• 4 Dec

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos: nuestros días no distan mucho de la situación de tiempos remotos como los que relatan las lecturas proclamadas este domingo. Allí tanto el profeta Isaías como el evangelista S. Mateo nos presentan una situación social de agotamiento, de vacío de ideales, en la que el hombre caído ha buscado soluciones falsas a sus problemas y ha tomado atajos que le han apartado de Dios. Este alejamiento progresivo del Señor desencanta enseguida, porque surgen enfrentamientos y desajustes familiares y sociales que hacen mucho más insoportable la convivencia, ya de por sí difícil para el hombre que sufre las consecuencias del pecado original.

    Israel sufrió el cautiverio en Babilonia por su infidelidad al Señor. La dinastía davídica, depositaria de las promesas mesiánicas, incluso desapareció. Cuando el Señor promete un vástago en el que se pose el Espíritu del Señor en su plenitud, ha de reconocer la bondad del Señor, su fidelidad puesta a prueba por un pueblo desagradecido e indiferente a las muchas muestras de amor que Dios le había ofrecido en su camino por el desierto para formar un pueblo predilecto, llamado a ser depositario de sus promesas y beneficiario de su sabiduría divina como ningún otro.

    La situación del Israel de las promesas se repite con el Israel de la última etapa de la historia, como denomina S. Pablo a esta edad histórica en la que el Mesías ha venido y ha redimido a los hombres. Pero el corazón humano es terco y vuelve a separarse de Dios y se atreve a realizar su epopeya humana sin Dios. El resultado es que las ideologías que quieren sustituir la confianza en Dios se revelan sumamente perniciosas para el hombre, pues directamente lo destruyen, aunque bajo apariencia de ser la solución de todos los problemas que el hombre tiene que resolver en su lucha por la subsistencia.

    El Bautista se presenta como alguien que no pretende atraer la atención sobre sí mismo, pues el que ha de venir es mucho más digno y sus dones mucho mayores en comparación: “El que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Pero a pesar de este discurso tan humilde para autocalificarse, el Bautista no se parece en nada a esos predicadores que se hacen la propaganda y que se sirven de la religión para crecer y autoprestigiarse y apropiarse de un poder que les ha sido dado para que se encaminen hacia Jesús.

    Juan Bautista dice de sí mismo palabras que le relegan a segundo plano, pero eso no impide que también cumpla su tarea de desenmascarar el formalismo fariseo y el materialismo saduceo de entonces y de ahora. Su atuendo y su lugar de predicación, si por una parte coincide con el del profeta Elías (y así lo certifica Jesús de él al desvelar que S. Juan Bautista era el Elías que había de venir), descarta ese reprobable método pastoral consistente en deslumbrar a los fieles con escenificaciones que aseguren el éxito de una gran concurrencia, pero a los que se engaña con sucedáneos, en vez de dar el verdadero alimento y sanación proveniente de los sacramentos y de la Palabra de Dios. Es un fraude utilizar los sacramentos y la S. Escritura como plataformas para lanzar un mensaje ajeno a la naturaleza de estos medios que Dios ha determinado que distribuyamos en su nombre. Ello nos obliga constantemente a todo colaborador de la viña del Señor, ordenado o seglar, padre de familia o catequista, a mirarnos en el espejo de la predicación de Jesús, sobre todo, pero también en el del Bautista, como la Iglesia pone hoy a nuestra consideración.

    Este morador del desierto, cuya austeridad sobrecoge, no rechaza a fariseos y saduceos, pero les presenta la verdad de su situación moral delante de sus ojos, sin esconder las oscuridades tan llamativas, que le hacen exclamar: “Ya toca el hacha la base de los árboles y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego”. Este mensaje sobrecogedor del Bautista no nos debe dejar indiferentes. ¿Qué hacer con la gracia del Señor, que no nos va a faltar? Sus ministros debemos distribuir los sacramentos con una pureza de intención que mire solo a la gloria de Dios, sin interponer intereses mundanos que impidan o disminuyan su efecto en las almas. Los destinatarios de la gracia sacramental, que nos incluye a los ordenados, debemos recibirlos con pura devoción y con las debidas disposiciones, evitando a toda costa los sacrilegios derivados de recibir la S. Comunión en pecado mortal por no delatar nuestra falta de estado de gracia o por descuido de nuestro examen de conciencia antes de recibirla. Y en cuanto a la confesión, nunca dejemos de confesar un pecado grave por vergüenza.

    Queridos hermanos: nuestra vida debe estar dispuesta a la venida del Señor, que se realiza en cada instante si le abrimos nuestro corazón para recibirlo con frecuencia y con las debidas disposiciones. Oremos en todo momento por los que no conocen a Jesucristo y por los que le han conocido y se han apartado de Él o sin dejar de recibir los sacramentos, no los reciben debidamente, con lo que le causan un dolor espantoso que no podemos dejar que se prolongue sin hacer todo lo que está a nuestro alcance, que es mucho, aunque sea silencioso y oculto. En estos días de la novena de la Inmaculada, pidamos a Ntra. Sra. del Valle que consiga que el corazón de su Hijo nos conceda todas estas gracias. Que así sea

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