• 5 Nov

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: el Evangelio de hoy nos presenta a Jesús hablando sin respetos humanos sobre el fariseísmo, actitud sin duda alguna presente en nuestra sociedad. En una primera forma de fariseísmo podemos caer tanto los consagrados en la vida religiosa como los que estáis en los bancos. Somos fariseos si nos justificamos y sentimos autosatisfechos, si caemos en la tentación de creernos mejores que los que no vienen aquí, porque asistimos a la S. Misa, porque frecuentamos los sacramentos, rezamos el S. Rosario o leemos la Sagrada Escritura.

    Con esto no estoy diciendo que, para ser mejores cristianos, dejemos de buscar la voluntad de Dios en la lectura de su Palabra y en el banquete eucarístico. Lo que debemos es pedir al Señor que purifique nuestra intención y que nos libre de nuestra costumbre tan arraigada de pasarnos la vida haciendo el examen de conciencia de los demás y no el propio. Esto es fundamental para evitar presentarnos ante el Señor con las manos vacías el día en que tengamos que rendirle cuentas en un juicio ya entonces inapelable.

    No curaremos nuestras desviaciones de la religiosidad suprimiéndola, sino realizándola con todo esmero y justicia. No pueden separarse el amor a Dios y a los hombres, ni agrada a Dios que los hombres se separen de él. La solución no es solo nuestra perseverancia en la oración, sino añadir el servicio a los demás, no descargando cómodamente en otros el peso de nuestros trabajos, ni desinteresándonos de la suerte de los pobres y enfermos, porque esos hermanos nuestros que sufren son Cristo en persona.

    La solución, hermanos, no es pues que abandonemos la Iglesia y nuestras prácticas religiosas, pensando que son una hipocresía, porque nuestra vida cristiana se debilitará y fácilmente caeremos en el otro extremo, igualmente repelente, del fariseísmo: la antirreligiosidad radical, la crítica demoledora e hiriente contra las creencias religiosas, tan de moda en la mayoría de medios de comunicación, personajes públicos, artistas e “intelectuales”, especialmente contra la Iglesia Católica, en muchos países considerada el enemigo público número uno. Esta postura aparentemente es muy razonable: según estos nuevos fariseos, todas las religiones son iguales, por lo que la mejor forma de garantizar la neutralidad entre todas es evitar toda religiosisad externa, pues la religión, dicen estos nuevos profetas, debe limitarse a la conciencia y no interferir en la vida pública.

    Otras veces el mal se infiltra por los propios pastores, que, en vez de buscar la gloria de Dios y de enseñar la doctrina trasmitida en la Sagrada Escritura, en ocasiones preferimos la falsa honra de lo que está de moda y halaga las pasiones humanas, porque es costoso adorar al Señor, obedecerle y dolerse de haberle ofendido y es más cómodo ser adulado que no contradicho y perseguido. En contraste, S. Pablo se muestra en la carta a los Tesalonicenses como totalmente entregado a sus fieles. Es lo que pedía Jesús a Pedro: “apacienta mis ovejas”, imita al buen pastor, que da la vida por sus ovejas. La mayor satisfacción de S. Pablo es que los que le escucharon, acogieron la Palabra de Dios como venida de Dios por medio de su apóstol. S. Pablo no busca hacerse valer por su saber: lo único que le importa es que se glorifique el nombre de Dios.

    Tampoco contribuimos a la causa del Evangelio criticando una y otra vez a los personajes públicos, ni siquiera a los que nos roban e insultan: empecemos ya mismo a perdonarlos y amarlos, porque Jesús redimió al mundo perdonando y amando y esa es nuestra única manera de contribuir a recuperar la paz social. Tengamos entrañas de misericordia para hacer volver al buen camino a los extraviados, muchos de los cuales nunca han recibido noticia correcta del amor de Dios. Hagámosles sentir la cercanía de Dios con nuestro servicio y comprensión. Nuestra paz social pasa hoy por eucaristías celebradas con intenso amor misericordioso, por nuestro olvido generoso de las rivalidades y por nuestra adoración, para que el Señor nos transforme, cuando ante su presencia real confiemos en que Él es más fuerte que nuestro deseo de revancha.

    Necesitamos a Dios para construir un orden social justo, en el que no habrá paz si todos buscamos nuestro provecho egoísta. Estamos ahogando todo posible entendimiento si creemos poder afrontar una utopía de solidaridad no solo sin Dios, sino consintiendo profanaciones y ofensas a Dios. Este es el panorama: se pisotea a Cristo porque la sociedad vive en la apostasía, pero también porque los pastores y fieles no somos diligentes y celosos en preservar el honor de Dios. Si los creyentes no nos convertimos a Dios y no entusiasmamos a otros por la verdad de nuestra fe, de nada servirán nuestros lamentos por esta situación. Pidamos a Dios que sane nuestros corazones lastimados por el odio y la venganza y que nos sintamos movidos a mayor amor y celo por la gloria de Dios. Sigue viva la amenaza divina de la que se hace eco el profeta Malaquías: “Si no os proponéis dar la gloria a mi Nombre, dice el Señor de los ejércitos, os enviaré mi maldición.” Que el Señor nos conceda elegir bien, pues nuestra salvación eterna depende de esa opción en la que nos jugamos todo. Encomendémoslo a Ntra. Sra. del Valle, a Sta. Ángela de la Cruz y a los, desde el próximo día 11 D.m., nuevos BB. Manuel Requejo, sacerdote paúl y Rafael Lluch, laico vicenciano. Con ellos serán al menos 54 los BB. mártires cuyas reliquias custodiamos en nuestra basílica y 5 siervos de Dios.

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