• 3 Sep

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor: Las palabras que hemos escuchado en el evangelio son tan profundas que han conmovido a los creyentes de todos los tiempos. Y nosotros no queremos irnos de esta celebración sin que hallen el eco que se merecen en nuestro corazón. Las hemos escuchado muchas veces, pero la Palabra de Dios ilumina nuestra vida cada vez que se la escucha con deseo de poner la verdad que viene de Dios por encima de nuestras cavilaciones y de lo que sería la inconsistente postura de dejarse llevar por lo que dice la mayoría para no tener problemas.

    Si las palabras de Jesús han conmocionado la conciencia de tantos discípulos suyos a lo largo de los siglos, seguramente a muchos habrá sorprendido una vez más haber escuchado este relato de la primera lectura que nos ha introducido en la intimidad del profeta Jeremías, el cual se veía seducido por el llamamiento divino, y confiesa que se dejó arrastrar por esa voz divina, sin duda por el atractivo incomparable del que es la Verdad y por el consuelo de Dios que se abaja de tal modo al nivel humano que llega hasta hacer al profeta partícipe de esa especie de angustia al no encontrar a casi nadie dispuesto: ‘¿a quién enviaré?, ¿quién irá en mi Nombre?’ En el caso de Jeremías le dice que ha sido elegido antes de que se formara en el vientre materno como profeta no sólo de Israel, sino de las naciones (1,5). El profeta Jeremías no podía sospechar que las palabras que Dios iba a poner en su boca comprendieran incluso esa gran prueba escatológica previa al establecimiento del Reinado de Dios en este mundo. En lo humano era lógico el temor de Jeremías. Pero a pesar de querer detener el ímpetu de las palabras que Dios ponía en su boca, y sabiendo que se jugaba su seguridad personal, su misión le sobrepasaba y no se podía callar. En este aspecto Jeremías venía a ser una imagen viva de la vivencia humana que iba a tener Jesús en su ministerio profético. No podía rebajar el mensaje divino, aunque a los hombres de todos los tiempos su lenguaje pareciese duro e intolerable para los oídos humanos.

    Y así nos adentramos en el mensaje tan decisivo que nos sitúa nada menos que en la encrucijada en que se decide nuestra salvación o condenación eterna. Hermanos, un servidor de la palabra divina no puede edulcorarla por su cuenta, no puede quitarle aquello que tiene la sal que en su gusto tan ácido y chocante tomada en bruto, hay que administrarla tal cual, porque si no se la priva de su acción benéfica en las almas, que le hace al que así la toma expulsar la mediocridad, y le protege en la tentación de ajustarse a este mundo, como nos ha dicho san Pablo.

    Aunque sea impopular el hablar de la condenación eterna, e incluso blasfematorio en la corrección que nos quiere imponer la apostasía militante que impera en el ambiente, si no lo hiciésemos así los ministros de Dios: flaco servicio haríamos a su Palabra. Nos estaríamos predicando a nosotros mismos, buscaríamos el aplauso de los que ajustan su paso al criterio del príncipe de este mundo.

    Este mundo, hermanos, camina ciego a su perdición. Nos toca ir contra corriente. Esa es nuestra contribución inestimable a nuestros hermanos en el mundo, que no se detienen a pensar qué es eso del infierno. No meditan lo terrible que es una pena eterna: no en una cómoda cárcel moderna, sino penas insufribles en el cuerpo y en el espíritu por haber perdido el amor de Dios, que nos tenía envueltos en su solicitud amorosa aquí en la tierra y nunca lo habían valorado los que se han condenado.

