• 1 Mar

    P. José Ignacio González Villanueva

  • Hermanos: En el tiempo de Cuaresma la Iglesia prepara a los catecúmenos que van a recibir el bautismo, y a los fieles, que van a celebrar en la Pascua la Redención de Cristo, a renovar las promesas de renuncia a Satanás y de vivir unidos al Padre, al Hijo y al Espíritu que hicieron cuando recibieron el sacramento del bautismo por el que el que se sumergieron con Cristo en su muerte y resucitaron a una vida nueva. De ahí que el itinerario cuaresmal es una profundización en la fe. La Iglesia, pues, nos enseña en este tiempo a valorar la fe como un gran don del amor de Dios que nos hace confiar en Él hasta el punto de que nuestro pasado y nuestro futuro lo ponemos en sus manos. Esa enseñanza nos viene impartida por la misma Sagrada Escritura. Pero nuestra situación vital en la historia de nuestro tiempo en occidente es que esta fe está siendo perseguida con leyes que van contra el derecho natural y no respetan los principios básicos racionales basados en la naturaleza, y menos aún la fe, a la que se la considera un sentimiento íntimo que no debe tener manifestación externa ninguna. Por tanto debemos prepararnos para estar desasidos de este mundo, que no lo estamos, y tenemos que tomar conciencia de que somos peregrinos, que tenemos que caminar hacia la meta final y no caminar como si fuéramos a quedarnos siempre en este mundo.

    ¿Qué hizo Abraham, nuestro padre en la fe, cuando Dios le propuso abandonar su tierra o, más adelante en una prueba aún más difícil, cuando ya le había dado un hijo milagrosamente haciendo fecunda a su mujer estéril, como hemos escuchado en la primera lectura? Abraham se fio de Dios tanto cuando le ponía a prueba haciéndole renunciar a todo su pasado, como cuando al sacrificar a su único hijo le proponía renunciar a todo su futuro. Y es que en realidad con estas enseñanzas el Señor nos está diciendo que Él viene a instaurar un Reino de paz sobre estas guerras contra la fe de los cristianos de oriente y occidente. Viene a instaurar un Reino de amor sobre el odio y la ingratitud, un Reino de justicia sobre tanta mentira. Pero también los cristianos necesitamos ser purificados y necesitamos rectificar nuestro camino. Nosotros caminamos hacia la eternidad y dejaremos este mundo. El príncipe de este mundo sólo quiere la perdición de nuestras almas y es por lo que quiere engancharnos a este mundo hasta no poder soltarnos de él. Tenemos que pedir ayuda constante a Dios para no escucharle ni hacerle caso, pues actualmente ya somos discípulos suyos aventajados. No nos tienen que afligir tanto las cosas de este mundo, pues acabará. En cambio, debemos esperar cada día con alegría y amor que el Hijo del hombre venga a instaurar el Reino de Dios a este mundo perdido y sin rumbo, cuyo final es la desolación. No nos preocupemos por el mañana, pues no sabemos si el minuto en que vivimos acabará por cumplirse entero. Preocupémonos por nuestra salvación y la salvación de todos los hombres.

    El Señor con estas lecturas que se han proclamado nos insta a la conversión, a la paz entre nosotros, a caminar con alegría por este mundo caduco. Todo terminará y sólo quedará el amor con que hayamos hecho lo que teníamos que hacer. No nos distraigamos con lo que sucederá mañana: es un engaño del maligno que nos quiere distraer de la Gracia que hoy está derramando sobre nosotros para que la perdamos y no dé fruto.

