• 7 May

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Estamos celebrando en esta Pascua el Sacrificio de Jesús por nosotros, su entrega generosa: “padeció su pasión por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas”, hemos escuchado en la segunda lectura. Nosotros hemos desterrado de nuestro lenguaje muchas expresiones de la Sagrada Escritura. Nos hemos acostumbrado a un mensaje blandengue que no convence a nadie. Sólo queremos oír aquello que concuerda con las alabanzas de los que quieren vivir en este mundo sin la contradicción y persecución con la que fustiga este mundo a los que quieren seguir de verás el ejemplo de nuestro Señor haciendo el bien y soportando el sufrimiento. “Para esto hemos sido llamados los cristianos”. Si nuestro pastor y guía “llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia, y sus heridas nos han curado”, eso significa que no podemos renegar de la herencia que nos ha dejado. Tenemos que andar su misma trayectoria, de una manera u otra. Muchos son los que nos comportamos como enemigos de la Cruz de Cristo. Pero si decidimos “volver al guardián y pastor de nuestras vidas”, entonces tendremos luchas en esta vida, pero también la paz de andar por el único camino verdadero. No caminar por el camino que es Cristo, no entrar por la única “puerta” verdadera que es Él, es el camino de la perdición: fijarnos nosotros un fin que no sólo carece de consistencia, sino que acaba en la ruina perpetua.

    El sábado próximo Dios mediante, celebraremos el centenario de las apariciones de Fátima, que tuvieron lugar el 13 de mayo de 1917. Su mensaje es el mensaje que se viene predicando desde que Cristo envió a sus apóstoles a dar testimonio a todo el mundo: todo lo que habían visto y oído de Él. Pero ese mensaje que hace hincapié en la oración y la penitencia y en el culto al Inmaculado Corazón de María como barrera contra el espíritu del mundo tenemos el peligro de irlo disminuyendo o deteriorando por influencia de los enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne. Por lo cual Dios dispuso, como expresó el Concilio Vaticano II, tanto en la Constitución referente a la Iglesia (Lumen Gentium 12), como en el Decreto sobre el Apostolado de los seglares (Apostolicam Actuositatem, 3) que el Espíritu Santo además de dirigir y santificar a la Iglesia mediante los sacramentos, los ministerios diversos en la Iglesia y el ejercicio de las virtudes, también distribuyera gracias especiales entre los fieles de cualquier condición por medio de los carismas extraordinarios, que deben ser acogidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia. Estos dones extraordinarios, si bien no deben pedirse con presunción, y de estar sometidos al juicio de la Iglesia, le compete a ella ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno. Las apariciones de la Virgen en Fátima y en tantos otros lugares responden a esta necesidad imperiosa de salvar la estabilidad y permanencia de la barca de Pedro en medio de las muchas tormentas que la sacuden provenientes no sólo de fuera, sino también por parte de algunos de sus miembros.

    Muchas veces nos ha podido suceder, o quizás ese es nuestro problema actual, que hayamos seguido a falsos pastores que eran en realidad ladrones y bandidos, es decir, “ladrones de gloria, porque la buscan para sí mismos y no para el Padre como hacía Jesús (cf. 5, 43 s.; 7, 18); y salteadores de almas, porque se apoderan de ellas y, en vez de darles el pasto de las Palabras reveladas (v. 9) para que tengan vida divina (v. 10; 6, 64), las dejan “extenuadas y abandonadas,” (Mt. 9, 36) y “se apacientan a sí mismos” (J. Straubinger 07).

    Para evitar caer en tales manos no tenemos otra salida que conocer cada día mejor a Jesucristo acudiendo a su Palabra por una parte, pero también entablando diálogo personal con Él en la oración, e imitando todo lo que Él ha hecho. Las enseñanzas de Jesús no se limitan a sus palabras, por más sublimes que sean. Para que se nos grabaran en el corazón y fuesen eficaces llegó hasta el punto de no contentarse con enviarnos mensajeros que nos hablaran de su parte, sino que asumió nuestra naturaleza humana, y sufriendo una muerte sacrificial reparadora nos diese la vida y así no tuviésemos duda sobre lo que nos enseñó y pensásemos que su mensaje es irrealizable, o que es uno más entre tantos. Todo lo que ha dicho lo ha dejado bien rubricado con su vida. Y la firma imborrable de que es verdad todo lo dicho por Él la tenemos en su muerte en la Cruz y su resurrección. ¿De qué otra persona se pueden decir las palabras de San Pedro que se han proclamado en la segunda lectura: “Él no cometió pecado, ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente”?

