• 23 Apr

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: en este domingo de la octava de Pascua, el mismo día en que el Autor de la vida sale victorioso del sepulcro, se aparece a sus discípulos y les comunica el poder de perdonar los pecados. Pero en una nueva aparición a los ochos días, como Tomás permanecía recalcitrante ante la resurrección, le confirma en la certeza de que está vivo y de que no es un fantasma, le muestra sus llagas y le permite ver y palpar. Si la fe de los apóstoles es el cimiento de la fe de la Iglesia, la duda del apóstol incrédulo es una gracia para los que seguimos con muchas dudas dos mil años después y a los que nos debe llenar de gozo saber que vale mucho más la fe que ver y palpar a Jesucristo con los sentidos corporales. Además hoy celebramos la fiesta de la Divina Misericordia, instituida por S. Juan Pablo II y en la que el santo papa en 2005 murió en el Señor y comenzó a vivir para siempre.

    La Misericordia divina es infinita, como nos enseña la oración colecta del comienzo de la Eucaristía. No la puede abarcar ni el santo en su contemplación, ni el pecador arrepentido que ha dado la espalda a su perdición, de la que era consciente cuando se encaminaba a su extravío, sin poner remedio hasta su conversión. Es necesario que cuando celebramos los misterios centrales de la fe, alabemos la Misericordia de Dios y acudamos al sacramento de la penitencia o reconciliación, que restaura la amistad con Dios, perdida cuando cometemos un pecado mortal. Esta pérdida no quiere decir que Dios nos abandone: Dios nos ama más cuanto más le hacemos sufrir por nuestro alejamiento por el pecado. Aunque Dios nos busca con tesón, las oraciones de los que rezan por nosotros, no siempre por nuestro nombre, le permiten obrar con holgura, pues es sumamente respetuoso de nuestra libertad.

    De ahí el cambio del “por muchos” recientemente introducido en la fórmula eucarística en la consagración del vino: Cristo murió por todos los hombres, pero el derramamiento de su sangre no beneficia a todos, pues Dios respeta a quienes, en el uso soberano de su libertad, por desgracia rechazan conscientemente la oferta de la salvación. El mundo se jacta de esa libertad mal usada, de esa prerrogativa divina de optar contra el mismo que nos ha creado y amado tanto. El hombre de hoy se ha vuelto desagradecido y no distingue la luz de las tinieblas, ve la luz material, pero es un cegato espiritual; ha perdido el sentido de la trascendencia y se está distanciando como nunca de Dios. Esto debe estimularnos a orar y sacrificarnos continuamente por esta noble causa de intentar atraer a todos los alejados del Señor que caminan a su perdición.

    Si nos duele que no crean tantos hermanos nuestros, los pocos afortunados que por la misericordia de Dios conservamos la fe, tendremos que vivirla con mayor intensidad y convicción. A todos nos llama la atención ver a un católico rezar concentrado discretamente ante el sagrario. Si todos los católicos tomásemos el santo propósito de entregarnos a la oración cada vez que entramos en una iglesia, por la conversión de los alejados, nos daríamos cuenta de los progresos espirituales alcanzados. Podríamos rezar la invocación inicial de la Coronilla de la Divina Misericordia, aprobada por la Iglesia y que el Señor inspiró a Sta. Faustina Kowalska: “Padre eterno, yo te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y del mundo entero”. Aunque uno solo de todos los presentes tomase esta determinación, no pasaría desapercibida su influencia en el Cuerpo místico y habría conversiones silenciosas.

    No se trata de que en una iglesia y menos aún en esta basílica subterránea, no se pueda hablar nada ni preparar las celebraciones más complejas ni explicar el motivo de su construcción ni el contenido de su arte ni escuchar conciertos ni mucho menos aún enseñar las verdades de nuestra fe. Pero sí podemos acortar mucho nuestras conversaciones vanas y especialmente y en esto todos faltamos mucho, siempre deberíamos empezar o concluir nuestra entrada en una iglesia con una oración que honre al único Dios verdadero. Esta es nuestra casa, pero en la casa de Dios rigen sus propias normas y no las que a cada cual se le antojan, como en nuestro hogar. Cuando visitamos los templos de otras religiones, respetamos las estrictas exigencias que nos imponen en todos los detalles, mientras que en nuestra propia casa, en el templo católico, cada vez todos nos descuidamos más y más, en una espiral que no parece tener límite, en conversaciones, compostura, decoro y ahora que llega el buen tiempo en la vestimenta.

    Aunque no veamos visiblemente a Dios, quien reza y respeta el lugar sagrado cree que habita Dios en él y es su casa, se cree invitado a entrar en el cielo unos instantes, a pesar de ser pecador y no estar purificado del todo y especialmente es escuchado cuando es consciente y agradece este privilegio. Eso significan las palabras de Jesús a Tomás y a todos nosotros: Bienaventurado quien cree sin haber visto mi rostro con sus ojos corporales.

    Por último, queridos hermanos, hoy en esta basílica, por concesión expresa de la Santa Sede, puede lucrarse indulgencia plenaria con las acostumbradas condiciones de confesión sacramental con absolución individual, comunión eucarística, exclusión de todo afecto al pecado y oración por las intenciones del Papa. Además hoy, en toda la Iglesia universal, fiesta litúrgica de la Divina Misericordia, podemos ganar una indulgencia especial todos los que agradezcamos y recibamos su misericordia, confesemos hoy y comulguemos: recibiremos de su misericordia infinita el perdón de todos nuestros pecados y la gracia desmedida de la remisión de todas nuestras culpas, es decir, un estado de alma semejante al de un recién bautizado. Pidamos a Ntra. Sra. del Valle que nos dé la gracia para no desaprovechar este privilegio tan especial del día de hoy. Que así sea.

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