• 25 Jan

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos:

    Los evangelios de los domingos posteriores a la fiesta del Bautismo del Señor nos presentan los comienzos del ministerio de Jesús, los primeros pasos de su vida pública. Los evangelistas muestran a ese maestro que recorría los caminos de Galilea anunciando la llegada del reino de Dios, proclamando los tiempos mesiánicos, enseñando, curando enfermos, consolando afligidos. Tal vez al contemplar a ese Cristo peregrino, un autor de nuestro tiempo se atrevió a decir que «el verdadero protagonista de la historia es el Mendigo: Cristo mendigo del corazón del hombre». Esta bella imagen no la podemos separar de esta otra: «el corazón del hombre [es] mendigo de Cristo» (L. Giussani). Sí, hermanos, hemos venido a esta celebración porque nuestra alma está sedienta de verdad, sedienta de plenitud, ansía escuchar palabras de vida eterna y sabemos que sólo él, Jesús, mendigo que llama a la puerta de nuestro corazón, puede saciarnos y colmar de sentido y esperanza nuestra realidad.

    Después de haber escuchado la Palabra de Dios, me gustaría compartir con vosotros dos reflexiones que se desprenden del relato evangélico. La primera es el mensaje de Jesús: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio». La segunda es su iniciativa de llamar a unos hombres como discípulos. Ambos, mensaje y llamada, constituyen dos hechos que encierran una enseñanza profunda y positiva para nosotros.

    Jesús exhorta a la conversión. Su llamada es apremiante como la de Jonás a los ninivitas o la de san Pablo a los corintios. Se trata de cambiar completamente de orientación y de conducta; se trata también de creer, de acoger la buena noticia, que consiste en que Dios va a intervenir para nuestra salvación y nos pide eliminar todo obstáculo. A nosotros el lenguaje de la conversión nos recuerda la Cuaresma y nos produce un cierto rechazo, porque lo relacionamos en seguida con privaciones, ascesis, erradicación de vicios y pecados tan arraigados en nuestra vida. Pero, en realidad, tenemos que agradecer esta llamada, debemos dar gracias por esta exhortación al arrepentimiento y al cambio: porque Dios quiere derramar su amor sobre nosotros, quiere transformar nuestra existencia para que sea bella, fecunda y plena de alegría. El de Jesús, además, es un anuncio positivo y esperanzador. Es como si dijera: «creed que la etapa final de la historia ha comenzado con mi presencia entre vosotros». Él es el Evangelio, anuncio de una victoria que lleva a los hombres la paz y el bienestar (A. Vanhoye).

    Podríamos añadir que la conversión en la Biblia incluye al menos dos aspectos o realidades: una conversión religiosa y una conversión ética. La conversión religiosa es la decisión de poner a Dios por encima de todo. No significa llegar a ser santos en seguida, pero indica la determinación radical de situarle sobre todas las cosas y de someternos a él. Se trata de un cambio de horizontes fundamental e importantísimo: mi vida tiene en cuenta la primacía de Dios y de él dependo en todo. La conversión ética, por su parte, es la manifestación visible y externa de la anterior: consiste en la decisión de no servir a los ídolos, de no ser esclavos del dinero, del placer desordenado, del éxito o el poder. Esta conversión es un don de Dios, no es fruto únicamente de nuestro esfuerzo; es el Espíritu Santo en nosotros, es Cristo que vive y actúa en nosotros. Por tanto, la decisión consiste en aceptar la idea de someternos a la guía del Espíritu Santo y de abrazar una vida nueva según el Espíritu (C.M. Martini). Estas dimensiones de la conversión son las que difunden el reinado de Dios en nuestro entorno y en nuestra sociedad.

    El segundo aspecto que quisiera comentar es la iniciativa de Jesús que llama a los primeros discípulos inmediatamente después del anuncio de la buena noticia. Se dirige a unos hermanos que trabajaban como pescadores en el lago de Tiberíades: Simón y Andrés, Santiago y Juan. Por un lado, el esquematismo de estas escenas de vocación encierra un significado doctrinal. La síntesis de una vocación cristiana es que Jesús ve, llama y el llamado lo sigue sin condiciones (M. Iglesias). Como veis, la iniciativa es toda de Jesús; a los discípulos no se les pide que tengan unas cualidades humanas especiales, sino una obediencia pronta. San Marcos nos dice que lo dejaron todo, abandonaron todo lo que tenían y a sus seres queridos, y fueron en pos de Jesús. Su camino posterior será un seguirle y estar con él, descubriendo lo que ha hecho de ellos sin mérito por su parte, aunque exigiéndoles la disponibilidad y el desprendimiento de todo lo que poseen y han sido hasta entonces.

    Hoy Jesús, peregrino y mendigo, maestro y Señor, pasa también por nuestra vida, pasa junto a nosotros que andamos a menudo encerrados en nuestros quehaceres, cegados en nuestras ocupaciones, sin más horizonte que el terreno, con una fe pobre y adormecida… Y el Señor nos ofrece el don de ser sus discípulos; discípulos disponibles y audaces, que contagien la alegría de creer en el Evangelio, el gozo de servir en la propagación del reino de Dios. En realidad, no tienes que hacer cosas extraordinarias: basta que le escuches, que le mires, que le prestes atención, porque la vocación es una palabra que nos es dirigida, una semilla que nace y crece dentro de la relación con Dios. La vocación es aceptar un diálogo en el que yo no digo ni la primera ni la última palabra: sólo tengo que contestar.

    A los más jóvenes que participáis en esta eucaristía, os diría que una de las cosas más bellas de la vida es discernir la llamada del Señor. Sea cual sea la llamada, respondedle con prontitud y con generosidad, como hicieron los primeros discípulos, que no eran ricos, pero lo dejaron todo por él. El camino no es otro que tomar en serio la Escritura como palabra dirigida a ti. Su meditación diaria, perseverante, hace posible que Dios ilumine tu vida y la dirección que has de tomar.

    A la virgen María, primera discípula de Cristo, le suplicamos que nos ayude a alcanzar la verdadera libertad para vivir en estado de conversión y en una gratitud constante, porque la presencia de Jesús es el Evangelio capaz de dar vida al mundo.

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