• 17 Jan

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en N. Señor Jesucristo: Este domingo es como una prolongación de la solemnidad de la Epifanía, pues es la manifestación de Jesús como Mesías investido de su carisma profético para predicar y hacer signos que manifiestan la llegada del Reinado de Dios en su persona. El milagro de las bodas de Caná es el comienzo de los signos de Jesús, aunque parece esta afirmación contradecir las mismas palabras de Jesús: “Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora”. Jesús con esta negativa está provocando la manifestación de la fe de María, y, por supuesto, también la nuestra; para eso se escribieron los Evangelios, no como mera propaganda de Jesús, sino para que provocara adhesiones firmes e inquebrantables a su persona como la de su Madre. María no se echa atrás por esa negativa de Jesús, pues conoce tan a fondo el Corazón de su Hijo, que sabe no va dejar que unos novios que han tenido el detalle de invitarles a su Madre, a Él y a sus discípulos, se vean confundidos en su generosidad y amistad. Jesús hace maravillas en aquellos que le aman. En aquellos que hacen fructificar el amor primero de Dios. Basta con que uno tenga, con Aquel de quien todo lo ha recibido, un sincero gesto de amor, por pequeño que sea, para que provoque un desbordamiento del amor de quien es todo amor. En Caná se dieron cita el amor a Jesús y a sus discípulos por parte de los novios y de su Madre; y la sorpresa de los novios fue que quedaron sorprendidos los invitados y ellos mismos al ver el efecto que produjo el compartir generosamente con tantos el don de Dios que les hacía de quererse entrañablemente el uno al otro. El don recibido al ser compartido se convirtió en un don nuevo: el vino mucho mejor y sin medida del final de la boda.

    Jesús se manifiesta, se da a conocer para provocar nuestro amor, para que caigamos en la cuenta de lo que hemos recibido y lo sepamos revertir a Aquel que nos lo da. Pero también nos revela quién es su Madre, y que no sólo le ama a Él, sino que es ejemplo y cauce de la gracia de Dios. Si aceptamos acercarnos a Jesús a través de María descubriremos que nuestra relación con Jesucristo y con el Padre y el Espíritu Santo se vuelve mucho más fácil, segura y eficaz. ¿Por qué? Sencillamente porque eligió a María para introducirse en este mundo asumiendo nuestra naturaleza, luego el camino para ir a Jesús se facilita si uno humildemente utiliza esta mediación participada del Mediador, que es Jesucristo. Nosotros mismos nos ponemos muchas trabas por nuestros pecados y apegos para acudir a Jesucristo, y eso que es pura misericordia. Pero todavía nos ha dado un medio más seguro de alcanzar misericordia, éste consiste en poner nuestra oración y todos los méritos que podamos alcanzar en manos de María, para que preserve ese cúmulo de méritos y evitemos echarlos a perder porque en algún momento de nuestra vida nos alejamos de Dios. Para que eso no suceda, consagrémonos a María. Busquemos una festividad mariana y preparémonos a hacer esa Consagración a Jesús por medio de María, renovándola a menudo. Los santos han meditado este Evangelio de las bodas de Caná y otras palabras de Jesús y han penetrado en ellas con unas clarividencia y profundidad que solo puede dar el Espíritu Santo. He ahí un medio muy eficaz para nuestra conversión, la lectura orante de la Palabra de Dios. ¡Cuántas horas dedicamos a la información y al pasatiempo con los medios modernos y para leer y orar con el Evangelio no tenemos tiempo! Los santos dedicaron mucho tiempo a profundizar en las palabras y hechos de Jesús. ¿Vamos a desaprovechar su experiencia y perder la oportunidad de poner nuestra salvación eterna a buen recaudo?

    En la segunda lectura se ilumina lo que es la misión de María de una manera especial, y también la nuestra, pues al enseñarnos san Pablo que todos los dones proceden de un mismo Espíritu y que “en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”, comprendemos mucho mejor que la vida de María fue enteramente entregada a los demás, nada encerrada en sí misma en el sentido de una vida egoísta, sino dedicada a secundar la obra de su Hijo, la Redención de todos los hombres.

    En esta celebración podemos profundizar también lo que significa cada Eucaristía para nosotros a través de las palabras de la primera lectura del profeta Isaías en que se nos dice: “como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó”. Estos desposorios de Dios con el hombre empezaron en las aguas del bautismo, donde comenzamos a ser hijos de Dios, y en la Confirmación donde el Espíritu selló nuestra unión con Dios. Pero también somos capaces los hombres de empañar nuestra unión con Dios por el pecado venial, y aún de romperla por el pecado mortal, y, en cambio, por el sacramento de la Reconciliación volvemos a recibir u espíritu nuevo. Pero en la Eucaristía esa unión del hombre con Dios que se realizó en el ara de la cruz, aunque presente en todos los sacramentos, en la Eucaristía se actualiza de manera muy especial y significativa en el altar. Cristo se inmola, se entrega a la Iglesia y a cada uno de nosotros, y por nuestra parte debemos entregarnos a Él, y no quedarnos como espectadores pasivos y mudos. Entonces se cumple lo que continúa diciendo la lectura: “la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo.” ¿Seremos capaces de perseverar y profundizar cada domingo en esta verdad tan consoladora de nuestra fe, que en cada Eucaristía se celebra ese desposorio místico entre el alma y nuestro Redentor, esposo fiel tantas veces traicionado, pero otras tantas dispuesto no sólo a perdonar, sino a renovar esa alianza nupcial que se llevó a cabo en la Cruz y que se actualiza en cada Eucaristía? ¿Seguiremos viviendo de una manera rutinaria la Misa cuando por parte de Jesús está reclamando nuestro amor a pesar de nuestras infidelidades? Que esta Eucaristía suponga para nosotros la renovación de una alianza de amor redescubierta y enriquecida con nuevas experiencias del amor agradecido y otorgado tanto a Dios como a sus hijos en los que desea que le mostremos nuestra fidelidad.

    Y en la actualidad tenemos un problema que ocupa la atención de todos los españoles: nuestra falta de acuerdo para convivir pacíficamente y proporcionar un gobierno equilibrado a la nación. Nos hemos apartado de Dios y queremos vivir al margen de sus mandamientos. Nos creemos que no es necesaria su ayuda para organizar nuestra armonía social y resulta que estamos en un callejón sin salida. ¿No somos capaces de reconocer que se cumple la palabra de Jesús: “Sin Mí no podéis hacer nada”? Si fuésemos capaces de orar todos unidos para pedir humildemente que Dios nos ayude, cambiarían las cosas sin duda. Siempre hemos oído decir que España es tierra de María. Si una parte pequeña de los españoles rezásemos y nos dirigiésemos a nuestra Madre con el rezo del santo Rosario, España superaría esta situación angustiosa en que vive y evitaríamos dar una solución falsa de la que resultase un gran daño para todos.

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