• 8 Dec

    P.Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La solemnidad de la Inmaculada Concepción de María es una fiesta muy querida entre los católicos y de fuerte arraigo en el pueblo español, donde desde muy antiguo saludamos a la Santísima Virgen con la fórmula “Ave María purísima – sin pecado concebida”. Los pinceles de Murillo, a quien este año se conmemora, plasmaron de un modo magistral esta devoción que brota espontánea de los corazones de sus hijos hispanos, como han reconocido los Papas. Fue éste el motivo por el que precisamente la Santa Sede concediera a España el privilegio de utilizar el azul celeste como color litúrgico para la fiesta.

    Lo que era una “opinión piadosa” muy extendida en el consenso de los fieles, más allá de los debates entre teólogos, se proclamó como dogma cuando el Beato Pío IX afirmó de forma solemne en 1854 el misterio por el que la Santísima Virgen fue preservada inmune de toda mancha del pecado original desde el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios, en atención a los méritos de Nuestro Señor Jesucristo. La misma Virgen confirmaría esta verdad a Santa Bernardita Soubirous cuatro años después en Lourdes.

    La Maternidad divina de María, su condición de verdadera Madre de Dios, es el fundamento de éste y de todos los privilegios y dones con que Dios la ha colmado. Además, es un fundamento muy importante el hecho de que, por la estrecha unión entre Madre e Hijo, Ella había de colaborar singularmente en su obra redentora. Por eso convenía que, si María había de ser la Madre de Dios y no podía transmitir a Jesucristo el pecado original, Ella misma quedara preservada de éste. Era lógico que María fuera desde el principio la toda limpia, la toda pura, la toda santa. Por eso el arcángel San Gabriel, según hemos escuchado en el Evangelio (Lc 1,26-38), la saludó como la “llena de gracia” y “bendita entre las mujeres”. Y por eso la Iglesia, aplicándole las palabras del Cantar de los Cantares (Ct 4,7), la ha exaltado secularmente diciendo: “Toda hermosa eres, María, y no hay mancilla en ti”.

    A María, antes ya de la Pasión, Muerte y Resurrección salvadoras de su Hijo, se le aplicaron los méritos de Él, y por eso Dios la preservó inmune de la mancha del pecado original en el instante mismo de su Concepción. Así lo explicó el Beato Duns Escoto, superando los escollos que otros teólogos encontraban en este asunto.

    Como hemos dicho antes, la devoción a la Inmaculada Concepción en nuestra Patria es antiquísima. Fue proclamada oficialmente Patrona de España en 1760, pero este privilegio venía siendo defendido desde la Edad Media y en la Edad Moderna por las universidades hispánicas y por escritores y pensadores de primera talla, a la par que nuestros mejores pintores y escultores la representaron con todo su fervor. También desde el siglo XVI es la Patrona del Arma de Infantería y entre finales del siglo XV e inicios del XVI nació la Orden de las concepcionistas, la primera Orden contemplativa femenina en pasar a tierras americanas.

    No olvidemos poner las necesidades de España, nuestra Patria, en manos de María. La Patria, como la entendían los antiguos, es “la tierra de los padres”, la herencia de nuestros antepasados; y por ello, el amor a la Patria –como enseña la doctrina católica– deriva del amor filial, del cuarto mandamiento de la Ley de Dios. Y si España, como dijera San Juan Pablo II, es “tierra de María”, pongámosla bajo el manto de María. Como recordaran éste y otros Papas anteriores, a María se la ha invocado en España secularmente como “la Virgen” por antonomasia, desde que San Ildefonso de Toledo defendiera en un bello tratado su virginidad perpetua, de tal modo que en España, cuando se habla de “la Virgen”, todos saben que nos referimos a María. ¿Qué región de España no cuenta con santuarios marianos importantes? Basta recordar sólo algunos nombres como el Pilar, Montserrat, Guadalupe, el Rocío, la Peregrina, Aránzazu, el Henar, el Lluc o los Desamparados, entre otros muchos.

    En su último viaje a España en 2003, cuando San Juan Pablo II se dirigió a España como “España evangelizada, España evangelizadora”, tenía presente que el nombre de María ha estado unido a la historia y al ser cristiano de España, como él mismo señaló. En efecto, el culto a la Virgen ha estado presente desde los albores de la cristianización de España y la tradición piadosa une la aparición de la Virgen sobre el Pilar de Zaragoza con la venida del Apóstol Santiago. Y cuando siglos después los misioneros españoles llevaron la fe a América y a otras partes del mundo, siempre portaban la devoción a María. En el Nuevo Mundo, los españoles fundaron ciudades bajo el patrocinio de la Virgen, como Asunción y Concepción, sin que debiéramos olvidar el origen mariano del nombre completo de Buenos Aires, La Paz o Los Ángeles, entre otras. Por tanto, en “tiempos recios” para España, no dejemos de invocar a la Virgen, recordando que el rey Alfonso X el Sabio fundó una Orden naval bajo el nombre de “Santa María de España”.

    En fin, hoy os acercáis a recibir la Primera Comunión Jesús Javier, Lucía del Carmen, David, Marcos y Sergio. Os felicito y os animo a recibir a Jesús con el corazón limpio propio de un niño. Y el mejor modelo para un corazón limpio es el Corazón Inmaculado de la Virgen María, que es vuestra Madre del Cielo. Ella fue niña y, según la tradición, fue ofrecida en el Templo de Jerusalén en su niñez para servir a Dios, lo mismo que como escolanos os habéis ofrecido para servirle en esta Basílica y sus hermanos participáis de esta entrega de vuestros hermanitos. Por eso, que María os lleve a recibir ahora y siempre a su Hijo Jesús como Ella lo acogió en su seno, lo cuidó y lo amó por encima de todo.

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