• 21 Feb

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: el relato de la transfiguración del Señor no fue un bello sueño de los apóstoles con su maestro: poco antes de su muerte, sabiendo el escándalo que suponía para sus discípulos su ignominiosa muerte en cruz y las burlas y desprecios que habían de preceder a la misma, quiso ayudarles a creer con el testimonio de tres de ellos una vez que todo hubiese sucedido. Pedro, Juan y Santiago se encargarían de transmitirles un suceso inaudito que les había de confortar. El tesoro que se esconde en la transfiguración es la voz del Padre que nos dice que su Hijo es su palabra y que escucharle a Él es la mayor luz a la que podemos aspirar. Esa luz no solo ilumina, sino que además llena de paz, hace sentir en el cuerpo un bienestar y quietud que no procede de la sensibilidad, sino del espíritu.

    Abraham recibió una promesa que le llenaba de alegría, pero era tan grande que le costaba creerla y por eso preguntaba al Señor cómo saber si era verdad. Pedía al Señor que le ayudara a creer, pues le era muy difícil perseverar en la fe. El Señor le da una señal: los animales sacrificados puestos en unas piedras arden por la noche sin intervención humana. Estos milagros, que quedaron escritos y los creemos, no surten el mismo efecto que para los que fueron testigos, pero no somos por eso menos afortunados, porque el Señor está dispuesto a darnos otros signos de su amor.

    Queridos hermanos: durante el año de la misericordia convocado por el Papa Francisco, tenemos una gran oportunidad de experimentar las maravillas que se encuentran en ese océano sin fondo de la misericordia divina, a través sobre todo del sacramento de la reconciliación o penitencia. Quizás hace tiempo que no te confiesas, pues a todos nos cuesta. Pero es necesario, una vez más, que hagas la prueba y que renueves tu experiencia de otras veces. Si no te contentas con una confesión de cumplimiento, si estás dispuesto a llegar al fondo, entonces no solo has de hacer un buen examen de conciencia, sino que debes disipar todas esas dudas de si te confesaste bien en ocasiones pasadas, para que no quede nada oculto en tu pasado. Por vergüenza quizá lo dijiste a medias tintas y no confesaste el pecado en toda su crudeza.

    Tu enfermedad espiritual quizá sea distinta: decir el pecado tal cual es, pero sin un firme y sincero propósito de quitar de raíz el obstáculo que hace que caigas una y otra vez para alejar de tu vida la ocasión de pecado. A veces basta cambiar el uso que das a algo: por ejemplo necesitas internet para trabajar. Pero si lo usas para tu “diversión” y acabas cayendo en la perversión, esa renuncia es dolorosa pero necesaria, para recuperar tu paz interior por vivir en gracia.

    Queridos hermanos: podemos experimentar un milagro en nuestro interior con una confesión en la que haya un antes y un después o una confesión regular que nos evite caer en pecado grave. Este milagro interior no es el que pudiste vivir cuando te confesaste después de mucho tiempo, sino el propósito firme de vivir en gracia, para poder comulgar regularmente todos los domingos o incluso todos los días, si haces el esfuerzo heroico de asistir diariamente a la S. Misa. Es una lucha titánica, porque supone confesarte a menudo, pero si quieres experimentar en tu interior algo de lo que sucedió en la transfiguración, estate seguro de que el precio a pagar está a tu alcance. No es solo para los santos, sino para cualquiera que esté dispuesto a entregarse al Señor y a tomarse la molestia de acudir a los sacramentos con regularidad y sinceridad. No importa que hayamos cometido muchos pecados o que llevemos todavía más años sin confesarnos: Él lo puede todo.

    Queridos hermanos: ¡Hagamos la prueba! El Señor está deseando que pongamos a prueba su misericordia. En eso precisamente consiste este año de la misericordia: Dios nos llama a salir del pecado. Es un llamamiento desgarrador, porque el mundo ha dado la espalda a Dios, quiere caminar como si Él no existiera. Para no sucumbir a esa frecuente tentación, necesitamos continuamente alimentar nuestra fe, acudir a la fuente de gracia, quitar los obstáculos que se oponen a ella, poner barreras al pecado y a todo lo que nos lleva a él. ¿Podremos oír hoy la voz del Señor, como dice el salmo 94? No endurezcamos nuestro corazón; que esta eucaristía lo ablande para que saquemos de una vez la espina que habíamos clavado en su sagrado corazón.

    Encomendemos todo esto a Ntra. Sra. del Valle. Que así sea.

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