• 27 Dec

    P. Juan Pablo Rubio

  • Queridos hermanos:

    Durante este tiempo de Navidad celebramos el acontecimiento central de nuestra fe: ha nacido el Hijo de Dios y esto lo cambia todo en nuestras vidas, aporta una nueva luz en la historia. Cristo entra en la oscuridad del mundo, entra en la oscuridad de nuestras ruinas interiores y exteriores para rehacer la unidad entre Dios y el hombre. En cada Navidad somos “tocados” por este acontecimiento que nos salva. Dedicad algún tiempo a la oración, porque Jesús colma de paz y de gozo el corazón de quien lo contempla y lo adora.

    El acontecimiento de la Navidad es como un abrazo de Dios a la humanidad, a cada hombre. Hace unos días leía la historia de Haidar, un niño de tres años que iba al colegio en la ciudad de Beirut. Junto al coche en el que viajaba con sus padres estalló una bomba. En medio del caos, alguien vio las manos de Haidar, que estaba vivo, milagrosamente protegido por el cuerpo de su madre. En un acto reflejo, ella, al sentir la explosión, había abrazado con todas sus fuerzas a su hijo. Y lo salvó. A este niño le quedará grabado para siempre el dolor de haber perdido a sus padres, pero también el gesto de su madre, que lo envolvió y lo protegió.

    Visto desde la fe, creo que se puede relacionar este hecho tan desgarrador con el misterio que celebramos estos días. Cuando revivimos el nacimiento de Cristo en nuestra carne frágil y mortal, ¿no estamos siendo acaso “abrazados” por ese Dios que ama inmensamente a cada uno de sus hijos? La Navidad es como el abrazo de Dios a la criatura humana cuando parecen triunfar el poder del mal y la fuerza del pecado. Si una madre es capaz de proteger a su hijo, aunque le cueste la vida, ¿qué no hará Dios, que es Padre y Madre, lleno de entrañas de ternura y de misericordia, y que desea que todos los hombres se salven?

    Vivamos estos días, hermanos, como quien recibe el abrazo del amor infinito de Dios, que nos protege de todo lo malo, que nos sana, que disipa nuestros miedos e inseguridades. En estas fechas, llenas de luces y colores, de regalos y adornos, no olvidemos lo más importante: permanecer en el regazo de Dios que nos abraza en Jesús, hecho niño en Belén. Por amor ha asumido nuestra naturaleza pecadora sin avergonzarse de llamarnos hermanos, se ha vuelto vulnerable y ha ofrecido su vida por nosotros. En la cruz, Jesús sigue abriendo sus brazos como si nos dijera que en su regazo cabemos todos, con nuestras miserias, egoísmos y pecados.

    Nuestra mirada se dirige hoy de una manera especial hacia la familia humana de Jesús. Resulta conmovedor el realismo con que el Hijo de Dios se ha insertado en nuestra existencia humana: Jesús se encuentra con nosotros, aceptando desde el principio los inconvenientes de una existencia pobre. Ha tomado sobre sí toda nuestra debilidad e impotencia, lo cual constituye un testimonio de verdadero amor. Tenía que hacerse en todo semejante a sus hermanos, dice la Carta a los Hebreos. San Lucas por tres veces repite que el niño fue depositado en un pesebre que se utilizaba para los animales, subrayando la extraordinaria precariedad de su primera situación en la tierra.

    El relato evangélico muestra que en la sagrada Familia no todo fue siempre tranquilidad, sino que en ella hubo también pruebas y dificultades. María y José sufren por la desaparición de Jesús en Jerusalén. Durante dos días le buscan angustiados y, por fin, le encuentran en el templo, en medio de los doctores. Cuando sus padres le hallan, María expresa sus sentimientos: ?Hijo, ¿por qué nos has tratado así? La respuesta de Jesús adolescente manifiesta que ya está en posesión de su personalidad y ha tomado su orientación de vida: pretende dedicarse al servicio de su Padre celestial. Ser padres y educadores no es una tarea fácil. Los niños crecen y empiezan a manifestar su personalidad; cuando llega este momento es preciso orientar esa personalidad en la dirección adecuada, pero también es necesario respetarla y aceptar que se exprese en formas inesperadas. Así les ocurrió a José y María, que debieron aceptar el crecimiento de Jesús, la evolución de su personalidad, a veces de una manera inesperada (A. Vanhoye).

    La frase final del evangelio tiene también una especial relevancia: Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres. Aquí se muestra la realidad de la Encarnación, que no es algo ficticio, sino que supone que Jesús asumió verdaderamente nuestra existencia y recorrió las etapas del crecimiento humano. Jesús compartió nuestra situación y conoció todas las dificultades y las alegrías, las esperanzas y las aspiraciones propias del crecimiento humano.

    Recordemos, por último, que a Jesús en Nazaret le esperan treinta años de vida escondida, humilde y obediente. Nazaret ilumina nuestra vida vulgar y rutinaria. A veces nos pesa la monotonía de los días intrascendentes, nos fatiga hacer el mismo servicio de tantos años que tal vez nadie agradece. Tenemos que acudir al Señor y decirle: «Enséñame a santificar mis trabajos más humildes y escondidos; enséñame a hacerlos como para servirte a Ti». Si contemplamos a Jesús en Nazaret nos encontraremos bien gastando la vida en el servicio a los demás, por muy escondido que se esté.

    Unámonos a María, que contemplaba y penetraba el sentido de los acontecimientos, unámonos al fiat silencioso que ella pronunció durante treinta años en el humilde hogar de Nazaret. Por su intercesión y la de san José, pidamos hoy que las familias cristianas se afiancen en el amor y en la concordia, de un modo especial las que atraviesan dificultades o problemas; que en estos días sintamos el abrazo misericordioso de Dios y vivamos en un amor agradecido.

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