• 7 Jun

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    El Concilio Vaticano II ha definido la Eucaristía como “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (Lumen gentium, 11), porque ella “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo” (Presbyterorum ordinis, 5). Por eso decía San Ireneo de Lyon en el siglo II que es el compendio y la suma de nuestra fe. No en balde es “el misterio de la fe” o “el sacramento de la fe” (mysterium fidei), como proclama el sacerdote en la consagración.

    Según recordó Benedicto XVI en su exhortación apostólica Sacramentum caritatis (2007) recogiendo la denominación ofrecida por Santo Tomás de Aquino: “Sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre” (n. 1). Y San Juan Pablo II, en la encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003) que nos regaló no mucho antes de su muerte, comenzaba diciendo (n. 1): “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: ‘He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’ (Mt 28, 20)”.

    Por lo tanto, nos hallamos ante el más excelso de los siete sacramentos, según lo enseñaba claramente el Catecismo Romano publicado tras el Concilio de Trento, porque contiene a Jesucristo mismo, autor de la gracia y de los sacramentos.

    Según hemos podido observar en las lecturas que la Sagrada Liturgia nos propone para hoy, tomadas del Éxodo (Ex 24,3-8) y de la carta a los Hebreos (Hb 9,11-15), así como el salmo que se ha cantado (Sal 115,12-13.15-18), todas las cuales introducen al texto del Evangelio de San Marcos que hemos escuchado (Mc 14,12-16.22-26), la Eucaristía es el Sacrificio de la Nueva Alianza instituida por Jesucristo con su Sangre. Por eso se dice correctamente que la Santa Misa es el mismo Sacrificio de Cristo en la Cruz que se renueva y actualiza de forma incruenta en el Altar. Cada vez que se celebra la Santa Misa, nosotros estamos presentes en el mismo Sacrificio Único de la Cruz; es algo que milagrosamente sobrepasa el tiempo y el espacio.

    Cada vez que se celebra la Santa Misa, este Sacrificio único de Cristo se actualiza, se representa: no en el sentido de una representación teatral, sino de que se “re-presenta”, de que se hace presente de nuevo. Decimos también que este Sacrificio se renueva: no porque necesite ser hecho otra vez, no porque sea preciso renovarlo porque se haya quedado ya viejo, sino que con esta expresión se dice que se realiza de nuevo ante nosotros como una sola y única vez; es el mismo y único Sacrificio que Cristo ofreció una vez, del que en la Santa Misa nos hace ahora partícipes y del cual se derivan infinitos frutos, pero ahora se celebra de un modo incruento.

    cristo se ofrece en la Eucaristía a la vez como Víctima, Sacerdote y Altar; se ofrece a Sí mismo al Padre por nosotros. Él es la Víctima, la Hostia pura, la Oblación perfecta y única que puede mediar entre Dios y los hombres porque es a la vez verdadero Dios y verdadero Hombre; el único Mediador es Víctima y Sacerdote, porque ofrece el Sacrificio y éste no es otro que la ofrenda de Sí mismo. Y Él mismo es también el Altar sobre el que se celebra el Sacrificio: Él ofrece su propio Cuerpo y sobre su Cuerpo se derrama su propia Sangre.

    Nuestra actitud, por tanto, debe ser de amor, de adoración y de agradecimiento, que debemos expresar incluso físicamente, porque Él se ha quedado con nosotros en el Pan y el Vino consagrados para que podamos verlo y gustarlo alimentándonos con Él. Siempre que nuestras condiciones físicas lo permitan, debemos arrodillarnos ante Él, sobre todo en el momento de la consagración en la Santa Misa y cuando se encuentra expuesto en la custodia, al menos al principio y al recibir su bendición. Debemos hacer la genuflexión ante el sagrario donde queda reservado. Debemos hacerle compañía cuando está expuesto en la custodia o reservado en el sagrario, orando ante Él con devoción. Debemos recibirlo en la comunión estando en gracia de Dios, sin pecado mortal, recordando a Quién recibimos y con el alma enamorada de Él. Debemos recordar con cuánta delicadeza y ternura deben tratarlo los sacerdotes, cuyas manos han sido ungidas para conferir este Sacramento y tratar con las especies consagradas, e igualmente los diáconos, a quienes se ha ordenado para el servicio del altar y de la comunidad.

    Al final de la Santa Misa de hoy, acompañemos procesionalmente a Jesús Sacramentado y hagámoslo con María, la Mujer Eucarística, como la han definido los Papas recientes.

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