• 24 Sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: No podía haberse buscado un texto tan oportuno para los tiempos en que nos ha tocado vivir como el comienzo de las lecturas que hemos escuchado. Como si fuese el resumen de todo lo más sensato que pudiera decirse en este mundo. Como si se quisiera quintaesenciar el mensaje que todo cristiano desearía lanzar a este mundo que anda sumido en preocupaciones que no conducen al bien. Proclamo de nuevo esta palabra de salvación tomada de Isaías en el capítulo 55:

    “Buscad al Señor mientras se deja encontrar,
    invocadlo mientras está cerca.
    Que el malvado abandone su camino,
    y el malhechor sus planes,
    que se convierta al Señor, y Él tendrá piedad,
    a nuestro Dios, que es rico en perdón. (Is 55,6-7).

    Un texto que en apariencia no guarda relación con el Evangelio que se ha proclamado. Lo que ocurre es que este evangelio tiene una lección que no siempre se sabe dar con ella. El punto central de la parábola se suele poner en la generosidad del Señor dueño del campo, que representa a Dios magnánimo con los olvidados, con los que no encuentran trabajo. Esto no cabe duda que es verdad. Pero podemos abordar la parábola bajo la perspectiva de las formas equivocadas o acertadas de nuestra relación con Dios. El Señor está cerca ahora, pero puede pasar este tiempo de misericordia y entonces convertirse el mundo en un laberinto donde encontrar al Señor resulte casi imposible. Ahora lo tenemos cerca. ¿Cuál es la dificultad? La dificultad la ponemos nosotros, no el Señor.

    ¿Qué es lo que hacemos mal? El hombre pretende relacionarse con el Señor calcando el modo de abordar sus tareas y conquistas humanas. Y tarda en descubrir que tiene que dejarse enseñar por el mismo Señor, para que su búsqueda sea efectiva y así no quedará extenuado y no será vano su esfuerzo. Se nos ofrecen tres propuestas: desde la mínima confianza en Él hasta la plena.

    A lo largo de la Historia de la Salvación el hombre ha ensayado buscar a Dios y se ha llevado sorpresas decepcionantes. Ha puesto su yo, su capacidad humana como guía en su búsqueda, ha pretendido con sus solas fuerzas encontrar a Dios y hacerlo objeto de sus conquistas. El hombre puede conocer a Dios por su razón, sí, pero tan imperfectamente que se puede decir que lo encuentra por este camino es verse a sí mismo en el espejo. Ésta es la postura del hombre que pretende presentar a Dios el cumplimiento de los mandamientos como moneda de cambio para ser salvado. El hombre pretende ser salvado por sus propias fuerzas. Y por mucho que se fatigue descubre que es imposible y se aparta de Dios culpando a Dios o los que le rodean de su alejamiento de la casa paterna. Y la parábola nos refleja al hombre en esta situación en los trabajadores de primera hora que están allí a la aurora dispuestos a ofrecer al Señor su trabajo duro de sol naciente a sol poniente para satisfacer al que les contrata. Trabajan porque no quieren pasar hambre. Se duelen de sus pecados sólo por temor del infierno. Huyen del dolor. No les atrae la persona de Jesús, su Reino de Gracia. Sólo quieren los beneficios materiales de su salvación; a Él no le conocen, es decir, no les interesa ni le aman. Son como el ladrón crucificado juntamente con Jesús que no se arrepintió. Se atrevía a enseñar a Jesús lo que tenía que hacer: “sálvate a ti mismo y a nosotros”. Quería un mesianismo de triunfos humanos en el que no tiene cabida la conversión del hombre, el reconocimiento de su pecado, la ofensa y el dolor de Dios. Sólo le interesaba bajar de la cruz y quedar libre para seguir haciendo lo mismo. Sin embargo, el temor al infierno también puede ser un medio de salvación nada desdeñable si a eso se añade la confesión sacramental e incluso el deseo sincero de la misma si no pudiese llevarse ésta a cabo.

