• 27 Aug

    P. Juan Pablo Rubio

  • ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Para los discípulos, queridos hermanos, responder a aquella pregunta de Jesús fue fácil. De sobra conocían las diferentes opiniones que circulaban acerca de él. Ellos le contestaron: Unos dicen que eres Juan Bautista, otros [dicen] que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Pero el Señor comprendía que todas esas respuestas eran imperfectas, porque no veían en su persona más que un hombre. Y es entonces cuando añade una segunda pregunta: Y vosotros que estáis conmigo: ¿qué decís de mí?, ¿quién decís que soy yo? En realidad, es ésta una pregunta que el Señor continúa haciendo a los cristianos de cada generación, una pregunta que nos interpela hoy a nosotros, aquí reunidos, que confesamos ser seguidores de Cristo. El Señor nos vuelve a preguntar: ¿Tú quién dices que soy yo?, ¿quién soy yo para ti?, ¿qué testimonio das de mí?

    Nuestra respuesta ha de apoyarse en la fe de san Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Ciertamente, esa profesión de fe sí que expresa la verdad acerca de Jesús, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, en palabras del obispo Ireneo Lyon. Pero además, fijaos que su confesión supuso un cambio radical en la vida del primero de los apóstoles: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso te lo ha revelado mi Padre. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre ti voy a edificar mi Iglesia. Con el cambio de nombre, Pedro recibe la misión de ser fundamento mismo de la fe de la Iglesia. El papa Juan Pablo I comentaba así esta página del Nuevo Testamento: «Son palabras graves, importantes y solemnes que Jesús dirige a Simón… Jesús le cambia de nombre, poniéndole el de Pedro, y significando con ello la entrega de una misión especial… Me parece escuchar, como dirigidas a mí, las palabras que según san Efrén, Cristo dirige a Pedro: Simón, mi apóstol, yo te he constituido fundamento de la Santa Iglesia. Yo te he llamado ya desde el principio Pedro, porque tú sostendrás todos los edificios» (Alocución 3-IX-1978).

    Ciertamente, la respuesta de la fe, hermanos, como en el caso de san Pedro, implica un cambio en la vida, un compromiso, una conversión, implica salir de nuestros estrechos horizontes personales para abrirnos por completo al horizonte de la gracia de Dios. Supone abandonar los caminos que no conducen a ninguna parte y tomar la senda que conduce a la vida. Si hacemos silencio en nuestro interior, podremos escuchar la voz del Señor: ¿Quién dices que soy yo?

    Si os dais cuenta, en este domingo se nos presenta una ocasión preciosa para revisar la coherencia entre nuestra fe y nuestra vida, o mejor dicho, para comprobar la medida de nuestra fe examinando cómo vivimos. La fe que se traduce en obras, en un empeño decidido por imitar a Jesucristo en el día a día es la respuesta a la pregunta de Jesús. Esa coherencia es de suma importante, porque –como decía san Juan Pablo II– «los hombres de hoy están cansados de palabras y discursos vacíos de contenido, que no se cumplen. El mundo se resiste a creer las palabras que no van acompañadas de un testimonio de vida». Somos verdaderos creyentes, verdaderos testigos cuando nuestra existencia interpela a los hombres y mujeres de nuestra generación, cuando habla el discurso elocuente de las obras, de la vida entera, cuando habla el lenguaje del amor. Tu vida manifiesta tu fe en Jesús. No sirven los discursos vacíos, la fe que sólo es teoría: ama y dilo con tu vida, cree y dilo con tus obras. Y que tus obras y tu vida revelen que Jesús es el Señor, que Él es el Salvador del mundo.

    Respondamos a Jesús con una fe auténtica y generosa. Dichoso tú si respondes con san Pedro: Tú eres el Mesías, el salvador. Dichoso tú si aceptas la misión que el Señor te encomienda, si te mantienes fiel allí donde él te ha llamado, [dichoso tú] si vences todo aquello que te impide dar un testimonio claro y valiente de Jesucristo en tu ambiente familiar y profesional.

    La Palabra de Dios nos invita también hoy a renovar e intensificar nuestra oración por el sucesor de Pedro. No ceséis de orar por el Papa para que Dios le conceda luz y fortaleza. No os apartéis nunca de Pedro porque «donde está Pedro, allí está también la Iglesia; y donde está la Iglesia, no hay muerte, sino vida eterna» (San Ambrosio).

    Pidamos a nuestra Señora, Maestra de la fe y Madre de los Apóstoles, que nos ayude con su intercesión maternal para que en medio de las vicisitudes del mundo, el amor y la esperanza nos hagan tener los corazones firmes en la verdadera alegría, que es Cristo.

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