• 29 Mar

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El Domingo de Ramos nos abre la puerta de la semana más grande del año litúrgico, en la que contemplamos el amor infinito de Dios en la forma en que ha obrado la Redención del hombre. La Semana Santa nos descubre, en efecto, un amor que lo ha dado todo: Dios nos ha entregado a su Hijo Unigénito (Jn 3,16-17) y Éste mismo nos ha amado hasta el extremo (Jn 13,1), entregándose voluntariamente a la muerte más cruel para devolvernos la vida. La Pasión de Cristo, que es su aparente derrota al sucumbir a manos de los hombres, es sin embargo su victoria, porque con su Muerte por amor y con la culminación en la Resurrección se ha obrado nuestra Salvación. La Resurrección de Cristo será su triunfo sobre el pecado, sobre la muerte y sobre el demonio; será la victoria que nos devuelva la gracia perdida y nos conduzca a la vida eterna y a la contemplación del supremo misterio de amor: el amor existente entre las tres personas de la Santísima Trinidad. La Cruz se convierte así en símbolo de vida, señal de honor y anuncio de gloria: Cristo vence en la Cruz.

    En la primera parte de la celebración de hoy, hemos tenido presente la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, recibido como el Mesías esperado, en cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. Lo hemos escuchado en la lectura del Evangelio (Mc 11,1-10) y lo hemos acompañado en la procesión de entrada, recordando el canto de los niños hebreos en honor del Hijo de David, el Mesías Salvador.

    En la segunda parte, nos centramos ya en la Pasión de Aquel que, tan sólo unos días después de haber sido así aclamado, es condenado a muerte y, muchos de los que lo habían recibido con honores, manipulados ahora, exigen que se le crucifique. Pero esto también se hace cumpliendo lo que habían anunciado los profetas y por eso en la primera lectura se nos ha traído a colación un texto de Isaías que recoge lo más esencial de la profecía del Siervo de Yahveh, el Siervo de Dios que con su sufrimiento redime al pueblo de Israel y al mundo entero (Is 50,4-7). Es en Jesucristo, efectivamente, en quien se cumplen esas palabras que hemos escuchado: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos”. Meditando esta profecía, el Gran Rabino de Roma, Zolli, descubrió que Jesucristo es el auténtico Mesías anunciado en el Antiguo Testamento y se convirtió al catolicismo, siendo bautizado por el Papa Venerable Pío XII y tomando el nombre de Eugenio en su honor.

    La Pasión de Cristo, además de ser la fuente de nuestra salvación, es también fuente de consuelo, especialmente en los momentos de dolor y sufrimiento, y en ella encontramos a Cristo como el modelo de todas las virtudes. Así, en la carta de San Pablo a los Filipenses lo hemos visto como modelo de abajamiento, de despojamiento de Sí mismo, de humildad (Flp 2,6-11). La angustia que a veces podemos experimentar ante las dificultades, la experimentó Cristo en el Huerto de los Olivos y en la Cruz, donde en su naturaleza humana sintió el silencio de Dios, hasta el punto de que hizo suyo el salmo 21 que ha cantado el salmista y que el evangelista recoge en sus primeras palabras incluso en arameo: “Eloí, Eloí, lamá sabactaní” (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?).

    Nunca deberíamos perder de vista que la Pasión de Cristo se realiza de nuevo, ahora de forma incruenta, cada vez que se celebra la Santa Misa. Por eso no existe nada igual al Santo Sacrificio de la Misa sobre la faz de la tierra. De ahí que una vivencia auténtica de la Semana Santa deba animar no sólo a la participación en las procesiones, sino también en los Santos Oficios del Jueves y del Viernes Santo, en la Vigilia Pascual y en las Misas de hoy y del Domingo de Resurrección, además de conducir a la asistencia a la Misa dominical a lo largo del año ?y mejor aún si es más frecuente y diaria? y a una vida de oración y de búsqueda de Dios.

    En fin, meditemos los misterios de la Semana Santa junto a María, que permaneció fiel al pie de la Cruz de su Hijo, lo sostuvo luego muerto en sus brazos y esperó con fe serena su Resurrección.

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