• 14 Sep

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos de las Comunidades de Santo Domingo de Silos, San Salvador de Leyre, Nuestra Señora de Montserrat de Madrid y Santa Cruz del Valle de los Caídos; queridos hermanos todos en el Señor:

    Cristo ha vencido en la Cruz, y por eso podemos hablar del Triunfo de la Cruz. Antes de la última reforma litúrgica, la Iglesia en España incluso contaba con una fiesta bajo esta advocación, concedida con motivo de la victoria de las Navas de Tolosa sobre los almohades en 1212. Ésta era la fiesta inicial de nuestra Basílica y con motivo de ella vino la comunidad fundadora desde la Abadía de Silos para dar inicio a la vida benedictina en el Valle de los Caídos. Con la reforma litúrgica, la fiesta fue transferida al día de la Exaltación de la Santa Cruz, el 14 de septiembre.

    El sufrimiento de Cristo en su Pasión y su Muerte en la Cruz ha sido la vía seguida para la Resurrección, que es su triunfo sobre el demonio, el pecado y la muerte. De esta manera, nos encontramos ante la victoria de Cristo en la Cruz, que nos ha devuelto la amistad perdida con Dios y nos conduce a la vida eterna, como le dijo Jesús a Nicodemo (Jn 3,13-17): “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna”. Por eso, la Cruz, instrumento de muerte en el mundo antiguo, se convierte en símbolo de vida; aquel artefacto de ignominia, se transforma en señal de honor; la imagen del dolor pasa a ser anuncio de gloria.

    Hoy los hombres no quieren oír hablar de cruz, de dolor, de renuncia, de sacrificio, de muerte… Casi se han convertido en palabras “tabú”, molestas con sólo su pronunciación. Más bien se quiere una vida muelle, ajena a todas estas realidades, las cuales sin embargo nos están saliendo al paso casi a cada minuto de nuestras vidas. ¿Acaso no fallece algún conocido nuestro con bastante frecuencia y perdemos a un amigo o a un familiar al que queríamos de corazón? ¿No es cierto que la enfermedad está presente entre nosotros y se cierne sobre muchos conocidos y trastoca todos los planes que tenían para el futuro? ¿Cómo vamos a dudar que la dedicación a los hijos no exige a los padres renunciar a múltiples cosas que les apetecería hacer y tener? ¿No surgen ante nuestros ojos dificultades económicas, laborales, de relación con los demás y tantos otros motivos de sufrimiento?

    El hecho de que hoy se evite hablar de renuncia, de sacrificio, de dolor, de muerte, etc., sólo lleva al egoísmo y a la más pura irrealidad. Sus resultados no pueden ser más que el moverse a ciegas en el mundo, optar por la inestabilidad en la vida, no saber lo que se quiere, ser incapaz de entregarse a las necesidades de los otros por preferir dedicarse a los propios deseos, incluso abandonando a aquéllos para entregarse a éstos. Y en el fondo, todo ello no conduce más que a la infelicidad, a la insatisfacción de aspiraciones siempre vanas y además nunca completadas.

    El verdadero valor de la renuncia y del sacrificio, el sentido del sufrimiento y de la muerte, sólo pueden ser descubiertos a la luz del misterio de la Cruz. En la Cruz, Jesucristo nos ha mostrado la trascendencia de nuestra vida; nos ha dado un ejemplo de amor a los demás hasta el extremo; nos ha permitido conocer que, asociando nuestros dolores a los suyos, podemos vivirlos con alegría reparando nuestros propios pecados y animando a otros en sus propias luchas; nos ha dejado ver que la muerte no es el final, sino que tras ella existe una eternidad que nos espera y hacia la que debemos encaminarnos con seriedad y con responsabilidad, conscientes de que habremos de dar cuentas del tiempo bien o mal empleado.

    La Cruz, desde que Jesucristo pendió en ella, es para el cristiano signo de vida, de victoria, de felicidad. La Cruz, por Jesucristo, es señal de esperanza, anuncio de gloria, manifiesto de perdón y redención, expresión máxima del Amor de Dios.

    Aprendamos, con María, que la verdadera ciencia y sabiduría no se pueden estudiar más que al pie de la Cruz y contemplando a Cristo en ella, tal como enseñó el reformador camaldulense Beato Pablo Giustiniani al decir: “Mi libro debe ser Jesucristo crucificado. Es un libro escrito con su preciosísima Sangre, precio de mi alma y de la redención del mundo. Consta de cinco capítulos, que son sus cinco llagas. Yo no quiero estudiar más que este libro, y los demás solamente en la medida en que lo comenten. Pero es un libro que debe ser leído en el más profundo silencio”.

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