    El signo de identidad, por nuestra parte, de que seguimos el verdadero camino, y para esto se apareció la Virgen en Fátima, entre otras cosas, es que nos abracemos a la cruz, la que nos ha tocado en la vida. Y entonces la cruz se convierte en una luz que nunca se extingue: La Luz de la Gracia, del Bien y del Amor, que durará por los siglos de los siglos. Si uno se agarra fuertemente a la Cruz de Cristo presente en su vida y sus ojos no dejan de mirar esa Luz de la que proviene la Gracia, entonces ese tal no se separará de la Luz. No se perderá, ha encontrado el camino verdadero.

    Nunca nos dijo el Señor que su camino fuera fácil, y esto se lo dejó bien claro la Virgen a los tres pastorcitos Jacinta, Francisco y Lucía, pero es el camino de la Salvación. Desde que el demonio corrompió nuestras almas por el pecado original el camino del dolor y del sufrimiento se ha convertido en nuestra senda hasta llegar a la Vida Eterna. Lo que el mundo aborrece, la cruz, es Vida para los que aceptan las contradicciones, las enfermedades, las limitaciones económicas, sociales y personales, como el bien de sus almas, y en cambio para los que las rechazan es condenación eterna, si ni siquiera en el último instante de su vida se acogen a la Salvación que viene de la Cruz de Cristo. El Señor por su parte hasta el último aliento de nuestra vida nos está suplicando que nos acojamos a su Cruz, que vino a traernos la Salvación y la Redención de nuestras almas. La Sangre que brota de sus heridas nos limpia y lava de todo pecado. Si el hombre acepta lavarse en los sacramentos con la Sangre del Cordero, recibiéndolos con las debidas disposiciones, queda limpio de sus pecados.

    Es tal la unión que busca tener el Señor con nosotros que no hay un instante en que su Corazón no anhele estar con nosotros, pero nosotros somos ingratos con Él, y sólo le concedemos los tiempos fijados por nuestra mente y nuestra razón. Somos como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, deseamos la independencia de ese Padre que tanto nos ama y preferimos comer aparte con nuestros amigos, ignorando de donde procede todo lo que tenemos y que somos hijos suyos.

    Cuando nosotros decidamos darle al Señor toda nuestra vida, todo nuestro tiempo, y ya sea en nuestros trabajos, como en nuestro descanso, ya estemos compartiendo alegres momentos de ocio con nuestros hermanos o en soledad, y estemos unidos a Él de corazón y en Él cifremos todos nuestros deseos. Entonces no ansiará nuestra alma otros apriscos que no sea el del Señor. No existirá en nuestra vida el tiempo de estar con el Señor y el tiempo de hacer nuestra voluntad al margen de la suya o contra su voluntad. Mientras mantengamos esa separación entre nuestros momentos de estar con Él y aquellos otros para disfrutar de nuestra independencia de sus mandatos, el león rugiente aprovechará todos esos resquicios en los que no estamos unidos en su voluntad para perder nuestras almas.

    Hoy la colecta está destinada a las vocaciones nativas. La oración de la Iglesia se eleva hoy pidiendo al Señor que en todas latitudes no falten vocaciones de almas generosas consagradas y seglares que entreguen su vida al apostolado, para que el mundo crea y no perezca.

    Nosotros en esta Eucaristía tenemos la ocasión de conocer, como los discípulos de Emaús, más íntimamente al Señor. Ellos no entendieron la Escrituras hasta que celebraron con el Señor ese partir su Pan que su Cuerpo y sangre para la vida del mundo. Este es el pasto que nos ofrece el Señor a sus ovejas. Aquí anticipamos lo que será la visión de Dios en la gloria futura. No impidamos con nuestras resistencias a la cruz, nuestra oposición a las personas con las que nos toca convivir, con odios o antipatías, con rebeliones apara aceptar nuestras limitaciones de todo tipo, lo que Dios ha permitido nos sucediera en nuestra vida y así podamos recibir tantos dones como nos quiere dar.

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