siquiera plantearnos cuál es la voluntad de Dios. Nuestro corazón es como el engrudo, se pega a cualquier cosa y si vivimos con abundancia de bienes materiales, fácilmente nos apoyamos en ellos y prescindimos de Dios, olvidándonos de que Él es lo único necesario y que si seguimos en esta vida es porque Él quiere ofrecernos la oportunidad de ganarnos el cielo. Por tanto, la pobreza de espíritu y la pobreza material suelen ir unidas: quien es pobre materialmente es más fácil que sea también pobre de espíritu, lo mismo que quien tiene muchas riquezas materiales es más difícil que eleve su pensamiento a Dios para darle gracias por lo que tiene y para compartirlo con quienes tienen menos.

    También es cierto, hermanos, que, aunque no es muy frecuente, encontramos a veces a gente con riquezas materiales, pero que no están apegados a las mismas, sino que son conscientes de que ellos son meros administradores de las riquezas que les ha otorgado Dios y están dispuestos a cumplir su voluntad. Y sin embargo, otros que carecen de lo más necesario para vivir, no aceptan su pobreza, se recomen de envidia por dentro y con frecuencia reniegan de Dios por haberles deparado esa suerte.

    Por eso, hermanos, lo importante es la actitud de nuestro corazón, que debe ser humilde y no soberbio, que debe confiar sinceramente en el Señor, buscarle, acercarse a Él, seguirle, amarle, escucharle, independientemente de nuestra situación material de riqueza o de pobreza. De hecho, como se ha proclamado en la segunda lectura, Dios “ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta”; son palabras que quizá no nos dicen nada, porque puede suceder que las hayamos escuchado muchas veces y que sin embargo no las hayamos llevado suficientemente a la oración, pero lo cierto es que Dios siempre actúa así. Dios actuó así cuando escogió a María, una muchacha desconocida de una aldea perdida, para ser la madre de Dios, cuando permitió que el Hijo de Dios naciera en un establo en una fría noche de invierno y cuando dejó que su Hijo muriera en la cruz sin ningún consuelo material ni espiritual. Si el Hijo de Dios y su Madre Santísima se sometieron a la pedagogía divina, ¿cómo no vamos a aceptarla nosotros, que estamos llenos de orgullo y que con nuestros pecados obligamos a Dios a usar estos sistemas que nos parecen tan duros que Satanás no deja de azuzarnos para que no acabemos de interiorizarlos?

    S. Pablo insiste, queridos hermanos, en que “lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder”. Y lo hace porque los cristianos a los que se dirige en esta carta eran mayoritariamente pobres y así era casi siempre en los inicios del cristianismo. Dios elige al humilde, al que aparentemente no es nada, para confundir al soberbio, al que cree ser alguien a los ojos del mundo. Si se sitúa en esa actitud, el cristiano recibe toda su riqueza directamente de Dios, de quien le viene todo cuanto tiene y es. Esta idea se proclama con frecuencia en las Sagradas Escrituras; pej., en el salmo que dice “yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor se cuida de mí”. Y todo ello, para que “el que se gloríe, que se gloríe en el Señor”, que debe ser nuestro único tesoro y nuestra verdadera riqueza.

    Las monjas encerradas en una clausura sin apenas salidas al exterior, cuya existencia a los ojos del mundo de hoy es totalmente inútil, sin embargo, si viven bien su vocación de oración y sacrificio por nuestros pecados y los de todo el mundo, son infinitamente más felices que cualquiera de nosotros, porque su riqueza se limita a estar continuamente en el regazo de Dios, que es verdaderamente el único que puede colmar nuestras ansias de felicidad, no solo en el cielo, sino también en la tierra. De estas monjas y de quienes viven como ellas, es el Reino de los cielos, ya desde la tierra.

    Todo esto, queridos hermanos, suena a música celestial a quienes, instigados por el diablo, piensan que el hombre debe adorar únicamente al propio hombre y más aún a quienes no les basta vivir al margen de Dios, sino que quieren obligarnos a todos a vivir en contra de Dios, porque en nombre de la modernidad y de un mal entendido progresismo, imponen que los derechos de Dios sean sustituidos por los derechos del hombre, como aparece gráficamente representado en un cuadro de un museo parisino, en el que la tabla con la Declaración de los derechos del hombre, proclamada por la Revolución Francesa, aplasta literalmente todos los símbolos del catolicismo, entre otros, la tiara (signo del poder papal), un crucifijo, un cáliz y una Sagrada Forma.

    Queridos hermanos: si algunos de vosotros hace mucho que no acudís a la confesión sacramental con absolución individual, sabed que el Señor os espera con los brazos abiertos, como en la parábola del hijo pródigo. Atreveos a dar ese paso: la Virgen Mª os dará la fuerza necesaria y os compensará con creces. Pidamos al Señor que así sea por mediación de Mª, madre de Jesús y madre nuestra, que por su humildad y pobreza de espíritu, por su obediencia a la voluntad de Dios, es imagen de lo que la Iglesia aspira a ser.

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