• 22 Oct

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: Celebramos hoy el Domingo del Domund o día dedicado a la evangelización en todo el mundo por medio de oraciones y colectas en favor de la propagación de la fe hasta los últimos rincones de nuestro planeta. Y esto hace que leamos las lecturas de la liturgia de hoy bajo este prisma, es decir, ver qué nos quiere decir el Señor en cuanto a esta misión de dar a conocer el Evangelio a los que no lo conocen, o recordar e invitar a los que no viven bajo su guía a los que ya han sido formados en el camino de Jesús, pero lo han abandonado por descuido o por algún trauma que les ha causado gran dolor y la fe ha sido dejada de lado por una reacción no lógica sino sentimental.

    Veamos la unión tan estrecha que se da entre la primera lectura, el Salmo y el Evangelio, aunque no sea así a primera vista. Porque cuando el profeta Isaías nos transmite los planes desconcertantes sobre el destierro en Babilonia del pueblo elegido, parece desmentir la elección de Dios, esa Alianza intangible por parte de Dios de su pueblo. Aunque políticamente Israel fuese una nación pequeña, que no podía aspirar a una paz autóctona, sino a abandonarse a las alianzas con las grandes potencias de su tiempo, ese no era el plan de Dios. Israel en su pequeñez tenía la promesa de ser protegido por Dios si era fiel a la alianza con Dios de cumplir los mandamientos. Pero como reiteradamente y sin enmienda traspasaba los mandamientos, Dios les hizo pasar por el castigo del destierro en Babilonia durante setenta años. Y entonces, para sorpresa suya, el elegido es Ciro, el poderoso rey de Babilonia, al que el Señor lleva de su mano.

    Sólo con este humillante sometimiento fue capaz Israel de reconocer su pecado y de expiarlo de algún modo. ¿No es esta la situación que denuncia Jesús ante los fariseos de su hipocresía que no quiere reconocer su desobediencia a Dios, y pretenden que Jesús asuma su pretensión política de sacudirse el sometimiento a otra potencia extranjera, el Imperio romano? ¿Acaso no es un a rebelión contra Dios el no aceptar que lo importante es que están desobedeciendo los mandamientos? El Señor les tiene que recordar que no sólo deben someterse al César romano para expiar su pècado, sino que además no deben descuidar el culto a Dios.

    ¿Cuál es el problema entonces y ahora? El hombre no quiere convertirse. No acepta que sea pecador. No quiere llegar tan hondo. Le basta con su autojustificación. Pero el que hace su voluntad y se separa de la Palabra de Dios, se suelta irremediablemente de la mano de Dios y cae en el precipicio de la oscuridad y las tinieblas, y allí es pasto de los ángeles caídos que buscan esas almas que andan errantes en medio de la oscuridad de sus pecados. ¡Y qué pecado hay en el hombre cuando rechaza la Santa Voluntad de Dios, sus Palabras! Cuando no están en nosotros las Palabras de Jesús, están las del mundo, las de nuestras pasiones, las de Satanás. No hay término medio: No podemos vivir el Evangelio y nuestra voluntad, que está inclinada al mal y a la concupiscencia. La conversión de todos los hombres es la gran tarea que tenemos que llevar a cabo. Todo lo demás es distraernos de nuestro fin por el que Dios nos ha creado. El hombre debe buscar a Dios sobre todo otro interés.

    Los que se determinan a ser amigos de Jesús “seréis mis amigos, si hacéis lo que Yo os mando” sufrirán esa ruptura que se produce entre Jesús y el mundo, entre los hijos de Dios y los hijos de las tinieblas. Pero sabemos que el que sigue el camino, que es el mismo Jesús, camina en la luz y en la Gracia. Nadie puede confundir a los hijos de la luz si el que está en la luz no quiere ser confundido; no seremos arrastrados al mal si no queremos ser arrastrados. Pero para esto no debemos separarnos de los sacramentos y de la luz del Evangelio. No podemos permitirnos hacer ni una sola concesión, pues después de una viene otra y así hasta acabar separándonos de Jesús sin darnos cuenta.

    Nuestra Madre del cielo vela a cada instante por nosotros. No debemos temer, pues Ella tiene el dominio, que ha recibido del Padre, para liderar este combate final, pero siempre que obedezcamos sus palabras: “Haced lo que Él os diga”. Lo que Cristo nos dice en su Palabra y lo que la Iglesia determina. Sólo así estaremos protegidos bajo su manto.

    El Salmo que ha sido cantado nos abre a la perspectiva de lo que será el Reino de Dios aquí en la tierra. No un reino de prosperidad material, sino un Reino en el que todos los pueblos se unirán en una sola alabanza a Dios: “el Señor es Rey, Él gobierna a los pueblos rectamente”., La Iglesia ha de llevar el Evangelio a todo el mundo. Cuando la Iglesia sin dejar de evangelizar en los países ya cristianos, se arriesga a salir de sus fronteras a predicar a Cristo fortalece la fe en los países de donde parte el impulso misionero.

    Pidamos y busquemos no sólo nuestra propia conversión, por ahí hay que comenzar, sino también la de nuestros hermanos. Porque eso fortalece nuestra fe, la purifica y la madura. La mies es abundante y hay muchos pastores que han desertado, o que han sucumbido al desaliento. Tenemos un gran medio para no caer en la tentación del desaliento: el Sacramento de la reconciliación, con él se desenmascara al enemigo. No nos creamos inmunes a esta tentación o a cualquier otra. Somos pobres pecadores, pero arrepentidos y sostenidos par la Gracia de los sacramentos. Aprovechemos ahora que tenemos libre acceso a los mismos. ¿Cómo ha podido ser que en algunas iglesias se dé cobijo a ideologías que en cuanto caigan las máscaras veremos que eran las de nuestros enemigos, que nos persiguen a muerte? La Palabra de Dios se había silenciado en esos ámbitos y se había abierto la puerta a la mentira y al odio. Ése es el engaño de nuestra época. Cuando no se evangeliza tal cual el Evangelio y se lleva generosamente a otros, se nos cuela el enemigo en nuestras filas. Tenemos al ejército de los ángeles a nuestra disposición si les invocamos y confiamos en que Dios nos los envía para nuestra salvación, para asistirnos en las tareas de evangelizar, que creemos son imprescindibles para mantener viva la fe. Por eso al final de la Misa invocaremos a San Miguel, jefe de la milicia celestial.

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