• 12 Mar

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: las lecturas de hoy nos abren un horizonte sin fronteras: en palabras de S. Pablo a S. Timoteo, Dios “dispuso darnos su gracia por medio de Jesucristo, (…) que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal”. S. Pablo dice a su discípulo que el Señor nos llamó a todos a una vida santa, no por nuestros méritos, sino por su designio amoroso.

    También fue elegido Abraham. En la primera lectura se nos proclama ese llamamiento en el que se ven reflejados todos los elegidos de Dios, aunque no abandonen su patria chica: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré”. Todos recordamos la gran prueba de Abraham para aquilatar su fe: el sacrificio de su hijo Isaac, que no se llevó a cabo. La fe de Abraham le capacitó para ser padre de una muchedumbre en su descendencia natural y por la fe mucho más: “Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo”.

    Igualmente fueron elegidos los apóstoles, que iban a pasar una prueba durísima: la muerte en la cruz de su Maestro, que se adelanta anticipando a tres de ellos la manifestación gloriosa de su parusía. Y así, a pesar de su muerte en la cruz, pudieron contar tras ella lo que vivieron tan intensamente en el monte: “Señor, ¡qué hermoso es estar aquí!”.

    Queridos hermanos: ¿qué conclusiones podemos sacar para nuestra vida de estas vocaciones? Cuando la Iglesia ha propuesto a través de los siglos el itinerario cuaresmal, muy ligado a la catequesis bautismal de los adultos, ha señalado cómo en ese recorrido estaba trazando el camino de todo cristiano a lo largo de su vida. Toda la existencia del cristiano es una prueba para ver si ama a Dios y merece la vida eterna. Solo en la prueba se demuestra la categoría de nuestro amor a Dios y al prójimo y sobre eso se nos va a examinar en el juicio particular, como destacaba S. Juan de la Cruz. Si es una prueba, hemos de vigilarnos para no ofender a Dios y como nadie logra pasarla ileso, hemos de recibir a menudo el sacramento de la reconciliación con absolución individual. Y por supuesto la Eucaristía, que da fortaleza para no caer, que llena de la luz del Espíritu para saborear lo eterno, lo recto y lo justo. La Eucaristía bien recibida tiene que convertirse en hambre y sed de justicia: de esa manera pasaremos bien la prueba.

    Mucha gente se queja de que católicos de misa diaria cometen injusticias muy dolorosas para el que las sufre. Y es que por el hambre y sed de justicia, uno tiene que renunciar a muchas cosas de las que podría sacar partido a costa del prójimo, casi sin que nadie se diera cuenta. Pero el prójimo que lo sufre sí se da cuenta y se escandaliza. Quien comete esas injusticias debe o rectificar o examinar su conciencia a fondo, pues su pecado ofende gravemente a Dios. De por sí, recibir la Eucaristía con frecuencia con la debida preparación y fervor, impediría esas injusticias. Pero el Señor transforma al que comulga con frecuencia y si no lo hace, se le impide y se hace trampa. En vez de pasar por la puerta estrecha de no renunciar a esa ventaja, el que se aprovecha de la debilidad aparente del prójimo se expone a la justicia divina con todo su peso.

    Queridos hermanos: aquí no venís a que os alabe el predicador por ser clientes fijos, aunque vuestra participación en esta eucaristía es encomiable y nos anima vuestro entusiasmo domingo tras domingo. Venís aquí a encontraros con la Verdad con mayúsculas, con la persona divina que nos salva, ante la que todos nos hemos de inclinar y cuyas decisiones no podemos discutir. No puedo decir “no soy mejor” porque Dios no me da fuerzas para vencer mis malas disposiciones. Ante la difícil prueba de comprobarlas a diario, luchemos para no ser vencidos por el desánimo, la pereza, la vanidad, la lujuria, la gula o la avaricia, pidamos perdón a quienes hayamos podido escandalizar y confiemos en la infinita misericordia de Dios, pero con verdadero dolor.

    Los elegidos de Dios, Abraham, los apóstoles y muchos otros pasaron heroicamente pruebas enormes. Las nuestras, queridos hermanos, seguro que son mucho más soportables, pero si somos débiles, en la Eucaristía está nuestra fuerza, nuestro refugio del miedo que nos acosa, el reposo de nuestra ansiedad y la esperanza de nuestro agobio. Nadie puede competir con quien tiene Palabras de vida eterna, portadoras de paz y eficaces que levantan a los decaídos y sostienen a los vencedores. El cristiano, con la gracia de Dios y la protección del ángel de la guarda, lucha con coraje y valentía contra el diablo, “rendirse” está fuera de su vocabulario y es inasequible al desaliento hasta el mismo momento de entregar su alma al Altísimo.

    Ejemplo de fidelidad hasta la muerte fue el de nuestros mártires cuyas reliquias aquí custodiamos. Con la próxima beatificación en Almería de otros 20 más, nuestra basílica, con 52 beatos, desde el 25 de marzo será, después de Paracuellos del Jarama, el segundo relicario español por número de mártires del siglo XX. Si Dios quiere, pronto custodiaremos las reliquias de 57 mártires, porque la causa de canonización a cuya apertura procederá nuestro Cardenal-Arzobispo este sábado 18 a las 11 de la mañana en la Iglesia de la Concepción Real de Calatrava, acto en el que cantará nuestra escolanía y al que todos estáis invitados, incluye 5 sacerdotes diocesanos mártires cuyos restos custodiamos en nuestra basílica: Clementino, Ernesto, Eudosio, Francisco y Valero. La contraportada del folleto de apertura del proceso recoge una foto de la cruz que este último llevaba al pecho cuando fue martirizado con 26 años y los emotivos versos de un amigo suyo evocando su martirio. Dicen así:

    “Y sobre el pecho helado de la víctima
    una amapola abrió…
    y hay una cruz de plata
    sobre sangre…
    ¡Y está partida en dos!
    que la bala atrevida
    que su pecho partió
    antes de herir al mártir
    tuvo que abrir el corazón de Dios”.

    Pidamos a Ntra. Sra. del Valle, reina de los mártires, que, bajo su protección maternal, recurramos cada vez más a la intercesión de estos 52 beatos mártires cuyas reliquias custodiamos en nuestra basílica, auténtico pararrayos de nuestro Valle y pidamos milagros para su pronta canonización. Encomendemos también la pronta beatificación de los 5 mártires que D.m., desde el próximo sábado, serán siervos de Dios. Que así sea.

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