• 28 Aug

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos amados en el Señor: El hombre de todos los tiempos, pero sobre todo el de nuestros días, debido al trastorno que introdujo el pecado original en el mundo, se resiste a ser humilde, y tiene a gala el sujetar a su dominio a toda persona que entra relación con él. La Sagrada Escritura, que hemos tenido el don de escuchar, choca con el ambiente de nuestros días constantemente.

    En contraste con este panorama actual, nosotros cada domingo celebramos en la Eucaristía el sacrificio de Cristo en la Cruz, su muerte ignominiosa y su resurrección gloriosa. Vamos en contra de la tendencia generalizada. Pero tenemos la suerte de habernos puesto en buenas manos. Por nosotros mismos no somos capaces de darnos la salvación. Únicamente Jesucristo puede salvar definitivamente al hombre, por su muerte y resurrección.

    La Palabra de Dios que hemos escuchado nos enseña el camino para ir a Dios. Nos muestra el único camino posible, el de la humildad. Una virtud que se nos escapa de las manos. Es un don de Dios como todas, pero la humildad no se deja atrapar. O la recibimos como don o no hay manera de hacerse con ella. Hemos de pedirla constantemente. Pero no basta con eso. Hemos de estar dispuestos a cada momento a comprobar que nos falta mucho para alcanzarla y con serenidad seguir intentando vivir en la verdad. Tenemos muy arraigada la tendencia a aparentar. A dar buena imagen y que esa buena imagen nadie nos la empañe con comentarios o actitudes contrarios. Pero ésta no es la actitud correcta. Tenemos que agradecer a Dios y al hermano o a la circunstancia que descubre nuestra pobreza o limitación, que nos ponga ante nuestra verdad.

    Es duro bajar siempre al último puesto. Pero es porque no miramos a Jesús. Él se rebajó, tomó la condición de esclavo y pasó por uno de tantos. En Nazaret logró pasar desapercibido treinta años. Lo mismo que su Madre y san José. En cambio a nosotros se nos nota en seguida cuándo nos salen bien las cosas y cuándo hemos sido contrariados por alguna circunstancia.

    Pero se nos olvida muy a menudo pensar cuántas veces hemos dejado nosotros en el último puesto a Dios. El mandamiento primero es también el más importante. Pero cuántas y cuántas veces ni le consultamos al Señor, ni nos encomendamos a Él, ni le damos gracias si todo nos ha ido bien.

    Y en cambio el Señor nos ha regalado con algo que nos sorprende. Nuestros hermanos mayores los judíos en el Éxodo, al salir de Egipto y mientras caminaban por el desierto, vieron signos admirables, e incluso pidieron a Moisés que no fueran tan sobrecogedores. A nosotros nos promete el Señor signos llenos de paz, de dicha, de la compañía sin fin de los santos ante la faz de Dios. Hemos de ser conscientes que no tenemos razón para alejarnos de Dios. Y hemos de volver a Él. Y ayudar a que otros también lo hagan. En el Evangelio el Señor nos ha instado a invitar a pobres de cosas materiales, de pan y de salud corporal. Hoy quizás nos encontramos sobre todo con pobres de formación espiritual, con personas que llevan heridas en su alma que les impiden acercarse a Dios y a la Iglesia. Para nosotros esto ha de ser una llamada a quitar esos bloqueos para que recuperen su conciencia de ser hijos de Dios y la vivan y alimenten con los sacramentos. Cuanto más se va ennegreciendo el horizonte para los creyentes, tanto más hemos de esperar nos va a ayudar el Señor en este año de gracia a nosotros y a recuperar para Él a aquellos que se han alejado de su rebaño. Tenemos que colaborar con el Señor en esta tarea. Salir a los lugares frecuentados por la gente y allí proponerles volver a Jesús de quien se habían apartado por no conocerle bien. Pero para ello es muy importante que hagamos una confesión general para aprovechar la gracia del año de la misericordia y de esa manera ser nosotros mejor imagen de Jesús para que otros se acerquen a Él. En este año de gracia Dios hace que nos abramos mucho más a Él. Está haciendo nuestras almas más permeables a su misericordia. Los corazones de los alejados también están más abiertos y dispuestos a acoger la Buena Noticia de su salvación.

    De esta Eucaristía debemos salir dispuestos a hacer mejor nuestras confesiones, a no hacerlas apresuradas y sin un dolor de corazón y un propósito verdadero, porque el Mediador de la nueva alianza Jesús se hace más cercano y el encuentro con Él en la confesión debe ser más sincero y estrecho, más profundo y frecuente. De esa manera, cuando Él vuelva a visitarnos, a encontrarse con cada uno de nosotros, nos hallará más prontos a aceptar el dolor de haberle traicionado y ofendido tantas veces y a acoger su misericordia como nuestro único refugio y salvación. No olvidemos que ayudar a otro a encontrar el camino de la salvación equivale a remover los obstáculos que hemos acumulado con nuestros pecados y asegurar nuestra eterna bienaventuranza.

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