• 12 Sep

    P. Juan Pablo Rubio

  • En este día tan especial de mi caminar monástico deseo expresar mi gratitud al Señor, Pastor bueno y buen Samaritano, que me ha rodeado de bondad y de misericordia todo este tiempo y ha sido siempre fiel, incluso cuando yo me he apartado del camino recto. Al mirar hacia atrás, compruebo que Él estaba siempre cerca, alentándome con su Palabra y sosteniéndome con su gracia.

    Gracias de todo corazón a vosotros, papá y mamá; al veros le pregunto al Señor: ¿cómo te pagaré todo el bien que me has hecho a través de su vida y de su testimonio de fe? Quiero dar las gracias también a mis hermanos, a mis sobrinos y a los amigos que hoy me acompañáis. Me llena de felicidad que estéis aquí. Por vosotros repito las palabras del salmista: «Te doy gracias, Señor, de todo corazón, proclamando todas tus maravillas»; y hago mío el pensamiento del Eclesiástico: «Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro».

    Mi gratitud se dirige de un modo particular a mi comunidad benedictina de Santa Cruz. En este monasterio he sido iniciado en la búsqueda de Dios y de su voluntad, por encima de todo, y en la primacía de la oración litúrgica, como servicio de alabanza y de intercesión. Cuántos ejemplos discretos de virtud he contemplado en mis hermanos, también en quienes ya pasaron a la presencia del Padre; en unos y otros he podido apreciar la actitud de escucha, el amor al silencio, la fidelidad a la oración, la constancia en el trabajo, la aceptación de la enfermedad…

    En mi memoria agradecida están también los nombres de muchas personas, familiares y amigos, monjes y religiosas que hoy no se encuentran aquí. Y también, vosotros, queridos escolanes, que nos habéis ayudado a rezar con vuestro canto en esta celebración.

    La perspectiva de estos años me ha permitido descubrir que el Señor ha ido disponiendo cada etapa del camino con sabiduría divina, que cada una era necesaria para crecer espiritualmente, para irme configurando a imagen de Jesucristo; me ha ido mostrando que la iniciativa es siempre suya y paso a paso he podido comprobar que soy más amado, más perdonado y más llamado.

    Hoy percibo con claridad que todo es mensaje de Dios amor; las cosas, las personas, los acontecimientos, los momentos de dolor y oscuridad, y los momentos de luz y de gozo. En todo está su presencia, su amor, su palabra y su vida divina que se nos comunica.

    Veinticinco años después de aquellos primeros votos, pronunciados con tanta ilusión y con tanta inexperiencia, me llena de asombro corroborar que la vida consagrada es un Sí, un Sí a la llamada de Dios, esa llamada que encierra un amor de predilección, un Sí que, pasando por mediaciones humanas, nos hace libres y felices, un Sí que nos sitúa en actitud de servicio a los hermanos.

    Pedid a Dios que, con la mirada fija en el Sí creyente y disponible de santa María, madre de los monjes, sea capaz de renovar día tras día el Sí de mi entrega.

    Hoy mi corazón se alegra, porque es eterna su misericordia.

    Hoy mi corazón se alegra y le canta agradecido.

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