• 13 Nov

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: Hoy es el día en que se cierra el año de la Misericordia en todas las diócesis del mundo a nivel celebrativo, y el próximo domingo se hará en Roma en el domingo de Cristo Rey con una celebración que clausurará el jubileo extraordinario de la Misericordia. Para muchos cristianos ha sido un año de gracia, un año de bendiciones por la Misericordia de Dios, que han recibido a través de los sacramentos y por haber aceptado la Palabra de Dios en sus vidas.

    Nos encontramos pues en un período excepcional, una gracia singular que ni siquiera sabían algunos que existía, pero han sido dóciles al impulso del Espíritu y se han llevado la sorpresa de que el Señor había preparado un encuentro de gracia, y ha sido para ellos una sorpresa llena de gozo. No se podían imaginar que el Señor hubiese esperado tanto tiempo hasta que ellos se pusieran por fin en marcha después de tantas inspiraciones que el Señor les había regalado. Cuando por fin han secundado esa gracia, han descubierto lo grande que es el Señor, su ternura infinita.

    ¿No os dais cuenta, hermanos, los que todavía no habéis decidido pasar por la puerta de la Misericordia, que la bondad de Dios es inagotable, que nunca es tarde mientras vivimos en este mundo, y que no hemos de perder un minuto si hemos escuchado en nuestro interior la voz de Dios en su Palabra y hemos atendido y apreciado que esa Palabra estaba dirigida a ti en concreto? Creer que Dios te habla a ti a través de su Palabra es una gracia muy grande. Y no seguir ese camino de gracia es exponerse a que no se repita, a encontrar dificultades enormes de vencer cuando quiera seguirlo más tarde, mientras que ahora la oportunidad está a nuestro alcance en abundancia.

    No podemos cerrar los ojos ante las leyes persecutorias para los creyentes que se están promulgando por todas partes del mundo y en nuestra patria también. No tenemos que ser tan ciegos como para no darnos cuenta que esas leyes son un adoctrinamiento laicista que cala en nuestra sociedad, y nos paraliza, y hace que nuestra mente se haga perezosa y cobarde para manifestar su fe. Es un acoso ante el que hemos perdido la capacidad de respuesta y de protesta colectiva. Miramos con envidia santa lo que han hecho en unos pocos países los cristianos que han sufrido tales vejaciones en grado mortal. Pues bien, si tales proezas colectivas no se dan entre nosotros, como antaño hicieron nuestros antepasados, sí que está a nuestro alcance la respuesta personal y decidida de no dejarnos arrastrar por el ambiente paganizado que respiramos.

    Cada uno tiene que hablar directamente con el Señor, dedicarle un tiempo cada día, aunque sean diez minutos para empezar, para pedirle consejo, para suplicarle que le dé luz en su entendimiento, y sepa tomar decisiones que sean conformes a su voluntad. Aquel que, frente a un crucifijo, o imagen del Señor, o de nuestra Madre, y mejor todavía si es ante el Sagrario, dedica cada día unos instantes a hablar de corazón a corazón con el Señor, sentirá enseguida que ha encontrado un tesoro. Si eso lo hace en la Santa Misa y se toma la molestia de hacerlo todos los días con lealtad probada de quien sabe está vivo allí su Redentor, y que renueva su sacrificio en el Calvario y lo hace en ese momento por él, entonces verá que ese tiempo y ese esfuerzo y ese ir contra corriente de lo que hace todo el mundo insensatamente, es un tesoro que compensa con creces todos sus esfuerzos, sufrimientos y luchas diarias.

    Nos quejamos, y nos duele, que cada vez se nos ponga más dificultades para vivir nuestra fe: el Evangelio de hoy nos habla de ello con crudeza, pero con verdad y sin edulcorar la realidad, como solemos hacer nosotros, y no nos damos cuenta que el Señor nos promete la luz del Espíritu Santo en nuestra oración, pero sobre todo en la Santa Misa, que es el centro y culmen de toda la vida cristiana.

    ¿No hemos escuchado en la primera lectura que “a los que honran mi nombre les iluminará un Sol de justicia que lleva la salvación?” El cristiano debe conocer no sólo su fe, sino valorarla como es debido. Hay muchos que gastan sus ojos leyendo libros e informaciones sobre la fe, y las vicisitudes que viven los creyentes, y las declaraciones que hacen unos y otros sobre ella, pero no se empeñan con la misma intensidad en orar, en confesar sus pecados ante el Señor en el sacramento de la penitencia, en escuchar la Palabra de Dios en su corazón, y no sólo en leerla. De ahí viene la diferencia entre el que sólo se ilustra en su fe, y aquel que además se esfuerza por vivirla, por orarla y reformar su vida conforme a la voluntad de Dios.

    El Señor nos ha hablado en la primera lectura y en el Evangelio del “Día del Señor”. Un día que será precedido de signos cósmicos y sociales, de sucesos inauditos en el orden natural y el ordenamiento habitual de la vida social.

    Pero llegará ese día en que hablarán las piedras, porque les hemos privado de credibilidad a los profetas que tenían la misión de disponernos a estar vigilantes, para que no nos sorprendiese como ladrón (Apoc 3,3). Y eso es lo que nos transmiten las lecturas, e incluso la oración colecta de hoy.

    El que vive profundamente la fe cristiana siempre está alegre, aunque oiga malas noticias que a los faltos de fe desconciertan. Porque realmente solo se encuentra el equilibrio y la serenidad en servir a Dios, creador de todo bien, y ahí reside el gozo pleno y verdadero.

    El Papa Francisco ha tenido un gesto muy significativo al no permitir se cambiaran las lecturas de este domingo, como si no fuesen adecuadas para cerrar el jubileo de la Misericordia. ¿La Palabra de Dios puede ser un inconveniente en alguna de sus páginas para clausurar este evento profético del jubileo? Una visión tan raquítica de la Palabra de Dios es la que lleva a suprimir u ocultar con la no lectura a los fieles, o la deformación por traducciones falsas, o comentarios en notas e introducciones que ocultan el mensaje verdadero que contiene. Y por esta vez no se han salido con la suya, los que utilizan la Palabra para fines nada claros.

    Por el contrario, si nosotros hacemos una lectura orante de la Palabra de Dios, aunque esa lectura nos hable de los castigos que ha de recibir la humanidad por sus pecados, descubriremos que eso es misericordia divina, puesto que Dios no quiere que nadie se condene, sino que en el castigo reaccionen y se den cuenta que su pecado les lleva a la perdición, que por el pecado se hicieron cómplices del príncipe de las tinieblas, y que siguiendo una conducta contraria a los mandamientos no sólo ofenden a Dios, sino que hacen mal a todos los hombres y le llevan a su degradación y a la muerte no sólo corporal, sino eterna.

    La lectura de la Palabra de Dios no puede ser curiosa o meramente informativa; de la lectura debemos pasar a meditarla y aplicarla a nuestra vida, haciendo examen si nuestra vida concuerda con esa sabia norma divina y llegar a convertirse en diálogo amoroso con quien nos está hablando a través de ella. Un diálogo con Jesús que culmina en contemplación de su bondad y su grandeza, de su misericordia y de su justicia, igualmente admirables.

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