    El Señor también ha abierto otra vía para atraer a sus hijos con lazos humanos. Así lo dice en el profeta Oseas: “Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como quien alza a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él para darle de comer” (Os 11,4). Este proceder del Señor como la madre que cuida de su hijo pequeño queda identificado en la parábola por los trabajadores de mediodía: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”. Es la promesa de una recompensa. El hombre se siente motivado por ello. Los apóstoles preguntaron en otra ocasión al Señor. “¿Qué nos corresponde a nosotros que lo hemos dejado todo?” Ya sabemos, la respuesta del Señor es que recibirán cien veces más. Pero cuando llegó la prueba, en el Calvario sólo Juan de entre los doce se arriesgó a jugarse la vida junto con el Maestro, los demás huyeron. A pesar de la promesa no fueron capaces de superar el miedo y el desconcierto al ver a Jesús reducido por los soldados y humillado a pesar de que ni los vientos ni las tormentas se oponían a su palabra. Tampoco las promesas son un medio del todo eficaz para el hombre pecador y muchas veces acaba recayendo en el pecado y poniendo en serio riesgo su salvación eterna.

    Pero el seguro más eficaz es sin duda el que también está atestiguado en el Antiguo testamento: “el justo vivirá por la fe”, y encarnado en la persona de Abraham. Creyó en la promesa del Señor a pesar de que parecía que el mismo Señor le obligaba a hacer lo contrario de lo que había prometido al mandarle sacrificar a su hijo Isaac. Pero los ejemplos más acabados son María, la madre de Jesús, que contesta al arcángel Gabriel: “Hágase en mí según tu palabra” y el mismo Jesús: “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre” y en el huerto de los Olivos: “Si es posible que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. En la parábola está representada esta actitud de confianza plena en la voluntad divina en la proposición que le hace el dueño a los del atardecer: “Id también vosotros a mi viña”. Así de escueto. Ni contrato de trabajo, ni siquiera una promesa de una paga proporcional justa.

    El Señor nos quiere enseñar que no nos quedemos en las cosas bajas de este mundo, que aspiremos a los bienes del cielo, a la Gloria eterna. Vivir identificados con la Voluntad de Dios debe ser lo que busquen nuestros ojos. No podemos distraernos con nada; estamos llamados a ser luz, a buscar la voluntad de Dios desinteresadamente. Que no nos contentemos con llevar una vida espiritual y religiosa; no, sino que vivamos la Gloria en nuestra vida, que nuestra vida sea una luz que alumbre. No nos conformemos con mirar a la luz, sino que seamos luz para este mundo perdido, que sea un reclamo para el pecador, para el obstinado en su pecado, que se halla abocado a las puertas del infierno. Este mundo está entenebrecido y la única luz que nos queda es la de la gracia, del bien y del amor.

    No podemos contemplar inertes cómo el maligno hace presa en nuestros familiares y amigos arrastrándolos al mal. No es un camino fácil. En ningún lugar del Evangelio nos dice Jesús que sea un camino fácil, pero es el camino de la salvación. A partir de la entrada del demonio en este mundo por el pecado original, con la consiguiente corrupción de las almas, hemos de caminar por el camino del dolor y del sufrimiento hasta llegar a ala Vida eterna. Vida par los que hayan vivido en el bien de sus almas y condenación eterna para los que, ni en el último instante de su vida, se acojan a la Salvación. Jesús nos invita a acogernos a su Cruz. Su sangre nos limpia de todo pecado. Debemos atraer a todos a la Eucaristía y al sacramento de la reconciliación para que sean lavados en la Sangre del Cordero y queden limpios antes de que sea demasiado tarde. Ahora se deja encontrar, ahora todavía está a nuestro alcance; cuando el pecado cobre más fuerza será casi imposible encontrar sacerdotes, lugares de culto, no ser impedido para usar de su derecho a la asistencia religiosa. Tenemos una tarea inmensa que realizar. Pidamos en esta Eucaristía el no descuidar nuestro deber.

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