• 12 Jul

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos en el Señor Jesús: Los profetas y Apóstoles enviados por Jesús nos anuncian que el Reino de Dios está cerca. Los profetas, como es el caso de Amós, además de denunciar el alejamiento de Dios en su tiempo, por parte de los que detentaban el poder civil y religioso, anunciaron el Día de Yahvéh, que es el anuncio a un tiempo del Mesías y de la renovación espiritual que ello supone y del juicio de Dios tras los frutos que esa venida debía haber producido. Ni los profetas ni los Apóstoles de Jesús conocían las fechas de estos acontecimientos históricos.

    Nosotros tampoco conocemos la fecha exacta de la Segunda venida del Señor. Y resulta que tampoco es conveniente saberlo, dada nuestra manera de ser: pues satisfecha la curiosidad no actúa en nuestro interior como llamada a la conversión. Pero tanto los profetas como los Apóstoles nos hablaron de estos acontecimientos salvíficos de gran magnitud. Y nosotros no podemos ignorarlos. Y menos aún no desear que se produzcan, pues el Señor nos dice al respecto: “alzad vuestras cabezas, se acerca vuestra liberación”.

    Históricamente hablando, Amós es el primero entre los profetas que habla del Día de Yahvéh. No era una novedad. Y ya tiene que salir al paso de una falsa concepción del mismo con estas palabras: “¡Ay de los que ansían el Día del Señor! ¿De qué os servirá el Día del Señor? ¡Será tiniebla y no luz!,” (5,18) pues entre sus contemporáneos había algunos que lo reducían a día glorioso y de triunfo, lo cual es sólo una parte del mismo. En otro lugar habla del castigo de la casa de Israel y de su definitiva y gloriosa restauración en el pequeño resto fiel (9,5-15). De esta manera queda claro que Amós entiende el Día de Yahvéh como juicio muy severo lleno de dolor y obscuridad y a la vez como el Día de la gran misericordia y bendición para los que permanecieren fieles o se arrepintieran sinceramente y supieran ver en el castigo una llamada a la conversión.

    En el Salmo responsorial, el Salmo (84) propio del Adviento en la liturgia tradicional, también hemos percibido cómo en la perspectiva profética se anuncian unidas la doble venida mesiánica en la encarnación de Jesucristo, “La salvación está ya cerca y la gloria habitará en nuestra tierra”, y el establecimiento intrahistórico de su reino de justicia y amor todavía no cumplido, aunque sin aludir a la purificación previa: “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan. … El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto.”

    El Evangelio nos ha desvelado una faceta del ministerio de Jesús a la que se quiere poner sordina en la pastoral moderna. Se trata del envío a sus Apóstoles: “dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos”. Esa autoridad que Jesucristo les da sobre los espíritus inmundos la explicita más adelante y dice, en el mismo pasaje que se ha proclamado hoy, que “echaban muchos demonios y ungían con aceite a muchos enfermos y les curaban”. Lo cual es una buena noticia, porque ese poder también lo han recibido los sucesores de los Apóstoles que son los obispos. Éstos por su parte comunican a los sacerdotes ese poder en medida diversa, según sean sacerdotes exorcistas o no. Son muchas las diócesis españolas en las que esta faceta tan importante del ministerio apostólico no está atendida ni nombrados sacerdotes exorcistas.

    El Apóstol San Pablo da como una señal de los últimos tiempos, es decir, de ese tiempo al que se referían los profetas del Antiguo testamento con la expresión “el Día de Yahvéh”, la proliferación de doctrinas de demonios y del espiritismo en la primera carta a Timoteo: “El Espíritu dice expresamente que en los últimos tiempos algunos se alejarán de la fe por prestar oídos a espíritus embaucadores y a enseñanzas de demonios” (1Tim 4,1). Nosotros, tan súper informados como estamos, nos damos cuenta, si no miramos a otra parte, de la cantidad de sectas satánicas que aparecen cada día y que ya no se esconden, la ingente literatura sobre espiritismo que se pone en la actualidad incluso en manos de niños, la estadística escalofriante sobre la proporción de películas que tratan de estos temas, así como de vídeo juegos sobre esta temática con los que se contamina la juventud y los que no son tan jóvenes. Una buena parte de la apostasía en la que estamos inmersos procede de esta fuente. Y esta realidad constituye una señal más de la inminencia de los últimos tiempos.

    El himno que abre la carta a los Efesios que se ha proclamado nos ha desvelado cómo Dios quiere “recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra”. Al presente parece que aquí en la tierra no le está sometido todo, pues los hombres hemos sido rebeldes, incluso una vez llevada a cabo la Redención del hombre por la muerte y resurrección de Cristo. Sin embargo, Dios, en su infinita misericordia, no desiste de su plan de reconducir todas las cosas a su origen. Queda pendiente, pues, la etapa que San Pablo denomina “la Redención completa del pueblo”, o sea la Parusía o Segunda venida de Cristo. Venimos de Dios y hemos de volver a Él. Y para ello es preciso que los hombres seamos purificados por la gran tribulación (Mt 24,21; Apc 7,14), paso previo a este recapitular todas la cosas en Cristo. Este es el gran acontecimiento de los últimos tiempos que parece ya muy próximo por el cumplimiento de las señales dadas por Dios, y del que no se quiere oír hablar.

    Hermanos, ¿qué nos quiere decir el Señor a nosotros con toda esta información que está a nuestro alcance y con otros datos que completan esta visión de conjunto?

    A mi modesto entender el mensaje es: no podemos caminar como sonámbulos cuando nos acecha tan gran prueba y peligro para nuestra fe. Hemos de tomar medidas personales y ojalá se tomasen también a nivel colectivo para no sucumbir ante la densa tiniebla que nos va a envolver y ante el juicio que pesa sobre esta generación en esta etapa de la historia de la Salvación. Lo cual el Señor ya nos lo había anunciado desde antiguo en la Sagrada Escritura. Nuestra tarea es leer con ojos lúcidos la información que nos ofrecen la Palabra de Dios por una parte y los medios de comunicación y nuestra experiencia del trato y comunicación entre todas las personas que nos rodean, por otra. El Señor quiere que, a pesar del gran revulsivo que esto supondrá, estemos serenos ante tanta confusión y muy unidos a Él. Si nuestra relación con Él es fría o la hemos dejado de lado es preciso recuperarla hasta su más alto grado de intimidad. Urge tomar el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo en toda su radicalidad como punto básico de nuestra preparación. Y para ello examinar los fallos que sin duda todos tenemos. Esos enfermos a los que iban a curar los Apóstoles somos cada uno de nosotros, y el Señor nos dice: habla con ese amigo, familiar o compañero de trabajo al que has decidido ignorar. Vive el mandamiento del amor, no te quedes en bellas teorías.

    Hemos venido aquí en busca de luz y salvación. La Eucaristía que celebramos nos introduce en el misterio de Cristo y nuestra participación incluye acoger la gracia que se nos ofrece en el plan completo de Dios de la Salvación, que incluye etapas que a nosotros nos son costosísimas de asumir. Queremos inmolar nuestra propia voluntad en aras de su voluntad salvífica que abarca mucho más de lo más que nosotros podemos comprender. Es una de las maneras que se nos ofrecen hoy de unirnos al sacrificio de Cristo en la Cruz del que ahora hacemos memoria sacramental.

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