• 3 Jul

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: Qué regalo tan grande estar reunidos como asamblea del Señor, como pueblo suyo que somos para proclamar las grandezas del que nos sacó de las tinieblas y nos ha traído a su luz maravillosa, la luz de la Verdad. La Verdad que es Jesucristo. El cual no sólo habla y dice la Verdad. Sino que su misma persona toda es la Verdad. Es la Verdad del hombre, pues cuando el hombre responde mejor a la imagen y semejanza de Dios su vida también se llena de verdad, de coherencia entre lo que cree y lo que vive, y se llena de armonía con su Creador y Redentor del que depende, aunque respeta nuestra libertad, y eso que somos rebeldes e ignorantes, y obramos en contra de Él tantas veces.

    La Palabra de Dios debe ser meditada y objeto de nuestra oración cada día. Que no falte nuestro encuentro cotidiano con ella, porque ahí nos espera el Señor para hablarnos, consolarnos, fortalecernos. Aprovechemos ahora que la tenemos a nuestro alcance, pues el Señor, por el profeta Amós, nos dice que llegará el día, antes de que Él restaure todas las cosas, en los días y años previos de purificación, en que tendremos hambre y sed de la Palabra de Dios y entonces sufriremos por no encontrarla y disponer de ella como ahora.

    Acabamos de escuchar esa revelación grandiosa guiados por el profeta Isaías en que el Señor anuncia cómo todas las naciones acudirán a Jerusalén con todas sus riquezas deseosas de dar culto y honrar al Señor, y allí se manifestará la mano del Señor a sus siervos. Ese día de su segunda venida o Parusía que esperamos ansiosos y anhelantes como cantamos después de la Consagración del pan y del vino para convertirse en Cuerpo y Sangre del Señor: «Ven, Señor, Jesús.» Pues ese día tiene otros muchos anticipos no tan clamorosos y brillantes, pero nada desdeñables, cada vez que dejamos que el Señor actúe en nuestras vidas y recibimos los sacramentos con la debida preparación y agradecimiento.

    En el Evangelio se nos ha dicho cómo los 72 enviados a los Samaritanos, como anticipo de la gran misión a todo el mundo después de la Resurrección, volvieron contentos de ver los signos que Dios había obrado en su predicación curando enfermos y arrojando demonios. Todavía hoy tienen lugar esos signos cuando se administran los sacramentos, pues son la huella de Cristo. Cada vez que se reciben bien la Eucaristía y la Reconciliación o Penitencia obra hoy el Señor esos signos en nuestras almas. Por eso es necesario que nosotros nos aprovechemos de esas ayudas que el Señor pone a nuestro alcance, para que cuando venga la gran prueba de nuestra fe estemos bien dispuestos. Una confesión general bien preparada es sumamente conveniente como paso para disponerse a esa confrontación en la que «todo el ejército del enemigo» como acabamos de escuchar en el Evangelio proclamado va a desplegar sus filas contra los creyentes. Somos pecadores, pero amados hasta el extremo por nuestro Señor, que nos espera y aguarda fundirse con nosotros en un abrazo de misericordia. Él nos espera en el sacramento de la Penitencia. Acudamos a él. Lavemos en ese encuentro con Cristo, a través del sacerdote, nuestras manchas. No lo dejemos para cuando no podamos encontrar sacerdotes, pues posiblemente sean los más perseguidos. Invitad vosotros a los sacerdotes a llenar los confesionarios de todas las iglesias con su presencia. Que esperen, que el Señor no dejará de impulsar a los fieles y a los mismos sacerdotes a beneficiarse de la Buena Nueva del Perdón en este año de gracia promulgado por el Papa Francisco, sin duda por una inspiración profética.

    San Pablo declara que, en la lucha contra la confusión reinante en su tiempo, al abandonar el judaísmo y definir lo propio del cristianismo, se requiere tener claro qué es lo que justifica o salva a una persona, y también es imprescindible que la fe vaya unida al abrazarse a la Cruz de Cristo. Es decir, no sólo confesar que nuestra salvación se debe a la Redención obrada por la muerte de Cristo en la Cruz, sino que tan innegociable es la aceptación de la cruz, del sufrimiento y del fracaso en nuestra vida como el adherirse a la fe en Cristo y no renegar de Él. Hoy día se pretende en amplios sectores eclesiales relajar la enseñanza del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio y se pretende que, sin dejar de afirmar esa verdad de fe, en la práctica habría casos en los que se podría autorizar o aprobar vivir en adulterio y recibir la comunión sacramental. Este sería uno de tantos casos en los que nos sentimos tentados a no aceptar la Cruz de Cristo en nuestra vida de cristianos.

    La participación en esta Eucaristía es una confesión de nuestra fe, es un paso adelante en nuestra adhesión a Cristo. No podemos descuidar nuestra vivencia de la fe en unos momentos en los que si flaqueamos nos arriesgamos a ser arrastrados por lo que piensa la mayoría, ese pensamiento único del mundo en el que no hay lugar para Cristo, porque el príncipe de este mundo quiere desplazar a Dios para colocarse en su lugar, empezando por ocupar el primer lugar en nuestros corazones. Si no le queremos dar cabida es necesario recurrir al ejemplo de la primera comunidad cristiana: se nos dice que «perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y las oraciones» (Hch 2,42). Dicho con otras palabras: nuestro diario encuentro con la Palabra de Dios, la comunión o caridad de unos con otros y el restablecimiento de la misma por el sacramento de la reconciliación, la Eucaristía y la oración.

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