• 24 Apr

    P. Juan Pablo Rubio

  • Hemos iniciado esta celebración, queridos hermanos, con palabras del salmo 97: «Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas». ¿Qué cántico es éste al cual se nos invita? En realidad, el «cántico nuevo» sois cada uno de vosotros, que por el bautismo habéis vuelto a nacer, gracias a la Resurrección de Jesucristo. La novedad de vuestro canto consiste en la santidad de vuestra vida. Somos un cántico nuevo cuando vivimos santamente (cf. san Agustín), somos un cántico nuevo cuando damos testimonio real del amor de Cristo. Este es el corazón de la liturgia de este día: ser un cántico nuevo que actualice el mandamiento siempre nuevo del amor de Jesús. Lo acabamos de escuchar en el evangelio: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado».

    Este domingo, por tanto, en el marco de la Pascua, viene a ser una llamada a afianzar el signo distintivo de nuestro compromiso cristiano, es una invitación a «hacerse disponible para amar», a reaccionar amando en toda circunstancia por difícil que sea. Dios ha tomado la iniciativa amándonos a cada uno con amor irrepetible.

    «Hacerse disponible para amar» suena bien, pero no es fácil; significa tomar una postura de irse configurando día tras día con Jesús: comprometerse cada vez más a pensar como Él, a valorar las cosas como Él y a reaccionar amando como Él. Muchas veces nos pesa y hasta nos vence nuestro pasado o nuestra fragilidad. Hemos de reconocer que no hemos amado bastante a Dios y a los hermanos, y debemos sentir una profunda pena por ello. Ahora bien, lejos de desalentarnos, esto nos debe estimular a dar un «sí» hondo y auténtico. Juan Pablo II repetía que «no somos la suma de nuestras debilidades y fracasos, sino [la suma] del Amor de Dios y de nuestra capacidad de comenzar siempre de nuevo». Dios sabe muy bien que puede brotar una gran generosidad incluso allí donde hay debilidad y pecado. Ante Cristo crucificado, que tantas veces ha sido un «adorno» para mí, debo preguntarme: ¿qué hago yo por Jesús? ¿qué debo hacer por Él? (san Ignacio).

    El mandamiento nuevo del amor nos urge porque formamos un solo cuerpo, una comunión, una fraternidad, ascendemos juntos hacia la cumbre, «encordados» unos con otros; es decir, mis actos y omisiones repercuten en toda la Iglesia, en toda la humanidad y la creación. Nuestra fecundidad apostólica está también en relación directa con esta fidelidad de amor.

    Por otra parte, en la fuerza y la belleza del amor radica la verdadera esperanza. Y es esta esperanza la que debemos irradiar a nuestro alrededor. Pablo y Bernabé recorrían incansables las comunidades cristianas animando a todos y exhortándoles a perseverar en la fe (cf. Primera lectura). ¡Qué importante es que nos iniciemos en esa ascética de alentar, aconsejar y animar! (J. Esquerda). El desaliento nace del ver la realidad a medias. Hemos de llegar a ser personas positivas que sepan construir y alentar, desde la convicción de que, en medio de cualquier problema, se puede caminar con esperanza.

    Siempre es posible reaccionar amando como Cristo. En las circunstancias más adversas, no tienes nada que perder, puesto que nada ni nadie te puede impedir hacer lo mejor, que es amar. Se trata de un amor siempre atento a las necesidades de los hermanos. Un amor ágil, rápido, que no conoce lentitudes; un amor tangible y real, que posee nombre y rostro; un amor que es alegre. Si no hay alegría en el servicio generoso, significa que no hay verdadero amor. Un amor que cuida los pequeños detalles. Santa Teresa de Lisieux lo pedía en una preciosa oración: «Dios mío, lo único que te pido es el Amor. No puedo hacer obras brillantes, pero mi vida se consumirá amándote. No tengo otro medio de probarte mi amor que no dejar escapar ningún pequeño sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra, aprovechar todas las pequeñas cosas y hacerlas por amor». Teresa había comprendido que «el amor encierra en sí todas las vocaciones [y] que el amor lo es todo».

    La novedad del anuncio del Señor, hermanos, está lejos del consumismo reinante que nos destruye y nos agota, en un afán desmedido de usar y tirar, de querer estrenar constantemente sensaciones. La novedad de Cristo se encuentra en el corazón que ama, que no deja resquicio a la envidia, ni al orgullo, ni al amor propio, sino que en situaciones límite, busca el perdón, la ayuda fraterna, la compasión y la misericordia. Cuando practicamos el mandamiento nuevo del amor, se cumple y se experimenta la descripción del vidente del Apocalipsis, porque se enjugan las lágrimas, se acompaña el dolor, se potencia la capacidad de bondad, se alcanza la experiencia necesitada de saberse amado, se difunde la consolación del alma (A. de Buenafuente). El secreto de la novedad reside en el amor que nos tengamos.

    Pidamos a santa María que nos ayude a comprender que por nuestros gestos de amor, por pequeños que sean, hacemos presente a Cristo en el mundo; que ella nos enseñe a dar siempre fiel testimonio de aquel amor que Dios ha querido que sea el distintivo de los discípulos de Jesús.

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