• 29 Nov

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos en Cristo:

    En el pórtico de este nuevo año cristiano que iniciamos con el primer domingo de Adviento, la Iglesia nos hace un fuerte llamamiento a vivir en la verdadera esperanza. Adviento es tiempo de espera… espera vigilante y serena, espera activa y gozosa, porque ALGO nuevo está para suceder, porque ALGUIEN está para venir. Mi primera invitación, hermanos, es que estrenéis, no repitáis, este tiempo de esperanza y espera. Que todos nos pongamos en camino a la Esperanza, amando aquello que aguardamos.

    1. Ciertamente creemos que ALGO NUEVO ESTÁ PARA SUCEDER en nuestras vidas, en nuestra historia, en este mundo nuestro. Así lo hemos escuchado en la lectura del profeta Jeremías: Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que cumpliré la promesa que hice a Israel y Judá. La novedad es promesa de salvación, es promesa de justicia. A nosotros, ahogados tantas veces en una cultura que pretende alejarnos de Dios, se nos invita a dirigir la mirada hacia el lugar de la Promesa del Señor.

    2. Confesamos también que ALGUIEN ESTÁ PARA VENIR, está en camino, ya próximo. Este “Alguien” es Cristo, presente misteriosamente allí donde dos o tres se reúnen en su nombre, pero que visiblemente también aparecerá al final de los tiempos. Esa venida es la que el Señor describe a sus discípulos en el evangelio que hemos escuchado. Jesús anuncia la angustia y el miedo de muchos que no estaban preparados y la confianza de los creyentes que podrán ponerse en pie, sin temor, y levantar la cabeza para contemplar su liberación del pecado y de la muerte.

    3. Ahora bien, desconocemos el momento de la venida del Señor y nos preguntamos ¿QUÉ DEBEMOS HACER DURANTE LA ESPERA? Y Jesús nos ofrece la respuesta cuando dice: Estad siempre despiertos y manteneos en pie. Sed como centinelas en la noche, seguros de que llegará la luz del día. El Señor nos pide una actitud vigilante, actitud que debe estar sostenida por el amor. Por eso san Pablo nos recuerda que es el amor el que nos fortalece internamente para presentarnos santos e irreprensibles cuando vuelva Jesús.

    El inicio del Adviento es una oportunidad de revisar nuestro amor a Dios, nuestro amor a cada hermano, porque no existe esperanza auténtica sin amor, porque es falsa la espera de quien no ama. Nuestra esperanza ha de procurar siempre el amor y la paz, la paz como bien supremo. En un mundo dañado por la división y las guerras, que niega la venida del Señor y se resiste a ella, nosotros debemos ser artífices de la verdadera paz, de la paz de Cristo. Qué bien lo expresaba el papa san Juan XXIII cuando decía que «la paz es una casa, la casa de todos. Es el arco que une la tierra con el cielo». Por eso nuestro trabajo por la paz es esperanzador, prepara y anticipa la venida de Cristo, los cielos nuevos y la tierra nueva, la pascua de la creación. Adviento nos urge a poner a punto nuestro amor, a revisar nuestro respeto al prójimo, nuestra justicia, nuestra paz interior y exterior. Este tiempo de preparación para la Navidad no es pasividad para el cristiano, no consiste en cruzarse de brazos, sino que exige esfuerzo y lucha.

    Me gustaría recordaros, finalmente, hermanos, aquellas palabras de san Juan de la Cruz: «el alma que vive en esperanza tanto alcanza de Dios cuanto de Él espera». Esperadlo todo de Dios con la certeza de que Él colmará plenamente vuestros anhelos. Sabed que la esperanza da la medida espiritual de nuestra alma y es señal clara de que aspiramos a la comunión con Dios, porque la promesa no es otra que vivir junto a Él por toda la eternidad.

    Os invito a que viváis un Adviento cristiano, a que pongáis sólo en Dios vuestros deseos, con la certeza de que los veréis infinitamente colmados. Que santa María nos acompañe en el itinerario espiritual que hoy comenzamos y nos ayude a ser constructores de paz en nuestros hogares, en nuestros trabajos, en nuestras comunidades; que todos encuentren en nosotros un motivo para seguir esperando la venida del Salvador.

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