    Jesús nos ha hablado con toda claridad de que si uno no toma su cruz y le sigue, por esa misma itinerario que lleva al Calvario, no es su discípulo y eso le conduce a la perdición. Si uno evita lo que resulta costoso a su sensibilidad: como puede ser aceptar las correcciones y ser humilde, no mostrando enfado y oposición al que le corrige, o evita el confesarse frecuentemente y cuando lo hace quita gravedad a sus pecados y los desfigura, porque no está suficientemente arrepentido, o porque no quiere sufrir la corrección que le tenga que hacer el confesor, o no quiere aceptar la cruz de sus limitaciones humanas en la enfermedad, o en la precariedad económica, o en sus deficiencias morales, entonces no es discípulo de Cristo: está como esperando que Dios haga un milagro con él: que le convierta en santo sin esfuerzo ninguno. Pero ¿sabéis cuál es el mayor milagro que Dios puede obrar en nosotros? El mayor milagro es la obediencia y la fidelidad a las palabras del Señor. Son muchas las formas de huir de la cruz en sus dimensiones de servicio y caridad al prójimo y no digamos en su vertiente de mortificación de nuestros impulsos pasionales con respecto a la lujuria, la sobriedad, la vanidad o el dominio de la lengua. La palabra de Dios a través del apóstol Santiago considera que un hombre es perfecto sólo por el dominio de la lengua. Pero recordemos, para resumir, que el medio más ordinario de progreso espiritual es el examen de conciencia diario de nuestros pecados, hecho, eso sí, a conciencia. Pidámosle al Señor ese milagro: que a través del examen de conciencia, de la meditación y contemplación de la palabra de Dios y de las correcciones que nos hagan personas con discernimiento, que no abundan, le seamos fieles.

    La pregunta decisiva que ha movido a tantos a la conversión es esta: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” El hombre se marca a sí mismo objetivos ridículos, se encierra en mundos pequeños, porque no busca la verdad que viene de Dios. No quiere descubrir la grandeza del conocimiento que nos proporciona la Palabra de Dios, que es un conocimiento sobrenatural: el cual está muy por encima de los que nosotros podemos alcanzar con mucho esfuerzo por nuestras fuerzas y facultades humanas. Idolatramos nuestros pensamientos y supuestos descubrimientos: Tenemos que aprender a ser humildes y pequeños ante Dios para poder participar de su grandeza y de los tesoros de su ciencia y sabiduría. Dejémonos llevar de su mano cada día y en el silencio sea Él quien nos descubra y grabe en nuestro interior su camino que nos lleve a su mismo Corazón. En la oración colecta hemos expresado esto mismo al Señor: “infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre, (es decir, el amor a tu persona divina) y concédenos que al crecer nuestra piedad, alimentes todo bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves.”

    Tenemos una tarea ingente de ayudar a que todos descubran la verdad. Este es el mayor apostolado, decirles: arrepiéntete o morirás en el fuego que no se extingue. No basta ni siquiera confesar los pecados de labios afuera; sin nuestras lágrimas y verdadero arrepentimiento nuestros pecados permanecen, aunque nos hayamos confesado de ellos. Solo el corazón arrepentido recibe la misericordia divina. El tiempo se acaba, el tiempo de vivir como si nada pasara, como si nada fuera a pasar después de estar ofendiendo a Dios tan bárbaramente por todas partes. ¿Dios se puede cruzar de brazos ante esta provocación pública a su santidad de autoridades y súbditos? Un arrepentimiento sincero mueve montañas, y el que merecía el infierno por sus pecados alcanza la misericordia divina y la corona de gloria. Pero tenemos que arrepentirnos de verdad para heredar el Reino de los cielos.

    Miremos a Jesús en la Cruz y no nos avergoncemos viéndole tan dolorido y ensangrentado, clamando por nuestro arrepentimiento y conversión. Comprendamos hasta dónde llega el amor más grande que existe, el único Amor perfecto: el del Padre que entrega a su Hijo para salvación del mundo. No nos podemos permitir mirar a otro lado y que los que nos rodean, familiares y amigos y compañeros de trabajo o de ocio, acaben en el infierno mientras nosotros deseamos ir al Cielo. Tenemos que trabajar por su salvación y pedir a Dios nos quite el miedo de amonestarlos seriamente para impedir su condenación eterna. Este es el mensaje de las lecturas de hoy, ¿estamos dispuestos a hacerlas vida en nosotros?

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