• 1 May

    P. Santiago Cantera

  • Rvdmo. Sr. Obispillo, Ilmos. Sres. Vicario y Secretario, queridos hermanos todos en el Señor:

    La Iglesia celebra hoy la Fiesta de San José Obrero, instituida por el Papa Pío XII para realzar el sentido cristiano del trabajo y de proponer al santo Carpintero como modelo para los trabajadores del mundo entero. En realidad, la primera gran fiesta de los trabajadores, obra del cristianismo, fue la institución del domingo y del obligado descanso para todos en ese día, a partir de la cristianización del Imperio Romano.

    El hombre, por medio del trabajo, colabora a la obra creadora de Dios en el mundo y se realiza como persona. Si bien en la parte que conlleva de agotamiento fue una carga impuesta a consecuencia del pecado original, Dios sabe sacar bien del mal y así ha hecho que el trabajo sea en su conjunto una dimensión fundamental del ser humano en su estado de viador, de peregrino en la tierra que camina hacia la eternidad.

    Este sentido de provisionalidad de las realidades presentes es precisamente un aspecto sobre el que se quería incidir en la Fiesta del Obispillo que hoy celebra nuestra Escolanía. Cuando esta fiesta surgió en la Edad Media cristiana, una época de fuertes convicciones religiosas, se quería ofrecer una lección de humildad para los adultos, quienes deben tomar conciencia de lo provisional de sus puestos y ceder ante la inocencia de los niños que les relevan en sus cargos y que este día son los únicos y verdaderos protagonistas. Por eso, por ejemplo, había catedrales donde los niños cantores se sentaban en las sillas altas del coro, mientras que las dignidades y los canónigos lo hacían en las bajas, intercambiando así sus puestos ordinarios. Por lo tanto, aprendamos que nuestros cargos y los honores que podamos recibir a veces son temporales para esta misma vida y, en cualquier caso, aun cuando puedan prolongarse en el tiempo, no nos los llevaremos necesariamente a la vida eterna y el desempeño de nuestras funciones será materia de juicio.

    Otra lección para los adultos es la inocencia de los niños. “Si no sois como niños, no entraréis en el reino de los cielos”, nos ha dicho Jesús (Mt 18,2). Santa Teresa de Lisieux elaboró a partir de aquí el “caminito” de la infancia espiritual que la ha llevado a ser declarada Doctora de la Iglesia. Y es que de los niños, como nos dice San Juan Crisóstomo explicando este pasaje evangélico, debiéramos aprender bastantes cosas: no guardan rencor y se acercan pronto como amigos a quien les ha ofendido, aman a su madre aunque ella les corrija y azote y no sienten pena por las cosas que nosotros lamentamos, como la pérdida del dinero, ni ponen en éste sus alegrías (Homilías sobre San Mateo, 62, 4).

    Por último, es necesario incidir en un aspecto más que todos necesitamos y que de un modo especial deben ejercerlo los docentes: la paciencia, una virtud propia de la espiritualidad benedictina. Por eso, en la importancia que ella adquiere para quienes se dedican a la enseñanza, no sólo han incidido grandes autores modernos de la pedagogía católica como San José de Calasanz o San Juan Bosco, y ni siquiera hace falta que nos fijemos en un benedictino del siglo XX que va camino de los altares, como es Dom Pío de Hemptinne. Mucho antes ya, encontramos en autores de nuestra Orden exhortaciones a la paciencia, como la hecha por San Anselmo. Para nuestra impaciencia, es más fácil enfadarnos y castigar, incluso sin proporción adecuada a la falta cometida y a la intencionalidad. Y esto no quita la necesidad pedagógica del castigo en ocasiones. Pero San Anselmo, nuestro gran filósofo y teólogo del siglo XI, cuando algunos le decían desesperados que no sabían cómo educar a los niños, porque les parecían más perversos cuanto más les amenazaban y castigaban, contestó diciendo que ahí estaba precisamente el error. Por el contrario, con los niños que están plantados en el jardín de la Iglesia por su especial consagración a Dios (y tal es el caso de los escolanos), es necesario el ejercicio de la paciencia para ganarlos para Dios (Eadmero, Vida de San Anselmo, 30-31).

    En fin, fijémonos todos en el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret: en Jesús, José y María. En ese hogar encontraremos el modelo de vida de familia, de piedad, de laboriosidad y de todas las virtudes en las que es necesario crecer. Que Santa María y San José nos permitan conocer más de cerca a Jesús y penetrar en el estilo de vida de Nazaret en nuestro camino hacia el Cielo.

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