• 8 Nov

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos en Cristo Jesús: Celebramos hoy la “fiesta de la dedicación de la basílica de Letrán en honor de Cristo Salvador, construida por el emperador Constantino como sede de los obispos de Roma. Su anual celebración en toda la Iglesia latina es un signo permanente de amor y de unidad con el Romano Pontífice (s. IV)”. Así se expresa el martirologio romano. El papa S. Dámaso fue ordenado en esta basílica romana, dedicada el 9 de noviembre del año 324 y a la que el papa Silvestre otorgó el título de "El Salvador". La basílica de Letrán, una de las cuatro basílicas mayores de Roma, fue residencia habitual de los papas hasta el periodo de Aviñón y sede de más de veinticinco concilios, cinco de ellos ecuménicos.

    En el calendario litúrgico de la archidiócesis de Madrid se anticipa todos los años esta fiesta del 9 al 8 por su coincidencia con la solemnidad de la Almudena, patrona de la archidiócesis. Al ser la dedicación de la basílica de Letrán una fiesta del Señor, prevalece litúrgicamente sobre el domingo XXXII del TO y por eso las lecturas, el prefacio y las oraciones de la misa son las propias de esta fiesta del Señor. Él se digna habitar en una morada terrena, ha acampado entre nosotros y ha hecho de nosotros templos de su gloria. Son muestras del amor de Dios que no meditamos suficientemente. Hemos sido convocados a la casa del Señor a colmar este vacío. Cuando venimos a la Iglesia, suscitamos una gran oposición en los que huyen del encuentro con Dios. Dentro de nosotros también está esa lucha entre vivir según criterios humanos al margen de Dios o llevar una vida según el Espíritu.

    La figura de Zaqueo que se nos ha proclamado en el Evangelio resulta un modelo admirable de elección acertada y costosa, pero solo posible a partir de una primera mirada de amor que le dirigió el Señor, antes incluso de subirse al árbol, mezcla de curiosidad y de necesidad imperiosa de ser liberado. Zaqueo, bajo de estatura, no era feliz con su dinero: por eso luchó por ver a Jesús, llegar a cruzar sus miradas para ser visitado en su interior y sanar. Logró mucho más de lo que esperaba: aquella mirada de Jesús antes de subirse al árbol, cuando él buscaba liberarse de las cadenas a que le tenía atado el dinero y sobre todo su manera injusta de procurárselo y egoísta de administrarlo.

    Jesús nos ofrece a cada uno venir a la casa de Dios a encontrarnos con Él y hacer de nuestro cuerpo un templo del Espíritu, como nos ha enseñado san Pablo: “el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.” Ambas cosas se celebran en esta fiesta de la dedicación. A nosotros nos toca escuchar en nuestro interior esas llamadas de Dios que nos invita a cruzarnos las miradas, como cuando Jesús llamó a sus discípulos o como la mirada de amor que dirigió a Pedro después de que le había negado, para asegurarle que contaba con su amor, a pesar del desprecio tan grande que le había hecho.

    Pecamos porque en ese momento de tentación y de decisión costosa, damos preferencia a las atractivas propuestas del placer, de la fama, del poder y no consideramos la propuesta del amor de Dios, que supera infinitamente todas esas opciones miserables que en nuestra imaginación se visten seductoramente de plenitud. La tentación nos atrapa porque no le miramos a Él con frecuencia y porque estamos descentrados y distraídos del amor insuperable que Dios nos ofrece. Una manera de superar la tentación es venir a la casa de Dios a encontrarnos con Él, pues su presencia real en la Eucaristía tiene un poder seductor por el que debemos dejarnos cautivar. Cuando recibimos con frecuencia los sacramentos de la Eucaristía y de la penitencia, nuestra alma recupera o acrecienta la paz que tenía y se hace más patente la presencia del Espíritu Santo en nosotros. No es cualquier cosa centrar nuestra vida en Cristo como referencia constante.

    Pero además del significado de la dedicación de la iglesia en que celebramos habitualmente los misterios de Dios, la celebración de Letrán como templo primero en que el Papa pudo tener su cátedra en libertad, es celebrar la unidad de la Iglesia, la única Iglesia que Cristo fundó. Es muy significativo que precisamente en la basílica de S. Juan se firmara el Tratado de Letrán en 1929, con el que Pío XI logró la libertad del papa de todo soberano temporal y con ello el libre ejercicio de la misión evangelizadora de la Iglesia.

    Pero me interesa destacar ante todo que Cristo, al fundar su Iglesia, quiso que fuera una sola, no una pluralidad. Aunque nuestros hermanos separados se reúnan en el Consejo Ecuménico de las Iglesias, la Iglesia católica no puede entrar en ese juego, pues sería traicionar la voluntad del mismo Señor. Aunque admitamos respetuosa y esperanzadamente que los hermanos separados son comunidades cristianas, Iglesia cristiana solo hay una en la voluntad de Dios y menos aún hay un sinfín de religiones, todas igualmente válidas, en ese sincretismo religioso que nos quiere imponer a la fuerza el Nuevo Orden Mundial. Otra cosa es que los católicos no logremos vivir bien esta voluntad de Dios, que no quiere nuestra autosuficiencia ni nuestro orgullo, como si poseyéramos un bien que hemos conquistado nosotros.

    Debemos unirnos por la oración y la caridad en esta voluntad de Dios de ser uno. Incluso dentro de la Iglesia católica nos vemos tentados al cisma. Nos tenemos que unir en torno al Papa, por encima de si es de nuestro gusto o si nos gusta más el estilo de otros anteriores: eso ha de pasar a un plano muy secundario. Lo principal es cerrar filas en torno al verdadero vicario de Cristo, hoy Francisco y rezar para que el Señor le asista con su luz, le libre de sus enemigos, que son también los nuestros y para que con su magisterio reúna a todos los hijos de Dios dispersos, para que sea el humilde siervo de los siervos de Dios y para que dé testimonio de Cristo, dando su vida por sus ovejas. Que esta Eucaristía sea prefiguración de esa Jerusalén que baja del cielo, de una Iglesia unida y única reunida en el amor de Dios. Encomendémoslo a Ntra. Sra. del Valle y a todos los BB. mártires cuyas reliquias se custodian en esta basílica y que dieron su vida para mantener incólume la fe de España. Que así sea

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