• 15 Feb

    P. Alberto Soria

  • Queridos hermanos en Cristo Jesús: El peor mal que puede padecer el hombre es sin duda perder la conciencia del pecado. La liturgia de este domingo es un regalo del Señor abriéndonos los ojos ante el peligro tan serio que nos amenaza siempre, pero que es el mal de nuestro tiempo. Vivimos en oscuridad y confusión a pesar de que tendemos a pensar que nunca hemos sido tan lúcidos para detectar las posibles amenazas que nos envuelven. El hombre de hoy se autoengaña y piensa que los males que nos aquejan y nos hacen infelices son económicos o políticos. Pero nunca queremos enfrentarnos a la raíz del mal: nuestro pecado. Pensamos que el pecado no tiene que ver con el desarrollo de la historia.

    La lectura del Levítico, con sus prescripciones sobre la lepra, puede parecer a primera vista inadecuada para el hombre de hoy, un resto arqueológico venerable como documento histórico, pero nada más. Sin embargo, hermanos, nos ayuda a abrir nuestra mente a un nivel de comprensión más elevado: la que acepta que Dios creó todo bueno, pero que el pecado apareció en el mundo y lo tiene sojuzgado. Debemos trasladar al pecado, conforme ha hecho la tradición de la Iglesia, las minuciosas prescripciones del Levítico acerca del diagnóstico que debe emitir el sacerdote sobre la lepra y el aislamiento a que debe estar sometido el leproso para no contagiar. ¡Qué inmensos beneficios se seguirían para nuestro tiempo si aplicásemos al pecado las mismas precauciones que el Levítico aplica al leproso! ¡Qué rumbo tan diferente tomarían nuestras vidas si ante las ocasiones de pecado nos gritásemos interiormente!: “¡Impuro, impuro!”. Sin embargo, dada nuestra debilidad, jugueteamos incautamente con ellas o no acudimos a la oración para evitarlas.

    San Pablo se atreve a ponerse como modelo ante los corintios, pero enseguida dice que él sigue el ejemplo de Cristo. Si Cristo ha sufrido por nosotros, nosotros también debemos hacer la pequeña parte que nos toca sin queja ninguna, pues el Señor ya ha retirado lo que está por encima de las fuerzas de nuestra naturaleza caída en el pecado.

    En el Evangelio la lepra es vista bajo una perspectiva diferente: Jesús se acerca al leproso y hasta lo toca, en contra de las prescripciones de la ley mosaica, porque ni la enfermedad ni el pecado pueden nada contra Él. Es más, Jesucristo anuncia así con sus gestos que ha venido a salvar del peor mal, del pecado y una prueba contundente es que puede curar en un instante la lepra, enfermedad incurable hasta hace pocas décadas. Hay otro aspecto mucho más profundo en la misión salvadora del Mesías: Jesús, como el Siervo doliente de los cánticos de Isaías, llega a ser considerado un leproso en su Pasión. Y añade el profeta: “sus heridas nos han curado”. Es decir, Jesús sufre en lugar de nosotros: no nos ha ahorrado todo dolor, pero la parte mayor la ha asumido Él. ¡Cómo tendríamos que agradecerle en cada Eucaristía, que significa acción de gracias, esta parte mayor de la pena que nos corresponde por nuestros pecados!

    Nuestra parte, queridos hermanos, es confesarnos, superar la vergüenza por haber pecado y la pereza para acudir al confesor, estar vigilantes con la oración, prevenir y alejarnos de las ocasiones de pecado, ver con realismo nuestra debilidad y no desafiar al pecado orgullosamente. La súplica del leproso debería acudir a nuestros labios con simplicidad pero con plena confianza: “Si Tú quieres, puedes limpiarme”. Y también nos toca proclamar las maravillas que ha obrado Dios en nosotros: dar testimonio de tantas veces como la confesión ha supuesto para nosotros palpar la misericordia de Dios que nos fortalecido y nos ha dado paz cuando estábamos inquietos. Es decir, también debemos ayudar a los que viven en pecado y advertirles con toda caridad que no pueden comulgar hasta que el pecado desaparezca. Muchas veces se recibe por ignorancia el Señor sacramentado en un cuerpo rehén de Satanás. Ni debemos pasar de largo ni actuar con prepotencia o haciendo sufrir al que peca no por estar en pecado, sino por la forma tan falta de humildad y delicadeza como a veces se lo decimos.

    Participar de la Eucaristía es un don inmerecido, pero ya que se nos da, no dejemos de comulgar por descuido de confesarnos a tiempo ni por pereza de acudir a la Eucaristía, pues de nuestra participación en ella puede depender la conversión de muchos, incluso de vuestros propios hijos, que quizás se hayan alejado, pero que a lo mejor tampoco estamos haciendo por ellos todo lo que está en nuestras manos. Es un gran misterio, pero la salvación de muchos depende del sacrificio y oración de unos pocos.

    Por último hermanos, con este domingo se cierra la 1ª parte del tiempo ordinario, pues estamos a tres días del inicio de la Cuaresma. Aunque el próximo miércoles no es de precepto, si no recibierais la ceniza sería empezar con mal pie la Cuaresma, tiempo favorable para nuestra conversión personal, sobre todo con los 3 medios que la Iglesia nos propone: oración, ayuno y limosna. Miércoles de ceniza y Viernes Santo son los dos únicos días al año en que el ayuno obliga a una sola comida, aunque pudiendo tomar algo de alimento por la mañana y por la noche, guardando las legítimas costumbres en la cantidad y calidad de los alimentos. La abstinencia de carne no puede sustituirse por otras mortificaciones, limosnas, obras de piedad o de caridad, los viernes de Cuaresma, salvo dispensa.

    Queridos hermanos: pidamos a la Virgen del Valle que interceda ante su Hijo para que nos conceda la gracia de vivir esta Cuaresma con humildad y pobreza de espíritu, dominio de nuestros instintos y obediencia a la voluntad de Dios, esperando la Pascua con gozo de espiritual anhelo. Si en la tentación acudimos a María, Ella nos ayudará en el combate cristiano contra las fuerzas del mal. Que así sea. Y ahora pongámonos en pie para recitar la profesión de fe.

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