    Tenemos que perseverar en el culto a Dios no sólo en la Misa dominical, eso es el mínimo imprescindible. Pero para que eso no se lo lleve el maligno por una pequeña tentación de pereza o de falsa prudencia humana tenemos que acudir con frecuencia a estar con el Señor en el Sagrario. A veces hay consagrados con votos o sacerdotes que nunca encuentran tiempo para estar con el Señor y ahí le dejamos solo. Hermanos, seamos sinceros: Cuántas veces, en tantas iglesias está el Señor solo, incluso en una basílica como ésta en la que pasa mucha gente por delante y entra, pero al Señor que está en el Sagrario, pasa desapercibido. Y no hablo del que no tiene fe. Hablo de nosotros que estamos aquí y ahora. ¿Es que no se nos ocurre acompañar al Señor con nuestro amor y nuestra oración no sólo por nosotros mismos, que tanto lo necesitamos, sino también y mucho más por nuestros hermanos, por el Papa, por todos los que deben regir la Iglesia santa de Dios. Pidamos no cosas caducas, que son las que tenemos en el corazón, por desgracia, sino por la cosas verdaderas: por el amor entre los hombres, por la paz en las familias y dentro de la Iglesia, por la unión de todos los cristianos para Gloria de Dios y para darle al Señor la alegría de ver reunidos en torno a Pedro a todos sus hijos.

    Hermanos, nuestra conversión pasa por esforzarnos en amarnos todos sin excepción ninguna. Cuántas discordias, cuántas críticas, cuántos disgustos le damos al Señor nosotros que nos decimos sus hijos fieles, por no ceder ante el hermano. Seamos sinceros, estamos llenos de orgullo y soberbia, no somos humildes. Y resulta que sólo si somos humildes podemos ser agradables a nuestro Padre y honramos de esa manera el sacrificio de Cristo en la Cruz. ¿Nos creemos que con solo tener una cruz en casa o llevarla incluso en el pecho honramos al Señor? No hagamos sufrir al Señor con altercados en su nombre; en su Nombre nunca puede haber altercados; en su Nombre nunca puede haber desamor; en su Nombre se entrega la vida por amor, pero nunca se hiere al hermano. No lo olvidemos. Si hacemos sufrir al hermano, nunca es en su Nombre. Cuando corrijamos al hermano, sea con caridad extrema. Pongámonos en la Cruz de Cristo, quedémonos crucificados con Él, y entonces amonestemos sus faltas; pero Dios no permita que nos subamos al pedestal para corregir; siempre desde la Cruz de nuestro Señor.

    Para eso nos tenemos que armar de paciencia, de paciencia santa, la que espera contra toda esperanza, la que pone todo en manos del Señor y guarda la paz en el corazón, la que no se irrita por la impaciencia ni el desánimo, sino que como hoja al viento, espera el momento en que el viento la depositará en el suelo o en cualquier otro lugar, y aun así no piensa en quedarse allí, sino que puede volver a echarla de un lado a otro. Esa es la paciencia que quiere el Señor en nosotros. No nos sintamos dueños de nosotros mismos, porque no lo somos. El Señor es nuestro Dueño y Él sabe dónde nos posará, pero puede volvernos a desinstalar; todo para su Gloria y bien de nuestras almas.

    No nos tenemos que irritar en las circunstancias de esta vida; es necesario para nuestra salvación y la de nuestros hermanos el sufrir lo que estamos pasando y lo que ya está a las puertas. ¿Por qué no dejamos al Señor que sea quien elija nuestra vida? ¿Por qué nos resistimos tanto a su Voluntad? ¡Por qué tenemos miedo? El Señor solo a tres de sus discípulos les permitió ser testigos de su transfiguración para que confortaran después de su muerte a los demás. ¿No nos fiamos nosotros de Quien nos ama tanto que dio su vida en la Cruz por nosotros?

    Que esta Eucaristía nos convierta en testigos del amor de Dios a los hombres con obras y palabras. El mundo no conoce el Amor de Dios. Hablémosle nosotros de su Amor. El mundo está necesitado de nuestra entrega sin límites, de nuestra confianza en Dios sin límites. Que todo el mundo sepa por nuestro testimonio, cuánto ama Dios a sus hijos alejados.

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