• 15 Aug

    P. Santiago Cantera

  • Queridos hermanos:

    La solemnidad que hoy celebramos es de arraigada tradición en la Iglesia y de un modo especial entre el pueblo fiel, que venera a la Santísima Virgen en el misterio de su Asunción y a la par bajo muy diversas advocaciones. Como dijo el Venerable Pío XII cuando definió el dogma en 1950, la Asunción de María a los Cielos en cuerpo y alma es el broche de oro y la coronación de todos los privilegios marianos (Munificentissimus Deus, 3, 8 y15-16). Ciertamente, la hemos visto en la lectura del Apocalipsis como la “figura portentosa en el cielo”, la “mujer vestida del sol, con la luna por pedestal, coronada con doce estrellas” (Ap 12,1).

    Como todos los privilegios marianos, el de la Asunción tiene su razón de ser en la Maternidad divina: en efecto, convenía que María, que había compartido tan estrechamente la vida y la misión de su Hijo, fuera asociada a la gloria de Jesucristo resucitado y reinante en el Cielo. Por eso, al final de su vida terrena, fue elevada a los Cielos en cuerpo y alma por los ángeles. San Pablo lo ha dicho a los Corintios (1Cor 15,20-26): Cristo ha resucitado el primero de todos, como primicia de la resurrección de los cuerpos y garantía de la inmortalidad del alma. Es lógico, pues, que todas las generaciones hayamos venido felicitando a María y la proclamemos dichosa, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en Ella, por Ella y para Ella (Evangelio: Lc 1,39-56).

    La Asunción de María nos enseña muchas cosas, pero podemos resaltar algunas. Ante todo, nos indica hacia dónde debemos mirar: hacia su Hijo, Jesucristo, y hacia la meta de la vida eterna en el Cielo, cuyo camino es la imitación de Cristo. San Rafael Arnáiz, monje cisterciense señaló la ruta con claridad: “Todo por Jesús, y a Jesús por María”. La Asunción de María nos muestra que nuestros objetivos reales no deben estar aquí en la tierra: ¿para qué la ambición de poder, de riqueza, de gloria, de brillo o de fama, si nada de todo esto vamos a llevar con nosotros cuando nos llegue la hora de la muerte? ¿Acaso tales cosas nos van a ser valederas ante el juicio de Dios? Somos peregrinos en este mundo y nuestra meta última es el Cielo, donde María Santísima reina junto con su Hijo. Para entrar en el Cielo no nos van a servir de nada el dinero acumulado, ni los títulos universitarios, ni los cargos que hayamos detentado. En todo caso, se nos examinará sobre el uso que de ello hayamos realizado y si hemos hecho de estas cosas un fin en sí mismas.

    Esto mismo nos debe hacer reflexionar sobre otra realidad muy importante en nuestros días: la Asunción de María nos enseña la dignidad del cuerpo humano. La Santísima Virgen, siguiendo los pasos de su divino Hijo, no conoció la corrupción del sepulcro y ha sido asunta al Cielo con su cuerpo en estado glorioso. Esto revela que el cuerpo está llamado a resucitar al final de los tiempos y a reunirse para siempre con el alma. Incluso la Filosofía, al abordar la metafísica de la persona humana, concluye la necesidad de reunión definitiva del cuerpo con el alma, porque la persona humana la constituye realmente la unión sustancial del cuerpo y del alma como forma del cuerpo.

    Pero, en nuestro tiempo, el pansexualismo que ha conducido a una sociedad hipersexualizada, ha degradado la dignidad del cuerpo para rebajarlo a mero objeto de compra y venta, de exhibición y de obtención de placer que no va acompañado del entero crecimiento personal. El cuerpo, como el alma, está llamado al don, a la entrega por amor, bien a otra persona en el matrimonio, bien por entero guardándolo virginalmente para Dios mediante una consagración total de vida. En el estado presente, en nuestra vida terrena, debemos procurar nuestra santificación considerando que el cuerpo es templo del Espíritu Santo, como nos enseña San Pablo (1Cor 6,19-20). Si tuviéramos esto en cuenta, ¡cómo recuperaríamos el sentido natural y sobrenatural ya casi perdido del pudor y nos alejaríamos de las modas que hoy desnudan casi por completo a la mujer y la convierten en mero objeto! ¡Y cuánto nos cuidaríamos también de acudir a la Sagrada Comunión digna y decentemente vestidos! Muchas veces un sacerdote no sabe si dar o no la Comunión a algunos fieles.

    Por eso, hermanos y hermanas, porque en esta sociedad que ha rebajado la dignidad del cuerpo y de la persona completa hemos perdido el sentido del pudor, que es la custodia de la intimidad de la persona, y porque casi nadie lo dice ya, me veo en la obligación de recordar que debemos acercarnos a recibir la Sagrada Comunión dignamente vestidos, decentemente, no como si fuéramos a la playa o de paseo en verano. Recordemos siempre que las iglesias son templos, lugares sagrados, donde Dios está presente, y que en la Eucaristía recibimos al mismo Jesús, al cual debemos acoger sin pecado mortal en nuestra alma y dignamente vestidos en el cuerpo.

    Que María, la humilde enaltecida (cf. Lc 1,48.52), Madre espiritual de todos los hombres y Madre de la Iglesia que intercede ante su Hijo por nosotros y nos alcanza de Él las gracias que necesitamos como Abogada y Medianera, nos haga recuperar el sentido del pudor, la virtud de la castidad que realza la dignidad del cuerpo y el anhelo de Dios y del Cielo como meta suprema.

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